sábado, 22 de enero de 2011
La mujer de mi vida
La mujer de mi vida está del otro lado de la línea telefónica.
Dice que ya está viniendo para mi casa. Yo, inmutable, por supuesto. Su presencia no me afecta. Hace un ratito salí de la ducha. Estoy fresca y tranquila. Su presencia no debe afectarme. Dice que en cinco minutos sale, se toma el colectivo y llega acá en veinte, treinta minutos. No es tanto pero ya tengo la casa impecable. Mientras estamos cortando la comunicación veo que hay una pelusa debajo de la mesa del living. Cortamos. Agarro la pelusa con un pedacito de rollo de cocina. Ahora sí, todo limpio.
Pongo música. Me siento a leer un libro. Así quiero que me encuentre. Culturosa. Con la casa divina. Pero ¿tan pulcra? Me levanto, agarro unos papeles y los pongo arbitrariamente arriba de la mesita del teléfono.
Me siento de nuevo. La mujer de mi vida llega en unos veinticinco minutos. Abro el libro. "Las columnas de humo seguían llegando por el callejón. Los bomberos no lograban..." y la música está demasiado alta. Está alta como para que ella la escuche desde afuera y yo pueda darme corte con mis gustos artísticos. Pero no puedo concentrarme para leer con la música así. Ni siquiera puedo leer con la música a volumen mínimo. Me desconcentro de nada. Es el libro o la música. Faltan veinte minutos. Apago la música. Vuelvo a abrir el libro. "Las columnas de humo seguían llegando por el callejón. Los bomberos..." y la luz está muy baja. Tenue, para darle un beso apenas llegue y que no nos ataque la luz fuerte. Pero no puedo leer con la luz así. Prendo la luz alta. "Las columnas de humo seguían llegando por el callejón...", pero hace calor o seré yo. La mujer de mi vida llega en quince minutos. "Las columnas de humo seguían llegando...", como ella que ya está por llegar. Pero este libro... ¿qué pasa que no avanza? Esas malditas columnas de humo. Dejo el libro. Prendo la tele. Ahora todo el escenario ha cambiado: luz prendida, música apagada, yo mirando programas idiotas en la tele. La mujer de mi vida llega en... ¿cuánto?... unos doce minutos aproximadamente. Zapping indiscriminado. ¿puede ser que no haya nada? Sandra Bullock otra vez. Basta. Apago la tele. Pongo de nuevo la música. Cambio la luz alta por la baja. Me siento en el sillón. Tanteo el libro una vez más pero pienso en las columnas de humo y vuelvo a dejarlo. En unos siete minutos va a tocar el timbre la mujer de mi vida. No pensé qué hacer de comer. No pensé qué comprar para tomar. No tengo nada en la heladera. Y la casa está demasiado ordenada. Me acuerdo que no me volví a mirar al espejo. Quiero ponerme perfume, pero ella está por venir y no quiero que piense que me acabo de poner perfume para recibirla. Quisiera ser casual y tener la casa más desordenada y el perfume suavizado por las horas. Quisiera no ser tan casual de no tener nada en la heladera: dos huevos, mayonesa, una botella de agua de la canilla por la mitad, un morrón. Eso no junta. Tengo las manos ásperas de lavar los platos. Me levanto del sillón. Me pongo crema. Pienso que en este momento va a llegar ella y entonces sí va a parecer todo muy casual, me agarraste justo que me estaba poniendo crema. Pero ella todavía no llega. Me vuelvo a sentar en el sillón. Miro la hora en el celular. Sí, debe estar por llegar. Debe estar por venir de un momento a otro. Pero cuando llegue, no le digas nada estúpido. No hables de más. Y relajate, ¿querés? Relajate de una vez por todas. No le cuentes que estabas viendo las fotos de Marta y Albertina y pensabas que eran vos y ella. No le digas que jugabas mentalmente a imaginarte así, en familia de tortas pero con menos libros y más puteadas. No hables de hijos de otros, ni de futuro. Sé casual. ¡Relajate, mierda! Y pase lo que pase, sé vos misma... pero no demasiado.
La mujer de mi vida toca timbre. Las cosas de la casa no están tan desordenadas como quisiera pero, para equilibrar, todo en mi interior está más o menos como me imagino que es la habitación del Pity o de Charly, pero del Charly anterior, con drogas y aerosoles.
- Hola- le digo. Sonrío y me pongo roja. Por suerte puse la luz baja, pienso.
- Hola ¿cómo estás?- me dice ella cuando está entrando. Y yo le meto un beso así nomás, de atropellada. Quiero pedirle disculpas. Quiero tantas cosas que casi no sé qué hacer.
Nos sentamos en el sillón y nos contamos algunas cosas. Algo del trabajo, de lo que pasó en la semana, del diario y la tele. Ella ya sabe todo de mí. Yo trato de ocultarme, de ser misteriosa. Pero es la mujer de mi vida y no sé qué hacer con eso. ¿Qué querés que haga? Tiro esa pregunta no sé a quién. Espero que alguien me conteste. Si fuera un poco más interesante tendría seres viviendo en mi mente. Múltiples personalidades. Y alguna me contestaría qué hacer. Bueno, ¿no será muy categórico pensarlo así? "La mujer de mi vida". Como si mi vida tuviera una sola mujer prometida. Pero si ella rondara mi vida por una buena porción de tiempo... si fuera Albertina y yo Marta, ¡vamos! No estaría nada mal.
De pronto me doy cuenta que ella me está contando algo hace rato. No sé qué comentar al respecto. No escuché una sola palabra.
- ¿No me estabas prestando atención, no?- adivina. Me adivina todo el tiempo. Me imagino lo burda que debo ser para ella. Cada vez que adivino a la gente, me aburro y la dejo. Pienso que ella va a hacer lo mismo conmigo. Estoy desnuda ante ella, como uno de esos sueños recurrentes en los que estás en pelotas frente a tus compañeros de la primaria. De esos tuve miles. Algún miedo a que me vieran como soy. O a que me vieran las tetas. Ella me ve como soy y me ve en tetas. Estoy en un serio problema. Va a dejarme apenas termine de leerme entera. Soy un libro en sus últimos capítulos. Y sigo sin prestarle atención. Pero no es porque no me interese lo que dice.
- No es que no me interesa lo que decís...- le digo sin saber cómo seguir la oración. No tengo cómo justificar mi falta de atención. Si ella entendiera todo lo que me pasa cuando la miro. La forma en que dice las cosas. Y sé que algo dijo de su familia y del fin de semana pasado. Pero no tengo idea qué contó. Sí sé el tono exacto en que pronuncia algunas consonantes. Y eso no sirve de nada. Debería haber escuchado su historia, porque si le digo lo de las consonantes, va a saberlo todo y voy a estar derrotada. Ella pone cara de leve disgusto porque se da cuenta que no la escuché y encima ni me esfuerzo en armar una excusa digna.
- ¿Por qué no ponés música?- le pido, porque justo acaba de terminar el cd que puse antes. De paso me sirve para zafar el momento.
- ¿Qué pongo?
- Lo que quieras. Fijate en la compu.
Ella se levanta del sillón y va a la computadora. En la pantalla está abierto un texto en el que estuve trabajando antes de que ella llegara. Me doy cuenta que me olvidé de cerrarlo. "La mujer de mi vida", lee en el título. Y ella lo sabe, porque sabe todo de mí. Aunque yo trate de ser yo, pero no demasiado y no hablar de Marta, ni de Albertina, ni del futuro.
La puta que lo parió.
lunes, 17 de enero de 2011
Cruz del sur
Otra vez tarde y a las corridas, como siempre. Soy una boluda.
Miro el reloj. El micro sale en 15 minutos y todavía tengo que caminar como tres cuadras. Paso entre la gente a las puteadas.
- ... Hhhmmmla puta madree...hmm... –rezongo por lo bajo, pero no tan bajo como para que no me escuchen los que voy atropellando cuando paso. Nunca controlo el tono de voz y no quiero ser así. Quiero ser buena. Pienso que quiero ser buena pero no me sale. O no me sale cuando estoy corriendo para no perder el micro. Al final prefiero dejar de pensar y concentrarme en encontrar la plataforma sin matar a nadie.
Llego al micro... Con los minutos justos. Eso es lo que me diría mamá: con los minutos justos. Sí, pero llego. Ocupo mi asiento. Ventanilla. El micro sopla una vez para cerrar la puerta: pppfffffssssss. Y después sopla una segunda vez hondamente, ppppuuuufffffffffssss como una ballena a punto de sumergirse. Trato de adivinar que son ruidos de algo como el freno hidráulico. Ese algo se destraba y el micro se pone en marcha. Como en todos los buses del planeta, el aire acondicionado puede estar puesto en cualquiera de sus dos únicos modos: Apagado o Frío polar. El nuestro está en modo Frío polar. Abro la mochila, agarro un saquito y me tapo. Me enojo porque nunca llevo suficiente abrigo y porque los conductores deben estar todos locos con eso de la temperatura. Entrecierro los ojos para no pensar en el frío y, mientras el micro sortea el tráfico de la autopista, pienso en el olor de la ruta y caigo en esa seducción del adormecimiento que me enlaza al sueño profundo. Pienso en el olor de la ruta como si lo tuviera sobre la lengua y me dejo caer en la siesta sintiendo que no me gusta viajar en micro, porque los micros tienen las ventanas cerradas herméticamente y ese vientito de la ruta nunca nos llega…
… Pero entonces no era un Fiat, sino un Renault el que manejaba papá. Sí, un Renault 6 verde, que se abría paso intrépidamente por esa negra barriga de gusano que era la ruta al sur. La luna tenía forma de uña y estaba a la mitad del cielo. No alcanzaba a iluminar nada y no había una mísera lamparita en el camino. Lo poco que se veía era gracias a los humildes faros de nuestro auto y a los poquísimos coches que atravesaban el camino. Papá manejaba tranquilo, con la panza hecha un globo de orgullo. Yo no sabía de qué estaba orgulloso, pero sabía que en él esa expresión, esa manera de respirar, significaba orgullo. Años después entendí que parte de lo que lo emocionaba así era saber que estaba llevando a toda la familia a Bariloche, que no era poca cosa, y que para estar así de contento no necesitaba casi nada: una carpa, los bolsos, la heladerita, dos hijos, una esposa y el Renault 6 preparado (por él mismo) para semejante viaje.
Así que papá estaba con la panza hinchada de orgullo fresco y yo con la panza hinchada de aire de ruta, que recibía asomada con la boca abierta por la ventanilla del auto a medio bajar, porque en el Renault la ventanilla de los chicos -por seguridad- se trababa a la mitad, así que tenía que levantarme un poco del asiento y sacar la cabeza por el hueco de la ventanilla para tragar el viento de los pastizales.
En una de esas, se me ocurrió que estábamos sentados en cruz. Es decir, los dos pares: yo en diagonal a papá, en el asiento de atrás y Julián al lado mío, en diagonal a mamá. Juli y mamá, por supuesto, dormían con las cabezas colgando como desmayados. Me di cuenta que hasta roncaban parecido.
- ¿Te fijás si quedó algún sangüichito? –Me pidió papá sin bajar el tono de voz, porque sabía que a mamá y a Julián no los despertaba ni que nos cayera encima una tormenta, un rayo y una vaca. En su panza inflada de orgullo intuí que debía estar muy contento de contar conmigo como copilota.
- No. El último se lo comió antes Julián. –respondí enseguida, como una atentísima compañera de vaje. Los sangüiches eran de atún y mayonesa, porque mamá aseguraba que eran los que más nos gustaban. Julián, que decían que estaba creciendo, le ganaba de mano a todos los apetitos.
La noche y las montañas se cerraban cada vez más sobre nosotros. Papá y yo charlábamos de a ratos, pero mayormente nos quedábamos en silencio. Había algo que entendíamos los dos, como una especie de respeto a la ruta o una cosa así. De tanto en tanto yo volvía a asomar la cara por la ventanilla. Abría la boca y la dejaba suelta. Los cachetes se me inflaban y bailaban como locos. Eso me hacía matar de la risa. Cada vez que me reía papá se daba vuelta, me miraba y sonreía.
- Te vas a tragar un mosquito- me dijo un par de veces. Yo me metía de nuevo para adentro del auto, con el flequillo hecho un jopo enredado. Pero no tardaba en volver a animarme, con mosquitos y todo, a asomar la cabeza para afuera.
Papá me veía todavía despierta con él, tratando de guardarme el aire ligero de la ruta en algún lugar del cuerpo, y se le hinchaba la panza. Yo sabía, a mis cortitos siete años, que en él esa manera de respirar significaba orgullo. Se me ocurrió que papá debía pensar que estábamos sentados en cruz, los dos pares: mamá y Julián, él y yo, y que yo le había salido así, genéticamente heredera de su amor por el camino.
Casi dormida en mi asiento, mascullo que no me gusta el micro, porque por las ventanas cerradas del micro no nos llega el airecito verdoso de la ruta… ese que era nuestro.
miércoles, 5 de enero de 2011
El loco
El loco de enfrente de casa, saca una silla afuera todas las tardes y se sienta a tomar mate. Nunca lo miro a la cara. Lo evito. Los vecinos aseguran que está loco. Ese hombrecito, que siempre se viste de azul, junta botellas, cartones, cajones. Junta, colecciona, ¿vende? Nunca lo supe. Se asoman las pilas de objetos por encima de la medianera y parecen miles, millones de cosas coleccionadas.
El señor de enfrente barre las hojas y la basura de las cuadras linderas. Nadie le paga, pero él limpia. Aquel hombre, dicen, está loco. Lo he visto a la mañana muy temprano. Su cuerpo barriente -mi mirada al piso porque no lo miro a la cara, le adivino el cuerpo azul de reojo- apila la mugre en las esquinas, como a todos sus objetos asomados por la medianera. Sus objetos guardados espían la calle que él deja siempre pulcra.
El loco llega a su casa en bicicleta. Vuelve cargado de cosas para encimar en sus torres de vidrio y madera. Ha construido un cuadriculado de alambre entre dos árboles frente a su puerta y le ha dicho a la enredadera cómo debía trazarse. Luego la dejó despeinarse sobre el cuadriculado a su antojo, asomada hacia la calle como todas las cosas de la casa.
El loco no hace nada. O parece no hacer nada. No sé de qué vive. ¿Del cartón? ¿de las botellas? ¿de la bici? Nadie sabe cómo vive, pero nunca pidió nada. Y nunca le dimos nada. Salvo aquella vez, cuando todas sus cosas se incendiaron. Ese día tampoco pidió nada, pero los vecinos cuerdos, que nunca lo habían mirado, recolectaron varios billetes y, a cambio de la ayuda, le pidieron que dejara de juntar cosas. Esa casa de basura amontonada era decididamente un peligro para el barrio. Pero él, haciendo oídos sordos (y locos), continuó su colección. "¿Y qué podías esperar de un loco?", dijo un vecino días después.
Hoy, el loco sacó una silla a la vereda, como todas las tardes. Su mujer le cebaba mates. Yo los vi desde mi casa, en diagonal a la suya, mientras tomaba mates en mi umbral.
Yo, como el loco, salgo a la calle a hacer público mi mate. A mirar a la gente, a pintar paredes, a hacer sonrisas.
Los vecinos, preocupados, deben imaginar que ha germinado otra loca.
lunes, 20 de diciembre de 2010
Buscadora de belleza
Y es que a veces me llamo a mí misma Buscadora de belleza.
Será que la vida se me va haciendo aburrida,
de tanto vivirla.
Porque en cada día, lo sé todo.
Sé que va a ser lunes y los clientes y el teléfono
y que el miércoles, terapia.
Sé que el sábado será la noche y los amigos.
Sé que el domingo me verá sola.
Y no es la soledad.
A veces ansío ser dejada sola con la vida
que alguna vez fue mi amante.
Pero serán los años,
o será que la vida se me va haciendo cansina,
de tanto vivirla.
Porque cuando el aire me pesa,
sé que saldré a la calle y la luna estará gorda y burlona.
La luna siempre va a traicionarme.
Y sé también que si quiero dar con mi nombre,
deberé seguir la tela del viento y dejarlo empujarme.
Sé la vida.
La sé aunque quisiera no saberla
y que un día se cuele traviesa la novedad.
Pero sé la vida.
Como sé que ella va a olvidarme.
Y sé que voy a olvidarla.
Porque he transitado, he dolido y he dejado.
Lo sé porque también me han olvidado.
Sé que va a olvidarme y que ella va a ser para mí
algo así como una hendidura.
Sé la vida, porque tanto la he vivido.
Todo el dolor es pariente del próximo dolor.
La gran alegría no me asombra,
ni me espanta cuando se va.
Sé recibir la gran tristeza.
Conozco todos los dientes de la angustia.
Y sé que también le veré la espalda.
Te sé, vida. Te sé toda.
Sé tus edades, tus ruinas.
Sé tus serranías, tus declives.
Anticipo cada pico nevado.
Te sé tanto, que te busco grietas.
Por eso toco la muerte y toco los viajes.
Por eso anhelo todos los nacimientos.
Por eso persigo el barranco de la belleza.
Lo busco sin cartografías.
Y sólo lo encuentro cuando lo encuentro.
Me lanzo a la belleza, entera.
La belleza de los héroes,
del momento tibio,
de las lágrimas.
La belleza de cosquillas, de labios.
Me sumerjo en su rebosante plenitud.
Porque sé la vida toda.
Porque me agobia la vida sabida,
me muero y me nazco en la belleza.
Y cuando he perdido todos los signos del lenguaje,
cuando he cosido los días en una amarra de eventos
idénticos, cíclicos, absurdos,
busco la belleza para arrojarme,
para ser.
Para ser,
me llamo a mí misma Buscadora de belleza.
Será que la vida se me va haciendo aburrida,
de tanto vivirla.
Porque en cada día, lo sé todo.
Sé que va a ser lunes y los clientes y el teléfono
y que el miércoles, terapia.
Sé que el sábado será la noche y los amigos.
Sé que el domingo me verá sola.
Y no es la soledad.
A veces ansío ser dejada sola con la vida
que alguna vez fue mi amante.
Pero serán los años,
o será que la vida se me va haciendo cansina,
de tanto vivirla.
Porque cuando el aire me pesa,
sé que saldré a la calle y la luna estará gorda y burlona.
La luna siempre va a traicionarme.
Y sé también que si quiero dar con mi nombre,
deberé seguir la tela del viento y dejarlo empujarme.
Sé la vida.
La sé aunque quisiera no saberla
y que un día se cuele traviesa la novedad.
Pero sé la vida.
Como sé que ella va a olvidarme.
Y sé que voy a olvidarla.
Porque he transitado, he dolido y he dejado.
Lo sé porque también me han olvidado.
Sé que va a olvidarme y que ella va a ser para mí
algo así como una hendidura.
Sé la vida, porque tanto la he vivido.
Todo el dolor es pariente del próximo dolor.
La gran alegría no me asombra,
ni me espanta cuando se va.
Sé recibir la gran tristeza.
Conozco todos los dientes de la angustia.
Y sé que también le veré la espalda.
Te sé, vida. Te sé toda.
Sé tus edades, tus ruinas.
Sé tus serranías, tus declives.
Anticipo cada pico nevado.
Te sé tanto, que te busco grietas.
Por eso toco la muerte y toco los viajes.
Por eso anhelo todos los nacimientos.
Por eso persigo el barranco de la belleza.
Lo busco sin cartografías.
Y sólo lo encuentro cuando lo encuentro.
Me lanzo a la belleza, entera.
La belleza de los héroes,
del momento tibio,
de las lágrimas.
La belleza de cosquillas, de labios.
Me sumerjo en su rebosante plenitud.
Porque sé la vida toda.
Porque me agobia la vida sabida,
me muero y me nazco en la belleza.
Y cuando he perdido todos los signos del lenguaje,
cuando he cosido los días en una amarra de eventos
idénticos, cíclicos, absurdos,
busco la belleza para arrojarme,
para ser.
Para ser,
me llamo a mí misma Buscadora de belleza.
viernes, 17 de diciembre de 2010
Ser Fina
Cuando a Josefina le preguntaban qué quería ser cuando fuera grande, ella respondía muy orgullosa:
- Hombre.
Y no porque pensara honestamente en dejarse la barba y recurrir a una serie de operaciones, sino simplemente porque creía que los varones tenían la vida mucho más fácil, sin tener que parir y toda esa cantidad de dolor, sufrimiento y cursilerías que atraviesan las mujeres a lo largo de su existencia. En sus días de nueveañera, la ventaja de ser hombre parecía ser una de las mayores certezas a las que había llegado en materia de su futuro. Por eso, cada vez que le preguntaban, Jose contestaba lo mismo. Sistemáticamente, los adultos repetían el suceso una y otra vez para tener algo en qué entretenerse.
- Jose, ¿qué querés ser cuando crezcas?
- Hombre.
Luego, la esperada risotada. Y aunque todos consideraban deliciosamente pintorescas las desenfadadas palabras de Jose, a mamá Inés había empezado a parecerle ligeramente... No supo bien ligeramente qué, pero por las dudas prefirió dejar de llamarla Jose, ese apodo tan ambiguo. Así, en los días en que Jose perdía sus dientes de leche, fue ultrajada también de la primer mitad de su nombre. Para mamá, en adelante se convertiría en "Fina".
Fue un cambio paulatino. Mamá Inés lo hacía casi como un juego.
- Fina, Fina... ¡qué finura! ¿no te parece divertido?
Pero Josefina no terminaba de encontrarle la gracia.
Mamá tuvo que poner mucho empeño, pero el nuevo seudónimo prendió como varicela entre los chicos del grado de Fina. Y Fina se lo cargó en la mochila hasta después del secundario.
A los dieciocho, Fina tenía un título de bachiller y muy pocas ganas de ponerse a buscar trabajo. Mucho menos de meterse a estudiar, después de todos esos años de confinamiento educativo y de todas esas idiotas a las que de lunes a viernes llamaba compañeras. Una solita había rescatado de ese caldo de mediocres del secundario, su querida Vero, a la que con mucho cariño llamaba "mi enfermita mental". Vero era una delincuente menor, un espíritu blanco vestido de negro y de relativo buen beber. Del rechazo al viaje a Bariloche en el secundario hasta las andanzas en la clandestinidad de los boliches gay de la ciudad, Vero había compartido con Fina destrucciones, resacas y nuevas sexualidades. Para Fina no era casual haberse hecho amiga de su enfermita mental. Decían y callaban las mismas cosas.
Pero Vero no supo hasta sus diecinueve que a Fina alguna vez, tan comunmente como ahora le decían Fina, la habían llamado Jose. Sonaba obvio. Josefina, Jose. Y fue de pura casualidad que lo supo, cuando se topó con un viejo cuaderno de la primaria de Fina, en el que algunos compañeritos le habían dejado unas dedicatorias por el fin de año.
- Jose... No me suena. Yo te conozco como Fina- reconoció Vero.
- Sí, me lo puso mi mamá, creo.
Pero Fina no logró acordarse bien en ese momento. Tampoco se acordó de que un tiempo después de cambiarle el apodo, mamá se apareció con ropa nueva, para la nueva Fina. Ni lo contenta que se puso Inés el día que fueron a comprar el primer corpiño o las flores de papá cuando Inés le contó que Fina ya era "señorita". No se acordó en ese momento que mamá corregía a todo el mundo y les avisaba que "ahora le decimos Fina", para que supieran que Josefina había dejado atrás mucho más que los dientes de leche. No lo recordó en ese momento, pero sí de a poco. De a un recuerdo por vez, durante varias semanas, en el término de algunos meses. Se acordó de todo.
La noche que Fina y Vero vieron a Rocío en un boliche al que asistían ávidas de sangre femenina, Fina le clavó los ojos y con delicadeza gatuna se puso a bailar tan cerca que no tardaron en ser necesarias las presentaciones. Fina le ganó de mano al tiempo y a toda velocidad se presentó:
- Josefina.
- ¿Jose?- le preguntó Rocío, con la intención de arriesgar su sobrenombre.
- Fina- aclaró Vero.
- Jose- corrigió Jose y en la piel recuperada de su antigua existencia se sintió tan feliz y tan cómoda que a Rocío le pareció encantadora.
Jose y Rocío se pusieron de novias un 20 de julio, pero Rocío tardó varios meses en conocer a la familia de Jose. Cuando Jose se animó a llevarla a su casa, Inés, con una costumbre lejanamente adquirida, le aclaró a Rocío:
- Nosotros le decimos Fina.
Rocío, que sabía muy bien lo que todo eso significaba y no tenía ninguna necesidad de respetar los atropellos, respondió:
- Pero yo le digo Jose.
Y mamá Inés, que durante tantos años había intentado tener una hija Fina, tuvo que beberse entera a Jose, a Rocío y a todos los fuegos que había tratado de apagar.
miércoles, 15 de diciembre de 2010
De papel
Irina dibujó una mujer en un papel.
Doncella rosada, pintó sus nombres y collares.
Le habló de vidas, le contó un beso.
Con pinceles de cabello suave,
tejió su niña de polen, de cachetes inquietos.
La luna en los ojos, la boca mojada.
De trazo grueso para las manos, de abrazos largos.
Melena color viento, de noches enredadas y un cuello de cuna.
Irina soñó cinturas violetas, aromas mansos, carcajadas.
Y manchó las hojas delgadas con lápiz enamorado.
Sembró una mujer de pincelada fresca y la quiso tanto.
Pero ella, liviana,
voló con el día, en la brisa primera.
Irina era pomos, carbonillas.
Y retrató una mujer amante,
que habitaba plana en el lienzo,
que no fue mujer, ni fue amante.
Que fue ausencia blanca.
Un dibujo,
un papel.
martes, 14 de diciembre de 2010
Como mi mamá
Susana es una reventada. Pero eso no lo piensa Lourdes, claro. Lo dicen las vecinas de tanto verla pasar con su cabellera rojiza y esas remeritas strapless, ¡a esa edad!
Lourdes sabe bien que Susana no es una mamá convencional como las de sus amigas, o como la de Caro, tan de buen barrio y de Licenciatura, pero es su mamá y es una sola o media o un cuartito, que al fin y al cabo es más que nada.
Susana, una vez divorciada, dos veces separada, sale de jueves a domingo, aunque Caro nunca preguntó adónde: sabía de su suegra lo justo y necesario. Lourdes quizás lo sabía, aunque tampoco preguntaba. Le bastaba con saber que su mamá siempre volvió -menos mal- a cuidar de sus dos hijos, especialmente de Fede, el menor y más hermoso, porque Lourdes ha superado la edad legal y ya puede cuidarse sola o ir presa, lo que suceda primero. Y cuidar, para mamá Susana, es una manera de decir que está ahí, para que nadie se haga el piola y que Fede no le invada la pieza a Lourdes, ni que Lourdes le pegue a Fede y que alguien por favor haga la cena. Y ese "alguien" siempre fue Lourdes... hasta que llegó Caro.
Caro apareció en escena un día, gracias a esas escaleras mecánicas que bajan del cielo a los estúpidos angelitos filántropos. Tres meses de histeriqueo feroz, en astuta maniobra de la polifacética Lourdes -Lu, para los amigos- desembocaron en noviazgo y repentina semi convivencia en la casa de Lu, porque la familia de Caro sabía todo pero prefiería ver lo menos posible. Susana, en cambio, nunca se opuso. "Si hay algo que admitirle a Susana, es que tiene una mente muy abierta", afirmaba Caro, aunque lo que no decía era que con esa vida que, suponía, llevaba su suegra, no debería tener mucho para objetar.
Susana es una reventada, sí. Pero cuando hace su famoso guiso de lentejas no hay quién se resista. Sin embargo, son pocas las veces en el año que Susana se levanta de la cama para cocinar. Por eso Caro tomó la precaución de pedirle la receta para preparárselo a su queridísima, el día de su cumpleaños. Esa vez no le quedó tan rico, pero con el tiempo lo fue perfeccionando. Tampoco le salía bien ser todas esas cosas que Lourdes necesitaba, pero eso también lo aprendió a adecuar.
"Lu es una mina con muchos problemas", confesaba tristemente Caro a sus amigas los primeros meses de pareja. Lourdes tenía tanta carne cruda que cocinarla entre sus piernas era para Caro un plan delicioso. Y la necesitaba tan encarecidamente, que Caro nunca tuvo que ser Caro. Bastaba con que fuera confidente, apoyo moral, cocinera, asistente de delitos varios, hombro, Papá Noel, maestra, bolsa de arena, conductora designada, receptora de sexo, madre. Así Caro se salvaba de buscar a Caro, que no estaba nunca en ningún lugar, aunque parecía que estaba ahí mismo siendo confidente, apoyo moral, cocinera y todas esas cosas.
Naufragaron el amor dos años enteros y algunos meses más, en la calma que otorga la mutua necesidad. Esa calma que son cráteres silenciados. Una tranquilidad que, por suerte, no es eterna.
Caro, perdida en sus múltiples utilidades, quiso un día parir a Caro. Para eso, hizo falta dejar de ser todo lo demás. Tanto invierno dedicado a la correcta enfermería de su mujer rota, la habían dejado sin frazada. Por eso un día estalló la fiebre de quien quiere empezar a ser. La quietud nunca puede sobrevivir semejante catástrofe. El movimiento apremia y todo lo calmo, indefectiblemente, se cae del mapa.
El rompimiento no fue fácil. Meses de llanto, traiciones, insultos y reclamos que partían indistintamente de ambos frentes. Que yo sin vos no puedo vivir, que al final sos igual que mi ex, que mentís, que no me cuidaste nunca. Quedate, andate, dame, creeme, quereme, olvidate. Pero Caro tenía que parir a Caro.
"Y al final, el guiso de lentejas nunca le salió como a mi mamá", confesó Lourdes un tiempo después.
jueves, 9 de diciembre de 2010
Comunicado de la Liga de Chongas de Casa, filial Soldati, en conjunto con la Agrupación Nacionalsocialista "Pastafrolas arias"
Compañeras, vecinas, argentinas:
En vista de los más recientes incidentes, nosotras, las vecinas del lado correcto de Villa Soldati (léase, PROPIETARIAS) nos manifestamos en repudio de la violenta toma del divino Parque Indoamericano, en manos de esa gente de países fronterizos que así como hoy te toman un parque mañana te toman el país, viste cómo son que nos quieren robar todo. Esas usurpadoras, a quienes llamamos así gracias a la buena tarea de los canales de televisión que nos enseñan el lenguaje adecuado que sino yo a esas les diría negras y perdoname que lo diga así, yo no tengo nada contra los negros de piel, pero esas son negras de mente. Sí, de mente negra, de países negros. ¿O no sabías que las cholas cagan en la calle? Así como te lo digo. Y a nosotras no nos parece que vengan esas señoras, que mirá que yo las respeto muchísimo cuando voy a comprarles verduras al mercado, siempre las saludé (y ellas ni te miran, claro, no les interesa integrarse al país, vienen y se cierran entre ellas como los chinos), pero yo siempre las respeté y ellas vienen y cagan. Y para nosotras el parque es el pulmón verde del barrio. ¿O qué pretende el gobierno montonero de Cristina Kizner? ¿que yo tenga que ver desde la ventana de mi monoblock, el paisaje de esas casuchas de cuarta que tienen ellas? A ver, dígannos cómo pretenden cambiar su situación si no les gusta trabajar. Ellas vienen acá a ser narcotraficantes. Nosotras no teníamos narcos acá. Vinieron ellas, especialmente las paraguayas, y ahí nomás inventaron el narcotráfico.
Por eso exigimos seguridad. Si nosotras como Chongas de Casa, queremos salir a comprar unas birras porque vienen las pibas, no podemos tener miedo de salir a la calle. Nosotras vivimos con miedo. Y ellas vienen con sus hijos, porque encima de todo son heterosexuales, no es que nos gustaría estar con ninguna de ellas, con sus hijos que son no sé, unos cinco por madre y te afanan. ¿Te das cuenta? Ellas no quieren formar una familia. Están armando un ejército de ladrones. ¡Peor! Están tratando de conquistar nuestro país sembrando población boliviana en todo nuestro suelo. Y después van y toman territorios. Esta sí que es una inmigración descontrolada.
Mediante este comunicado, la Liga de Chongas de Casa del barrio de Soldati y las flacuchas de la agrupación Nacionalsocialista "Pastafrolas arias" dejamos asentado nuestro repudio y próxima convocatoria al cacerolazo, que tanto nos ha representado a todos los sectoresde la clase media, aunque algunas dicen que somos clase media-baja, pero enfatizamos el "media" para que no nos asocien con esas sucias de la vereda de enfrente. Sí, baja sí, chorras no.
Los dejamos con una frase que nos caracteriza en esta unión que formamos las buenas vecinas:
Nosotras pagamos nuestros impuestos. Argentina para las argentinas. Bolitas gou jome.
jueves, 2 de diciembre de 2010
Las vidas posibles
Otra vez nos olvidamos las persianas levantadas y el implacable sol blanco me pincha los párpados. Es temprano, pero ya estoy despabilada. Ella no. Duerme como si nada. Es uno de los pocos domingos en los que me despierto antes que ella. Con sigilo, le doy un beso en la frente, la hago a un costado, me deshago de las sábanas y me levanto. Cierro un poquito la persiana, para que duerma un rato más.
Después de los aseos matutinos, cara, dientes, pelo y etcéteras voy hacia la cocina. En el living hace sus primeros maullidos del día el Señor Rodríguez y rasguña el almohadón rojo que ahora es una maraña de hilos. Rodríguez es el dueño de casi todos los espacios del hogar, salvo la pieza, territorio que conquisté a fuerza de innumerables retos. Pero Rodríguez no es mío. Lo trajo ella y le puso el nombre, mientras yo imaginaba que era para asegurarse la patria potestad si algún día tuviéramos que dividir todo por diferencias irreconciliables. Entonces me prometí no quererlo mucho; me dije: es de ella y se va a ir el día que ella se vaya. Me prometí también no quererla mucho a ella. Fallé en ambos intentos. A ella le digo que no lo soporto, que los pelos, que el lío que hace. Miento. Me miento. Y lo hago todo el tiempo, porque el gato me recuerda a ella y ella lo sabe pero me pregunta porqué y le digo que es por los bigotes y escapo de decirle que a veces hago una lista mental de todo lo que me gusta de ella y el gato está incluido, porque el gato la compone a ella y ella compone al gato y en algún lugar de todo eso también estoy yo, gracias a quien sea que nos haya puesto en esos dos ambientes a ella y a mí, o a los tres, Rodríguez, discúlpeme.
En la cocina, obviamente, el lío de ayer a la noche. Lavo, no lavo. No, no lavo. Invento una excusa: no quiero hacer ruido porque ella aún duerme. Pongo el agua para el mate. Digo que adquirí esa costumbre, pero otra vez miento. El mate es para ella, cuando se despierte, porque yo no puedo pasar nada por la garganta a esa hora de la mañana, salvo una fruta. Abro la heladera, agarro un durazno y lo como. Ahora el mate tiene aún menos sentido y queda más evidente que todo lo hago por ella, especialmente porque mientras pienso eso, ya estoy poniendo un mantelito en la mesa ratona del living, para que quede todo lindo. Entonces pienso que es mejor que todo quede casual, que parezca que el desayuno es para mí porque todavía hoy me da vergüenza que ella sepa lo mucho que me gusta. Todo ese agasajo, qué bochorno. Y ella lo sabe, por eso le miento y me río de sus manías, porque no sabe que van a parar a la misma lista que el gato, esa lista que armo porque sé que nadie más que yo puede ser testigo puntillosa de su existencia y porque tengo que clasificar todo eso en algún rincón de la mente, para que no se desorganice y me olvide que siempre debo mentirle para que no sea tan conciente de que hace rato estoy perdida, finiquitada por todas esas cosas que ella es, el gato, las manías, la forma en que canta algunas canciones.
Pienso que será mejor ir a comprar el diario para que cuando se despierte me vea relajada, en mis asuntos, y no, nada de esto era para vos, pero si querés hay tostadas y mate, pero no como a mí me gusta, como a vos te gusta, aunque el mate era para mí, sí, pero preparado como a vos te gusta. En medio de esas cavilaciones la escucho despertarse, yo en la cocina, ella haciendo los pasos hasta el baño, cierra la puerta y entonces me voy ya mismo a comprar el diario porque igual va a tardar, ahora es el momento de elegir parecer relajada o estúpidamente anfitriona de su persona, así que agarro las llaves, me pongo unas ojotas y bajo a la revistería.
Vuelvo con el diario y ella recién sale del baño y ve todo preparado. No tuve tiempo de dejarlo desprolijo para que no supiera que era todo por ella y me sonríe con algunos sueños todavía jugándole en el lagrimal y ya sabemos las dos muy bien que estoy perdida, finiquitada y que es todo por ella. Por eso le miento y me río de esa ropa que tiene puesta a la que llama piyama y se lo critico porque me da una bronca incontenible que ella sea hermosa en ese pantalón idiota que a cualquiera le quedaría mal y con esa remera así nomás, un verdadero desastre que encima de su cuerpo es belleza pura como el gato y toda esa lista de cosas. Le miento y me río y ella se defiende, como siempre. Se enoja por mis críticas, pero sabe que no puedo. Realmente no puedo no mentirle. Si ella supiera la verdad, que adoro a Rodríguez, que estos años han sido por ella y que muchas veces ruego que ella haya armado una lista con mi nombre y todas mis cosas y que ella también mienta y no me diga, porque sabe que adoro a Rodríguez y sabe que miento porque tengo tanto adentro que todo eso tendría que estar escrito en alguna lista con mi nombre y con muchas otras cosas hermosas que me componen y que la tienen como única testigo puntillosa y ojalá a ella le pase lo mismo que a mí, ojalá.
Y eso ruego, aún este domingo, después de tanto tiempo.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)








