martes, 22 de marzo de 2011

Cuestión de gustos


Quisiera decir que la colombiana y yo teníamos una conexión espiritual, que nuestros planetas se alinearon, que la belleza de sus palabras me había cautivado. Pero tengo que admitir con crudeza que lo que verdaderamente nos unía era su culo. Y lo mío no es superficialidad, ni cosificación de las mujeres. El culo de la colombiana para mí nunca fue algo menor. Había en toda esa redondez exquisita una trama sumamente mísitica.
De hecho, si tomamos en cuenta que el día que la conocí ella estaba anotando algo inclinada sobre su escritorio, resulta que cronológicamente tuve el honor de conocer su prominente parte de atrás unos segundos antes que a su portadora. Fue cuando empecé a trabajar para esa empresa multinacional de vanguardia y amplia proyección a futuro, que quebró dos años después. Yo tenía 20 años y entré como cadeta. Ella estaba en el área de administración. Y no es que yo tuviera fijaciones previas, esas neurosis jugosas de ser analizadas como etapas no superadas de la niñez. Nunca me había detenido en el culo de las mujeres. Mi recorrido visual era: cara, ropa, manos, tetas. De suerte que le mirara la retaguardia, pero ya cuando el trato estaba consolidado por su buen venir.

El tema con el culo de la colombiana se fue dando de a poco. Culpo principalmente al mueble que usaban de archivo, que estaba puesto de manera tal que dos personas no podían pasar comodamente entre ese mueble y el escritorio de la colombiana. Yo tenía que pasar seguido por ahí para retirar papeles y ella siempre iba y venía llevando cosas dentro de la oficina. Así que era común que nos rozáramos, abriéndonos paso en ese espacio reducido, yo de frente y ella de culo que, con esa firmeza, era su principal herramienta para hacerse lugar.
Con el tiempo empecé a atribuirle a sus cachetes desenfadados una racionalidad propia. Era como si esos inquilinos rechonchos quisieran seducirme sin haberlo consultado previamente con la propietaria. Y esto lo digo porque me di cuenta que la colombiana realmente no tenía ninguna conciencia de las sobadas que me pegaba su globoso trasero.

El problema se desató mucho más adelante, un día de diciembre que nos había golpeado de calor y estábamos todos tirados en la oficina delirando de sopor. El Tano Gallucci estaba contando chistes verdes y las conchetas de recepción sostenían ofendidas que esas cosas no calentaban a nadie. Será que yo siempre funcioné con un termostato propio, porque el calor me estaba afectando más que nunca y encima de todo la colombiana no paraba de ir y venir sonriendo y meneando el culo como loca. Pero yo siempre fui una persona de bien, educada, tímida. Y estoy segura que fue una conjunción del extremado calor, los chistes del Tano y mi juventud efervescente la que hizo que, en el momento en que tuve que ir a buscar unas planillas al escritorio de la colombiana mientras ella también pasaba por ese lugarcito pequeño en el que tantas otras veces nos frotamos, mi mano, mi aventurera mano emancipada de mis funciones cerebrales, no tuvo mejor idea que ir a parar a uno de sus incitantes cachetes.
En un segundo y medio, toda la oficina se enteró de mis inclinaciones sexuales y de mi problema de coordinación cerebro-motriz. Incluso escuché a alguien (probablemente a la cuadrada de Liliana, la secretaria de uno de los gerentes) gritar algo así como "¡Acoso sexual!" un par de veces.
Así fue que nos mandaron a las dos a esa extraña terapia de pareja que hicimos no más de tres veces con la de recursos humanos (la hija psicóloga de uno de los jefes, que ni siquiera había terminado la carrera). Yo terminé llorando y confesando mi orientación sexual, a lo que la colombiana respondió que me entendía pero que no me zarpara porque ella no era lesbiana. Todo había sido tan vergonozoso y traumático para mí que casi declino la invitación a la fiesta de fin de año de la empresa. Fue Gallucci quien me convenció de ir, comprometiéndose a proporcionarme todo el clericó que yo le pidiera. Por suerte todos terminaron en situaciones calamitosas (la rubia de contabilidad vomitando en el baño, el Tano que está casado encarándose a la frígida de Liliana) así que los chistes relativos a mi encuentro cercano del tipo nalguístico pasaron a un segundo plano. Y aunque el alcohol haya nublado gran parte de la noche, me acuerdo perfectamente cuando la colombiana se acercó conciliadora y me dijo: - Si tú pudieras pedirme algo ahora mismo, ¿qué sería? Y ten cuidado que ya te dije que no soy lesbiana.
Ante esa pregunta pude finalmente articular mi deseo.

No sé exactamente cómo llegamos hasta su casa. Sólo puedo acordarme de ella recostándose boca abajo para dejar que yo delicadamente reposara mi cabeza sobre sus bellas posaderas. Así dormimos durante horas. Soñé un sueño sedoso, de espumas plumíferas y arenas acolchadas de colores pastel. Imaginé nalgas doradas pintadas en las paredes de las iglesias, viajé en culos aerostáticos. Finalmente, cuando habíamos descansado lo suficiente, nos despertamos y dejé su culo para siempre.
La empresa quebró un mes después y no volví a ver a la colombiana.

Será cuestión de gustos, porque sé que muchos ilusos adoran dormir entre almohadas. Yo en cambio he preferido desde aquella noche abandonar definitivamente esas tristes metáforas de gomaespuma y afrontar la dureza del colchón pelado. Porque reconozco que nada, ni la más dócil de las ovejas lanudas, podrá compararse jamás con el mágico culo de la colombiana.

martes, 8 de marzo de 2011

El asunto

El asunto sucedió exactamente hace un año. Un día de marzo como el de hoy, caluroso y húmedo, pero del año pasado, ¿te acordás? ¿Pero qué estoy diciendo? Por supuesto que te acordás y mejor que yo, que estoy escribiendo esto para purgarlo. Y al final me sale escribírtelo a vos, que durante los últimos cuatro años fuiste inspiración de casi todo lo que he escrito, incluso (y especialmente) cuando todavía no estábamos de novias. ¿Qué harás vos para purgar lo del asunto? Hace un año, cuando todavía vivías acá, lo hubiera sabido.
Antes estaba pensando que si aquel día no hubiera hecho tanto calor el asunto no hubiera pasado. Pero no es el calor el que trae las miserias. Vos te mudaste conmigo un día sofocante de noviembre hace tres años y las dos estábamos completamente felices. No me acuerdo si fue que el chino de la esquina no tenía champán o que en nuestra economía conjunta no sobraba un peso para comprarlo, la cosa es que terminamos brindando con vino blanco de cartón y soda, un pobre sustituto, pero ¿qué importaba?
Vos tenías todas tus cosas encimadas a las mías, desordenadas, anudadas. Tardamos semanas en acomodarlas, como si quisiéramos que nuestras cosas se fusionaran mágicamente o porque todo era así como la canción, de la cama al living, pero en el living no hacíamos nada, comíamos algo, nos hidratábamos y de vuelta a la cama. Así pasamos las tres o cuatro primeras semanas. Nos habíamos propuesto tácitamente ser muy ruidosas. No lo hablamos, pero creo que las dos necesitábamos roper las barreras del sonido, después de haber pasado tanto tiempo bajo el techo de tu familia o el techo de la mía, techos en los que había que cerrarle el pico a las verdades. Yo tuve que mudarme antes porque ya no aguantaba más. Mi familia -ya lo habíamos convenido- era la más desquiciada. Lo mal que te trataba mamá, que sabía bien quién eras para mí, pero no lo quería hablar, no quería escuchar, sólo te sobraba y yo me moría de vergüenza. Y tu familia lo mismo, pero un poco más tranquila. Me dejaban entrar a tu casa, quedarme a dormir, cojerte, sí, cojerte porque debían saber que si yo pasaba la noche en tu pieza y era tu novia, cojíamos. Pero igual me llamaban "tu amiga" y casualmente muchas veces se les olvidaba invitarme a cumpleaños y otros festejos. Así que vos tampoco tardaste en venir a vivir conmigo.
Cajas, valijas, tu gato Felipe y santo remedio. Habíamos solucionado la mierda familiar en dos ambientes, quinto piso, balcón. Y entonces podíamos hacer mucho ruido cuando cojíamos, pero en esa época ningún vecino se quejaba. Claro, ¿quién tiene la cara para venir a decir: chicas, griten menos porque me despiertan al nene? Aunque sí empezaron a venir cuando los gritos tuvieron que ver con otras cuestiones. Se ve que de tanta costumbre de alaridos, también los trasladamos a las peleas. Pero los primeros tiempos, recuerdo haberme sentido absolutamente libre. Poder gritar y que vos me grites en ese espacio que era nuestro, me sonaba hasta divertido. Parecíamos una de esas parejas. Vos sabés lo que quiero decir, de esas que tienen su casa, sus hijos, sus pases de factura. Nosotras no teníamos hijos, pero Felipe ya se había adaptado perfectamente a esta casa. Cuando vino tu amiga Maribel me acuerdo que dijo que parecía que Felipe absorbía todo lo que nos pasaba, porque cuando discutíamos se ponía a saltar de acá para allá como un loco, corría, mordía los muebles. Y cuando nos reíamos él jugaba chocho de la vida con lo que fuera que encontrara. A veces también se nos acercaba mimoso cuando nos veía besarnos. Ahora que lo pienso, había tenido razón Maribel aquella vez.
Quizás ya no tenga sentido achacarnos el asunto, pero las dos sabemos que sí, que tenemos todo que ver con lo que pasó, aunque en esos primeros meses de convivencia no lo hubiéramos imaginado. Y después que pasó no podíamos nombrarlo siquiera, entonces nos referíamos a eso como "el asunto" y así quedó para nosotras, aunque en realidad nadie más sabe cómo fue la evolución de eventos que condujeron hasta ese desenlace y será por eso, por este secreto, que hoy necesito purgarlo todo.
Los vecinos no se quejaban tanto al principio, porque en realidad casi nunca discutíamos. Sólo pasaba que había algo de mi desorden constante que a vos te sacaba de las casillas. No importaba cuántas veces limpiaras o me pidieras que mantenga el orden, yo simpre me las arreglaba para desacomodar todo. Eso me decías. Ahora que veo el lío de esta habitación pienso que tenías razón. Pero así viví yo siempre y no me molestaba. Y a vos tampoco te molestaba tanto porque después de tu berrinche yo encontraba la forma de sacarte una sonrisa, al menos el primer tiempo. Se ve que a medida que pasaron los meses, el desorden y tu cansancio fueron mayores que las sonrisas que te sacaba y el volumen de nuestros gritos comenzó a ascender.
Pero no fue eso, o no fue sólo eso. Alberti y Asociados. Así empezó la debacle. Conseguiste trabajo en ese estudio y de pronto le dedicabas más de diez, doce horas al día. Te servía para cuando te recibieras. Era llenar el currículum con una experiencia importantísima. Yo lo entendía. Te lo dije mil veces. Pero debió ser como una de esas cosas que uno entiende de palabra, conceptualmente, y cuando eso se traduce en que la otra persona empieza a llegar cada vez más tarde, más cansada, de mal humor, seca de emociones porque ya las volcó todas en esas cuatro paredes blancas minimalistas estudio de arquitectura, entonces eso que entendías de palabra se convierte en otra vez esa cara de mierda y seguro se va a bañar y a dormir temprano, ni un mimo, ningún registro de mi persona, esa sonrisa forzada, si yo pudiera cambiarle el ánimo de porquería que tiene, por ella y por mí, porque todas las noches, o casi todas, esa cara, ese desgano y mi sensación de culpa porque llego mucho más temprano del trabajo y tengo tiempo para mí y ella internamente debe culparme aunque no lo dice, es muy buena para decirlo, pero si es buena, ¿por qué no cambia la cara?
Todo eso las dos lo entendíamos muy bien los fines de semana, después de haber discutido tres de los cinco días de la semana. El domingo a la tarde, después de la siesta, hablábamos de lo que nos pasaba y detectábamos que era un tema laboral exclusivamente, que esto era ahora, que el año que viene después de recibirte ibas a dejar todo y abrirte sola. Pero en el transcurrir de los días, se transformaba en una pelota pegajosa que hace rato había empezado a sumarse a sí todo lo horribles que podíamos ser una con la otra.
Me acuerdo de esa vez que discutimos y no sé si habrá sido porque Felipe y yo estábamos pasando mucho tiempo juntos en casa antes de que vos volvieras del estudio, o porque el minino tenía una percepción impecable, pero pasó que vos me dijiste algo terrible, algo como que a veces no te daban ganas de volver a casa y Felipe, siendo que el gato era tuyo, se te lanzó encima y te arañó una pierna. Desde ahí lo empecé a sentir como un justiciero; creo que vos también. Como si fuera que él iba a ser el árbitro de nuestros arranques o que al menos debíamos comenzar a prestarle más atención a las señales. Ahí fue que empezaste a leer libros sobre revelaciones y cambios de vida y budismo zen. Pero se ve que la espiritualidad te duró poco, porque la enfermedad de papá no tardó en agravar la situación. Diagnosticado y todo, vos ya habías organizado tus vacaciones con tu hermana y no sabías qué hacer. Papá estaba bastante mal, pero yo insistí para que te fueras igual. No sé porqué hice eso. No sé porqué muchas veces dije lo opuesto a lo que sentía. Quizás para probarte, para ver qué hacías, si tomabas la decisión que para mí era correcta. Y fue claro que tu concepción de lo correcto era muy diferente a la mía. A papá lo operaron cuando vos estabas en Bariloche. A tu regreso me mostraste las fotos del viaje: el día que papá sobrevivió, porque fue eso, sobrevivió, lo sé porque el médico reconoció más tarde que la operación había sido muy complicada y que las chances de que saliera bien eran escasas, ese día en el que mi viejo podía irse de este planeta, vos estabas en una aerosilla subiendo un cerro y cagándote de la risa con tu hermana. Sí, después me llamaste. Te conté todo. La angustia que pasamos, que después mamá se había ido a dormir a su casa, que él ya estaba bien y que en unos días le daban el alta. Quizás no pudiste ver la gravedad de la operación. Nunca entendí que te fueras, que creyeras real mi incitación a que te tomes esos días de vacaciones que ya habías planificado. Estábamos hablando de mi viejo ¿no lo entendiste? Y cuando sostenía tu foto en la aerosilla sentí por primera vez que algo se quebraba, que para mí podía quebrarse el caño de la maldita aerosilla y que vos y tu hermana se cayeran un poquito al vacío. Pero no te dije nada, porque había sido yo la idiota que te empujó a esas vacaciones. Ibas a decirme que yo te insistí para que hagas el viaje y que si te lo hubiera pedido, vos te hubieras quedado por lo de mi papá sin ningún problema. Pero ¡vamos! Si hubieras querido, te hubieras quedado. Yo tenía eso tan claro que ni quería oírte dar esas excusas. Así que sólo empecé a tratarte mal, a dejar ir todo, a enojarme por cada cosa, por tu cara de mierda cuando volvías de trabajar, por tu intento tardío de cojer conmigo un sábado a la noche después de dos semanas de mis intentos fallidos. Y ahí fue que Maribel te dijo eso de que la convivencia nos estaba matando. No me lo olvido más, porque una semana después de que me contaras lo que te dijo, vos y tu discurso de que había que creer en las señales, tuvieron su clímax esotérico en una señal que no nos vimos venir.
Fue un martes de marzo. Los martes eran los peores días para vos, porque como los lunes en tu oficina no llegaban con el trabajo, los martes se quedaban casi siempre unas horas más para adelantar cosas. Adelantar no sé qué, porque nunca tenían tiempo, todo les requería horas extra aunque adelantaran trabajo. Así que era el peor día para vos y terminaba siendo el peor para mí, porque llegabas como a las ocho de la noche, después de mi clase de yoga y me veías tranquila y eso te ponía peor. Y como yo sabía que te ponía peor, más relajada procuraba que me encontraras. Bañadita y todo. Cantando una canción alegre, en tu cara de mierda, en tu cansancio, en tu no registro de mi persona, te lo iba a refregar todo. Hacía un calor terrible. Había hecho como treinta y tantos grados y me dijiste que en el estudio se había cortado la luz así que el aire acondicionado no andaba. Yo sabía que venías a las puteadas, pero no iba a ser muy diferente a los demás martes de los últimos meses. Para no discutir tanto, hice la cena y me senté a leer. Había abierto el ventanal del balcón para que entrara el viento húmedo de los últimos días de verano. Cuando entraste, lo mismo de siempre. Esa cara de tedio que tantas discusiones había gestado. Enseguida, casi sin dejar la cartera, viste que unos cds y unos papeles tuyos se habían caído por culpa del viento. Te quejaste de mi desorden, de mi "dejadez", como decías siempre. Yo retruqué gritándote que encima que había hecho la cena tenía que aguantarme tus echadas en cara y que no era culpa mía que tuvieras ese trabajo de mierda, esa cara de mierda, esa vida de mierda. Y vos, que hacía rato habías dejado de medir las consecuencias de tus frases, lanzaste así nomás que no estabas tan segura de eso de que yo no tuviera nada que ver con tu vida de mierda. Y en ese momento en el que yo estaba tan lista, tan preparada para largarme a llorar y escupirte todos los insultos que conocía y algunos nuevos, el asunto nos robó la vida de un solo salto. Felipe, que había estado corriendo por toda la casa totalmente fuera de quicio, tirando cosas al pasar mientras nosotras discutíamos y le gritábamos que la cortara, sin percatarnos que el gato lo recibía todo, que éramos nosotras las que lo estábamos llevando a ese estado de locura, simplemente se frenó, en ese momento en el que me dijiste lo de la vida de mierda, se detuvo como si él sintiera lo mismo que yo, la gota helada cayendo por la espalda, el golpe terminal que sentí en la nuca pero que no me di tiempo de absorber, sólo quería apurarme a devolverte con algo peor, Felipe que lo absorbía todo se frenó y detuvo el tiempo. En un firme y rápido galope, atravesó el living, llegó al balcón y siguió derecho.

Después de la muerte de Felipe dejamos de discutir. Los días nos pasaban por encima, abatidas, perplejas.
Te llevaste tus cosas dos semanas más tarde. Tu cuñado vino unos días después con el flete a buscar los muebles. El asunto no le había quedado claro a nadie. Cómo un gato podía hacer una cosa así, nada más.
Pero vos y yo sabemos todo, incluso hoy, por eso hay que purgar este asunto, hay que decirlo en un cuento o en una carta. Hay que decirnos este asunto, porque en casa hay demasiado silencio y los vecinos ya no vienen más a quejarse por los ruidos.

martes, 22 de febrero de 2011

Pandora


- Necesito desnudarte- te dije al oído, pero vos hablabas con Juanjo y giraste la cabeza para mirarme sentenciante, al tiempo que me decías "No es momento". No era momento porque vos hablabas con tu amigo y me atribuías erróneamente la insolencia de decir secretos en voz demasiado alta y porque creías que todo lo que yo dijera en esa clave tenía que ver con una extraña demencia que yo tenía de levantar temperatura con cualquier sonido tuyo que me recordara los gemidos que algunas veces había podido extraerte. Pero no entendías ¿y cómo decirte? Desvestirte y pegarte a mi cuerpo era algo así como destrabar la tapa de una cajita que encerraba la vida más solemne. Prefería entonces que me pensaras así de enardecida y concreta: sexo, sexo. Porque si sabías que eras esa cajita, ese gran dibujo de inmensidad ¿quién era yo? Hubieras creído que no era más que una lingüista de las masitas y la telenovela a las tres de la tarde. Una cajita que albergaba todo lo que la vida había prometido ser. Qué triste rococó pensarías de mí.
Vos seguías tu charla frondosa con Juanjo, pero me tomaste de la mano porque de pronto me había quedado en silencio y me acercabas tu tacto como disculpándote por tu sanción. Era tibia tu palma y me devolvía al mundo pero así y todo yo seguía queriendo desnudarte. No, queriendo no: necesitando desnudarte, boca seca que explora cada esquina de la mesa en búsqueda violenta de un trago de agua. Tomé de mi vaso que tenía vino y te serví un poco más en el tuyo que todavía estaba a la mitad.
- ¿Me querés emborrachar?- preguntaste incisiva y yo entré en el ligero pánico de que descubrieras todo mi plan. Sonreí sin contestar o como muda respuesta. Si algo salía mal, si no te desnudaba esa noche y te estrechaba contra mi pecho en ese juego que hacía a veces de poner tu corazón a la altura del mío para imaginar que adquirían el mismo compás, un tucutún parejo y circular que iba de mí hacia vos y de vos hacia mí, si no era ésta otra de esas noches de tucutunes, entonces esta realidad de vinos y Juanjos no tendría ningún sentido. Pero me viste a los ojos, mientras tu amigo continuaba con sus anécdotas de vacaciones y no sé qué, y algo de mí debió salirse para afuera, porque no me conocías tanto aún, debí ser yo en esas palabras que se me escurren de la mirada cuando estoy metida para adentro. Y le dijiste a Juanjo que era tarde y algunas excusas más y yo me hice sismos y mares porque al fin sí entendías mis planes, los tucutunes y la cajita de infinito y aún así ibas a darme todo, a destrabar la cajita, a abrir la belleza recóndita de la vida y a desatar una a una las catástrofes más hermosas de las almas.

viernes, 11 de febrero de 2011

Cerrado por vacaciones

En algún momento tenía que ser.
Vacaciones. Viaje. Todo eso lindo que pasa en verano y que nos hace sentir medianamente libres por unos días al año.
Veo que algunas personas me han comentado los textos y me avivé que mejor dejaba avisado que hasta fin de mes estaré lejos, en un planeta muy hermoso fuera de las dimensiones de cotidianidad y desamor de la Ciudad y alrededores de Buenos Aires.
Les dejo un abrazo enorme y nos reencontramos en marzo.
T.

viernes, 28 de enero de 2011

La noche del Bambino


La noche que lo conocí al Bambino nos habíamos vestido muy bien. Estela nos dijo que fuéramos bien arregladas, porque Nati era menor de edad y quizás no pasaba el control de la puerta. Pero Nati sabía que con su mamá al lado iba a poder entrar sin problemas. La gente del boliche conocía muy bien a Estela. Yo nunca pregunté porqué. Había cosas de mi suegra que prefería no saber.
Nos pusimos buena ropa y entramos.

- ¡Dos tragos gratis!- gritó Nati apenas pasamos la puerta. Te regalaban las consumiciones por ser mujer. Las mujeres tenían muchos privilegios en ese lugar, especialmente el de ponerse bien en pedo. Mi novia se había propuesto ese plan, cosa que para mí no era novedad.
- Genial- respondí yo, tratando de mostrar algún resquicio de honestidad. Necesitaba ser honesta, pero más conmigo que con Nati. A Nati no le importaba lo que yo pensara, mientras no le cagara la noche. Yo quería ser auténtica conmigo misma, mientras eso significara que estaba contenta de estar ahí. Dos tragos gratis. Qué bueno. ¡Qué bueno!

El lugar tenía una decoración de tan pésimo gusto que parecía intencional. El primer espacio al que se accedía era una especie de pista de baile con un pequeño escenario y una barra en el fondo. Espejos en las paredes, luces bajas de colores, música electrónica pasada de moda. Detalles en dorado, rosa, lila, fórmica, olor a desodorante de ambiente. Todo parecía pretender ser moderno, pero en una modernidad de unos diez o quince años atrás.
A Estela la perdimos apenas entramos. Se fue a saludar a sus conocidos. Nati se pidió un champán. Eso coronó mi sensación de que estábamos en los '90: champán, música anacrónica, sillones de cuerina.

- Si vos no te tomás tus tragos, ¿me los regalás?
- No, no. Pedíme un champán a mí también-. Yo no pensaba pasar la noche sin algo que me ayudara a atravesarla. No sabía qué tomar, así que la seguí a Nati, que ya tenía varias noches de ronda en este tipo de boliches. Pero yo no quería juzgar. Si quería que mi relación con Nati funcionara, tenía que sacarme de encima todos mis prejuicios. La dejé que me mostrara el lugar, como si en ese acto me abriera su alma.
Atravesamos una cortina negra. Varios sillones de cuerina negra enfrentados. No había mesas, sólo sillones. Más allá, una especie de colchón muy grande, también de cuerina negra. Todo estaba al tono. Más espejos. Otras habitaciones.

- Acá hay un sauna, mirá-. Mi novia me guiaba por todo el lugar como una experta. Ya se había bajado su copa. La dejó encima de una mesita que tenía un potus de plástico. - Arriba está la pile, ¿vamos?

Subimos por el ascensor hasta el último piso. Ahí la encontramos a Estela, charlando con el chico de la barra. Viendo a mi suegra en esa actitud, me di cuenta la poca ropa que traía puesta. Minifalda y strapless. Así era Estela siempre, pero recién en ese momento la vi con esos ojos que no habían querido ver. Al costado de la barra había una pileta, no muy grande, que tenía una cascada. La decoración seguía siendo muy parecida a la del piso de abajo, sólo que en este piso, como estaba la pileta, había más iluminación. Nati se acercó a Estela. Adiviné que su intención, además de aprovechar el momento familiar, era pedirse otro trago. Estela, ungida en un extraño orgullo que jamás entendí, le presentó a Nati al tipo de la barra.

- Mi hija, Natalia. Seguro la viste antes por acá. Y ella es mi nuera-. Estela no tenía problemas en presentarme como su nuera. Eso me ponía muy contenta, más allá de que el tipo de gente al que Estela me presentaba, eran personas de mente muy abierta, entre otras cosas. Saludé al barman tratando de convencerme de que la estaba pasando bien. Una noche en familia. Qué más da. Nati sonrió y le pidió un trago. Él no le pidió el papelito de la consumición. Ese champán era de regalo. Genial. Nati tenía todavía un trago más gratis, además de la plata que traía encima. En breve me tocaría volver a ser su carretilla y arrastrarla de alguna forma hasta su casa. Otra noche de esas.
- Mamá, nosotras bajamos. Ya va a empezar el show. ¿Vos venís?
- En un rato. Vayan, después nos vemos.

Bajamos por el ascensor. Efectivamente el show estaba empezando. Yo no entendía mucho, pero Nati seguía contándome cómo eran las cosas. Supuse que tenía más historias de las que yo creía y que no todas habían sido con su grupo de amigos, como ella decía.
- Después del show se arma el cachengue- anticipó mi novia, que ya se estaba terminando la segunda copa de champán. Yo ya conocía el momento exacto en que se ponía en pedo. Se le desdibujaba la cara y se le perdía la mirada. Así estaba en ese momento. Y, para peor, fue a la barra a buscar su tercer copa. Yo la esperé mirando el escenario. Dos chicas bastante pulposas estaban empezando a sacarse la ropa entre sí. Se me había venido a la mente esa palabra "pulposas". El término iba perfecto con la decoración del lugar. Eligieron un tipo que estaba entre el público y empezaron a sacarle la ropa a él también. La música que sonaba era Purple Rain, de Prince. Después de esa vez, nunca pude escuchar a Prince de la misma manera (aunque, a decir verdad, no suelo escuchar a Prince). No era la primera vez que veía un strip-tease. Pero en los que yo había visto se quedaban con la ropa interior, por diminuta que fuera, o con alguna toalla. En éste, en cambio, no se detuvieron. Se quedaron todos en pelotas. Y se manosearon de lo lindo. Al tipo se le paró ahí mismo en el escenario. Yo nunca tuve una gran afiliación a la moral y las buenas costumbres, pero algunas cosas exceden lo que uno puede tolerar. Y no fue eso; ése fue sólo el comienzo. Nati se había parado detrás mío y, cuando giré la cabeza, me di cuenta que estaba muy borracha.
Yo siempre quería cojer con Nati. Todo su ser me calentaba. Nati era el infierno, la hija del diablo, el fuego azul. Esa noche también quería cojer con ella y Nati borracha era una garantía de sexo fuerte, rock del bueno. Fui a pedirme otra copa, para ponerme a tiro con su estado. Cuando volví, mi novia me agarró de la mano y me llevó de vuelta a ese lugar que estaba detrás de la cortina negra.
No sé en qué momento se habían desnudado todos. Debían ser al menos unas setenta personas. Todas desnudas. Todas cojiendo. Gente que cojía en los sillones, en el colchón forrado en negro, en las otras habitaciones. Gente de pie, sentada, acostada. Gritos, gemidos, ruidos de piel chocando contra otra piel. No vi el sauna ni la pileta, pero probablemente había gente también ahí. Debí haberme puesto pálida porque, borracha y todo, Nati me miró y me dijo:
- Vení, vamos a sentarnos por acá-. Y me llevó a un sillón que estaba vacío. Me pidió que me tranquilice, que tome un poco más de champán. Yo le hice caso, pero las burbujas no me ayudaban a digerir nada de lo que veía. Me dio un beso. Uno bueno y largo. Tenía ese control sobre mí. Sabía que un beso me calmaba. Sabía que un beso me calentaba. Por fin logré relajarme, adentro de su boca. No tenía idea lo que ella quería hacer. No tenía idea lo que yo misma quería hacer. ¿Cojer ahí mismo? Sobre todas las cosas quería entenderla, conocerla, aceptarla. Sobre todas las cosas, quería que ella me aceptara a mí. La dejé besarme. La dejé tocarme. Pero no duramos mucho.
En el sillón que estaba frente al nuestro se sentaron dos tipos y una mujer en el medio.
- No mires- me dijo Nati. Y no miré. Fue más un consejo que una orden. Yo no sabía cómo comportarme. Le llevaba cuatro años de edad, pero mi novia sabía bien cómo se movían estos lugares. Volví a sumergirme en su boca, buscando un lugar que conociera, que me diera refugio. Me detuve de nuevo. Tenía clavada la mirada de uno de los tipos del sillón de enfrente. Instintivamente lo miré. Era el Bambino. Aparentemente disfrutaba del show que Nati y yo le estábamos dando. Y no sólo eso. También estaba disfrutando de la chupada que le estaba propiciando la mina que vino con él y que, a la vez, con una de sus manos le hacía una paja al otro tipo.
- Seguí nomás- me dijo el Bambino con una sonrisa. Tan suelto de cuerpo como si estuviera en su propio living. Yo la miré a Nati. Ella entendió todo. Nos levantamos y nos fuimos.
Para llegar a la salida teníamos que pasar por la pista de baile. No había casi nadie. Era claro dónde estaban todos. En una de las sillas altas, pegada a la barra, estaba Estela hablando con una amiga que yo ya conocía: Mary. Ese día supe de dónde era que se habían hecho amigas.
- ¿Y? ¿Cómo va la noche?- le preguntó Estela a su hija.
- Bien, pero ésta se espantó un poco- contó Nati matándose de la risa. Yo me sentía una idiota, como si estuviera faltándole el respeto a toda su forma de vida.
- No te preocupes- me dijo Estela con un dejo de algo parecido al cariño- después te acostumbrás.

Saludamos y nos fuimos.

Esa no iba a ser la única noche ahí. Y era cierto, después te acostumbrás. Aunque en realidad nunca quise acostumbrarme. Ni al lugar, ni a Estela, ni a Nati. Y mucho menos al Bambino.

jueves, 27 de enero de 2011

En una caja de pizza


Te llamé porque te quería coger, ¿no te diste cuenta? No, no te diste cuenta. Ay, Sofía... si supieras. No hay nada en mí que pueda darte. No quiero. No a vos. Y vos estás acá frente a mí pidiéndome todo, dándome todo. Me trajiste el corazón en una caja de pizza. Sofía, mirame. No hay nada en mí que sea para vos. Y sin embargo vas a decirme algo terrible.

- Lo que quiero es que pasemos más tiempo juntas.

Pobrecita. Sofía, escuchame, mirame. Rajá de acá. ¿No ves que te llamo porque quiero cojerte? Y cuando venís, ni siquiera quiero cogerte. Quiero que cierres la boca.

- Sofi, te estoy dando lo que puedo ahora.
- Pero ¿no podríamos salir a dar una vuelta? Adonde vos quieras, pero salir. Siempre acá en tu casa encerradas.

Encerradas, sí. Porque no quiero que nadie te vea. Sofía, sos impresentable. Me das tanta pena que a veces te odio. Y te odio porque no puedo quererte. Te miro y trato de encontrarte algo bueno. Sí, tenés todo bueno. Sos buena. Sos una buena mina. Hablás. Me contás tu vida. No me interesa. No puedo quererte. No tengo nada para vos. Sofía, a veces no sé cómo echarte de mi casa. Llegás y quiero que te vayas. Pero no sé echarte. Y vos no sabés irte. Entonces cogemos.

- ¿Qué querés que hagamos, a ver?
- No sé, Sil. Vamos al teatro, al cine, a escuchar alguna banda. ¿No te gusta todo eso?
- Sí. Me gusta... pero esto que tenemos está bueno. A mí me gusta estar acá con vos.

Miento. Sofía, avivate. No me quieras. Si no me querés, quizás podamos elaborar algún acuerdo. Vos no me querés, yo no te quiero. Es la única forma de amor parejo que conozco. Seríamos dos seres deshilachados, nadando en el Riachuelo y nos llamaríamos por teléfono. Así de simple. ¿Querés venir? Y eso sería lo mismo que decir ¿querés coger? Y yo podría pedirte un remise a mitad de la noche. Hace calor, Sofía. Quiero mi cama para mí. Vos querrás tu cama para vos. Andate, Sofía. No te pongas mal porque no puedo quererte. Quiero quererte. Lo inteté cada vez que te llamé. Alguien me dijo que con el tiempo uno le va tomando cariño a la gente. Yo te fui tomando odio. Me entristece la pena que me das. Me veo a mí en vos. En esa pena. Rascando la puerta como un perrito que no puede entrar. Te odio porque me querés y no soy nada. Te odio porque no ves que no soy nada. Y no hay una gota de alcohol en toda la casa. Tengo que beberte sobria.

- Y no sé, Sofi... ¿Querés que vayamos a tomar algo?
- ¿Por acá? Dale, ¡vamos!

Estás contenta. Salimos ¿viste? Agitá la cola. Llaves, plata. Listo. Acá a unas cuadras hay un bar. Es caro, pero más caro es tener que verte la cara toda la noche. Sofía, no seas vos. Tu corazón en una caja de pizza. Yo no pedí esto.

No me lleva mucho tiempo. El truco es tomar con velocidad. El primero cuesta pasarlo; el segundo ya me estoy quejando porque lo hicieron demasiado suave. ¿Qué se piensan que soy? ¿Una pendeja? Lo soy, Sofía. Lo soy. No sé nada de la vida. ¿Qué te estoy haciendo? ¿Qué nos estoy haciendo? Hablame, hablame más. Quiero tu historia porque la mía es mía, la quiero para mí, para que no se vaya. Si algo sale de mí, va a matarme. Esta es la mejor relación que tuve, Sofía. Contame tu vida. Callate la boca. Vamos a casa.
Pagamos. Cada una lo suyo. Sí, no me importa quedar mal con vos. Caminamos como podemos. Me río. Pero no de vos, Sofía. Me río porque es una reacción química. Nada de vos me causa gracia. Todo lo que sos es triste.
Llegamos a casa.

- ¡Estás en pedo, Sil!
- ¡Shhh! vos también.

Entramos. Nos sacamos la ropa. Tenés un corpiño horrible. Sacátelo, por dios. Me estoy perdiendo otra vez. No hay cómo negarlo. Me pierdo. Me voy tanto que me extraño. Me voy tanto que me doy asco. ¿Te gusta esto? ¿Te gusta que te la chupe así, que te toque así? No me importa. No sabés tocarme. Nadie me toca. Tampoco me importa. Aborrezco tus gritos. Quiero salir, pero nunca sé cómo. Entonces cogemos.

Por suerte se hace de día.
Ella se despierta y se va. Pasé la noche. Una menos.

Después de despedirla, veo que me dejó la caja de pizza. Mientras la abro, pido por dios que no se lo haya dejado adentro.

No.

lunes, 24 de enero de 2011

Todo lo sólido se diluye en la sangre

Andrés ya sabe las letras. Reconoce todas las vocales y varias consonantes. Le escribo en un papel "ANDI", con I latina, porque la Y griega no la sabe. Le pregunto qué dice ahí. Se queda perplejo.
- Dale, ¿qué dice? AN...- trato de ayudarlo.
- ¡Tía!- arriesga él y yo me muero de ternura por oírlo llamarme así. Pero a lo que escribí no le pega ni en el palo.
- No, no. Mirá: AND...
El me mira. No sabe adónde quiero llegar.
- ¡Si vos sabés las letras!- lo aliento- A-N-D-I. ¡Dice Andi!
- Es muy chiquito todavía- se mete mi cuñada, en defensa de mi sobrino. Yo no quería culparlo de tonto. Quería enseñarle algo. Pero es cierto: es muy chiquito.
- Sabe las letras, pero no las asocia- me explica Julián, no en defensa de su hijo, sino porque lo quiere tanto que aprendió cada una de las etapas del desarrollo infantil.

Mamá, que está poniendo la picada sobre la mesa, me cuenta a mí pero lo dice frente a todos:
- Vos aprendiste a leer a la edad que tiene Andy ahora, más o menos. Sí, tres y medio, cuatro, ¿no?- consulta con mi papá, que está jugando con Andy a algo que él quiere jugar pero Andy no. No es que papá tenga mejor memoria que mamá, pero mamá sabe que en su idealización, tiende a mentir un poco. Es víctima de sus propios verseos. Después se olvida qué parte inventó y cuál fue real.
- Sí, cuatro años- confirma mi papá.
- Entraste a primer grado escribiendo en cursiva-, explica orgullosa mamá. Y yo no entiendo qué tanto mérito es ese, pero sé que es bastante saber leer a los cuatro años. Andy, que es tan lindo y tan perfecto, entiende las letras pero no sabe leerlas en conjunto. Simplemente no hizo ese click. Yo sí lo había hecho muy pronto. Mucho antes que Julián. Por eso no pregunto a qué edad aprendió a leer mi hermano. Porque sé que esa ventaja mental que le sacaba a Julián lo enfurecía. Y Julián enfurecido, celoso, sólo podía traerme pésimas consecuencias. No lo pregunto ahora y cuando lo miro a Julián pone cara de nada, aunque los dos sabemos del orgullo de mamá. A mí me llena de vergüenza. A Julián de odio. Pero los dos aprendimos a atenuarlo con los años.

Desde hace mucho tiempo quiero decirle a Julián cosas que no me salen. Quiero contarle los problemas que me trajo tener esta cabeza. La bronca de las maestras cuando las desafiaba en seco. Las bromas de mis compañeros cuando las maestras se vengaban y los ponían en mi contra. Todas las veces que me sacaban fuera de la clase por hablar o por quejarme o por ser yo. Lo difícil que era sentirme parte de algo, identificarme con alguien, estar contenida. Lo mucho que intentaba no ser un problema, encajar, ser como cualquier otro. Quiero decirle a Julián que ser yo no fue nunca algo bueno. Pero a Julián ya no le importa. Hemos atenuado los odios, las venganzas. Andy nos trajo una especie de entendimiento mutuo. Un lazo de sangre, una pipa de la paz. Andy, que se parece tanto a Julián, me permite adorarlo a mi hermano a través de él. A Andy lo quiero, lo admiro, lo beso. Todo eso que Julián nunca me permitió. Y menos cuando las palabras de mamá me destacaban por encima de mi hermano.
Así circuló siempre la bronca: yo hacía algo bien, mamá se ponía contenta, Julián se enojaba y buscaba algún motivo para pegarme, yo lloraba, mamá se enojaba con los dos por el lío que habíamos armado. Mi cabeza significaba el amor de mamá, el odio de Julián y el enojo de mamá hacia los dos. Mi cabeza significaba el odio de las maestras y la burla de mis compañeros. Mi maldita cabeza.
"No te preocupes", le digo a Julián con la mirada, "me la estoy rompiendo". Pero Julián no lo sabe. No sabe tampoco que lo único que quiero es que él me quiera. Y ahora me estoy matando la cabeza porque nadie entiende que ser yo siempre fue algo malo, algo terrible.


-¿Qué te pasa que tenés esa cara?- me pregunta mamá.
- Me duele la cabeza.
Llegué a la cena familiar con un omelette de marihuana atravesado en la sien. Ya no me da la mente. Me la estoy matando, Julián. Pero él no lo sabe. Debería estar tranquilo. Mi último gran logro fue aprender a leer a los cuatro años. Mamá no debiera estar tan orgullosa, pero es lo que le queda, no puedo negárselo. Mamá y papá todavía están contentos conmigo, pero yo siento que es por inercia. ¿No me ves, hermano? Me estoy matando porque ya no quiero ser yo. Me hubiera martillado los sesos mucho antes. Pero era todo lo que tenía. Esa era yo. Mi única certeza. Y me los hubiera martillado por vos, por todos los que no me quisieron, por mi inadecuación. Me martillaría la cabeza para poder aceptar cualquier mina. Una que me quiera bien. Para que tome mis huesos, morbosamente destrozados, y me los ordene. Que me vea rota, como estoy por dentro y me lleve por la vida y hacia la vida, porque ya no puedo, porque me maté la cabeza, porque ya no sé quién soy y sólo me falta un golpe de gracia para terminar de aniquilarme. Me la rompería entera, porque así hubiera sido más fácil.

- Ahí sí dice "tía"- le explica mi cuñada a Andy, mostrándole lo que ella acaba de escribir sobre el papel.- T-I-A, tía.
Pero Andy sigue sin entender o no le importa y lo agarra a mi papá para que lo lleve a jugar a otra cosa.
No sé porqué quiero enseñarle a leer. No quiero que Andy sea como yo. Es hermoso, como era Julián. Y la gente le va sonreír siempre, porque con esos ojos y con esa alegría compradora, ¿cómo no quererlo?
Como lo querían a Julián. Como yo quería que me quisieran. Pero eso Julián no lo sabe.

sábado, 22 de enero de 2011

La mujer de mi vida



La mujer de mi vida está del otro lado de la línea telefónica.
Dice que ya está viniendo para mi casa. Yo, inmutable, por supuesto. Su presencia no me afecta. Hace un ratito salí de la ducha. Estoy fresca y tranquila. Su presencia no debe afectarme. Dice que en cinco minutos sale, se toma el colectivo y llega acá en veinte, treinta minutos. No es tanto pero ya tengo la casa impecable. Mientras estamos cortando la comunicación veo que hay una pelusa debajo de la mesa del living. Cortamos. Agarro la pelusa con un pedacito de rollo de cocina. Ahora sí, todo limpio.
Pongo música. Me siento a leer un libro. Así quiero que me encuentre. Culturosa. Con la casa divina. Pero ¿tan pulcra? Me levanto, agarro unos papeles y los pongo arbitrariamente arriba de la mesita del teléfono.
Me siento de nuevo. La mujer de mi vida llega en unos veinticinco minutos. Abro el libro. "Las columnas de humo seguían llegando por el callejón. Los bomberos no lograban..." y la música está demasiado alta. Está alta como para que ella la escuche desde afuera y yo pueda darme corte con mis gustos artísticos. Pero no puedo concentrarme para leer con la música así. Ni siquiera puedo leer con la música a volumen mínimo. Me desconcentro de nada. Es el libro o la música. Faltan veinte minutos. Apago la música. Vuelvo a abrir el libro. "Las columnas de humo seguían llegando por el callejón. Los bomberos..." y la luz está muy baja. Tenue, para darle un beso apenas llegue y que no nos ataque la luz fuerte. Pero no puedo leer con la luz así. Prendo la luz alta. "Las columnas de humo seguían llegando por el callejón...", pero hace calor o seré yo. La mujer de mi vida llega en quince minutos. "Las columnas de humo seguían llegando...", como ella que ya está por llegar. Pero este libro... ¿qué pasa que no avanza? Esas malditas columnas de humo. Dejo el libro. Prendo la tele. Ahora todo el escenario ha cambiado: luz prendida, música apagada, yo mirando programas idiotas en la tele. La mujer de mi vida llega en... ¿cuánto?... unos doce minutos aproximadamente. Zapping indiscriminado. ¿puede ser que no haya nada? Sandra Bullock otra vez. Basta. Apago la tele. Pongo de nuevo la música. Cambio la luz alta por la baja. Me siento en el sillón. Tanteo el libro una vez más pero pienso en las columnas de humo y vuelvo a dejarlo. En unos siete minutos va a tocar el timbre la mujer de mi vida. No pensé qué hacer de comer. No pensé qué comprar para tomar. No tengo nada en la heladera. Y la casa está demasiado ordenada. Me acuerdo que no me volví a mirar al espejo. Quiero ponerme perfume, pero ella está por venir y no quiero que piense que me acabo de poner perfume para recibirla. Quisiera ser casual y tener la casa más desordenada y el perfume suavizado por las horas. Quisiera no ser tan casual de no tener nada en la heladera: dos huevos, mayonesa, una botella de agua de la canilla por la mitad, un morrón. Eso no junta. Tengo las manos ásperas de lavar los platos. Me levanto del sillón. Me pongo crema. Pienso que en este momento va a llegar ella y entonces sí va a parecer todo muy casual, me agarraste justo que me estaba poniendo crema. Pero ella todavía no llega. Me vuelvo a sentar en el sillón. Miro la hora en el celular. Sí, debe estar por llegar. Debe estar por venir de un momento a otro. Pero cuando llegue, no le digas nada estúpido. No hables de más. Y relajate, ¿querés? Relajate de una vez por todas. No le cuentes que estabas viendo las fotos de Marta y Albertina y pensabas que eran vos y ella. No le digas que jugabas mentalmente a imaginarte así, en familia de tortas pero con menos libros y más puteadas. No hables de hijos de otros, ni de futuro. Sé casual. ¡Relajate, mierda! Y pase lo que pase, sé vos misma... pero no demasiado.

La mujer de mi vida toca timbre. Las cosas de la casa no están tan desordenadas como quisiera pero, para equilibrar, todo en mi interior está más o menos como me imagino que es la habitación del Pity o de Charly, pero del Charly anterior, con drogas y aerosoles.

- Hola- le digo. Sonrío y me pongo roja. Por suerte puse la luz baja, pienso.
- Hola ¿cómo estás?- me dice ella cuando está entrando. Y yo le meto un beso así nomás, de atropellada. Quiero pedirle disculpas. Quiero tantas cosas que casi no sé qué hacer.
Nos sentamos en el sillón y nos contamos algunas cosas. Algo del trabajo, de lo que pasó en la semana, del diario y la tele. Ella ya sabe todo de mí. Yo trato de ocultarme, de ser misteriosa. Pero es la mujer de mi vida y no sé qué hacer con eso. ¿Qué querés que haga? Tiro esa pregunta no sé a quién. Espero que alguien me conteste. Si fuera un poco más interesante tendría seres viviendo en mi mente. Múltiples personalidades. Y alguna me contestaría qué hacer. Bueno, ¿no será muy categórico pensarlo así? "La mujer de mi vida". Como si mi vida tuviera una sola mujer prometida. Pero si ella rondara mi vida por una buena porción de tiempo... si fuera Albertina y yo Marta, ¡vamos! No estaría nada mal.
De pronto me doy cuenta que ella me está contando algo hace rato. No sé qué comentar al respecto. No escuché una sola palabra.

- ¿No me estabas prestando atención, no?- adivina. Me adivina todo el tiempo. Me imagino lo burda que debo ser para ella. Cada vez que adivino a la gente, me aburro y la dejo. Pienso que ella va a hacer lo mismo conmigo. Estoy desnuda ante ella, como uno de esos sueños recurrentes en los que estás en pelotas frente a tus compañeros de la primaria. De esos tuve miles. Algún miedo a que me vieran como soy. O a que me vieran las tetas. Ella me ve como soy y me ve en tetas. Estoy en un serio problema. Va a dejarme apenas termine de leerme entera. Soy un libro en sus últimos capítulos. Y sigo sin prestarle atención. Pero no es porque no me interese lo que dice.

- No es que no me interesa lo que decís...- le digo sin saber cómo seguir la oración. No tengo cómo justificar mi falta de atención. Si ella entendiera todo lo que me pasa cuando la miro. La forma en que dice las cosas. Y sé que algo dijo de su familia y del fin de semana pasado. Pero no tengo idea qué contó. Sí sé el tono exacto en que pronuncia algunas consonantes. Y eso no sirve de nada. Debería haber escuchado su historia, porque si le digo lo de las consonantes, va a saberlo todo y voy a estar derrotada. Ella pone cara de leve disgusto porque se da cuenta que no la escuché y encima ni me esfuerzo en armar una excusa digna.

- ¿Por qué no ponés música?- le pido, porque justo acaba de terminar el cd que puse antes. De paso me sirve para zafar el momento.
- ¿Qué pongo?
- Lo que quieras. Fijate en la compu.

Ella se levanta del sillón y va a la computadora. En la pantalla está abierto un texto en el que estuve trabajando antes de que ella llegara. Me doy cuenta que me olvidé de cerrarlo. "La mujer de mi vida", lee en el título. Y ella lo sabe, porque sabe todo de mí. Aunque yo trate de ser yo, pero no demasiado y no hablar de Marta, ni de Albertina, ni del futuro.
La puta que lo parió.

lunes, 17 de enero de 2011

Cruz del sur



Otra vez tarde y a las corridas, como siempre. Soy una boluda.
Miro el reloj. El micro sale en 15 minutos y todavía tengo que caminar como tres cuadras. Paso entre la gente a las puteadas.
- ... Hhhmmmla puta madree...hmm... –rezongo por lo bajo, pero no tan bajo como para que no me escuchen los que voy atropellando cuando paso. Nunca controlo el tono de voz y no quiero ser así. Quiero ser buena. Pienso que quiero ser buena pero no me sale. O no me sale cuando estoy corriendo para no perder el micro. Al final prefiero dejar de pensar y concentrarme en encontrar la plataforma sin matar a nadie.
Llego al micro... Con los minutos justos. Eso es lo que me diría mamá: con los minutos justos. Sí, pero llego. Ocupo mi asiento. Ventanilla. El micro sopla una vez para cerrar la puerta: pppfffffssssss. Y después sopla una segunda vez hondamente, ppppuuuufffffffffssss como una ballena a punto de sumergirse. Trato de adivinar que son ruidos de algo como el freno hidráulico. Ese algo se destraba y el micro se pone en marcha. Como en todos los buses del planeta, el aire acondicionado puede estar puesto en cualquiera de sus dos únicos modos: Apagado o Frío polar. El nuestro está en modo Frío polar. Abro la mochila, agarro un saquito y me tapo. Me enojo porque nunca llevo suficiente abrigo y porque los conductores deben estar todos locos con eso de la temperatura. Entrecierro los ojos para no pensar en el frío y, mientras el micro sortea el tráfico de la autopista, pienso en el olor de la ruta y caigo en esa seducción del adormecimiento que me enlaza al sueño profundo. Pienso en el olor de la ruta como si lo tuviera sobre la lengua y me dejo caer en la siesta sintiendo que no me gusta viajar en micro, porque los micros tienen las ventanas cerradas herméticamente y ese vientito de la ruta nunca nos llega…


… Pero entonces no era un Fiat, sino un Renault el que manejaba papá. Sí, un Renault 6 verde, que se abría paso intrépidamente por esa negra barriga de gusano que era la ruta al sur. La luna tenía forma de uña y estaba a la mitad del cielo. No alcanzaba a iluminar nada y no había una mísera lamparita en el camino. Lo poco que se veía era gracias a los humildes faros de nuestro auto y a los poquísimos coches que atravesaban el camino. Papá manejaba tranquilo, con la panza hecha un globo de orgullo. Yo no sabía de qué estaba orgulloso, pero sabía que en él esa expresión, esa manera de respirar, significaba orgullo. Años después entendí que parte de lo que lo emocionaba así era saber que estaba llevando a toda la familia a Bariloche, que no era poca cosa, y que para estar así de contento no necesitaba casi nada: una carpa, los bolsos, la heladerita, dos hijos, una esposa y el Renault 6 preparado (por él mismo) para semejante viaje.
Así que papá estaba con la panza hinchada de orgullo fresco y yo con la panza hinchada de aire de ruta, que recibía asomada con la boca abierta por la ventanilla del auto a medio bajar, porque en el Renault la ventanilla de los chicos -por seguridad- se trababa a la mitad, así que tenía que levantarme un poco del asiento y sacar la cabeza por el hueco de la ventanilla para tragar el viento de los pastizales.
En una de esas, se me ocurrió que estábamos sentados en cruz. Es decir, los dos pares: yo en diagonal a papá, en el asiento de atrás y Julián al lado mío, en diagonal a mamá. Juli y mamá, por supuesto, dormían con las cabezas colgando como desmayados. Me di cuenta que hasta roncaban parecido.
- ¿Te fijás si quedó algún sangüichito? –Me pidió papá sin bajar el tono de voz, porque sabía que a mamá y a Julián no los despertaba ni que nos cayera encima una tormenta, un rayo y una vaca. En su panza inflada de orgullo intuí que debía estar muy contento de contar conmigo como copilota.
- No. El último se lo comió antes Julián. –respondí enseguida, como una atentísima compañera de vaje. Los sangüiches eran de atún y mayonesa, porque mamá aseguraba que eran los que más nos gustaban. Julián, que decían que estaba creciendo, le ganaba de mano a todos los apetitos.

La noche y las montañas se cerraban cada vez más sobre nosotros. Papá y yo charlábamos de a ratos, pero mayormente nos quedábamos en silencio. Había algo que entendíamos los dos, como una especie de respeto a la ruta o una cosa así. De tanto en tanto yo volvía a asomar la cara por la ventanilla. Abría la boca y la dejaba suelta. Los cachetes se me inflaban y bailaban como locos. Eso me hacía matar de la risa. Cada vez que me reía papá se daba vuelta, me miraba y sonreía.
- Te vas a tragar un mosquito- me dijo un par de veces. Yo me metía de nuevo para adentro del auto, con el flequillo hecho un jopo enredado. Pero no tardaba en volver a animarme, con mosquitos y todo, a asomar la cabeza para afuera.
Papá me veía todavía despierta con él, tratando de guardarme el aire ligero de la ruta en algún lugar del cuerpo, y se le hinchaba la panza. Yo sabía, a mis cortitos siete años, que en él esa manera de respirar significaba orgullo. Se me ocurrió que papá debía pensar que estábamos sentados en cruz, los dos pares: mamá y Julián, él y yo, y que yo le había salido así, genéticamente heredera de su amor por el camino.


Casi dormida en mi asiento, mascullo que no me gusta el micro, porque por las ventanas cerradas del micro no nos llega el airecito verdoso de la ruta… ese que era nuestro.

miércoles, 5 de enero de 2011

El loco



El loco de enfrente de casa, saca una silla afuera todas las tardes y se sienta a tomar mate. Nunca lo miro a la cara. Lo evito. Los vecinos aseguran que está loco. Ese hombrecito, que siempre se viste de azul, junta botellas, cartones, cajones. Junta, colecciona, ¿vende? Nunca lo supe. Se asoman las pilas de objetos por encima de la medianera y parecen miles, millones de cosas coleccionadas.
El señor de enfrente barre las hojas y la basura de las cuadras linderas. Nadie le paga, pero él limpia. Aquel hombre, dicen, está loco. Lo he visto a la mañana muy temprano. Su cuerpo barriente -mi mirada al piso porque no lo miro a la cara, le adivino el cuerpo azul de reojo- apila la mugre en las esquinas, como a todos sus objetos asomados por la medianera. Sus objetos guardados espían la calle que él deja siempre pulcra.
El loco llega a su casa en bicicleta. Vuelve cargado de cosas para encimar en sus torres de vidrio y madera. Ha construido un cuadriculado de alambre entre dos árboles frente a su puerta y le ha dicho a la enredadera cómo debía trazarse. Luego la dejó despeinarse sobre el cuadriculado a su antojo, asomada hacia la calle como todas las cosas de la casa.
El loco no hace nada. O parece no hacer nada. No sé de qué vive. ¿Del cartón? ¿de las botellas? ¿de la bici? Nadie sabe cómo vive, pero nunca pidió nada. Y nunca le dimos nada. Salvo aquella vez, cuando todas sus cosas se incendiaron. Ese día tampoco pidió nada, pero los vecinos cuerdos, que nunca lo habían mirado, recolectaron varios billetes y, a cambio de la ayuda, le pidieron que dejara de juntar cosas. Esa casa de basura amontonada era decididamente un peligro para el barrio. Pero él, haciendo oídos sordos (y locos), continuó su colección. "¿Y qué podías esperar de un loco?", dijo un vecino días después.

Hoy, el loco sacó una silla a la vereda, como todas las tardes. Su mujer le cebaba mates. Yo los vi desde mi casa, en diagonal a la suya, mientras tomaba mates en mi umbral.
Yo, como el loco, salgo a la calle a hacer público mi mate. A mirar a la gente, a pintar paredes, a hacer sonrisas.
Los vecinos, preocupados, deben imaginar que ha germinado otra loca.