lunes, 23 de mayo de 2011

En aquel universo negro,
había una vez una vida.
El seco mundo del gran cuento
y millones de pupilas ciegas.

En este universo blanco
al que he saltado para ver,
la vida juega a las ausencias
del fulgor inalcanzado.
Son mis viejos ojos de universo negro
que me dicen soledad,
que me dicen pena,
hambre, muerte.

Había una vez un universo negro.
Pero he saltado.

domingo, 15 de mayo de 2011

La pincelada oscura


Los pomos de acrílico estaban tapados y los pinceles aún limpios. Era difícil corromper el lienzo. Lourdes lo miraba con una mano en el bolsillo y la otra sosteniendo un vaso de moscato. El vino dulce era lo único que podía pasar por el hígado, después de un año de noviazgo plagado de películas los fines de semana y el cese de actividades etílicas. A Lourdes le gustaba decir que se había achanchado un poco y que las épocas de vandalismo juvenil (vodka, cerveza, ron, granadina, piña colada y quién se acuerda qué más) ciertamente habían terminado. Pero habían terminado por Paula, su novia, por eso le gustaba decirse achanchada. A Pau le gustaba su chanchez, las pelis y la cama de dos plazas de la casa de Lourdes. En lo de Pau la cama era de una plaza, para sostener a una sola mujer hasta que se case. Las pocas veces que Lourdes se quedó a dormir en lo de la familia de Pau, aunque le preparaban la cama plegable "para que duerma cómoda", no tardaba en pasarse adonde estaba acostada su novia. La cama de húespedes amanecía intacta y Alicia, la mamá de Paula, a las diez de la mañana desarmaba la cama impecable tratando de no pensar en nada, porque se notaba que no era que Lourdes la había vuelto a estirar antes de irse, sino que nunca había dormido ahí. Pero eso Alicia trataba de no pensarlo. Y de paso, trataba de no darle vueltas al recuerdo del día en que su hija le confesó que Lourdes era su novia. Un ardid de la edad, se decía a sí misma, una cosa casi entendible como están los chicos hoy en día. Hasta que se canse. Se va a cansar sola. No había que decirle nada, porque Paula se ponía como loca. Incluso aunque Alicia la tratara de respetar tanto, aceptando que Lourdes compartiera algunos momentos con la familia, que se la invitara a dormir, que se le prepare la cama de huéspedes que ella nunca tocaba.

Lourdes tenía algunos bocetos sobre la mesa del living. Dibujos, imagenes fotocopiadas. Tenía una idea vaga de lo que iba a pintar. Era necesario preparar un gris casi tirando a negro. También había que esperar a que llamara Paula. Tipo diez y media, había prometido. Ya eran las once y no había llamado. Pero no había que enroscarse mucho en eso, pensó Lourdes. Era el cumple de Martín, el hermano mayor. Y vaya uno a saber qué estaría haciendo. Capaz comiendo el postre para después soplar las velitas. Le iban a poner las treinta velas en la torta. Lourdes lo sabía porque Paula las había comprado dos días atrás, cuando pasaron juntas por una casa de cotillón, justo cuando estaban discutiendo sobre el hecho de que la familia de Paula había pasado por alto completamente invitar a Lourdes al cumple de Martín. Eso no era novedad y a Paula no le parecía tan grave.
- Vos sabés cómo son mis viejos, no entiendo lo que te pasa. Es mi familia. Me tenés que entender- pedía Paula, perpleja por el disgusto de Lourdes.
- ¿Pero vos no te das cuenta? O sea, no me parece normal. Tu vieja sabe que somos novias. Y siempre hace lo mismo.
- Bueno, pero ¿de qué me estás hablando? ¿de normalidad? Si le preguntás a mi vieja, seguro que ésta tampoco es su idea de normalidad. Ya fue, mientras no se metan en lo nuestro. Ellos saben que yo me quedo a dormir en tu casa y no dicen nada. Nunca armaron ningún bardo. Me parece que podemos bancar estas cosas. Para ellos es difícil.

Tan difícil como corromper un lienzo, pensó Lourdes mientras, acordándose del episodio de las treinta velitas, pensaba que era cuestión de ponerle sólo una pizca de blanco al negro, no mucho, porque tenía que lograr un gris muy oscuro para lo que quería pintar. Con ese frío menos mal que se había quedado en su casa. De paso pintaba, porque el miércoles tenía que llevar algo al taller, aunque fuera algo a medio hacer. Entonces menos mal que se quedó, porque tenía tiempo de sobra para ponerse con su pintura y además el frío que hacía; era cuestión de asomar la cabeza por la ventana para darse cuenta que se estaba mucho mejor así, con pomos de acrílico esperando, la estufa y ningún compromiso. Sólo esperar la llamada de Pau que se había puesto esa pollera nueva con la plata que le dio Alicia para que se comprara algo para el cumple de Martín. La pollera verde bordada, que le quedaba hermosa. Así debía estar, transitando el saloncito que habían alquilado para la ocasión. Con las amigas de los padres diciéndole lo hermosa que estaba y qué bueno verla así. Qué bueno verla tan hermosa, tengo un sobrino divino, estudiante de Economía en la UBA, qué bueno tu look, que bueno todo.
Ya iba a llamar, nomás había que esperar a que comiera el postre, quizás después de las velitas, porque Paula sabía que Lourdes se iba a quedar despierta pintando, por eso no estaba tan apurada por llamarla, a pesar de que había prometido llamar a las diez y media. Entonces Lourdes tenía que levantarse del sillón y preparar el color para pintar. El problema era que si llamaba Paula, el color se le iba a terminar secando. Lourdes miró su celular pero pensó que lo mejor era no llamarla, porque si Paula no había llamado, debía estar pasándola tan bien que se le había pasado la hora. Ella no iba a hacer una intromisión. Alicia debía estar con su vestido color petróleo, revoleando su chalina bailando el carnaval carioca con su marido, contenta de que Paula estuviera así, de que todas la vieran tan hermosa, con esa pollera que había elegido. Contenta de que Lourdes no estuviera ahí, manchando todo de gris oscuro.
Lourdes prendió la tele. En uno de los canales vio que ya eran las once y cuarto. Cuarenta y cinco minutos de demora. Bueno, pero Paula no debía estar pensándolo así. Alicia debía tenerla de acá para allá, haciéndola hablar con todos, con los amigos de Martín, con ese Jeremías que a Alicia le gustaba tanto que ¿por qué no se lo garchaba ella misma? Vieja de mierda. Jeremías que debía estar ahí, porque era muy amigo de Martín y Alicia tan contenta de poder operar de celestina. Jeremías, el buen pibe de Alicia. Y la idiota de Alicia tan emocionada por todo.

Negro y una pizca de blanco. Lourdes apagó la tele y abrió el pomo negro. Sonó el teléfono. Por fin. Pau se acordaba. La rescataba del lienzo, de la blanca soledad, del pomo negro.
- Hola Lulita, ¿cómo andás? Perdoná la hora- saludó la madre de Lourdes, que estaba muy al tanto de la situación del cumpleaños.
- Hola mamá... escuchame, estaba esperando que me llame Pau.
- Bueno, hablamos mañana, pero ¿vos estás bien?
- Sí, sí... pintando. Ahora igual seguro me llama Pau. No quiero ocupar el teléfono.
- Dale, sí, mañana hablamos.

Doce y cuarto y Paula todavía no había llamado. Seguramente ya habrían cortado la torta. Seguramente ya habrían brindado. Bastaba una copa de champán para que Paula se olvidara del mundo. Lourdes había tapado el pomo negro y se había ido a lavar los platos y a ordenar un poco la cocina. Doce y media. Paula no iba a llamar. Una copa de champán encima, Martín, las amigas de la madre, Jeremías. Y Alicia debía estar tan contenta de que Paula estuviera así, con esa pollera, tan agradable con sus amigas, la familia unida, Jeremías, la cama de una plaza.

Y hacía falta mezclar el negro con el blanco para corromper el lienzo. Pero Lourdes se fue a dormir sin tocarlo.

viernes, 13 de mayo de 2011

Abusos


Fue en un boliche de Costanera, durante la fiesta que organizaba una conocida. Habían pasado siete años desde que había terminado la escuela primaria, sin embargo apenas lo vi lo reconocí. Matías Méndez, ese hijo de mil putas que durante toda la escuela me había atormentado con sus chistes de mierda.
"La Mari", me había puesto. La marimacho. Y no tenía que hacer chistes muy elocuentes, con mi nuevo sobrenombre alcanzaba para que todos sus seguidores se mataran de la risa. No tardó mucho en prender la moda de llamarme así y pronto mi apodo se propagó por toda la escuela. Cuatro años así. De tercero a sexto grado. El era un año más grande que yo, así que cuando egresó junto a toda su camada de abusivos, pude tener un año relativamente tranquilo. Pero fueron cuatro años de abusos constantes. Cerca de ochocientos días de recibir el peor de los espejos, la imposibilidad de ser y el silencio de las maestras. Evitar pasar por ciertos lugares del colegio donde estaba Matías y sus amigos. Ver cómo sus chistes iban tomando fuerza en los varones de mi grado y en toda la escuela. La Mari. La Mari y todos sus derivados. Matías en un pasillo y mi cara roja porque sabía lo que me esperaba sólo por pasar cerca suyo. La Mari. Las risas. La vergüenza. Y nadie a quien contarle. La Mari en silencio, marcada, en ochocientos días negros.

Me vio mirarlo, pero no me reconoció. Se acercó seguramente pensando que de tantas miradas que le eché tenía el levante asegurado. Me saludó haciéndose el canchero.
- Te vi que me mirabas ¿necesitás algo?- dijo con un tono soberbio que yo conocía muy bien.
- No, te miraba nomás.
- Soy Matías, ¿vos?
- Ya sé quién sos.
- ¿Nos conocemos? - preguntó intrigado.
- Sí - respondí. El me miró desconcertado. Realmente no me reconocía -. Nos conocemos de la primaria, Matías Méndez.
- ¿En serio? ¿Pero a qué grado ibas? ¿Cuándo egresaste?
- Vos sos un hijo de puta - le dije.
- Epa, ¿qué te pasa? ¿estás loca?
- Sos un hijo de puta - repetí. Y no pude decir más.
Tenía ganas de tantas cosas. Si hubiera podido lo hubiera matado ahí mismo. O me hubiera matado yo. Pero no esa noche, sino mucho antes. Me hubiera ido en alguno de esos días negros, o en una noche negra, para evitar otro día negro. Días de abusos, de esos golpes que llenan la vida de mierda y te la dejan colgando ahí por años. Matías Méndez, sin embargo, había egresado de la escuela muy tranquilo, con un trofeo honorífico al pelotudo más chistoso del grado. Matías Méndez. No me había olvidado.
- Escuchame, ¿cómo te llamás? - me preguntó todavía intrigado, cuando yo estaba a punto de dar media vuelta e irme.
- La Mari- le largué con un fuego que salía de la panza, de años de habitar ahí, de pudrirme desde ahí. A él se le desfiguró la cara. Pude entender que me había reconocido. Se quedó callado. Yo quería decir tantas cosas. Pero ya no a él.


Hoy leí en el Suplemento SOY de Página 12 el caso de Carlos Agüero, el pibe riojano que se suicidó después de una serie de abusos verbales y la falta de contención del colegio. Carlos seguramente hubiera recordado durante años la cara de Franco, el que le decía "puto" en medio de toda la escuela. Puto durante días y días. Puto y sus derivados. Puto por facebook. Puto cada vez que se lo cruzaba. Y si Franco lo decía muy fuerte, puto para los compañeros, para las maestras, para su familia. El puto, el puto, el puto, el puto, el puto. La Mari, La Mari, La Mari...

No lo saben. Maestras, compañeros, familia. No saben lo que es soportar la agresión constante. Ochocientos días negros. No saben y se ríen. No saben y se callan.
Pero nosotros no olvidamos.
Hay algo que se nos muere.

lunes, 2 de mayo de 2011

Después de las cinco



A las cinco de la mañana le había mandado un mensaje de texto la muy zarpada de Georgina, a pesar de que le había dicho cientos de veces que evitara los mensajes de borracha desesperada. El boliche estaba en su mejor momento, aunque el mejor momento del peor lugar, no sé qué carajo significa. Nosotras, por supuesto, pasadísimas de copas y todavía bien de plata, así que las copas no iban a dejar de pasar.
- Es cuestión de hidratación- me dijo Georgina.
- Pero se ve que a vos la piel te absorve a lo loco- contesté yo que, a diferencia de ella, tenía muy poca resistencia al alcohol.
- ¡Hay que tomar dos litros de líquido por día!
- De agua, no de cualquier líquido- contesté patinando las consonantes, muestra irrefutable de mi estado de ebriedad.
- Bueno, ¿pero qué tiene que le haya mandado un mensaje?
- Si hubieras estado tan segura, no se lo hubieras mandado desde el baño.
- Quería pensar. No se puede pensar acá con tanto ruido- se justificó ella. Yo dudé de qué tanto se podía pensar en el baño de un boliche, pero a esa altura no estaba para juzgar a nadie.
- Igual, Chorch... ¿Ahora qué? La mina no te contestó y vas a estar flasheando el resto de la noche.
- No. Para nada. La mina está haciendo la suya... Andá a saber. No pienso mambear, mami.

Georgina, o Chorch como le decía yo, como buena chonga, me decía "mami". A mí su "mami" me daba un escalofrío que evocaba todas mis fantasías de sexo carcelario. Pero Chorch sí mambeó, obvio. No enseguida. A la media hora, más o menos. Alguien nos había ofrecido un trago de procedencia dudosa y yo estaba evaluando si hacer uso del gesto generoso o mandarme a mudar. Y digo "alguien" porque no me acuerdo ni la jeta, pero debía estar por arriba de los 35 años, porque me acuerdo que nos contó que le decían "La Rata" y no puedo imaginar una mina con un seudónimo de esa índole que tenga menos edad. Yo dudé pero finalmente le entré duro y parejo, al trago, a La Rata nada más le hice una sonrisa y seguí bailando. La agarré a Chorch y nos fuimos para la otra pista. Pero ella estaba rara, como encendida. Y sí: mambeó.
- ¿Vos te das cuenta tu nivel de estupidez, no?- le dije con confianza, porque tanta amistad y licores nos daban la tranquilidad necesaria para putearnos siempre que hiciera falta-. La mina no te iba a contestar, era obvio. Si es una histérica. ¿Y qué ganás? Te cagás la noche. Y me la cagás a mí, de paso.
- A mí una mina no me caga la noche, mami.
- Escuchame, cátedra del macho argentino... estás flasheando. Justamente lo que dijiste que no ibas a hacer. Mirá, ni bailás. Y eso que acaban de pasar cuarteto. Yo esperaba que me revolearas un rato por la pista. O al menos que le hagas un encare a alguien. ¿No ves que estoy aburrida?
- Bueno, bancá...
- Bancá, nada. Son las cinco y pico, Chorch. ¿Qué digo yo siempre?
- Que a las cinco quedan las desesperadas.
- Y bueno, dale, plantá un encare y olvidáte de la histérica que debe estar durmiendo con su gato después de mirar una de Kusturica. ¡Un sábado a la noche, por dios! Vos le seguís el juego y la mina lo aburre hasta a Aliverti. Las cinco, Chorchuuu. Ponete los pantalones, loco. Clavá un encare que me cagaste la noche ya. Lo mínimo que pretendo es mirarte en chongo-acción.
- Ahí voy, mami. Ya tengo vista a una. Mirá... Esa, la de musculusa negra.
- Dale, andá. ¡Envalentonate!- la agité, mientras le pasaba lo que quedaba del fernet.

Georgina avanzó unos pasos hacia la tetona de musculosa que había divisado. Iba firme hacia su presa. Era hermoso verla actuar. Una chonga de pura cepa. Antes de llegar se acomodó un poco el pelo; no le gustaba que le quedara electrizado por la humedad del boliche. Yo la miraba mientras bailaba una cancioneta de moda. De pronto la vi frenarse, tomar su celular y volver hacia mí. Lo que seguía era esperable.
- Me contestó el mensaje- dijo tratando fallidamente de esconder su alegría.
- ¿Posta? ¿Qué dice?
- "Estaba durmiendo. Hablamos en estos días. Beso."- leyó ella.
- Bueno, genial... ¿no?
- Sí, ¿pero qué quiso decir con "hablamos en estos días"?... ¿Estará enojada?
- Chorch, dijiste que no ibas a mambear. Te dije que no mandes mensajes borracha. La puta que lo parió. Me vas a terminar de cagar la noche. ¿Vos qué le habías dicho?
- No me acuerdo. Te lo leo... Perá que busco... Acá está: "Creo que te amo".
- Sos decadente. No me dejaste ni reírme de las stripers porque estabas con esa cara de mierda. No bailamos cuarteto. ¿A qué vinimos? Andá a chamuyarte a la tetona porque te mato.

La tetona le terminó dando pelota, claro, porque Chorch es una chonga de ley. No hay forma de zafar de su chamuyo.
Además, ya eran más de las cinco y todas hacemos idioteces a esas horas.

jueves, 14 de abril de 2011

Métodos de limpieza


- Tranquila que todo va a estar bien- me consoló mi amiga, del otro lado del teléfono inalámbrico.
- Sí, sí, ya sé...- le contesté haciendo equilibrio parada sobre una silla, mientras limpiaba frenéticamente con un cepillo el taparrollos de la persiana.

Sí, que todo iba a estar bien, claro que sí. Y que la mugre del taparrollos iba a salir también. Lo que pasa es que la vida nos llena de pelusas y para limpiarse el alma y los taparrollos, hacen falta más cepilladas de las que uno cree.

Corté el teléfono y me bajé de la silla.
Había limpiado la casa entera, en uno de esos raptos de frenesí obsesivo. Creía entrever esa analogía trucha que hacía mi vieja sobre el desorden de la casa y el desorden de la vida. Era necesario ordenar algo, aunque siempre resulta más fácil tirarle un baldazo al piso. Ella no se va de mi vida con agua y lavandina. Son precisas miles de cepilladas más. La puta que lo parió.
Eso sí: la casa quedó impecable.


La había conocido en un cine y ella estaba toda empezada y yo estaba toda empezada y la película... italiana, creo. Uno entra en la vida de alguien que ya viene con tantos kilómetros encima, que de suerte que no se maten a trompadas con nuestros propios kilómetros. No hay nada que hacer: cuantos más años, más metraje histórico. Hubiera sido necesario descubrirnos una tarde después del colegio, cuando todavía estábamos ávidas de toboganes y libres de pelusas. Pero nos agarramos con nuestros metrajes largo rato sopapeados, así que hacía falta arrancar un nuevo metraje histórico, porque el de ella había empezado en un cero: nació en... y de ahí en adelante uno, dos, jardín de infantes, uniforme, trece, novio, Bariloche, veintitrés. Y yo desde otro cero, cuatro, hermano mayor, siete, once, anteojos, educación religiosa, quince, corazón roto, dieciocho, diecinueve, veinticinco.
Entonces inventar una nueva cuenta, que fuera nuestra cuenta. Un cero desde el otro lado de lo interior.
Cero fue el cine, ¿está ocupado este asiento?, sus ronquidos, mi risa, despertáte que ya terminó, su vergüenza, un café, un beso, dos, tres, mi casa, nueve, un libro dedicado, doce, te quiero, catorce, te amo.
Y así se fue desplegando la cuenta conjunta, sin prestarle demasiada atención, veintidós, vacaciones en Santa Teresita, ventinueve vos viste cómo es tu vieja, treinta y uno. El problema fue que nuestras cadencias propias nunca dejaron de andar y entonces mi metraje cuarenta y cinco: taller de plástica, su metraje cuarenta y dos-b: comprar un pulóver. Lo cual no era nada malo, porque más o menos nos manteníamos en cifras similares. Lo malo fue cuando el metraje conjunto empezó a treinta y cuatro, treinta y cuatro, treinta y tres, treinta y cuatro. Vos ibas a un ritmo de uno en uno en tus cosas y yo en las mías había pasado las tres cifras. Ahí se nos complicaron las cadencias y bastó un mísero bache en la ruta para que se nos desatornillaran los ejes y quedáramos tiradas en la banquina del kilómetro 154, San Pedro, Buenos Aires. Lo peor que puede pasar cuando uno anda en Misiones y la otra persona en Viedma, es intentar unirse en un punto medio, 48 horas de hotel, para pegotear por la fuerza las cadencias que están tan ionizadas y encabronadas por el desfazaje emocional, que terminan repeliéndose con una potencia cósmica y qué metraje ni qué ocho cuartos, vos con esa forma de decir las cosas y al menos las digo, porque si es por vos ni me entero lo que te pasa, bache, estruendo y banquina.


Pero sí, sí. Me quedo tranquila. ¿Qué puede pasar? Hay que limpiar la casa, lo demás se va a ir aclarando. Escoba, trapo, aromatizante de lavanda.
Ella no se lava tan fácil.

domingo, 10 de abril de 2011

Padeceres

Qué pena me da Romi. Ayer una vez más, la misma conversación telefónica de siempre.

- Yo bien, Romi... ¿vos bien?-, le pregunté anticipando la respuesta por el tono lúgubre de su voz.
- Maso. Me peleé con Sole.
- ¿Qué pasó ahora?- le dije con un énfasis en la palabra "ahora". Sí, qué pasó ahora, como tantas otras veces. Pero ella, tan embadurnada de pesares, no notó mi cinismo.

Me contó algo sobre la ex de Sole y unos mensajes de texto que se mandaron, que Romi le había leído de prepo a Sole mientras se estaba bañando. Todo un tema, porque estuvo una semana entera con diarrea tratando de dilucidar cómo encarar la situación. Si le decía que había leído los mensajes Sole la mataba por haber invadido su intimidad. Pero si no le decía y tenía que seguir bancando la angustia estomacal que le producía toda esa incertidumbre, estaba en serios problemas escatológicos.

- ¿Y por qué no me llamaste?
- No sé. No sabía qué hacer- me dijo -. Hasta me lo quería olvidar. Pero no pude... Y ayer estallé.

Al parecer le escupió todo lo de la lectura de los mensajes a partir de una discusión que había empezado por cualquier otra cosa, un desacuerdo sobre lo que iban a hacer el siguiente fin de semana y la supuesta obligación de ir a un cumpleaños.

- Eso del cumple al final no era tan terrible, pero se fue dando lo otro. Yo lo tenía atragantado. Encima estaba indispuesta.
- Ah, cagaste.
- Sí, eso mismo.

Nosotras seguíamos dándole rienda suelta a nuestras fijaciones anales. No hay que perder el humor. Pero era cierto que la cosa se puso peor. Sole empezó con el discurso de la invasión a la propiedad privada. No entendí si se refería al celular o a su ex porque mientras me lo contaba, Romi empezó a llorar, desbordada porque esta vez sí, esta vez me deja, te lo juro, me lo dijo así, que no me quiere ver más y todo el cuento de cada semana del cual Romi parece no llevar registro. Todas las semanas Sole la deja para siempre jamás. Y yo me voy quedando sin consejos para darle, pobre Romi.

Quizás sería más fácil aconsejarla si no hubiera sido por esa noche, hace unos meses. Romi se había peleado con Sole, como siempre. Vino a casa y decidimos emborracharnos, o emborracharla a ella principalmente. Y tuvimos éxito. Pero lo de esa noche, no es que yo lo viniera pensando de antes. Fue algo que se dio de parte de las dos y supongo que del sopor de los alcoholes mezclados arbitrariamente, no por paladar sino por necesidad de aniquilación de quienes los bebieran. Bueno, no sé si mi aniquilación. Yo estaba bien, pero Romi, ¡pobre! Entonces había que hacerle la segunda. Y no sé cómo fue. Bueno, sí. Pero no quiero que parezca que fue algo que yo... De ninguna manera. Es que, pobre Romi, estaba tan linda. Tenía los cachetes rojos y la nariz brillante de tanto llorar. Lloraba y tomaba. Después nos reímos un poco y se le iluminó toda la cara, porque con Romi era pasar del llanto a la risa en un segundo. Y fue una cosa rara: esa luz que se le vino a la cara la provoqué yo. Se río y se puso tan linda y estaba ahí en mi cama como cuando... Pero esa vez anterior no había pasado nada, fue incómodo nomás porque estábamos muy cerca y se hizo un silencio y las dos creo que sentimos que... pero no pasó nada. Y así estaba de nuevo en mi cama y esta vez yo estaba tan triste por ella, que sentía que estaba triste por mí también. Le di un beso y de pronto estábamos desnudas y nos reíamos, porque siempre nos reíamos de nosotras, de mi rigidez y mi soberbia berreta, de la extremada torpeza de Romi, toda desbordada... pobre Romi, tan sensible, tan doliente. Daba pena. Daba una hermosa pena besarla.
Ninguna de las dos supo bien qué decir después de eso. Ella me vino a hablar unos días más tarde. Y cuando se refirió a aquella noche la nombró como "ese incidente". Lo dijo riéndose, apelando a mi capacidad de reírme de todo, a lo que por supuesto respondí con otro chiste, no sé cuál. Y entonces seguimos siendo amigas, que era lo que Romi necesitaba, especialmente unos días después cuando volvieron a discutir y me llamó maldiciendo y jurando que esta vez estaba cansada de Sole, nada más para volver a acunarla dos días después.

A veces me da tanta pena que me pondría a llorar.

viernes, 1 de abril de 2011

Mi mambo

Nunca me habían peinado una para mí.
Es decir: vi gente tomándola y hasta me ofrecieron (en la forma mezquina en la que te ofrecen algo que en realidad no te quieren convidar). Pero esa noche "El Jota", como se hacía llamar, me esperó a la salida del baño de mujeres, me agarró de la mano, me llevó hasta la cocina del bar y ahí nomás me dijo:
- Para vos.
 Una línea blanca yacía impecable sobre la mesada de aluminio. El Jota ni preguntó si yo tomaba. Lo suyo pretendía ser más una ofrenda que una insolencia.
Me quedé perpleja. El Jota era un tipo simple, anteojitos, pecas, zapatos brillantes. Parsimonia de pé a pá. Aunque, para ser honesta, tampoco lo conocía mucho. Hacía una hora nomás.

Yo venía caminando por una calle empedrada tratando de no tropezarme con los adoquines y con mi propia felicidad que suele distraerme y entorpecerme el paso. Otra vez estaba de viaje en un pueblo maravilloso, conociendo personas tejidas de calma y amabilidad. En eso venía pensando: en la gente generosa que conoce uno cuando viaja.
Ya debía ser como la una de la mañana y todo había cerrado. No se oían ruidos, salvo alguna moto que pasaba a lo lejos. En una calle vi un bar abierto. Debía ser de los pocos que quedaban. En el bar había cuatro tipos sentados en una de las mesas de la vereda. Los miré y nos saludamos. Cortesías de pueblo. Me invitaron a acompañarlos un rato, pero yo todavía tenía encima la desconfianza que te genera vivir en una metrópoli. De todas formas decidí relajarme porque ellos parecían gente tranquila. ¿Qué más daba? Pasar un buen rato charlando con la gente del lugar era parte de lo que pretendía hacer durante el viaje. Me ofrecieron de la cerveza que tomaban. Yo les dije que tomo fernet y no demoraron en traerme uno. El que me lo trajo, después supe, era Mario, el dueño del bar. Los otros tres eran amigos suyos, colegas en realidad. Luis era el más grande de los cuatro. Santiago era el más joven y hablaba más que nada de plata y cómo conseguirla. El Jota había sido quien me acercó la silla para que me sentara con ellos. Me hablaba con la bondad que sólo conocí en la gente de pueblos chicos. Fue quien más atento a mí estuvo en cada momento, especialmente cuando los demás hablaban de cosas que yo no entendía. 
- Es que nosotros dos -por él y Santiago- trabajábamos juntos en gastronomía y así los conocimos a ellos dos que trabajaban en lo mismo pero en otro restaurant. Después Mario se abrió este bar-. Me explicó El Jota.
Los cuatro tipos me sumaron a su reunión como si yo fuera una más del grupo. Yo me reía mucho de sus comentarios, quizás porque Mario ya se había encargado de traerme un segundo fernet y yo de tomarlo.
Así fue que tuve que ir al baño, justo cuando El Jota me pedía que lo acompañe a la casa a buscar las cartas de truco. Yo dudé bastante. Una cosa era tomar algo en un bar y otra era ir hasta lo del Jota, por más bueno que fuera.
Ni bien salí del baño, El Jota me llevó hasta la cocina, donde estaba su obsequio para mí.
- No, loco. Te agradezco pero no-. Le contesté un poco estupefacta.
- Pero dale, si es para vos.
- No, pero en serio. No es mi mambo.
- ¿Cómo que no es tu mambo? Mirá que ésta la rayo yo mismo. Tengo una tiza en casa. Podés tomar tranqui.
- Uy, loco. No. De verdad. No es mi mambo. Tomátela vos.
El Jota parecía más sorprendido de mi negativa de lo que yo estuve por su ofrenda. Salió rápido del estupor, porque no tardó en enrollar un billete y tomársela de un solo saque.
Cuando volvió a poner sus ojos sobre mí, pude ver que tenía un agujero de la nariz más grande que el otro. Yo sabía que la merca te come la carne, así que era claro que El Jota venía rayando tizas hace rato. Sin embargo nada de eso cambió mi opinión sobre él. En cualquier otra situación, es decir, con cualquier otra persona, me hubiera sentido incómoda, pero me seguí viéndolo de la misma forma que minutos atrás. Por esa mirada apacible que tenía, El Jota me había generado un aprecio instantáneo, aún sin conocerlo. Le sonreí y quise decirle que volviéramos a la mesa con los demás, pero él se me anticipó.
- ¿Vamos a casa echarnos un polvito rápido?
- ¿Qué?-, le contesté más perpleja que antes, no porque me pareciera raro que un tipo me hiciera una propuesta así, sino porque no lo vi venir de parte del Jota. Su forma de decirlo, sonriendo como un nene ansioso, me hizo reír. Su pedido fue tan abrupto y torpe que terminó dándome cierta ternura. Por eso me costó tener que explicarle otra vez.
- No es mi mambo.
- ¿Cómo que no? Un polvo rapidito y volvemos. Vamos en mi moto.
Su moto era una zanellita vieja y destartalada. Me causaba gracia El Jota, la motito, su extraña frontalidad. Pero igual yo iba a cortarle sus intenciones de cuajo, aún cuando se me hacía tan difícil poder expresárselo a un tipo de pueblo. Con la piolada de la merca y todo, no creía que El Jota pudiera digerir lo que le iba a decir.
- No es mi mambo, Jota. No me gustan los tipos.
- ¿Cómo?
- Me gustan las mujeres, loco.
Y después de esa frase, como tantas otras veces, con tantos otros hombres, no supimos más qué decirnos.

Volvimos a la mesa con los demás, pero yo ni me senté. Les dije a todos que tenía sueño y que me iba al hostel a dormir. Me saludaron con total cordialidad. Santiago me dio un papelito con su e-mail anotado y me dijo "Nos vemos, amiga". Mario y Luis estaban muy contentos de conocerme, según lo que me dijeron mientras me despedía.
El Jota me abrazó fuerte y me sonrió una última vez sin decir nada.

Al día siguiente arranqué para el próximo pueblo.

sábado, 26 de marzo de 2011

La partida


Documentos, pasaje, una hora antes, nada menos. Esta costumbre de mostrar papeles, llenar papeles, firmar copia, carbónico, triplicado, nada que declarar. Ahora sí a la sala de espera, una hora, nada menos. Y no habrá tiempo para el libro o sí, pero no voy a poder meterme en la historia, si no fuera por ese nene que se queja por todo, sí, qué divino señora, ¿por qué no lo atiende? No podré o no habrá tiempo para el libro, incluso aunque lograse ignorar al nene, el ruido de los parlantes anunciando la partida y la llegada, la música funcional, las valijas. Pero entonces habrá que pensar en eso, en lo que se deja, en ese hilo de envidia, porque de algo me estoy yendo. Del amor, pero del amor de ellos que viven de a dos, que destilan tostadas con manteca, yo te cebo el mate, un abrazo en un recital, una confesión y yo nunca me había sentido tan así. Yo no, ellos. Y será que habrán inteligido alguna verdad cósmica, mientras yo me demoraba en entender. ¿Entender qué? Algo debía llegarme desde la nuca de la razón, pero no había nada. Vino la vida un día y ellos abrieron una persiana y dijeron que sí, porque era tan simple como reírse por elegir una misma marca de chocolate y amarse por eso, así de fácil. Mientras yo acunaba agujeros negros, la antimateria en el costado derecho de la cama. Por eso hay que tomarse un barco o un micro. La ropa en una mochila, el frío, la vergüenza y este hilo de envidia, esta baba del diablo en el éter de mi existencia sin testigos, sin amantes, sin mates cebados por alguien. Sentarse en una sala de espera y pensar en la antimateria devorándolo todo, mi constante gravitar, ya casi caigo, querida, ya casi llego a tu letrina oscura, al lado derecho de la cama en el que nunca tenés nombre, en este colchón al que hemos venido para no ser nada. ¿Y por cuánto tiempo?
Hemisferio derecho de la mente, costado izquierdo del cuerpo, hemisferio izquierdo, costado derecho. ¡Pero si somos uno! Con eso debería bastarme. Tendría que recordarme: hemisferios, costados, todo es uno, uno es todo. Recordar estos obsequios que me hago: un viaje que me regala un mar, que me regala una nueva forma de respirar. Y todo es para mí, de un hemosferio al otro. Llenarse de soles, de materia, de atmósferas oxigenadas. Abrir un día una persiana y que todo sea intelección. Decir que la vida no corresponde a ninguno de los ejes conocidos, x, y, z. Que todo entre estos vértices es invención y que si hay un cuarto o quinto lado de la existencia, allí estaré alojada. En el generoso Olimpo del sinsentido. Deberemos entonces jugar o dejarnos ir al arte, al hedonismo pueril. Seremos libres y seremos pocos. ¿Quién podrá, entonces, tocarme? Habitantes de la invención, incrédulas de la progresión agradable de los días, magas, niñas, perras, mujeres-sol, mujeres-materia, traviesas viajantes del absurdo. Y bastará con abrir una persiana y dejar que la vida entre.

"Anuncia la partida de su..." y es el mío. Documentos, pasaje, x, y, z. Hasta la próxima orilla.

martes, 22 de marzo de 2011

Cuestión de gustos


Quisiera decir que la colombiana y yo teníamos una conexión espiritual, que nuestros planetas se alinearon, que la belleza de sus palabras me había cautivado. Pero tengo que admitir con crudeza que lo que verdaderamente nos unía era su culo. Y lo mío no es superficialidad, ni cosificación de las mujeres. El culo de la colombiana para mí nunca fue algo menor. Había en toda esa redondez exquisita una trama sumamente mísitica.
De hecho, si tomamos en cuenta que el día que la conocí ella estaba anotando algo inclinada sobre su escritorio, resulta que cronológicamente tuve el honor de conocer su prominente parte de atrás unos segundos antes que a su portadora. Fue cuando empecé a trabajar para esa empresa multinacional de vanguardia y amplia proyección a futuro, que quebró dos años después. Yo tenía 20 años y entré como cadeta. Ella estaba en el área de administración. Y no es que yo tuviera fijaciones previas, esas neurosis jugosas de ser analizadas como etapas no superadas de la niñez. Nunca me había detenido en el culo de las mujeres. Mi recorrido visual era: cara, ropa, manos, tetas. De suerte que le mirara la retaguardia, pero ya cuando el trato estaba consolidado por su buen venir.

El tema con el culo de la colombiana se fue dando de a poco. Culpo principalmente al mueble que usaban de archivo, que estaba puesto de manera tal que dos personas no podían pasar comodamente entre ese mueble y el escritorio de la colombiana. Yo tenía que pasar seguido por ahí para retirar papeles y ella siempre iba y venía llevando cosas dentro de la oficina. Así que era común que nos rozáramos, abriéndonos paso en ese espacio reducido, yo de frente y ella de culo que, con esa firmeza, era su principal herramienta para hacerse lugar.
Con el tiempo empecé a atribuirle a sus cachetes desenfadados una racionalidad propia. Era como si esos inquilinos rechonchos quisieran seducirme sin haberlo consultado previamente con la propietaria. Y esto lo digo porque me di cuenta que la colombiana realmente no tenía ninguna conciencia de las sobadas que me pegaba su globoso trasero.

El problema se desató mucho más adelante, un día de diciembre que nos había golpeado de calor y estábamos todos tirados en la oficina delirando de sopor. El Tano Gallucci estaba contando chistes verdes y las conchetas de recepción sostenían ofendidas que esas cosas no calentaban a nadie. Será que yo siempre funcioné con un termostato propio, porque el calor me estaba afectando más que nunca y encima de todo la colombiana no paraba de ir y venir sonriendo y meneando el culo como loca. Pero yo siempre fui una persona de bien, educada, tímida. Y estoy segura que fue una conjunción del extremado calor, los chistes del Tano y mi juventud efervescente la que hizo que, en el momento en que tuve que ir a buscar unas planillas al escritorio de la colombiana mientras ella también pasaba por ese lugarcito pequeño en el que tantas otras veces nos frotamos, mi mano, mi aventurera mano emancipada de mis funciones cerebrales, no tuvo mejor idea que ir a parar a uno de sus incitantes cachetes.
En un segundo y medio, toda la oficina se enteró de mis inclinaciones sexuales y de mi problema de coordinación cerebro-motriz. Incluso escuché a alguien (probablemente a la cuadrada de Liliana, la secretaria de uno de los gerentes) gritar algo así como "¡Acoso sexual!" un par de veces.
Así fue que nos mandaron a las dos a esa extraña terapia de pareja que hicimos no más de tres veces con la de recursos humanos (la hija psicóloga de uno de los jefes, que ni siquiera había terminado la carrera). Yo terminé llorando y confesando mi orientación sexual, a lo que la colombiana respondió que me entendía pero que no me zarpara porque ella no era lesbiana. Todo había sido tan vergonozoso y traumático para mí que casi declino la invitación a la fiesta de fin de año de la empresa. Fue Gallucci quien me convenció de ir, comprometiéndose a proporcionarme todo el clericó que yo le pidiera. Por suerte todos terminaron en situaciones calamitosas (la rubia de contabilidad vomitando en el baño, el Tano que está casado encarándose a la frígida de Liliana) así que los chistes relativos a mi encuentro cercano del tipo nalguístico pasaron a un segundo plano. Y aunque el alcohol haya nublado gran parte de la noche, me acuerdo perfectamente cuando la colombiana se acercó conciliadora y me dijo: - Si tú pudieras pedirme algo ahora mismo, ¿qué sería? Y ten cuidado que ya te dije que no soy lesbiana.
Ante esa pregunta pude finalmente articular mi deseo.

No sé exactamente cómo llegamos hasta su casa. Sólo puedo acordarme de ella recostándose boca abajo para dejar que yo delicadamente reposara mi cabeza sobre sus bellas posaderas. Así dormimos durante horas. Soñé un sueño sedoso, de espumas plumíferas y arenas acolchadas de colores pastel. Imaginé nalgas doradas pintadas en las paredes de las iglesias, viajé en culos aerostáticos. Finalmente, cuando habíamos descansado lo suficiente, nos despertamos y dejé su culo para siempre.
La empresa quebró un mes después y no volví a ver a la colombiana.

Será cuestión de gustos, porque sé que muchos ilusos adoran dormir entre almohadas. Yo en cambio he preferido desde aquella noche abandonar definitivamente esas tristes metáforas de gomaespuma y afrontar la dureza del colchón pelado. Porque reconozco que nada, ni la más dócil de las ovejas lanudas, podrá compararse jamás con el mágico culo de la colombiana.

martes, 8 de marzo de 2011

El asunto

El asunto sucedió exactamente hace un año. Un día de marzo como el de hoy, caluroso y húmedo, pero del año pasado, ¿te acordás? ¿Pero qué estoy diciendo? Por supuesto que te acordás y mejor que yo, que estoy escribiendo esto para purgarlo. Y al final me sale escribírtelo a vos, que durante los últimos cuatro años fuiste inspiración de casi todo lo que he escrito, incluso (y especialmente) cuando todavía no estábamos de novias. ¿Qué harás vos para purgar lo del asunto? Hace un año, cuando todavía vivías acá, lo hubiera sabido.
Antes estaba pensando que si aquel día no hubiera hecho tanto calor el asunto no hubiera pasado. Pero no es el calor el que trae las miserias. Vos te mudaste conmigo un día sofocante de noviembre hace tres años y las dos estábamos completamente felices. No me acuerdo si fue que el chino de la esquina no tenía champán o que en nuestra economía conjunta no sobraba un peso para comprarlo, la cosa es que terminamos brindando con vino blanco de cartón y soda, un pobre sustituto, pero ¿qué importaba?
Vos tenías todas tus cosas encimadas a las mías, desordenadas, anudadas. Tardamos semanas en acomodarlas, como si quisiéramos que nuestras cosas se fusionaran mágicamente o porque todo era así como la canción, de la cama al living, pero en el living no hacíamos nada, comíamos algo, nos hidratábamos y de vuelta a la cama. Así pasamos las tres o cuatro primeras semanas. Nos habíamos propuesto tácitamente ser muy ruidosas. No lo hablamos, pero creo que las dos necesitábamos roper las barreras del sonido, después de haber pasado tanto tiempo bajo el techo de tu familia o el techo de la mía, techos en los que había que cerrarle el pico a las verdades. Yo tuve que mudarme antes porque ya no aguantaba más. Mi familia -ya lo habíamos convenido- era la más desquiciada. Lo mal que te trataba mamá, que sabía bien quién eras para mí, pero no lo quería hablar, no quería escuchar, sólo te sobraba y yo me moría de vergüenza. Y tu familia lo mismo, pero un poco más tranquila. Me dejaban entrar a tu casa, quedarme a dormir, cojerte, sí, cojerte porque debían saber que si yo pasaba la noche en tu pieza y era tu novia, cojíamos. Pero igual me llamaban "tu amiga" y casualmente muchas veces se les olvidaba invitarme a cumpleaños y otros festejos. Así que vos tampoco tardaste en venir a vivir conmigo.
Cajas, valijas, tu gato Felipe y santo remedio. Habíamos solucionado la mierda familiar en dos ambientes, quinto piso, balcón. Y entonces podíamos hacer mucho ruido cuando cojíamos, pero en esa época ningún vecino se quejaba. Claro, ¿quién tiene la cara para venir a decir: chicas, griten menos porque me despiertan al nene? Aunque sí empezaron a venir cuando los gritos tuvieron que ver con otras cuestiones. Se ve que de tanta costumbre de alaridos, también los trasladamos a las peleas. Pero los primeros tiempos, recuerdo haberme sentido absolutamente libre. Poder gritar y que vos me grites en ese espacio que era nuestro, me sonaba hasta divertido. Parecíamos una de esas parejas. Vos sabés lo que quiero decir, de esas que tienen su casa, sus hijos, sus pases de factura. Nosotras no teníamos hijos, pero Felipe ya se había adaptado perfectamente a esta casa. Cuando vino tu amiga Maribel me acuerdo que dijo que parecía que Felipe absorbía todo lo que nos pasaba, porque cuando discutíamos se ponía a saltar de acá para allá como un loco, corría, mordía los muebles. Y cuando nos reíamos él jugaba chocho de la vida con lo que fuera que encontrara. A veces también se nos acercaba mimoso cuando nos veía besarnos. Ahora que lo pienso, había tenido razón Maribel aquella vez.
Quizás ya no tenga sentido achacarnos el asunto, pero las dos sabemos que sí, que tenemos todo que ver con lo que pasó, aunque en esos primeros meses de convivencia no lo hubiéramos imaginado. Y después que pasó no podíamos nombrarlo siquiera, entonces nos referíamos a eso como "el asunto" y así quedó para nosotras, aunque en realidad nadie más sabe cómo fue la evolución de eventos que condujeron hasta ese desenlace y será por eso, por este secreto, que hoy necesito purgarlo todo.
Los vecinos no se quejaban tanto al principio, porque en realidad casi nunca discutíamos. Sólo pasaba que había algo de mi desorden constante que a vos te sacaba de las casillas. No importaba cuántas veces limpiaras o me pidieras que mantenga el orden, yo simpre me las arreglaba para desacomodar todo. Eso me decías. Ahora que veo el lío de esta habitación pienso que tenías razón. Pero así viví yo siempre y no me molestaba. Y a vos tampoco te molestaba tanto porque después de tu berrinche yo encontraba la forma de sacarte una sonrisa, al menos el primer tiempo. Se ve que a medida que pasaron los meses, el desorden y tu cansancio fueron mayores que las sonrisas que te sacaba y el volumen de nuestros gritos comenzó a ascender.
Pero no fue eso, o no fue sólo eso. Alberti y Asociados. Así empezó la debacle. Conseguiste trabajo en ese estudio y de pronto le dedicabas más de diez, doce horas al día. Te servía para cuando te recibieras. Era llenar el currículum con una experiencia importantísima. Yo lo entendía. Te lo dije mil veces. Pero debió ser como una de esas cosas que uno entiende de palabra, conceptualmente, y cuando eso se traduce en que la otra persona empieza a llegar cada vez más tarde, más cansada, de mal humor, seca de emociones porque ya las volcó todas en esas cuatro paredes blancas minimalistas estudio de arquitectura, entonces eso que entendías de palabra se convierte en otra vez esa cara de mierda y seguro se va a bañar y a dormir temprano, ni un mimo, ningún registro de mi persona, esa sonrisa forzada, si yo pudiera cambiarle el ánimo de porquería que tiene, por ella y por mí, porque todas las noches, o casi todas, esa cara, ese desgano y mi sensación de culpa porque llego mucho más temprano del trabajo y tengo tiempo para mí y ella internamente debe culparme aunque no lo dice, es muy buena para decirlo, pero si es buena, ¿por qué no cambia la cara?
Todo eso las dos lo entendíamos muy bien los fines de semana, después de haber discutido tres de los cinco días de la semana. El domingo a la tarde, después de la siesta, hablábamos de lo que nos pasaba y detectábamos que era un tema laboral exclusivamente, que esto era ahora, que el año que viene después de recibirte ibas a dejar todo y abrirte sola. Pero en el transcurrir de los días, se transformaba en una pelota pegajosa que hace rato había empezado a sumarse a sí todo lo horribles que podíamos ser una con la otra.
Me acuerdo de esa vez que discutimos y no sé si habrá sido porque Felipe y yo estábamos pasando mucho tiempo juntos en casa antes de que vos volvieras del estudio, o porque el minino tenía una percepción impecable, pero pasó que vos me dijiste algo terrible, algo como que a veces no te daban ganas de volver a casa y Felipe, siendo que el gato era tuyo, se te lanzó encima y te arañó una pierna. Desde ahí lo empecé a sentir como un justiciero; creo que vos también. Como si fuera que él iba a ser el árbitro de nuestros arranques o que al menos debíamos comenzar a prestarle más atención a las señales. Ahí fue que empezaste a leer libros sobre revelaciones y cambios de vida y budismo zen. Pero se ve que la espiritualidad te duró poco, porque la enfermedad de papá no tardó en agravar la situación. Diagnosticado y todo, vos ya habías organizado tus vacaciones con tu hermana y no sabías qué hacer. Papá estaba bastante mal, pero yo insistí para que te fueras igual. No sé porqué hice eso. No sé porqué muchas veces dije lo opuesto a lo que sentía. Quizás para probarte, para ver qué hacías, si tomabas la decisión que para mí era correcta. Y fue claro que tu concepción de lo correcto era muy diferente a la mía. A papá lo operaron cuando vos estabas en Bariloche. A tu regreso me mostraste las fotos del viaje: el día que papá sobrevivió, porque fue eso, sobrevivió, lo sé porque el médico reconoció más tarde que la operación había sido muy complicada y que las chances de que saliera bien eran escasas, ese día en el que mi viejo podía irse de este planeta, vos estabas en una aerosilla subiendo un cerro y cagándote de la risa con tu hermana. Sí, después me llamaste. Te conté todo. La angustia que pasamos, que después mamá se había ido a dormir a su casa, que él ya estaba bien y que en unos días le daban el alta. Quizás no pudiste ver la gravedad de la operación. Nunca entendí que te fueras, que creyeras real mi incitación a que te tomes esos días de vacaciones que ya habías planificado. Estábamos hablando de mi viejo ¿no lo entendiste? Y cuando sostenía tu foto en la aerosilla sentí por primera vez que algo se quebraba, que para mí podía quebrarse el caño de la maldita aerosilla y que vos y tu hermana se cayeran un poquito al vacío. Pero no te dije nada, porque había sido yo la idiota que te empujó a esas vacaciones. Ibas a decirme que yo te insistí para que hagas el viaje y que si te lo hubiera pedido, vos te hubieras quedado por lo de mi papá sin ningún problema. Pero ¡vamos! Si hubieras querido, te hubieras quedado. Yo tenía eso tan claro que ni quería oírte dar esas excusas. Así que sólo empecé a tratarte mal, a dejar ir todo, a enojarme por cada cosa, por tu cara de mierda cuando volvías de trabajar, por tu intento tardío de cojer conmigo un sábado a la noche después de dos semanas de mis intentos fallidos. Y ahí fue que Maribel te dijo eso de que la convivencia nos estaba matando. No me lo olvido más, porque una semana después de que me contaras lo que te dijo, vos y tu discurso de que había que creer en las señales, tuvieron su clímax esotérico en una señal que no nos vimos venir.
Fue un martes de marzo. Los martes eran los peores días para vos, porque como los lunes en tu oficina no llegaban con el trabajo, los martes se quedaban casi siempre unas horas más para adelantar cosas. Adelantar no sé qué, porque nunca tenían tiempo, todo les requería horas extra aunque adelantaran trabajo. Así que era el peor día para vos y terminaba siendo el peor para mí, porque llegabas como a las ocho de la noche, después de mi clase de yoga y me veías tranquila y eso te ponía peor. Y como yo sabía que te ponía peor, más relajada procuraba que me encontraras. Bañadita y todo. Cantando una canción alegre, en tu cara de mierda, en tu cansancio, en tu no registro de mi persona, te lo iba a refregar todo. Hacía un calor terrible. Había hecho como treinta y tantos grados y me dijiste que en el estudio se había cortado la luz así que el aire acondicionado no andaba. Yo sabía que venías a las puteadas, pero no iba a ser muy diferente a los demás martes de los últimos meses. Para no discutir tanto, hice la cena y me senté a leer. Había abierto el ventanal del balcón para que entrara el viento húmedo de los últimos días de verano. Cuando entraste, lo mismo de siempre. Esa cara de tedio que tantas discusiones había gestado. Enseguida, casi sin dejar la cartera, viste que unos cds y unos papeles tuyos se habían caído por culpa del viento. Te quejaste de mi desorden, de mi "dejadez", como decías siempre. Yo retruqué gritándote que encima que había hecho la cena tenía que aguantarme tus echadas en cara y que no era culpa mía que tuvieras ese trabajo de mierda, esa cara de mierda, esa vida de mierda. Y vos, que hacía rato habías dejado de medir las consecuencias de tus frases, lanzaste así nomás que no estabas tan segura de eso de que yo no tuviera nada que ver con tu vida de mierda. Y en ese momento en el que yo estaba tan lista, tan preparada para largarme a llorar y escupirte todos los insultos que conocía y algunos nuevos, el asunto nos robó la vida de un solo salto. Felipe, que había estado corriendo por toda la casa totalmente fuera de quicio, tirando cosas al pasar mientras nosotras discutíamos y le gritábamos que la cortara, sin percatarnos que el gato lo recibía todo, que éramos nosotras las que lo estábamos llevando a ese estado de locura, simplemente se frenó, en ese momento en el que me dijiste lo de la vida de mierda, se detuvo como si él sintiera lo mismo que yo, la gota helada cayendo por la espalda, el golpe terminal que sentí en la nuca pero que no me di tiempo de absorber, sólo quería apurarme a devolverte con algo peor, Felipe que lo absorbía todo se frenó y detuvo el tiempo. En un firme y rápido galope, atravesó el living, llegó al balcón y siguió derecho.

Después de la muerte de Felipe dejamos de discutir. Los días nos pasaban por encima, abatidas, perplejas.
Te llevaste tus cosas dos semanas más tarde. Tu cuñado vino unos días después con el flete a buscar los muebles. El asunto no le había quedado claro a nadie. Cómo un gato podía hacer una cosa así, nada más.
Pero vos y yo sabemos todo, incluso hoy, por eso hay que purgar este asunto, hay que decirlo en un cuento o en una carta. Hay que decirnos este asunto, porque en casa hay demasiado silencio y los vecinos ya no vienen más a quejarse por los ruidos.