Viernes. La Rusa me llama por teléfono. Dice que está preocupada por mí e intenta convencerme de salir a algún lugar.- Lo mejor que podrías hacer ahora es venirte a bailar conmigo.
- Rusa, ¿no te das cuenta que se me está viniendo el mundo abajo?
- Y bueno, justamente. Vamos a tirarlo del todo.
- No sé. Siento que no me da la energía física. Estoy agotada, te juro. Esperame. Tocan timbre. Te llamo en un rato.
Atiendo el portero eléctrico. Es Victoria. Es raro que venga sin avisar. Victoria nunca me da sorpresas. O mejor dicho, no me da buenas sorpresas.
Mientras bajo por el ascensor para abrirle, me miro al espejo. Desde que me dijo lo del viaje a España, hace veinte días, subí tres kilos. Siempre odié a la gente que dice que cuando se angustia se le cierra el estómago. Yo como. Es lo único que me sale. Ahora sí que estoy horrible.
Desde la puerta vidriada de la entrada, la veo sonreír forzadamente. Entonces sonrío y parece que lo hago porque estoy contenta de verla. Pero sonrío porque sé que algo le pasa. Por fin le pasa algo.
Nos saludamos y entramos. De vuelta en el ascensor evito mirarme al espejo. Tengo que mantenerme lo más fuerte posible. Los encuentros con Victoria se están haciendo cada vez más insostenibles. Necesito toda mi fortaleza y para eso es necesario que no recuerde los tres kilos que tengo de más.
Entramos a mi casa. Victoria se sienta en el sillón y resopla. Definitivamente viene a contarme algo. Le ofrezco algo para tomar por pura cortesía, porque si quisiera se lo agarraría sola. No quiere nada. Imagino que lo único que quiere es contarme lo que la tiene así de rara, pero va a dar vueltas hasta que tenga que descorchárselo yo misma.
- ¿Estás bien?- le pregunto.
- Sí. Tenía un rato y pasé a verte.- Miente. No vendría sin una intención. Hace unos meses quizás sí. Esta sorpresa me huele a pólvora. Y ya no sé qué puede estallar más fuerte que su partida.
- Tenés cara rara. Si te pasa algo podés contármelo -le digo.
- No. Estoy tranqui.
Listo. Esto sí que va a ser una masacre. Victoria nunca dice que está "tranqui", a menos que esté en el plano opuesto. Es incapaz de hablar. Al menos no de buenas a primeras. Viene, resopla, pero dice que está todo bien. Y lo sostiene durante un buen rato.
- No tenés cara de estar tranqui. Pero si no querés, no te pregunto más.
- ¿Y cómo es la cara de "estar tranqui"? ¿Se puede saber? ¿Qué, no conozco mis propias caras?- me dice levantando el tono de voz.
- Bueno, está bien -contesto para evitar la discusión-. Che, yo me voy a hacer un té. ¿Te hago uno?
- Bueno.
Voy a la cocina. Mientras pongo la pava y espero que hierva el agua, me tomo una pausa en silencio. No entiendo cómo es que sólo necesita unos pocos minutos para desequilibrarme. Estos últimos veinte días fueron una locura. Está totalmente ansiosa, discutiendo con la familia, organizando los nuevos planes, hablando con el primo, haciendo trámites. Es un manojo de nervios y todavía ni sabe cuándo se va. Lo peor es que de alguna forma me mete en su ritmo. Y me sorprendo ayudándola a preparar un viaje que detesto. El viaje que dice que hace para crecer, para madurar. No sé por qué carajo necesita irse a otro continente para madurar. Acá ni empezó a intentarlo y ya está bien podrida. Y yo me estoy pudriendo con ella. La cosa se está poniendo cada vez peor. Pienso que si solo pudiera tener una semana de estabilidad pondría en orden mi vida. Bajaría estos tres kilos que me sobran. Me pondría al día con la facultad. Una semana sin tener que resolver ninguno de los problemas de Victoria, su familia, su ansiedad, su completa incoherencia. Una semana de estabilidad alcanzaría para empezar a hacer algo que me haga bien.
- Ya saqué el pasaje- me grita desde el living. El agua hierve y apago la hornalla. Sin llegar a servir el té me acerco hasta donde está.
- ¿Para cuándo?
- El mes que viene. Bah, son veintiseis días, en realidad.
- Está bien.
Vuelvo a la cocina. El pecho se me contrae y siento que no puedo respirar. Lo único que sé es que tengo que servir el té. Tengo que buscar los saquitos y servir el té. Pero no puedo ni caminar. Me siento en la banqueta de la cocina porque siento que voy a desplomarme. Estallo en un llanto histérico, sin reparo. Quisiera no hacer ruido pero lo hago, porque en el fondo quiero que sepa que estoy llorando. Lloro con las manos tapándome la cara, tratando de contener las lágrimas que parece que salieran como una herida imparable. Lloro más de lo que puedo controlar. Lloro con mocos y me empapo las manos. No me importa nada. Me estoy vomitando.
Victoria me escucha llorar y viene hasta donde estoy. Se arrodilla y se pone frente a mí.
- No, Puchita... No llores así.
Me abre las manos y me apoya la cara sobre su hombro. Me abraza fuerte. Hace meses que no me llama "Puchita". ¿Qué es esto? ¿Qué son sus brazos? Ella no va a responderme nada. Solamente me abraza, pero no va a cambiar sus planes. Entonces lloro más. Solamente un poco más, porque ya no tiene sentido. ¿Cuánto tiempo va a esperar a que me calme para soltarme el abrazo? Tic tac. ¿Cuánto más hasta que me suelte del todo? Veintiseis días. Tic tac. Yo ya no soy Puchita. Y porque alguna vez lo fui, ella se va. Se va de mí.
Me alejo de ella. Me levanto en silencio y agarro una servilleta para sonarme los mocos. Agarro otra y me seco la cara. No es suficiente. Necesito ir al baño. Mirarme al espejo. Lavarme la cara. Cuando estoy saliendo de la cocina le suelto:
-En España vas a ser tan torta como acá.
Ella se queda inmóvil.
- ¿Qué querés decir con eso?- me pregunta sorprendida, pero no le contesto. Me resguardo en el baño. Pongo las manos en cuenco debajo del agua. Hundo la cara en el agua. No lloro más. Me miro al espejo, tomo la toalla y me seco la cara sin dejar de mirarme. Cuando salgo del baño la veo a Victoria que está agarrando su mochila y su abrigo.
- Me voy -dice. Está enojada. No. Está muy enojada.
- Está bien -contesto. En otro momento me hubiera preocupado, la hubiera frenado. Ahora da igual. Tic tac. Tiene un pasaje que explota en veintiseis días. Tic tac. Tic tac. Hasta que reviente la pólvora.
La acompaño hasta abajo para abrirle la puerta. Nos saludamos con un beso en la boca. ¿Cuántos más nos quedan? Probablemente desde ahora piense todo de esta manera. Un cronómetro desfavorable. Y yo lo único que quiero es una semana de estabilidad.
Quizás, después de que reviente la pólvora.
Tic tac.
lunes, 13 de junio de 2011
jueves, 2 de junio de 2011
I - Como la mesa de mosaico
- Este año salto a la gloria- le dije a La Rusa y me tomé de un solo trago lo que quedaba en mi vaso del licorcito casero que hacía su vieja. Estábamos sentadas en el patio cubierto de la casa chorizo de su familia, que era más bien una sala de estar. Yo adoraba esa casona. El loro, las plantas, las carpetitas tejidas al crochet, el mate con la yerba mojada de la mañana aunque ya fuera de noche, la tía abuela de La Rusa roncando en una silla cerca de la estufa y la madre puteando a los tipos de la radio.
La Rusa siempre me atendía bien. Apenas llegaba, me decía que tenía algo para mí, me ponía un vasito en la mesa de mosaico del patio cubierto, me servía unas medidas de algún licor y dejaba la botella al lado del vaso. Se ve que sabía que la iba a ver cuando estaba derrotada.
- Te dejo un lugar en el podio, claro. Vos y yo, Rusa. Mirá que este año no nos para nadie.
- Eso hay que festejarlo por anticipado- me contestó La Rusa alzando su vaso con una sonrisa berreta que ni llegaba a levantarle las comisuras de los labios.
- ¡Por la gloria!- grité, mientras hacía chocar mi vaso contra el de ella.
Podíamos mantener esa farsa durante horas. Falacias y licorcito. Hasta que alguna de las dos aflojaba la lengua y en un rapto de sinceridad confesaba sus miserias. En general era yo la que hablaba, porque las desgracias de La Rusa eran estructurales y yo las conocía bien, pero las mías eran más bien momentáneas y requerían ser habladas en cuanto sucedían. La Rusa nunca me apuraba para que soltara prenda. Primero se aseguraba de que tuviera algo así como un colchón etílico que me respaldara emocionalmente.
Tomamos durante hora y media sin hablar de nada demasiado trascendente. Hasta que no pude más y largué todo.
- Es Victoria- dije pesadamente-. Se quiere ir a España.
Era la primera vez que lo decía en voz alta. Era la primera vez que me escuchaba decirlo. Estaba abatida. No sabía qué hacer, así que le saqué un pucho de los que tenía sobre la mesa y lo prendí. Hacía años que no fumaba.
- ¿A qué se quiere ir?- preguntó La Rusa.
- Dice que a trabajar.
- ¿Y a qué se quiere ir?
- No sé.
No me preguntó nada más. Fue al armario de los licores, trajo otra botella y nos sirvió a las dos. Se prendió un cigarrillo. El olor del tabaco me había empezado a acelerar el pulso. Eran de la misma marca que fumaba Victoria antes de dejar, unos meses atrás. Yo le había hablado varias veces para que dejara, pero se ponía terriblemente necia. No me quería escuchar de lo arraigado que tenía el vicio. A mí me pasaba lo mismo cuando fumaba, por eso tampoco la quise presionar mucho. Victoria se enojaba y me decía que no me metiera en su vida y yo le contestaba que cómo no me iba a meter en su vida si era su novia y que todo lo decía por su salud. Pero no había forma de que aflojara. Se cerraba en esa frase y me la repetía una y otra vez: que era cosa suya, que era su vida. Y cuanto más lo decía, una especie de apatía se le iba adhiriendo al tono. Hace cuatro meses dejó sola de fumar, así nada más, sin que yo le dijera nada.
-Hey, te vas a quemar- me dijo La Rusa, porque tenía tan apretado el cigarrillo entre el dedo índice y el medio que casi lo rompo y se me cae la brasa encima. No me había dado cuenta de nada. Estaba absorta y bastante borracha. Apagué el cigarrillo en el cenicero de lata. Miré un rato largo los mosaicos de colores de la mesa. Yo había visto otras mesas en las que los mosaicos formaban imágenes de flores, círculos, peces. Estos, sin embargo, no formaban ninguna imagen. Estaban puestos así nomás, salpicados sin ningún sentido.
Estaba asqueada de tanto tomar, pero seguí tomando.
- Hace dos semanas me dijo que estaba pensando en irse -conté-. Y ayer me confesó que desde hace dos meses viene hablando con el primo que vive allá y parece que le consigue trabajo en la empresa de un amigo. Dice que es en negro, pero es buena plata.
A mí me importaba tres carajos el trabajo que le conseguía su primo. Me daba lo mismo que le fuera bien o mal. En realidad, quería profundamente que le fuera mal. Era mi única esperanza. Irse se iba a ir, porque cuando a Victoria se le metía algo en la cabeza no le importaba nada más que concretarlo. Ahora no había forma de pararla, así que sólo podía esperar a que volviera. No había mucho más que pudiera hacer.
- Nunca me pidió que me fuera con ella -le dije a La Rusa mirando fijamente el vaso apoyado sobre la mesa, porque sentía que si levantaba la mirada me iba a poner a llorar ahí nomás.
La madre de La Rusa se acercó por detrás de mi silla y me tomó por los hombros con suavidad. Generalmente era una mujer bastante seca, vestigios de una vida dura, pero esta vez habrá percibido algo, quizás mi semblante destruido. Me preguntó si me quedaba a cenar, pero le dije que no, que en un ratito me volvía a casa. Hablar así, tratando de no estallar en llantos frente a la madre de mi amiga me exigió un esfuerzo descomunal. Me sentía agotada. Lo único que atiné a hacer fue tocar con una mano el bolsillo de mi pantalón. Antes de salir de casa me había guardado una vieja carta de Victoria, de las primeras épocas de noviazgo. Tocaba la carta como un talismán para que me diera fuerzas y para recordarme que lo mío con Victoria no era una ilusión, que en algún momento Victoria me había puesto en el centro de su vida. Yo había sido eso que se le había metido en la cabeza. Pero hacía rato que ella había empezado a correrme de todo, como una mudanza silenciosa. La Rusa, que me conoce desde hace años, me adivinó el pensamiento o algo así, porque muy astutamente me lanzó:
- ¿Y vos no te imaginabas que Victoria podía hacer una cosa así?
- No. Para nada.
Mentí. Me avergonzaba admitir que sí lo imaginaba. No lo de España. Pero sí sabía que había algo en Victoria que se estaba desprendiendo de mí y que no había forma de evitarlo. Me sentía impotente. No entendía el cambio de Victoria, pero era innegable. Hice silencio de nuevo. No podía pensar en nada. Tenía los pensamientos desordenados y había ido a lo de La Rusa a intentar ordenarlos, pero era imposible. Todo parecía estar improvisado, puesto arbitrariamente como los mosaicos de la mesa. Victoria, España, el primo, los cigarrillos, el trabajo en negro. Y yo. Yo en el medio de todo eso. Pero no, la cosa era que yo no estaba en el medio. Yo no estaba en ningún lugar.
Ya era tarde. Lo mejor era volver a casa a intentar dormir. Me paré como pude. Me pesaba el alcohol; me pesaba el aire. Me despedí de La Rusa en el portón de entrada de su casa. A ella le gustaba a veces cerrar las charlas con un chiste, como para amenizar. Me abrazó y me dijo:
- Tranquila. No te olvides que este año saltás a la gloria.
- Sí, a la gloria de Dios.
Y me fui caminando muy lento, pensando que en esta vida para mí no había existido jamás un dios y mucho menos alguna gloria.
domingo, 29 de mayo de 2011
Declaración Universal Contra los Derechos Humanos de la Torta Mersa
Considerando la propagación ilimitada de la mersada en el territorio nacional;
Considerando el desconocimiento absoluto de la dignidad humana, del que hacen gala ciertos organismos pluricelulares a quienes ni siquiera habría que llamar mujeres;
Y considerando esencial que los derechos humanos sean protegidos por un régimen de Derecho, esto es, de los derechos de las tortas que sí valemos la pena, o sea, las distinguidas, las que hemos sudado la camiseta, por así decirlo, y hemos sido repetidamente afectadas por las tortas grasas;
La Asamblea General proclama la presente Declaración Universal Contra los Derechos Humanos de la Torta Mersa, como ideal común por el que las tortas copadas deben esforzarse en promover para cortar de una vez por todas con la impunidad que gozan estas hijas de puta.
La Asamblea General de las Naciones Lésbicas impugna, para la mersada general, todos los derechos que se citan en los Artículos que desarrollaremos a continuación.
Artículo 1:
Todos los seres humanos nacen libres e iguales. Las tortas no. En lo relativo a la ingesta de alcohol, la torta mersa no se la banca como las leidis del buen beber. La grasada se escabia y aprovecha la volteada para vociferar sus dramas, tener escaso o ningún control sobre su cuerpo y sus respectivas secreciones, hacer chistes de muy bajo presupuesto, llorar, armar escándalos públicos, tirarle de los pelos a otras compañeras del gremio y hasta, en un intento de sensualidad penosamente perdida, bailar el Meneaito en el escenario del boliche con una travesti de peluca barata. Esas tortas no son de ninguna manera iguales a las tortas dignas. Deberán entonces ser señaladas como Mersas y, para que aprendan, se les revocarán los derechos de: a) Tolerancia, b) Hombro Amigo, c) Te llevo a tu casa porque no da que vuelvas en bondi en este estado.
Artículo 2:
La patria de las tortas copadas no puede permitir la proliferación de la pelotudez. Quedan así terminantemente prohibidos los derechos a charlas relativas a lo que pasó ayer en el "Bailando". No se permitirán nicks de messenger con frases de Arjona, Leo García, Lady Gaga y derivados. Serán irrevocablemente deportadas las tortas que anuncien el rompimiento de su pareja cambiando su estado civil en facebook.
Artículo 3:
Ante la impune verborragia que pretenden sostener algunas mersas, haciendo alarde de su supuesta lindura, de su ropa nueva y de su viaje a jonkong, opinando sobre la situación política sin ningún fundamento histórico, o peor aún, careciendo por completo de conciencia social (hola, tenés un tipo muriéndose al lado, tratá de no pisarlo mucho cuando le camines por encima con tus adidas nuevas de 500 pe) e incluso creyendo que están haciendo algo por el planeta por el simple hecho de twittear que por favor no tiren más papeles al piso... ¡¡¡Mersas, mersas, mersas!!! Quedan abolidos sus derechos de libertad de expresión y de protección ante la Ley. Que les caiga la Ley encima, con sus bibliotecas de 300 tomos.
Artículo 4:
El no garche es una mersada. Toda torta en pareja tiene derecho al garche. La falta de garche, el mal garche, la disminución del garche y cualquier anomalía en los procesos garchísticos de la pareja, si fueran o fuesen provocados por una de las integrantes de dicha dupla, la misma será penalizada (por mersa), mediante la remoción de todos los derechos maritales. Esto es: se le expropiará la novia, quien será devuelta al pueblo torteril para que las representantes hagan uso de sus facultades dactilo-orales, para la correcta restitución del garche a quien de buena fe así lo merece.
Artículo 5:
Todo individuo tiene derecho a la vida y a la seguridad de su persona. Las tortas mersas no. Si una tipa que te estás tratando de levantar es tan grasa que te habla de otras minas que se comió recientemente; si tu novia con la que acabás de mudarte te pide un tiempo; si la chonga que tanto te gusta le tira los galgos a tu amiga, se les niega a todas ellas instantáneamente el derecho a la vida. Pero como nosotras sí somos tortas de verdadera entereza, no las cagaremos a patadas reales. Serán azotadas con nuestra indiferencia y nuestra retórica impecable. Y serán despedidas con un saludo a la reconcha de su madre.
La Asamblea General pasa a cuarto intermedio hasta próximo aviso y se toma una levité de melón con unas galletitas que nos compró Chela, la secretaria del tercer piso.
lunes, 23 de mayo de 2011
En aquel universo negro,
había una vez una vida.
El seco mundo del gran cuento
y millones de pupilas ciegas.
En este universo blanco
al que he saltado para ver,
la vida juega a las ausencias
del fulgor inalcanzado.
Son mis viejos ojos de universo negro
que me dicen soledad,
que me dicen pena,
hambre, muerte.
Había una vez un universo negro.
Pero he saltado.
había una vez una vida.
El seco mundo del gran cuento
y millones de pupilas ciegas.
En este universo blanco
al que he saltado para ver,
la vida juega a las ausencias
del fulgor inalcanzado.
Son mis viejos ojos de universo negro
que me dicen soledad,
que me dicen pena,
hambre, muerte.
Había una vez un universo negro.
Pero he saltado.
domingo, 15 de mayo de 2011
La pincelada oscura
Los pomos de acrílico estaban tapados y los pinceles aún limpios. Era difícil corromper el lienzo. Lourdes lo miraba con una mano en el bolsillo y la otra sosteniendo un vaso de moscato. El vino dulce era lo único que podía pasar por el hígado, después de un año de noviazgo plagado de películas los fines de semana y el cese de actividades etílicas. A Lourdes le gustaba decir que se había achanchado un poco y que las épocas de vandalismo juvenil (vodka, cerveza, ron, granadina, piña colada y quién se acuerda qué más) ciertamente habían terminado. Pero habían terminado por Paula, su novia, por eso le gustaba decirse achanchada. A Pau le gustaba su chanchez, las pelis y la cama de dos plazas de la casa de Lourdes. En lo de Pau la cama era de una plaza, para sostener a una sola mujer hasta que se case. Las pocas veces que Lourdes se quedó a dormir en lo de la familia de Pau, aunque le preparaban la cama plegable "para que duerma cómoda", no tardaba en pasarse adonde estaba acostada su novia. La cama de húespedes amanecía intacta y Alicia, la mamá de Paula, a las diez de la mañana desarmaba la cama impecable tratando de no pensar en nada, porque se notaba que no era que Lourdes la había vuelto a estirar antes de irse, sino que nunca había dormido ahí. Pero eso Alicia trataba de no pensarlo. Y de paso, trataba de no darle vueltas al recuerdo del día en que su hija le confesó que Lourdes era su novia. Un ardid de la edad, se decía a sí misma, una cosa casi entendible como están los chicos hoy en día. Hasta que se canse. Se va a cansar sola. No había que decirle nada, porque Paula se ponía como loca. Incluso aunque Alicia la tratara de respetar tanto, aceptando que Lourdes compartiera algunos momentos con la familia, que se la invitara a dormir, que se le prepare la cama de huéspedes que ella nunca tocaba.
Lourdes tenía algunos bocetos sobre la mesa del living. Dibujos, imagenes fotocopiadas. Tenía una idea vaga de lo que iba a pintar. Era necesario preparar un gris casi tirando a negro. También había que esperar a que llamara Paula. Tipo diez y media, había prometido. Ya eran las once y no había llamado. Pero no había que enroscarse mucho en eso, pensó Lourdes. Era el cumple de Martín, el hermano mayor. Y vaya uno a saber qué estaría haciendo. Capaz comiendo el postre para después soplar las velitas. Le iban a poner las treinta velas en la torta. Lourdes lo sabía porque Paula las había comprado dos días atrás, cuando pasaron juntas por una casa de cotillón, justo cuando estaban discutiendo sobre el hecho de que la familia de Paula había pasado por alto completamente invitar a Lourdes al cumple de Martín. Eso no era novedad y a Paula no le parecía tan grave.
- Vos sabés cómo son mis viejos, no entiendo lo que te pasa. Es mi familia. Me tenés que entender- pedía Paula, perpleja por el disgusto de Lourdes.
- ¿Pero vos no te das cuenta? O sea, no me parece normal. Tu vieja sabe que somos novias. Y siempre hace lo mismo.
- Bueno, pero ¿de qué me estás hablando? ¿de normalidad? Si le preguntás a mi vieja, seguro que ésta tampoco es su idea de normalidad. Ya fue, mientras no se metan en lo nuestro. Ellos saben que yo me quedo a dormir en tu casa y no dicen nada. Nunca armaron ningún bardo. Me parece que podemos bancar estas cosas. Para ellos es difícil.
Tan difícil como corromper un lienzo, pensó Lourdes mientras, acordándose del episodio de las treinta velitas, pensaba que era cuestión de ponerle sólo una pizca de blanco al negro, no mucho, porque tenía que lograr un gris muy oscuro para lo que quería pintar. Con ese frío menos mal que se había quedado en su casa. De paso pintaba, porque el miércoles tenía que llevar algo al taller, aunque fuera algo a medio hacer. Entonces menos mal que se quedó, porque tenía tiempo de sobra para ponerse con su pintura y además el frío que hacía; era cuestión de asomar la cabeza por la ventana para darse cuenta que se estaba mucho mejor así, con pomos de acrílico esperando, la estufa y ningún compromiso. Sólo esperar la llamada de Pau que se había puesto esa pollera nueva con la plata que le dio Alicia para que se comprara algo para el cumple de Martín. La pollera verde bordada, que le quedaba hermosa. Así debía estar, transitando el saloncito que habían alquilado para la ocasión. Con las amigas de los padres diciéndole lo hermosa que estaba y qué bueno verla así. Qué bueno verla tan hermosa, tengo un sobrino divino, estudiante de Economía en la UBA, qué bueno tu look, que bueno todo.
Ya iba a llamar, nomás había que esperar a que comiera el postre, quizás después de las velitas, porque Paula sabía que Lourdes se iba a quedar despierta pintando, por eso no estaba tan apurada por llamarla, a pesar de que había prometido llamar a las diez y media. Entonces Lourdes tenía que levantarse del sillón y preparar el color para pintar. El problema era que si llamaba Paula, el color se le iba a terminar secando. Lourdes miró su celular pero pensó que lo mejor era no llamarla, porque si Paula no había llamado, debía estar pasándola tan bien que se le había pasado la hora. Ella no iba a hacer una intromisión. Alicia debía estar con su vestido color petróleo, revoleando su chalina bailando el carnaval carioca con su marido, contenta de que Paula estuviera así, de que todas la vieran tan hermosa, con esa pollera que había elegido. Contenta de que Lourdes no estuviera ahí, manchando todo de gris oscuro.
Lourdes prendió la tele. En uno de los canales vio que ya eran las once y cuarto. Cuarenta y cinco minutos de demora. Bueno, pero Paula no debía estar pensándolo así. Alicia debía tenerla de acá para allá, haciéndola hablar con todos, con los amigos de Martín, con ese Jeremías que a Alicia le gustaba tanto que ¿por qué no se lo garchaba ella misma? Vieja de mierda. Jeremías que debía estar ahí, porque era muy amigo de Martín y Alicia tan contenta de poder operar de celestina. Jeremías, el buen pibe de Alicia. Y la idiota de Alicia tan emocionada por todo.
Negro y una pizca de blanco. Lourdes apagó la tele y abrió el pomo negro. Sonó el teléfono. Por fin. Pau se acordaba. La rescataba del lienzo, de la blanca soledad, del pomo negro.
- Hola Lulita, ¿cómo andás? Perdoná la hora- saludó la madre de Lourdes, que estaba muy al tanto de la situación del cumpleaños.
- Hola mamá... escuchame, estaba esperando que me llame Pau.
- Bueno, hablamos mañana, pero ¿vos estás bien?
- Sí, sí... pintando. Ahora igual seguro me llama Pau. No quiero ocupar el teléfono.
- Dale, sí, mañana hablamos.
Doce y cuarto y Paula todavía no había llamado. Seguramente ya habrían cortado la torta. Seguramente ya habrían brindado. Bastaba una copa de champán para que Paula se olvidara del mundo. Lourdes había tapado el pomo negro y se había ido a lavar los platos y a ordenar un poco la cocina. Doce y media. Paula no iba a llamar. Una copa de champán encima, Martín, las amigas de la madre, Jeremías. Y Alicia debía estar tan contenta de que Paula estuviera así, con esa pollera, tan agradable con sus amigas, la familia unida, Jeremías, la cama de una plaza.
Y hacía falta mezclar el negro con el blanco para corromper el lienzo. Pero Lourdes se fue a dormir sin tocarlo.
viernes, 13 de mayo de 2011
Abusos
Fue en un boliche de Costanera, durante la fiesta que organizaba una conocida. Habían pasado siete años desde que había terminado la escuela primaria, sin embargo apenas lo vi lo reconocí. Matías Méndez, ese hijo de mil putas que durante toda la escuela me había atormentado con sus chistes de mierda.
"La Mari", me había puesto. La marimacho. Y no tenía que hacer chistes muy elocuentes, con mi nuevo sobrenombre alcanzaba para que todos sus seguidores se mataran de la risa. No tardó mucho en prender la moda de llamarme así y pronto mi apodo se propagó por toda la escuela. Cuatro años así. De tercero a sexto grado. El era un año más grande que yo, así que cuando egresó junto a toda su camada de abusivos, pude tener un año relativamente tranquilo. Pero fueron cuatro años de abusos constantes. Cerca de ochocientos días de recibir el peor de los espejos, la imposibilidad de ser y el silencio de las maestras. Evitar pasar por ciertos lugares del colegio donde estaba Matías y sus amigos. Ver cómo sus chistes iban tomando fuerza en los varones de mi grado y en toda la escuela. La Mari. La Mari y todos sus derivados. Matías en un pasillo y mi cara roja porque sabía lo que me esperaba sólo por pasar cerca suyo. La Mari. Las risas. La vergüenza. Y nadie a quien contarle. La Mari en silencio, marcada, en ochocientos días negros.
Me vio mirarlo, pero no me reconoció. Se acercó seguramente pensando que de tantas miradas que le eché tenía el levante asegurado. Me saludó haciéndose el canchero.
- Te vi que me mirabas ¿necesitás algo?- dijo con un tono soberbio que yo conocía muy bien.
- No, te miraba nomás.
- Soy Matías, ¿vos?
- Ya sé quién sos.
- ¿Nos conocemos? - preguntó intrigado.
- Sí - respondí. El me miró desconcertado. Realmente no me reconocía -. Nos conocemos de la primaria, Matías Méndez.
- ¿En serio? ¿Pero a qué grado ibas? ¿Cuándo egresaste?
- Vos sos un hijo de puta - le dije.
- Epa, ¿qué te pasa? ¿estás loca?
- Sos un hijo de puta - repetí. Y no pude decir más.
Tenía ganas de tantas cosas. Si hubiera podido lo hubiera matado ahí mismo. O me hubiera matado yo. Pero no esa noche, sino mucho antes. Me hubiera ido en alguno de esos días negros, o en una noche negra, para evitar otro día negro. Días de abusos, de esos golpes que llenan la vida de mierda y te la dejan colgando ahí por años. Matías Méndez, sin embargo, había egresado de la escuela muy tranquilo, con un trofeo honorífico al pelotudo más chistoso del grado. Matías Méndez. No me había olvidado.
- Escuchame, ¿cómo te llamás? - me preguntó todavía intrigado, cuando yo estaba a punto de dar media vuelta e irme.
- La Mari- le largué con un fuego que salía de la panza, de años de habitar ahí, de pudrirme desde ahí. A él se le desfiguró la cara. Pude entender que me había reconocido. Se quedó callado. Yo quería decir tantas cosas. Pero ya no a él.
Hoy leí en el Suplemento SOY de Página 12 el caso de Carlos Agüero, el pibe riojano que se suicidó después de una serie de abusos verbales y la falta de contención del colegio. Carlos seguramente hubiera recordado durante años la cara de Franco, el que le decía "puto" en medio de toda la escuela. Puto durante días y días. Puto y sus derivados. Puto por facebook. Puto cada vez que se lo cruzaba. Y si Franco lo decía muy fuerte, puto para los compañeros, para las maestras, para su familia. El puto, el puto, el puto, el puto, el puto. La Mari, La Mari, La Mari...
No lo saben. Maestras, compañeros, familia. No saben lo que es soportar la agresión constante. Ochocientos días negros. No saben y se ríen. No saben y se callan.
Pero nosotros no olvidamos.
Hay algo que se nos muere.
lunes, 2 de mayo de 2011
Después de las cinco
A las cinco de la mañana le había mandado un mensaje de texto la muy zarpada de Georgina, a pesar de que le había dicho cientos de veces que evitara los mensajes de borracha desesperada. El boliche estaba en su mejor momento, aunque el mejor momento del peor lugar, no sé qué carajo significa. Nosotras, por supuesto, pasadísimas de copas y todavía bien de plata, así que las copas no iban a dejar de pasar.
- Es cuestión de hidratación- me dijo Georgina.
- Pero se ve que a vos la piel te absorve a lo loco- contesté yo que, a diferencia de ella, tenía muy poca resistencia al alcohol.
- ¡Hay que tomar dos litros de líquido por día!
- De agua, no de cualquier líquido- contesté patinando las consonantes, muestra irrefutable de mi estado de ebriedad.
- Bueno, ¿pero qué tiene que le haya mandado un mensaje?
- Si hubieras estado tan segura, no se lo hubieras mandado desde el baño.
- Quería pensar. No se puede pensar acá con tanto ruido- se justificó ella. Yo dudé de qué tanto se podía pensar en el baño de un boliche, pero a esa altura no estaba para juzgar a nadie.
- Igual, Chorch... ¿Ahora qué? La mina no te contestó y vas a estar flasheando el resto de la noche.
- No. Para nada. La mina está haciendo la suya... Andá a saber. No pienso mambear, mami.
Georgina, o Chorch como le decía yo, como buena chonga, me decía "mami". A mí su "mami" me daba un escalofrío que evocaba todas mis fantasías de sexo carcelario. Pero Chorch sí mambeó, obvio. No enseguida. A la media hora, más o menos. Alguien nos había ofrecido un trago de procedencia dudosa y yo estaba evaluando si hacer uso del gesto generoso o mandarme a mudar. Y digo "alguien" porque no me acuerdo ni la jeta, pero debía estar por arriba de los 35 años, porque me acuerdo que nos contó que le decían "La Rata" y no puedo imaginar una mina con un seudónimo de esa índole que tenga menos edad. Yo dudé pero finalmente le entré duro y parejo, al trago, a La Rata nada más le hice una sonrisa y seguí bailando. La agarré a Chorch y nos fuimos para la otra pista. Pero ella estaba rara, como encendida. Y sí: mambeó.
- ¿Vos te das cuenta tu nivel de estupidez, no?- le dije con confianza, porque tanta amistad y licores nos daban la tranquilidad necesaria para putearnos siempre que hiciera falta-. La mina no te iba a contestar, era obvio. Si es una histérica. ¿Y qué ganás? Te cagás la noche. Y me la cagás a mí, de paso.
- A mí una mina no me caga la noche, mami.
- Escuchame, cátedra del macho argentino... estás flasheando. Justamente lo que dijiste que no ibas a hacer. Mirá, ni bailás. Y eso que acaban de pasar cuarteto. Yo esperaba que me revolearas un rato por la pista. O al menos que le hagas un encare a alguien. ¿No ves que estoy aburrida?
- Bueno, bancá...
- Bancá, nada. Son las cinco y pico, Chorch. ¿Qué digo yo siempre?
- Que a las cinco quedan las desesperadas.
- Y bueno, dale, plantá un encare y olvidáte de la histérica que debe estar durmiendo con su gato después de mirar una de Kusturica. ¡Un sábado a la noche, por dios! Vos le seguís el juego y la mina lo aburre hasta a Aliverti. Las cinco, Chorchuuu. Ponete los pantalones, loco. Clavá un encare que me cagaste la noche ya. Lo mínimo que pretendo es mirarte en chongo-acción.
- Ahí voy, mami. Ya tengo vista a una. Mirá... Esa, la de musculusa negra.
- Dale, andá. ¡Envalentonate!- la agité, mientras le pasaba lo que quedaba del fernet.
Georgina avanzó unos pasos hacia la tetona de musculosa que había divisado. Iba firme hacia su presa. Era hermoso verla actuar. Una chonga de pura cepa. Antes de llegar se acomodó un poco el pelo; no le gustaba que le quedara electrizado por la humedad del boliche. Yo la miraba mientras bailaba una cancioneta de moda. De pronto la vi frenarse, tomar su celular y volver hacia mí. Lo que seguía era esperable.
- Me contestó el mensaje- dijo tratando fallidamente de esconder su alegría.
- ¿Posta? ¿Qué dice?
- "Estaba durmiendo. Hablamos en estos días. Beso."- leyó ella.
- Bueno, genial... ¿no?
- Sí, ¿pero qué quiso decir con "hablamos en estos días"?... ¿Estará enojada?
- Chorch, dijiste que no ibas a mambear. Te dije que no mandes mensajes borracha. La puta que lo parió. Me vas a terminar de cagar la noche. ¿Vos qué le habías dicho?
- No me acuerdo. Te lo leo... Perá que busco... Acá está: "Creo que te amo".
- Sos decadente. No me dejaste ni reírme de las stripers porque estabas con esa cara de mierda. No bailamos cuarteto. ¿A qué vinimos? Andá a chamuyarte a la tetona porque te mato.
La tetona le terminó dando pelota, claro, porque Chorch es una chonga de ley. No hay forma de zafar de su chamuyo.
Además, ya eran más de las cinco y todas hacemos idioteces a esas horas.
jueves, 14 de abril de 2011
Métodos de limpieza
- Tranquila que todo va a estar bien- me consoló mi amiga, del otro lado del teléfono inalámbrico.
- Sí, sí, ya sé...- le contesté haciendo equilibrio parada sobre una silla, mientras limpiaba frenéticamente con un cepillo el taparrollos de la persiana.
Sí, que todo iba a estar bien, claro que sí. Y que la mugre del taparrollos iba a salir también. Lo que pasa es que la vida nos llena de pelusas y para limpiarse el alma y los taparrollos, hacen falta más cepilladas de las que uno cree.
Corté el teléfono y me bajé de la silla.
Había limpiado la casa entera, en uno de esos raptos de frenesí obsesivo. Creía entrever esa analogía trucha que hacía mi vieja sobre el desorden de la casa y el desorden de la vida. Era necesario ordenar algo, aunque siempre resulta más fácil tirarle un baldazo al piso. Ella no se va de mi vida con agua y lavandina. Son precisas miles de cepilladas más. La puta que lo parió.
Eso sí: la casa quedó impecable.
La había conocido en un cine y ella estaba toda empezada y yo estaba toda empezada y la película... italiana, creo. Uno entra en la vida de alguien que ya viene con tantos kilómetros encima, que de suerte que no se maten a trompadas con nuestros propios kilómetros. No hay nada que hacer: cuantos más años, más metraje histórico. Hubiera sido necesario descubrirnos una tarde después del colegio, cuando todavía estábamos ávidas de toboganes y libres de pelusas. Pero nos agarramos con nuestros metrajes largo rato sopapeados, así que hacía falta arrancar un nuevo metraje histórico, porque el de ella había empezado en un cero: nació en... y de ahí en adelante uno, dos, jardín de infantes, uniforme, trece, novio, Bariloche, veintitrés. Y yo desde otro cero, cuatro, hermano mayor, siete, once, anteojos, educación religiosa, quince, corazón roto, dieciocho, diecinueve, veinticinco.
Entonces inventar una nueva cuenta, que fuera nuestra cuenta. Un cero desde el otro lado de lo interior.
Cero fue el cine, ¿está ocupado este asiento?, sus ronquidos, mi risa, despertáte que ya terminó, su vergüenza, un café, un beso, dos, tres, mi casa, nueve, un libro dedicado, doce, te quiero, catorce, te amo.
Y así se fue desplegando la cuenta conjunta, sin prestarle demasiada atención, veintidós, vacaciones en Santa Teresita, ventinueve vos viste cómo es tu vieja, treinta y uno. El problema fue que nuestras cadencias propias nunca dejaron de andar y entonces mi metraje cuarenta y cinco: taller de plástica, su metraje cuarenta y dos-b: comprar un pulóver. Lo cual no era nada malo, porque más o menos nos manteníamos en cifras similares. Lo malo fue cuando el metraje conjunto empezó a treinta y cuatro, treinta y cuatro, treinta y tres, treinta y cuatro. Vos ibas a un ritmo de uno en uno en tus cosas y yo en las mías había pasado las tres cifras. Ahí se nos complicaron las cadencias y bastó un mísero bache en la ruta para que se nos desatornillaran los ejes y quedáramos tiradas en la banquina del kilómetro 154, San Pedro, Buenos Aires. Lo peor que puede pasar cuando uno anda en Misiones y la otra persona en Viedma, es intentar unirse en un punto medio, 48 horas de hotel, para pegotear por la fuerza las cadencias que están tan ionizadas y encabronadas por el desfazaje emocional, que terminan repeliéndose con una potencia cósmica y qué metraje ni qué ocho cuartos, vos con esa forma de decir las cosas y al menos las digo, porque si es por vos ni me entero lo que te pasa, bache, estruendo y banquina.
Pero sí, sí. Me quedo tranquila. ¿Qué puede pasar? Hay que limpiar la casa, lo demás se va a ir aclarando. Escoba, trapo, aromatizante de lavanda.
Ella no se lava tan fácil.
domingo, 10 de abril de 2011
Padeceres
Qué pena me da Romi. Ayer una vez más, la misma conversación telefónica de siempre.
- Yo bien, Romi... ¿vos bien?-, le pregunté anticipando la respuesta por el tono lúgubre de su voz.
- Maso. Me peleé con Sole.
- ¿Qué pasó ahora?- le dije con un énfasis en la palabra "ahora". Sí, qué pasó ahora, como tantas otras veces. Pero ella, tan embadurnada de pesares, no notó mi cinismo.
Me contó algo sobre la ex de Sole y unos mensajes de texto que se mandaron, que Romi le había leído de prepo a Sole mientras se estaba bañando. Todo un tema, porque estuvo una semana entera con diarrea tratando de dilucidar cómo encarar la situación. Si le decía que había leído los mensajes Sole la mataba por haber invadido su intimidad. Pero si no le decía y tenía que seguir bancando la angustia estomacal que le producía toda esa incertidumbre, estaba en serios problemas escatológicos.
- ¿Y por qué no me llamaste?
- No sé. No sabía qué hacer- me dijo -. Hasta me lo quería olvidar. Pero no pude... Y ayer estallé.
Al parecer le escupió todo lo de la lectura de los mensajes a partir de una discusión que había empezado por cualquier otra cosa, un desacuerdo sobre lo que iban a hacer el siguiente fin de semana y la supuesta obligación de ir a un cumpleaños.
- Eso del cumple al final no era tan terrible, pero se fue dando lo otro. Yo lo tenía atragantado. Encima estaba indispuesta.
- Ah, cagaste.
- Sí, eso mismo.
Nosotras seguíamos dándole rienda suelta a nuestras fijaciones anales. No hay que perder el humor. Pero era cierto que la cosa se puso peor. Sole empezó con el discurso de la invasión a la propiedad privada. No entendí si se refería al celular o a su ex porque mientras me lo contaba, Romi empezó a llorar, desbordada porque esta vez sí, esta vez me deja, te lo juro, me lo dijo así, que no me quiere ver más y todo el cuento de cada semana del cual Romi parece no llevar registro. Todas las semanas Sole la deja para siempre jamás. Y yo me voy quedando sin consejos para darle, pobre Romi.
Quizás sería más fácil aconsejarla si no hubiera sido por esa noche, hace unos meses. Romi se había peleado con Sole, como siempre. Vino a casa y decidimos emborracharnos, o emborracharla a ella principalmente. Y tuvimos éxito. Pero lo de esa noche, no es que yo lo viniera pensando de antes. Fue algo que se dio de parte de las dos y supongo que del sopor de los alcoholes mezclados arbitrariamente, no por paladar sino por necesidad de aniquilación de quienes los bebieran. Bueno, no sé si mi aniquilación. Yo estaba bien, pero Romi, ¡pobre! Entonces había que hacerle la segunda. Y no sé cómo fue. Bueno, sí. Pero no quiero que parezca que fue algo que yo... De ninguna manera. Es que, pobre Romi, estaba tan linda. Tenía los cachetes rojos y la nariz brillante de tanto llorar. Lloraba y tomaba. Después nos reímos un poco y se le iluminó toda la cara, porque con Romi era pasar del llanto a la risa en un segundo. Y fue una cosa rara: esa luz que se le vino a la cara la provoqué yo. Se río y se puso tan linda y estaba ahí en mi cama como cuando... Pero esa vez anterior no había pasado nada, fue incómodo nomás porque estábamos muy cerca y se hizo un silencio y las dos creo que sentimos que... pero no pasó nada. Y así estaba de nuevo en mi cama y esta vez yo estaba tan triste por ella, que sentía que estaba triste por mí también. Le di un beso y de pronto estábamos desnudas y nos reíamos, porque siempre nos reíamos de nosotras, de mi rigidez y mi soberbia berreta, de la extremada torpeza de Romi, toda desbordada... pobre Romi, tan sensible, tan doliente. Daba pena. Daba una hermosa pena besarla.
Ninguna de las dos supo bien qué decir después de eso. Ella me vino a hablar unos días más tarde. Y cuando se refirió a aquella noche la nombró como "ese incidente". Lo dijo riéndose, apelando a mi capacidad de reírme de todo, a lo que por supuesto respondí con otro chiste, no sé cuál. Y entonces seguimos siendo amigas, que era lo que Romi necesitaba, especialmente unos días después cuando volvieron a discutir y me llamó maldiciendo y jurando que esta vez estaba cansada de Sole, nada más para volver a acunarla dos días después.
A veces me da tanta pena que me pondría a llorar.
- Yo bien, Romi... ¿vos bien?-, le pregunté anticipando la respuesta por el tono lúgubre de su voz.
- Maso. Me peleé con Sole.
- ¿Qué pasó ahora?- le dije con un énfasis en la palabra "ahora". Sí, qué pasó ahora, como tantas otras veces. Pero ella, tan embadurnada de pesares, no notó mi cinismo.
Me contó algo sobre la ex de Sole y unos mensajes de texto que se mandaron, que Romi le había leído de prepo a Sole mientras se estaba bañando. Todo un tema, porque estuvo una semana entera con diarrea tratando de dilucidar cómo encarar la situación. Si le decía que había leído los mensajes Sole la mataba por haber invadido su intimidad. Pero si no le decía y tenía que seguir bancando la angustia estomacal que le producía toda esa incertidumbre, estaba en serios problemas escatológicos.
- ¿Y por qué no me llamaste?
- No sé. No sabía qué hacer- me dijo -. Hasta me lo quería olvidar. Pero no pude... Y ayer estallé.
Al parecer le escupió todo lo de la lectura de los mensajes a partir de una discusión que había empezado por cualquier otra cosa, un desacuerdo sobre lo que iban a hacer el siguiente fin de semana y la supuesta obligación de ir a un cumpleaños.
- Eso del cumple al final no era tan terrible, pero se fue dando lo otro. Yo lo tenía atragantado. Encima estaba indispuesta.
- Ah, cagaste.
- Sí, eso mismo.
Nosotras seguíamos dándole rienda suelta a nuestras fijaciones anales. No hay que perder el humor. Pero era cierto que la cosa se puso peor. Sole empezó con el discurso de la invasión a la propiedad privada. No entendí si se refería al celular o a su ex porque mientras me lo contaba, Romi empezó a llorar, desbordada porque esta vez sí, esta vez me deja, te lo juro, me lo dijo así, que no me quiere ver más y todo el cuento de cada semana del cual Romi parece no llevar registro. Todas las semanas Sole la deja para siempre jamás. Y yo me voy quedando sin consejos para darle, pobre Romi.
Quizás sería más fácil aconsejarla si no hubiera sido por esa noche, hace unos meses. Romi se había peleado con Sole, como siempre. Vino a casa y decidimos emborracharnos, o emborracharla a ella principalmente. Y tuvimos éxito. Pero lo de esa noche, no es que yo lo viniera pensando de antes. Fue algo que se dio de parte de las dos y supongo que del sopor de los alcoholes mezclados arbitrariamente, no por paladar sino por necesidad de aniquilación de quienes los bebieran. Bueno, no sé si mi aniquilación. Yo estaba bien, pero Romi, ¡pobre! Entonces había que hacerle la segunda. Y no sé cómo fue. Bueno, sí. Pero no quiero que parezca que fue algo que yo... De ninguna manera. Es que, pobre Romi, estaba tan linda. Tenía los cachetes rojos y la nariz brillante de tanto llorar. Lloraba y tomaba. Después nos reímos un poco y se le iluminó toda la cara, porque con Romi era pasar del llanto a la risa en un segundo. Y fue una cosa rara: esa luz que se le vino a la cara la provoqué yo. Se río y se puso tan linda y estaba ahí en mi cama como cuando... Pero esa vez anterior no había pasado nada, fue incómodo nomás porque estábamos muy cerca y se hizo un silencio y las dos creo que sentimos que... pero no pasó nada. Y así estaba de nuevo en mi cama y esta vez yo estaba tan triste por ella, que sentía que estaba triste por mí también. Le di un beso y de pronto estábamos desnudas y nos reíamos, porque siempre nos reíamos de nosotras, de mi rigidez y mi soberbia berreta, de la extremada torpeza de Romi, toda desbordada... pobre Romi, tan sensible, tan doliente. Daba pena. Daba una hermosa pena besarla.
Ninguna de las dos supo bien qué decir después de eso. Ella me vino a hablar unos días más tarde. Y cuando se refirió a aquella noche la nombró como "ese incidente". Lo dijo riéndose, apelando a mi capacidad de reírme de todo, a lo que por supuesto respondí con otro chiste, no sé cuál. Y entonces seguimos siendo amigas, que era lo que Romi necesitaba, especialmente unos días después cuando volvieron a discutir y me llamó maldiciendo y jurando que esta vez estaba cansada de Sole, nada más para volver a acunarla dos días después.
A veces me da tanta pena que me pondría a llorar.
viernes, 1 de abril de 2011
Mi mambo
Nunca me habían peinado una para mí.
Es decir: vi gente tomándola y hasta me ofrecieron (en la forma mezquina en la que te ofrecen algo que en realidad no te quieren convidar). Pero esa noche "El Jota", como se hacía llamar, me esperó a la salida del baño de mujeres, me agarró de la mano, me llevó hasta la cocina del bar y ahí nomás me dijo:
- Para vos.
Una línea blanca yacía impecable sobre la mesada de aluminio. El Jota ni preguntó si yo tomaba. Lo suyo pretendía ser más una ofrenda que una insolencia.
Me quedé perpleja. El Jota era un tipo simple, anteojitos, pecas, zapatos brillantes. Parsimonia de pé a pá. Aunque, para ser honesta, tampoco lo conocía mucho. Hacía una hora nomás.
Yo venía caminando por una calle empedrada tratando de no tropezarme con los adoquines y con mi propia felicidad que suele distraerme y entorpecerme el paso. Otra vez estaba de viaje en un pueblo maravilloso, conociendo personas tejidas de calma y amabilidad. En eso venía pensando: en la gente generosa que conoce uno cuando viaja.
Ya debía ser como la una de la mañana y todo había cerrado. No se oían ruidos, salvo alguna moto que pasaba a lo lejos. En una calle vi un bar abierto. Debía ser de los pocos que quedaban. En el bar había cuatro tipos sentados en una de las mesas de la vereda. Los miré y nos saludamos. Cortesías de pueblo. Me invitaron a acompañarlos un rato, pero yo todavía tenía encima la desconfianza que te genera vivir en una metrópoli. De todas formas decidí relajarme porque ellos parecían gente tranquila. ¿Qué más daba? Pasar un buen rato charlando con la gente del lugar era parte de lo que pretendía hacer durante el viaje. Me ofrecieron de la cerveza que tomaban. Yo les dije que tomo fernet y no demoraron en traerme uno. El que me lo trajo, después supe, era Mario, el dueño del bar. Los otros tres eran amigos suyos, colegas en realidad. Luis era el más grande de los cuatro. Santiago era el más joven y hablaba más que nada de plata y cómo conseguirla. El Jota había sido quien me acercó la silla para que me sentara con ellos. Me hablaba con la bondad que sólo conocí en la gente de pueblos chicos. Fue quien más atento a mí estuvo en cada momento, especialmente cuando los demás hablaban de cosas que yo no entendía.
- Es que nosotros dos -por él y Santiago- trabajábamos juntos en gastronomía y así los conocimos a ellos dos que trabajaban en lo mismo pero en otro restaurant. Después Mario se abrió este bar-. Me explicó El Jota.
Los cuatro tipos me sumaron a su reunión como si yo fuera una más del grupo. Yo me reía mucho de sus comentarios, quizás porque Mario ya se había encargado de traerme un segundo fernet y yo de tomarlo.
Así fue que tuve que ir al baño, justo cuando El Jota me pedía que lo acompañe a la casa a buscar las cartas de truco. Yo dudé bastante. Una cosa era tomar algo en un bar y otra era ir hasta lo del Jota, por más bueno que fuera.
Ni bien salí del baño, El Jota me llevó hasta la cocina, donde estaba su obsequio para mí.
- No, loco. Te agradezco pero no-. Le contesté un poco estupefacta.
- Pero dale, si es para vos.
- No, pero en serio. No es mi mambo.
- ¿Cómo que no es tu mambo? Mirá que ésta la rayo yo mismo. Tengo una tiza en casa. Podés tomar tranqui.
- Uy, loco. No. De verdad. No es mi mambo. Tomátela vos.
El Jota parecía más sorprendido de mi negativa de lo que yo estuve por su ofrenda. Salió rápido del estupor, porque no tardó en enrollar un billete y tomársela de un solo saque.
Cuando volvió a poner sus ojos sobre mí, pude ver que tenía un agujero de la nariz más grande que el otro. Yo sabía que la merca te come la carne, así que era claro que El Jota venía rayando tizas hace rato. Sin embargo nada de eso cambió mi opinión sobre él. En cualquier otra situación, es decir, con cualquier otra persona, me hubiera sentido incómoda, pero me seguí viéndolo de la misma forma que minutos atrás. Por esa mirada apacible que tenía, El Jota me había generado un aprecio instantáneo, aún sin conocerlo. Le sonreí y quise decirle que volviéramos a la mesa con los demás, pero él se me anticipó.
- ¿Vamos a casa echarnos un polvito rápido?
- ¿Qué?-, le contesté más perpleja que antes, no porque me pareciera raro que un tipo me hiciera una propuesta así, sino porque no lo vi venir de parte del Jota. Su forma de decirlo, sonriendo como un nene ansioso, me hizo reír. Su pedido fue tan abrupto y torpe que terminó dándome cierta ternura. Por eso me costó tener que explicarle otra vez.
- No es mi mambo.
- ¿Cómo que no? Un polvo rapidito y volvemos. Vamos en mi moto.
Su moto era una zanellita vieja y destartalada. Me causaba gracia El Jota, la motito, su extraña frontalidad. Pero igual yo iba a cortarle sus intenciones de cuajo, aún cuando se me hacía tan difícil poder expresárselo a un tipo de pueblo. Con la piolada de la merca y todo, no creía que El Jota pudiera digerir lo que le iba a decir.
- No es mi mambo, Jota. No me gustan los tipos.
- ¿Cómo?
- Me gustan las mujeres, loco.
Y después de esa frase, como tantas otras veces, con tantos otros hombres, no supimos más qué decirnos.
Volvimos a la mesa con los demás, pero yo ni me senté. Les dije a todos que tenía sueño y que me iba al hostel a dormir. Me saludaron con total cordialidad. Santiago me dio un papelito con su e-mail anotado y me dijo "Nos vemos, amiga". Mario y Luis estaban muy contentos de conocerme, según lo que me dijeron mientras me despedía.
El Jota me abrazó fuerte y me sonrió una última vez sin decir nada.
Al día siguiente arranqué para el próximo pueblo.
Es decir: vi gente tomándola y hasta me ofrecieron (en la forma mezquina en la que te ofrecen algo que en realidad no te quieren convidar). Pero esa noche "El Jota", como se hacía llamar, me esperó a la salida del baño de mujeres, me agarró de la mano, me llevó hasta la cocina del bar y ahí nomás me dijo:
- Para vos.
Una línea blanca yacía impecable sobre la mesada de aluminio. El Jota ni preguntó si yo tomaba. Lo suyo pretendía ser más una ofrenda que una insolencia.
Me quedé perpleja. El Jota era un tipo simple, anteojitos, pecas, zapatos brillantes. Parsimonia de pé a pá. Aunque, para ser honesta, tampoco lo conocía mucho. Hacía una hora nomás.
Yo venía caminando por una calle empedrada tratando de no tropezarme con los adoquines y con mi propia felicidad que suele distraerme y entorpecerme el paso. Otra vez estaba de viaje en un pueblo maravilloso, conociendo personas tejidas de calma y amabilidad. En eso venía pensando: en la gente generosa que conoce uno cuando viaja.
Ya debía ser como la una de la mañana y todo había cerrado. No se oían ruidos, salvo alguna moto que pasaba a lo lejos. En una calle vi un bar abierto. Debía ser de los pocos que quedaban. En el bar había cuatro tipos sentados en una de las mesas de la vereda. Los miré y nos saludamos. Cortesías de pueblo. Me invitaron a acompañarlos un rato, pero yo todavía tenía encima la desconfianza que te genera vivir en una metrópoli. De todas formas decidí relajarme porque ellos parecían gente tranquila. ¿Qué más daba? Pasar un buen rato charlando con la gente del lugar era parte de lo que pretendía hacer durante el viaje. Me ofrecieron de la cerveza que tomaban. Yo les dije que tomo fernet y no demoraron en traerme uno. El que me lo trajo, después supe, era Mario, el dueño del bar. Los otros tres eran amigos suyos, colegas en realidad. Luis era el más grande de los cuatro. Santiago era el más joven y hablaba más que nada de plata y cómo conseguirla. El Jota había sido quien me acercó la silla para que me sentara con ellos. Me hablaba con la bondad que sólo conocí en la gente de pueblos chicos. Fue quien más atento a mí estuvo en cada momento, especialmente cuando los demás hablaban de cosas que yo no entendía.
- Es que nosotros dos -por él y Santiago- trabajábamos juntos en gastronomía y así los conocimos a ellos dos que trabajaban en lo mismo pero en otro restaurant. Después Mario se abrió este bar-. Me explicó El Jota.
Los cuatro tipos me sumaron a su reunión como si yo fuera una más del grupo. Yo me reía mucho de sus comentarios, quizás porque Mario ya se había encargado de traerme un segundo fernet y yo de tomarlo.
Así fue que tuve que ir al baño, justo cuando El Jota me pedía que lo acompañe a la casa a buscar las cartas de truco. Yo dudé bastante. Una cosa era tomar algo en un bar y otra era ir hasta lo del Jota, por más bueno que fuera.
Ni bien salí del baño, El Jota me llevó hasta la cocina, donde estaba su obsequio para mí.
- No, loco. Te agradezco pero no-. Le contesté un poco estupefacta.
- Pero dale, si es para vos.
- No, pero en serio. No es mi mambo.
- ¿Cómo que no es tu mambo? Mirá que ésta la rayo yo mismo. Tengo una tiza en casa. Podés tomar tranqui.
- Uy, loco. No. De verdad. No es mi mambo. Tomátela vos.
El Jota parecía más sorprendido de mi negativa de lo que yo estuve por su ofrenda. Salió rápido del estupor, porque no tardó en enrollar un billete y tomársela de un solo saque.
Cuando volvió a poner sus ojos sobre mí, pude ver que tenía un agujero de la nariz más grande que el otro. Yo sabía que la merca te come la carne, así que era claro que El Jota venía rayando tizas hace rato. Sin embargo nada de eso cambió mi opinión sobre él. En cualquier otra situación, es decir, con cualquier otra persona, me hubiera sentido incómoda, pero me seguí viéndolo de la misma forma que minutos atrás. Por esa mirada apacible que tenía, El Jota me había generado un aprecio instantáneo, aún sin conocerlo. Le sonreí y quise decirle que volviéramos a la mesa con los demás, pero él se me anticipó.
- ¿Vamos a casa echarnos un polvito rápido?
- ¿Qué?-, le contesté más perpleja que antes, no porque me pareciera raro que un tipo me hiciera una propuesta así, sino porque no lo vi venir de parte del Jota. Su forma de decirlo, sonriendo como un nene ansioso, me hizo reír. Su pedido fue tan abrupto y torpe que terminó dándome cierta ternura. Por eso me costó tener que explicarle otra vez.
- No es mi mambo.
- ¿Cómo que no? Un polvo rapidito y volvemos. Vamos en mi moto.
Su moto era una zanellita vieja y destartalada. Me causaba gracia El Jota, la motito, su extraña frontalidad. Pero igual yo iba a cortarle sus intenciones de cuajo, aún cuando se me hacía tan difícil poder expresárselo a un tipo de pueblo. Con la piolada de la merca y todo, no creía que El Jota pudiera digerir lo que le iba a decir.
- No es mi mambo, Jota. No me gustan los tipos.
- ¿Cómo?
- Me gustan las mujeres, loco.
Y después de esa frase, como tantas otras veces, con tantos otros hombres, no supimos más qué decirnos.
Volvimos a la mesa con los demás, pero yo ni me senté. Les dije a todos que tenía sueño y que me iba al hostel a dormir. Me saludaron con total cordialidad. Santiago me dio un papelito con su e-mail anotado y me dijo "Nos vemos, amiga". Mario y Luis estaban muy contentos de conocerme, según lo que me dijeron mientras me despedía.
El Jota me abrazó fuerte y me sonrió una última vez sin decir nada.
Al día siguiente arranqué para el próximo pueblo.
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