lunes, 8 de agosto de 2011

X - Sin luz para dormir

- ¿Vic, estás despierta?
- Mmmmno.
- Dale, despertate.
- ¿Qué pasa?
- No me puedo dormir.
- ¿Y?
- Nada... eso. Que no me puedo dormir.
- ¿Y para eso me despertaste, Lu?
- ¿Te molesta si prendo la luz?
- No. No prendas. ¿Te pasa algo?
- Sí... quería decirte algo. Prendo la luz.
- No, no. Decime así, con la luz apagada. ¿Qué pasa?
- Que...
- ¿Qué?
- Que... ¿por qué te vas?
- ¿Cómo por qué me voy? ¿Otra vez con eso?
- No. No lo entiendo. ¿Por qué te vas?
- Ya fue. Prendé la luz.
- No. Me da igual hablar sin luz. ¿Por qué te vas?
- Para trabajar, independizarme. Ya te dije.
- Eso lo podés hacer acá. No entiendo.
- No sé, Lu. Yo tampoco entiendo. Pero lo siento así.
- ¿Y yo?
- ¿Y vos qué?
- Que te vas y no me dijiste nada de cómo va a seguir lo nuestro.
- No sé. No te dije porque yo tampoco lo sé. ¿Vos qué querés hacer?
- Que no te vayas.
- Pero me voy, Lu. ¿Me estás jodiendo? Me voy en cinco días.
- Ya sé. Por eso.
- ¿Te parece que es momento de hablar de esto? Me despertás y me hacés reclamos a cinco días de irme.
- ¿Y cuándo ibas a aceptar un reclamo? Si ya traté de hablarte antes y me venís diciendo siempre lo mismo. Que te vas por laburo, cuando acá tenés laburo. Que te vas para independizarte, cuando acá no te ata nada.
- No es así.
- ¿Qué?
- Que sí hay cosas que me atan.
- ¿Quién? ¿Yo?
- No... en parte. Pero no. No sé. Mi familia. Mi vida en general. No la entiendo.
- ¿Y en España vas a entender?
- No sé, pero acá no entiendo.
- ¿Qué?
- Nada.
- Hablá, Victoria.
- ¿Qué querés que te diga?
- Vos sabés. Prendo la luz.
- No. Pará.
- Hablá de una vez. Estoy harta. Hablá y decime algo que sea verdadero.
- ...
- ¿Qué nos queda, Victoria? Decilo, porque ya está todo perdido.
- No está perdido.
- Te vas a España.
- No es con vos, Lu.
- Es conmigo.
- No... Es conmigo. No sé qué quiero.
- A mí no.
- Te quiero, pero no así. No sé cómo.
- Al fin.
- ¿Eso querías saber?
- Ya lo sabía. Quería que lo digas.
- Pero no es todo tan así, Lu. Esperá. Entendeme.
- Ya está Victoria. Ya te entendí.
- Prendé la luz.
- No. Me gusta que esté todo negro, como mi cuadro.
- ¿Adónde vas?
- Al living.
- Esperá, Lu. No te vayas. Prendé la luz.
- No. Dejá. No necesitás luz para dormir.

lunes, 25 de julio de 2011

IX - Ese tipo de mujeres

Salgo del taller pensando en algunas cosas que me dijo Manuel. Correcciones que tengo que aplicarle al texto que, por lo demás, parece que está muy bien. De hecho, Manuel me pidió que si me dan ganas siga escribiendo un poco más sobre esa historia.
Camino por la calle distraída, ensimismada. Sin querer acabo de pasarme una cuadra la parada del colectivo, así que tengo que volver. Son más de las once y media de la noche del martes y el barrio donde vive Manuel está desolado.
Me pongo a esperar el colectivo con la cabeza cargada de pensamientos y con el estómago revuelto. Una señora se detiene a preguntarme por una calle y no sé responderle. Pocos minutos después me acuerdo que la calle que buscaba queda muy cerca, pero la mujer ya se fue.

En el taller, Manuel me dijo que era la primera vez que llevaba un texto tan humano. Me explicó que llegar a este punto duele muchísimo, pero que vale la pena. Yo estaba devastada. La noche que me puse a escribirlo también me había sentido muy mal, pero estaba tan sumergida en lo que estaba escribiendo, que la inmensa angustia se mezcló con un sentimiento de satisfacción. Estaba logrando sacar a la luz lo que pasó con Paula años atrás. Cuando terminé de escribir el cuento sentí que no podía esperar a llevarlo al taller. Imaginaba que habrían muchas cosas para corregir, pero el sólo hecho de poder leerlo para Manuel y mis compañeros me producía mucha ansiedad. No pensé que leerlo iba a devolverme la angustia que sentí al escribirlo y, mucho peor, la angustia que sentí cuando lo viví.

Esperando el colectivo, no puedo dejar de tiritar. El frío me cala la piel. Por la calle pasan muy pocos autos y por la vereda no camina casi nadie. Meto las manos en los bolsillos de la campera y hundo la boca en la bufanda. Me concentro en atraer el colectivo con mis pensamientos. Lo imagino viniendo y hasta le rezo. Pero la mística no me sirve de nada porque el colectivo sigue sin aparecer. De todas formas, la verdad es que no quiero volver a casa. La sola idea de volver me horada más que el frío. ¿Cómo enfrentar mi cotidiano después de haber estado tan inmersa en el recuerdo de Paula? Paula volviendo a mí, absolutamente inoportuna. Después de tantos años. Paula no tiene nada que ver con mi actualidad y sin embargo su imagen está volviendo a adueñarse de todo.
El colectivo frena y me salpica una zapatilla con un poco de agua del cordón. Con desdén pero sin decir nada, miro las gotas en la goma blanca. El conductor me pregunta de mala manera si voy a subir. Subo, saco boleto y consigo sentarme al lado de la ventana.
Saco del morral la carpeta donde guardo los cuentos que escribí. Tomo el de Paula, que tiene escritas en birome las correcciones que anotó Manuel. "La selva invegetal". A un costado del título, Manuel escribió "Muy bueno". Hay algunas palabras tachadas, signos de admiración en las oraciones que le gustaron y al final un pequeño punteo de consejos para que pueda hacer una reescritura más pulida del texto. Debajo de todo, Manuel escribió "Fuerza!!!", así, con tres signos de admiración. Perspicaz como siempre, él sabe todo lo que este cuento me está moviendo. Me dijo que es claro que esta una historia que yo necesito contar y que me va a remover las entrañas. Había acertado. En plena lectura empecé a sentir una náusea que se sostuvo hasta que subí al colectivo. Gracias a la manera de manejar del conductor mis náuseas crecieron y ahora me siento realmente mal. Tomo un espejito del morral. Estoy pálida, como cuando me da un ataque al hígado. Lo único que espero es que no tardemos en llegar. Por suerte falta poco.
Cierro la carpeta con los textos y la guardo en el morral. Escribir sobre Paula es muy difícil. Manuel ni se imagina. Retomar esa historia en este momento es imposible. Está bien hacer catársis alguna vez, pero ahondar más en esto es tortuoso. Especialmente cuando algunas historias que viví parecieran repetirse. No exactas. Actitudes de la gente, formas de ser. Ese tipo de mujeres que parece que se me pegan. Aunque cada vez que digo algo así, La Rusa me dice que soy yo la que las elijo.

Toco el timbre del colectivo. Para y bajo. Camino las dos cuadras hasta mi casa y el viento me ayuda a aliviar las náuseas. Sin embargo los pensamientos no me dejan en paz. Siento que quizás todo este tiempo no hice más que repetirme. Que siempre elijo el mismo tipo de mujeres. Gente que eventualmente me hace mal. O quizás sea yo las que las guío en el camino hacia mi propia destrucción. Repito modelos, repito viejas conductas una y otra vez. A veces me veo reaccionando como lo hubiera hecho años atrás. Haciendo los mismos reclamos, quejándome por las mismas cosas, sintiéndome siempre sola, insatisfecha, inadecuada. Sí, se crece, se aprende. Pero mi esencia me persigue. No es este tipo de mujeres lo que va a terminar por arruinarme. Yo voy a arruinarme. Soy yo la que las elige, Rusa. ¿Hasta dónde se puede cambiar? ¿Hasta dónde voy a cambiar yo?

Abro la puerta de casa. Dejo las llaves en la mesa y el morral en el sillón. Me saco la campera y las zapatillas. Voy a mi pieza para cambiarme la ropa. Prendo la luz. Me sorprendo: mi novia está en la cama durmiendo. La veo y sonrío. Seguramente me esperó y se terminó quedando dormida. Me siento al borde de la cama y le acaricio la cabeza. No sabía que iba a venir a mi casa. Ella y sus sorpresas. Ella que también algún día va a dejarme.

O quizás, por una sola vez, todo sea diferente.

viernes, 22 de julio de 2011

VIII - Cuando te haya llevado la luna

Una vez que Victoria se haya ido a España, nadie va a querer coger conmigo.
Me he vuelto un ser humano tan triste que nadie tendría ganas de acercarse a mí. Hace unos años quizás, hubiera podido lograr algunas conquistas. Pero me abrí a Victoria porque no pude hacer otra cosa. Me enamoré de ella y me pasó por encima como una aplanadora. Y como me abrí a ella, quedé al descubierto para cualquier otra persona. Me convertí en una mujer unidimensional, obvia. Desparramada como un frasco de salsa de tomate caído repugnantemente en el piso de la cocina. No hay nada en mí que represente ningún misterio. Ahora que ella me está dejando, sé que nadie cogería conmigo.

Escucho un estruendo que viene desde el baño. Ruido de cosas que se caen de las repisas.
- ¿Qué pasó? -grito desde mi pieza.
- Nada. Ya está. Ya casi termino -me contesta Victoria que está maquillándose frente al espejo. Ella casi nunca se maquilla, pero cuando lo hace se nota que sabe. Tampoco hace alarde de la ropa que se compra, pero es cara y le calza impecable.
Sale del baño y viene a la pieza. Yo estoy sentada en la cama, inmóvil, mirándome las zapatillas, concentrada en que tendría que lavarlas o pasarles un trapito, pero no estoy realmente pensando en eso, hago como que pienso en eso y se lo comento a Victoria. Ella no me mira ni me contesta porque está buscando su vestido nuevo en una bolsa.
La pieza está hecha un caos. El placard vomitando ropa, ropa tirada en el piso, más ropa sobre la cama, la cama deshecha, la tele prendida pero sin volumen; la música de la compu que está en el living nos llega como enredándolo todo un poco más. Hace tres días que Victoria está internada en mi casa y no limpiamos nada. Se suponía que iba a quedarse unos días para aprovechar el poco tiempo que nos queda juntas, pero al final lo que más hicimos fue discutir.
Victoria está en bombacha y musculosa. Tiene el pelo recogido en un rodete.
- ¿Te lo vas a dejar así? -le pregunto.
- ¿Qué? ¿El pelo? No, ahora me lo arreglo bien. Después de ponerme el vestido.
Claro, ese es el orden que saben las nenas: primero el maquillaje, después el vestido, el peinado, los zapatos y las uñas. El pelo después de la ropa para no despeinarse. Las uñas tienen que ser lo último, para que no se corra el esmalte. Victoria lo sabe. Yo creo que lo supe alguna vez, pero siempre hago todo al revés. Igual, hace rato que no me visto para una fiesta.
Se saca la musculosa y se pone el vestido. Con el maquillaje y el pelo recogido le queda mejor que cuando se lo probó el día que lo fuimos a comprar. Trato de mostrarme tranquila con todo esto. Ella se va sin mí a la fiesta de despedida que le organizó la madre. Y yo me lo tengo que bancar. Casi dos años en pareja y su familia sigue actuando como si yo no existiera. Victoria me lo explicó varias veces, pero sigo sin entenderlo. Uso la palabra "entender" porque es la que usa ella cuando se refiere a su familia. Que los tengo que entender. Que no es fácil para sus padres entender que su hija está de novia con una mujer. Que en la fiesta van a estar los amigos de sus padres, sus abuelos, sus hermanos y para todos ellos lo nuestro no es tan entendible, que es mejor ahorrarse el problema. Todo para ella tiene que ver con entenderse y parece que yo no entiendo nada. Yo creo que lo entiendo, pero siento que todo lo que está pasando es una atrocidad. Victoria nunca se hizo cargo de lo nuestro y encima ahora se va a España para complacer a su familia y evitarse todo lo que nuestra pareja le está significando. No puedo más. Muchas veces sentí que estaba a punto de estallar, incluso unos meses antes de lo del viaje, pero me terminaba echando atrás, como ahora que quiero decirle cientos de cosas y finalmente me contengo. No quiero ni hacer un gesto de más, porque ni bien se me escurra algo que manifieste mi bronca o mi sensación de abandono, ella va a saber leerlo y se va a desatar otra pelea. Estoy realmente agotada. Faltan diez días para que se vaya y todo se está poniendo insostenible.
Miro la tele de mi pieza. Están dando una película de amor que ya vi. Me imagino mirándola una vez que Victoria se haya ido a la fiesta. Acostada, sola, sin nada más para hacer que mirar esa película que vi decenas de veces. Esa idea me atraviesa el estómago y me asquea. Entonces, casi inevitablemente, le termino escupiendo una confrontación porque no soporto quedarme con esto encima.
- Tu familia ni se imagina -le digo a punto de tirar una bomba.
- ¿Qué cosa? -me responde con cara de hartazgo porque sabe lo que se viene.
- Que aunque yo no voy, vos vas a ir hermosa -. Ni bien lo largo, me arrepiento.
- Gracias -contesta con tranquilidad y me perdona la vida. Si se lo hubiera tomado a mal, mi comentario hubiera bastado para seguir discutiendo, como venimos haciéndolo todos estos días. Pero ahora elijo calmarme y no buscar más pelea porque me alegra haber zafado. Siempre lo mismo: provoco, pero después soy incapaz de hacerle frente a la situación que generé.
Me levanto de la cama y empiezo a juntar la ropa. Mientras se mira en el espejo grande de la pieza, Victoria me hace una sonrisa. Le respondo con otra sonrisa. No quiero sonreír. Ella sí. Probablemente quiere irse a la fiesta relajada. Dejando todo bien cerrado, como quien se va de vacaciones. Quiere dejarme a mí bien cerrada. Con la boca cerrada, quiero decir. Irse sin culpas. No sé cómo lo hace, pero le sale. Ella puede hacer punto y aparte. Ponerse el vestido, arreglarse el pelo, dejarme en vilo.
Acomodo la pieza. Tiro la ropa sucia en el canasto. Doblo y apilo la ropa limpia en el placard. Siento que si queda todo ordenado de alguna forma voy a poder redimirme de mí misma.
Con fuerzas recuperadas, me asomo al baño donde Victoria se está recogiendo el pelo con unos invisibles. La miro un ratito mientras se termina de arreglar. Le sonrío porque está verdaderamente maravillosa. Es mía y es hermosa.
- Ya me tengo que ir -me dice desplomando, sin saberlo, los pocos segundos de alegría que sentí en las últimas horas.
- Sí, no vamos a dejar esperando a Jeremías -le retruco con odio.
- ¿Otra vez con eso?
- No. Otra vez no. Dale, andá -le digo tratando otra vez de zafar de la pelea. Tiro la piedra y escondo la mano. Siempre lo mismo. Qué cobarde. Pero esta vez ella no está dispuesta a bancársela.
- Si mi hermano lo quiere invitar no le puedo decir que no. Es su mejor amigo. No maquines más. ¿No me podés dejar que la pase bien? Es una fiesta que hacen para mí. No tengo la culpa de que mi familia no te haya invitado.
- ¿Tu hermano lo invita a Jeremías pero vos no me podés llevar a mí?
- Y bueno, Luciana ¿Qué querés que haga? Vos sabés cómo son mis viejos. ¿No podés entender un poco? -responde Victoria levantando el tono.
- Estoy podrida de entender. ¿Y a mí quién carajo me entiende?
- Yo te estoy entendiendo todo el tiempo. Ya me dijiste lo que pensabas. Lo discutimos todos estos días. Y también estoy podrida –me responde seca y contundente.

Hago silencio. Me viene como un cross a la mandíbula mi imagen en la cama, mirando la película mientras Victoria esté en la fiesta. Pienso que cuando ella se haya ido a España, esa imagen va a repetirse infinitamente. Soledad, cama, película. Me aterra que me deje. Y va a dejarme. No es por España. Es por su familia y por todo lo que no quiere decirles. Es por todo lo que ella misma no quiere decirse. Es por mí. Veo todo lo que ella no ve, pero es tan duro que no puedo ni pronunciarlo.
Ahora lo único que quiero es evitar otra vez la pelea inminente.

- Bueno, basta. En serio. No discutamos más. ¿Te llamo un taxi o te vas a pintar las uñas? -logro balbucear con una sonrisa improvisada.
- Me pinto las uñas y me voy. ¿Tenés esmalte, de casualidad?
Busco en el mueble debajo del lavamanos. Tengo dos tipos de rojo y un bordó. Uno de los rojos está seco. No sé cuánto hace que los tengo. Los otros dos esmaltes están más o menos utilizables. Victoria elige el rojo más clarito.
-¿Me pintás? -me dice.

Después de dos manos de esmalte, el paquete Victoria queda perfecto. Le llamo un taxi y la deposito en el asiento de atrás. Me despide desde la ventanilla y quizás por el taxista o por el apuro, me saluda con un beso en el cachete.

Entro de vuelta en casa. Apago la música de la compu. Voy a mi pieza. En la tele todavía están pasando la película, pero justo es una parte que me gusta. Subo el volumen y me acuesto en la cama.
- Tengo que irme -dice ella llorando-. Ya no hay nada que pueda salvarnos.
Él se acerca, la toma de la mano y pacientemente le dice:
- Sólo vamos a poder salvarnos, amor mío, cuando te haya llevado la luna.

sábado, 16 de julio de 2011

VII - Cúlpese a usted mismo

- ¿Y sobre qué escribiste?- Me pregunta Manuel, mi profesor de taller de escritura, y se tira para atrás en la silla esperando mi respuesta. Los otros siete alumnos nos escuchan atentos. Una lámpara que cae a un metro por encima de la mesa en la que estamos es la única luz encendida en el living de Manuel. Todo está en silencio. Un compañero abre su anotador, otro juega con una birome.
- Me estaba acordando de ese texto que nos habías pasado. El de Rilke- respondo.
- ¿Qué parte?
- Donde dice que si uno cree que su cotidiano es demasiado pobre como para escribir un relato, hay que culparse a uno mismo por no ser lo bastante poeta para ver su riqueza.
- Sí, eso ya lo sé. Estaba preguntándote qué escribiste- contesta con cinismo.
- Una historia de dos mujeres.
- Ajá.
- Pareja.
Hago una pausa. No es la primera vez que llevo un texto lésbico. Seguramente ya todos habrán adivinado mi sexualidad.
- ¿Es sobre alguna conocida o alguien más cercano?- pregunta Manuel.
- ¿Por lo de la riqueza del cotidiano decís?
- Sí.
Otra vez me quedo callada.
- Pregunta si es sobre una pareja tuya- me aclara una compañera que tengo sentada al lado.
- Sí, me imaginé- le respondo. Giro la cabeza hacia Manuel y le digo:- Es una ex pareja de hace unos años. Paula. No es igual. Cambié algunas cosas.
- ¿Cómo se llama el cuento?
- "La selva invegetal"
- Bien. Me gusta el título.
Me aclaro la garganta. Me cruzo de piernas y apoyo la mano que sostiene las hojas impresas encima de una de mis piernas. Comienzo a leer mi cuento en voz alta para todo el taller, pero me empiezan a temblar las piernas. Enseguida me agarra también un ligero temblor en las manos. La lectura se hace muy dificultosa. Me trabo constantemente y tengo la boca seca. Con la voz quebrada, después de varios minutos logro llegar hasta el final.
Levanto la vista para mirar a mis compañeros y a Manuel. Un calor profundo me sube desde el cuello hasta las mejillas. Las orejas me arden.
Nadie dice nada.
- ¿Alguien quiere decir algo sobre el texto?- pregunta Manuel y me sonríe con aprobación. Yo sin embargo siento el estómago revuelto.
- Me gusta mucho. Es muy sincero. Se nota que viene desde lo más profundo...- me dice un compañero.
Antes de que termine de hablar, me pongo a llorar.

lunes, 4 de julio de 2011

VI - La hija de dios

Victoria ronca. Bueno, no ronca, pero a veces cuando duerme respira fuerte. Parece mentira que el primer defecto que le encontré se lo descubrí cuando dormía. En realidad es algo a lo que le tengo un gran afecto porque las primeras veces que lo noté me sentí aliviada: Victoria era humana. No es que no supiera que era humana, el problema fue que me maravillé tanto con ella desde que la conocí que me costaba encontrar algo que hiciera mal. Pero roncaba. Menos mal. Y no lo supe enseguida. Primero tuve que verla dormir.

Todo empezó hace un par de años. Mi amiga Fefu me había pedido que me sumara al grupo de chicas que iban a jugar al fútbol con ella los domingos a la tarde. Yo no tenía ganas de hacer despliegue físico, por un lado para cuidar la poca imagen femenina que me quedaba y por otro, porque tampoco me sobraba energía. Hacía unos meses había cortado con mi pareja de aquel entonces, de quien prefiero no recordar el nombre. Pero Fefu fue insistente así que finalmente accedí a ir. La verdad es que no tenía mucho para hacer los domingos, más que poner música y tirarme en la cama a pensar en todo lo que había hecho mal en mi relación.
Las primeras veces que fui a jugar al fútbol me moría de vergüenza, pero a medida que fui conociendo a las chicas me fui enganchando. Yo no era lo que se dice una buena jugadora, pero salvo un par, casi ninguna jugaba muy bien. Fefu era arquera y su novia, Celes, delantera (y una de las que mejor jugaba). En general llegábamos a juntar entre 8 y 12 jugadoras, así que hacíamos dos equipos que elegíamos con el tradicional "Pan y queso".
El último domingo de septiembre, Camila (una que yo no bancaba mucho porque me parecía una cheta un tanto insoportable) vino con una amiga. "Hétero a leguas", me dijo Fefu. Y sí, no había que ser psíquica para darse cuenta. Ropa de marca, pelo largo y brilloso, linda, femenina, con una actitud que parecía bastante soberbia. "¿No será mucho pa' las pibas del potrero?", le dije a Fefu que se atragantó de la risa. "La traje para que juegue, pero la quiero en mi equipo", dijo Camila. Nadie se opuso. No esperábamos mucho de la chetita nueva. Pero cuando volvió de cambiarse la ropa y empezó el partido, no lo pudimos creer. La chetita que trajo Camila, sin perder la compostura, veloz e intrépida nos metió dos goles antes de que pudiéramos entender lo que estaba pasando. Como pensábamos que la chetita nueva debía jugar mal, les habíamos cedido a Celes, que nos metió el tercer gol. El cuarto lo hizo La Popi, una amiga de Celes y el quinto otra vez la piba nueva. Nosotras metimos un gol entre el tercero y el cuarto de ellas, pero sabíamos que no iba a servir para nada. Terminamos el partido antes de tiempo porque era una vergüenza. Una de las de nuestro equipo se excusó diciendo que le dolía la panza, otra dijo que ya tenía frío y alguien más alegó que tenía que volverse temprano. Lo cierto era que la desventaja del partido se había hecho insostenible. La hétero nos había dejado en vergüenza, ¡a nosotras!, que tan fulberas nos creíamos. Como si la cosa del fútbol fuera propiedad nuestra por ser tortas, por ser chongas de pura cepa.
Después del partido era la cita obligada: pizza con cerveza, que en realidad era cerveza con pizza. Cuando nos sentamos en la pizzería, ya todas amigas de nuevo y lejos de la rivalidad de la cancha (porque nos hacíamos las que no nos importaba, pero un poco nos importaba), Fefu le preguntó a la piba nueva cómo se llamaba. "Victoria", le dijo. En ese momento nos acordamos que ya se había presentado, pero no le habíamos prestado atención. Ahora que nos había humillado en nuestra área de experiencia (de cortísima experiencia), su nombre cobraba otro significado. Victoria no tardó en acoplarse a la charla del grupo. Todas éramos lesbianas, era clarísimo, pero a Victoria no parecía importarle. Yo pensé que estaba bueno que tuviera una mente tan abierta.
Ese domingo nos quedamos hablando bastante más tiempo que los anteriores. Victoria resultó ser lo opuesto de lo que imaginaba. Sabía de música, de cine y de actualidad. Había estudiado Comunicación en la UBA, aunque después dejó por falta de tiempo y terminó haciendo Periodismo en una privada. Ahí la había conocido a Camila, que estudiaba otra carrera en la misma facultad.
Con el correr de las horas varias de las chicas se empezaron a ir. "Mañana es lunes", dijo Celes y se fue, pero Fefu se quedó conmigo. "Te hago el aguante", me dijo, "se nota que te re gusta" dijo por Victoria. "Es hétero", le contesté. Pero sí, me gustaba. Era la primer mujer que me había llamado la atención desde mi relación anterior. "No sé, eh", me dijo Fefu. "Esta mina es la hija del Diego. No puede mover la pelota así y ser tan hétero. Además, ¿qué hace acá tanto tiempo? Para mí tiene onda con vos. Te re mira". Desde ahí ya no pude hablar con Victoria de la misma manera. Si la cosa era imposible, entonces era más fácil porque no había chances de nada. Pero si era posible, ¿qué? ¿qué tenía que hacer? Me había olvidado de todo. Mi relación anterior me había barrido la confianza, el deseo, el chamuyo, la autoestima. Nos quedamos hablando un rato más, aunque el rictus de la timidez ya me había poseído entera. Al rato, Camila pidió la cuenta y nos levantamos para irnos. Victoria estaba con el auto del padre, así que preguntó si alguna necesitaba que la acercara. "¿Para qué lado vas?", le pregunté tomando coraje. "Para Flores, cerca de Rivadavia, ¿vas para ahí?", preguntó. "Sí, buenísimo". Fefu se quedó callada. Sabía bien que yo vivía en Chacarita, pero como buena amiga entendió todo. Cuando nos despedimos me abrazó y me dijo que la llamara al día siguiente para contarle todo.
El viaje fue absolutamente placentero. No podría describirlo bien, pero una vez a solas con Victoria me sentí mucho más relajada. Cuanto más hablábamos, más me gustaba. Podíamos conversar sobre cualquier cosa, aunque no recuerdo bien qué dijimos porque en el fondo estaba muy nerviosa. Le pedí que me dejara por Rivadavia y Nazca, que iba a lo de un amigo (aunque en realidad me iba para casa y sabía que desde ahí me podía tomar el colectivo). Cuando llegamos, le dije que hiciera una cuadra más por Nazca. Ahí pudo parar el auto. La charla se había puesto interesante. Me contó sobre un proyecto periodístico que estaba armando con una amiga que era fotógrafa. Yo le di algunas ideas que se me fueron ocurriendo en el momento y ella me escuchó muy atenta. Todo estaba saliendo tan bien que por primera vez desde que había cortado con mi ex sentí verdaderas ganas de besar a una mujer. Victoria tenía una manera de hablar y unos ademanes que me encantaban, así que no pude evitar sentir una gran pena por el hecho de que fuera heterosexual. Una locura. El abc de las reglas lésbicas: no te enganches con una hétero. Sin embargo no podía evitar que me gustara todo lo que era. Hasta su nombre. Victoria. Victoria. Lo pensaba e imaginaba lo lindo que sonaba junto a mi nombre: Luciana y Victoria. Esa mujer me estaba provocando algo casi místico. Me sentía fuera del tiempo y del espacio. Sólo existíamos ella y yo. Y toda esa adrenalina que había en el aire. Estaba ávida de esa conversación, hambrienta de todo lo que ella me estaba dando. Lo único que deseaba era que ella se estuviera sintiendo igual. Llegué a imaginar que eso era posible, que había algo en sus gestos, en su interés por mis palabras, que tenía que significar que al menos un poco le había gustado. Hasta que le sonó el celular. Atendió y cuando cortó me dijo que era su mamá y que ya se tenía que ir. Entonces llegó el turno irremediable de las despedidas. No estaba segura si iba a volver a verla. Le pedí que viniera el domingo siguiente a jugar al fútbol con nosotras. Ella accedió, pero con un tono que parecía fingido. Victoria se iba a ir de mi vida en ese instante a menos que hiciera algo para retenerla. No supe qué hacer. Como muchas otras veces, me congelé de miedo y no dije nada, simplemente me saqué el cinturón de seguridad, la saludé y me bajé del auto. Ella dio arranque, pero antes de que se fuera le golpeé la puerta. Abrió. "Me olvidé la campera", le dije. Había quedado en el asiento de atrás, así que me metí para alcanzarla. "Esperá, sentate", me dijo ella. Yo no entendía nada. Se me hizo un nudo en la panza y me senté porque no podía pensar en nada. Victoria acercó su cara a la mía. Me dijo "Sos muy linda" y me dio un beso. Un calor intenso me corrió por todo el cuerpo. Sentí que me estaba poniendo toda colorada. Parecía una nena. No fue porque mi pareja anterior me había extirpado la confianza en mí misma. Aún teniendo absoluta confianza, no hubiera podido proceder de mejor manera. Ella era tan maravillosa que se me habían nublado casi todas las funciones corporales. Estaba inmóvil. Por suerte, mis ganas le ganaron a mi torpeza y pude darle un buen beso, el beso que durante tantas horas había deseado. "Ahora sí me tengo que ir", me dijo alejándose de mí. Le di un beso más y me bajé del auto.
Victoria no volvió a jugar al fútbol el domingo siguiente, ni el otro. Cuando no pude más de esperarla, le pedí a Camila su teléfono.
Me costó varios llamados lograr un nuevo encuentro con Victoria y me costó muchos encuentros llegar a dormir con ella. Victoria nunca había estado con una mujer. La primera vez que estuvimos juntas no paraba de decirme que por favor no se lo contara a nadie. En realidad dijo eso al principio, pero cuando la cosa se fue poniendo agitada ya no dijo más. Tengo el mejor de los recuerdos de aquella vez. Hacía mucho tiempo que yo no tenía ningún deseo por una mujer. Todas me parecían aburridas, chatas. Algunas personas lo atribuían a que todavía seguía haciendo el duelo por mi ex. Pero Victoria parecía haber caído del cielo y todo lo que hacía, para mí tenía un toque de divinidad. Cuando se quedó dormida, yo estaba todavía tan eufórica que no podía conciliar el sueño. Además me daba vergüenza que me oyera roncar. Entonces la oí roncar a ella. Fue más bien una respiración fuerte, pero para mí fue suficiente. Me acurruqué contra su cuerpo, le acaricié la panza un rato y me quedé dormida.


Una vez le dije que roncaba y no lo creyó. Pensé que seguramente le había dado un poco de vergüenza, así que le dije que sólo pasó un par de veces. La verdad es que siempre ronca. No mucho, pero desde aquel momento bastó para que pudiera bajarla del Olimpo en el que la veía. Ese era mi secreto con su ser dormido: al fin y al cabo Victoria no era la hija de dios. Aunque muchas veces durante estos dos años de pareja pagué el precio de haberla visto tan parecida.

lunes, 27 de junio de 2011

V - Píntalo de negro

- No puedo explicarlo bien. Es un sueño que tuve. Era un pozo. Yo estaba en un pozo o una especie de cueva subterránea. Y sabía que arriba mío estaba la salida. Quiero decir, sentía que había una luz arriba, pero no la podía ver. Era como si la viera con el rabillo del ojo, percibía que estaba ahí, pero cuando miraba hacia ese punto, la luz no existía o desaparecía. O sea que no había ninguna salida. Eso estoy tratando de pintar.
- Lo empezaste a trabajar bien, pero tenés que darle alguna textura. Tenés que encontrar esa luz en algún lugar. Porque sino no es más que un cuadro negro- me responde Isabel, mi profesora de pintura. Los otros tres alumnos miran mi cuadro a medio hacer. Me da una vergüenza enorme exponerme a su juicio. Los tres son mejores que yo y hace mucho más tiempo que vienen pintando. Me da todavía más vergüenza que La Rusa lo esté mirando. Ella nunca hubiera hecho un cuadro así, tan de principiante. Es verdad. No tiene texturas, no tiene un buen trabajo de luces y sombras.
- Pero está bueno. Tiene una intensidad increíble- dice La Rusa y todos asienten. Ojalá no sintiera que están siendo condescendientes.
- Sí, tenés que seguirlo. Lo vamos a ir trabajando. No te preocupes. Tenés talento. Lo demás es pura técnica, pero tenés adentro esa intensidad que dice Leonora y aunque no lo creas, porque te veo la cara de que no lo creés, toda esa humanidad la estás expresando. Hay una evolución con respecto a tus cuadros anteriores- dice Isabel mientras La Rusa asiente. Isabel y los demás alumnos de la clase son los únicos que conozco que la llaman Leonora.
Me quedo mirando mi cuadro mientras Isabel se acerca a la pintura de otro de los alumnos. La Rusa se queda al lado mío mientras se abotona la camisa que usa para pintar.
- Es más oscuro que los anteriores, señora Leonora- le digo riendo.
- Es más sincero- contesta La Rusa.
- Bastante obvio lo mío, igual ¿no? Mi pozo negro.
- Pero es lo que te saca.
- ¿Qué cosa?
- La pintura. El arte. Es lo que te saca la verdadera negrura.
- Tengo que pensar cómo hacer eso de la luz. ¿Se te ocurre algo?
- Es tu cuadro- responde La Rusa y me deja sola con el lienzo. Confía más en mí que yo misma.
Abro la caja de los óleos. No sé qué quiero hacer. Tomo un pincel. Lo pongo entre mi dedo índice y el medio como un cigarrillo y me quedo mirando lo que tengo pintado. Estuve tratando de ser fiel a mi sueño, pero cada vez que trato de recordarlo no puedo hacerme una imagen clara. Sigo buscando de qué manera se había manifestado esa luz, pero se me hace imposible visualizarla.
Ya no me quedan uñas para morder. El último pedacito que me arranqué me hizo sangrar un poco un dedo.
Isabel me alcanza un mate. Lo tomo con tanto apuro que me quemo un poco el labio. Lo dejo en la mesa y vuelvo a mi cuadro. Tengo que resolver el tema de la luz. Para inspirarme agarro algunos libros de pintura que tiene Isabel en la biblioteca. Hojeo uno hasta que encuentro una imagen que me parece que podría estar bien. No sé si voy a poder lograr el trabajo de perspectiva, pero podría intentar. Isabel me puede ayudar con la técnica. Trazo un par de líneas y dibujo un punto en el extremo derecho superior, donde podría ir la luz. Tomo el óleo blanco y el amarillo. Mezclo los colores en la paleta. Le pongo además una pizca de rojo para tratar de hacer un color más opaco, tirando a ocre. Una luz entre blanca y ocre, en ese punto que dibujé. Comienzo a darle algunas pinceladas y a trabajar el claroscuro con el negro que sigue húmedo. Vuelvo a mirar la imagen del libro. La llamo a Isabel y le muestro la imagen. Le digo que es más o menos lo que me parece que puede ir bien en mi cuadro. Ella cierra el libro y me acerca al cuadro.
- No, Lu, no entendés- me dice-. Vos esa luz no la ves. No te pedí que pintes la luz. Te pedí que la encuentres. Que la encuentres para no pintarla. Porque lo que estás diciendo es que en este momento, en el momento del cuadro, esa luz no existe. Está sólo como concepto, porque creés que debe haber una salida. Pero la posibilidad de salir no la ves. No pintes la luz. No pintes lo que creés que el otro quiere ver. Pintá la negrura. Dale al lienzo eso que sentís verdaderamente. Sé sincera. Tapate de negro si es lo que te pasa. Pero ojo, porque la oscuridad tiene matices. Ese es tu cuadro.
- Está bien- respondo.
- ¿Entendiste?
- Sí.
Pero no entiendo nada. No tengo la menor idea de lo que significaba que encuentre la luz para no pintarla. Isabel usa ese lenguaje de artista que me termina confundiendo más. Me siento todavía más angustiada. No sólo no puedo resolver todo lo que está pasando con Victoria, ahora tampoco puedo resolver mi cuadro. No puedo hacer nada de nada y estoy realmente harta de verme así, en este lugar. Impotente. Ahogada... Tapada de enduido. Mucho enduido. Salpicado y quizás con unas formas fuertes. Con unas gasas y algún pegamento. Una especie de red, papeles pegados, desgarrados, papel maché. Algo como un collage. Que dé esa sensación, como de humedad. De encierro. De anclaje. Un color óxido, pero encima de un gris. Un bordó o un rojo apagado, como sangre. Una imagen así, asfixiante.
- Es la hora, Lu. Perdoná pero hoy tengo que terminar a horario porque tengo irme para otro lado- me dice Isabel-. ¿Se te ocurrió cómo lo vas a seguir?
- Sí. Lo voy a empezar de nuevo. Me voy a casa. Lo quiero retomar allá que tengo algunas cosas más.
- Dale, buenísimo. Traelo la próxima clase.

Isabel nos abre la puerta a todos y nos despedimos en la vereda. Le digo a La Rusa que esta vez no voy a ir a su casa porque me quiero quedar pintando. Me tomo un taxi para llegar lo antes posible. Subo el cuadro al taxi tratando de no ensuciar nada porque todavía está húmedo.

Cuando llego a casa la veo a Victoria que está sentada en el escalón de entrada del edificio.
- Te mandé un mensaje. ¿No te llegó? Quise venir a verte. De pronto sentí algo... vos sabés- me dice Victoria. Como siempre, de su discurso encriptado tengo que entenderlo todo.
- ¿Qué sentiste? ¿Que me vas a extrañar?
Entramos al edificio. Victoria sonríe sin decir nada. No espero que conteste. Siempre dice poco, tal vez para no comprometerse con sus palabras, para que ellas también puedan irse cuando haga falta. Lo sé perfectamente, pero no sé cómo cambiar esto, cómo cambiarnos.
- ¿Y ese cuadro todo negro?- me pregunta mientras subimos al ascensor, un poco incómodas por el tamaño del bastidor.
- Es nuevo, pero le falta.
- ¿Pero no le vas a hacer algo en otro color?
- Aunque no lo creas, la profe me dijo que lo pinte de negro.
- Como la canción de los Stones- dice Victoria mientras bajamos del ascensor.
- Sí, algo así.

Abro la puerta del departamento y entramos. Antes de prender la luz siento la respiración de Victoria, a punto de darme un beso. Y apenas apoya su boca sobre la mía, veo en mi mente la imagen exacta de mi sueño. Mi cuadro, oscuro como un pozo.
Negro, como la muerte negra.

jueves, 23 de junio de 2011

IV - Desde arriba como la lluvia

Cuando me pide si se puede dar una ducha ya sé que vamos a coger. Dos años de pareja habilitan ciertas certezas. Llega a mi casa cansada del trabajo, con la mugre de la ciudad encima, de los pedacitos de tierra, de los pedacitos de gente. No sé porqué sigue trabajando todavía. Dice que el viernes es su último día. Se va a dejar las próximas dos semanas para descansar, comprar cosas y despedirse de todos. Cada vez que nos vemos es una despedida. Y quisiera hacer algo, decir algo. Cualquier cosa que me saque de esta serie de eventos que me golpean desde afuera, sin que pueda hacer nada más que aceptarlos. Algo, un ápice de rebeldía. Un “no”, al menos, en la punta de la lengua. Pero no me sale nada. Lo único que quiero es retenerla, abrazarla fuerte y que me diga que va a devolver el pasaje, que todo esto de España es una locura.
- Se terminó el acondicionador- me informa Victoria cuando sale del baño, envuelta en una toalla y con el pelo húmedo sobre los hombros. Si dejara de ser tan linda, tan condenadamente linda, todo sería mucho más fácil. Y esa manera de decir “acondicionador” como si estuviera en una propaganda. ¿Por qué no le dice “crema enjuague” como la gente común?
- Mañana compro. ¿Todo bien?
- Sí. Todo perfecto- contesta y sonríe. Aún sabiendo que vamos a coger, o quizás porque lo sé, su sonrisa me calienta enseguida. Hay algo en ese gesto, una maldad, una travesura, un secreto. ¿Cómo lo logra? Estoy sentada en el sillón del living y lo único que quiero es que se acerque. Y ella lo sabe-. ¿Querés que vayamos a cenar a algún lugar?- me dice, conociendo la respuesta.
- No. Prefiero que nos quedemos acá- le respondo un poco temerosa de que tome la decisión de vestirse y que esa certeza de que íbamos a coger se desvanezca.
- ¿Y qué querés hacer?- me dice dándome el pie justo. Vuelve a sonreír. Vuelvo a calentarme. Sin que le conteste, se acerca. Se pone de pie frente a mí y yo le acaricio las piernas. Subo la mano abriendo un poco la toalla. Victoria cierra los ojos y me deja tocarla, pero sin sacarse la toalla. Le acaricio la panza, muy despacio. No le gusta que vaya rápido. Y quiero que se caliente mucho. Voy a jugar hasta que me pida por favor que la coja. Ese es el acting que más le gusta. Y por todos los kilómetros que hay hasta España, me la voy a coger hasta que reviente. Le acaricio la cintura con las dos manos y voy subiendo. Me pongo de pie y le saco la toalla. Con el dorso del dedo índice le acaricio un pezón. Se retuerce un poco. Sé que estoy haciendo todo lo que le gusta. Acerco la boca a su cuello, dejo caer mi aliento suave y empiezo a besarla. Subo con la lengua hasta su oreja y se la lamo. Abre apenas las piernas y ese solo gesto me calienta todavía más. Acerco mi boca a la suya. Con las dos manos la tomo de la espalda y la acerco a mi cuerpo. Ella me abraza y me clava un poco las uñas. Le doy un beso muy suave y después empiezo a acelerarlos, a hacerlos más intensos. Ella responde de la misma manera. Me acaricia la cintura y me empieza a subir la remera y el pulóver hasta que me los saca. El pulóver se me traba en la cabeza un poco, pero no nos reímos. En esa imposibilidad de reírnos me doy cuenta lo calientes que estamos las dos. Me saca el corpiño y me acerca a su cuerpo desnudo. Ni bien siento el contacto con su piel me doy cuenta lo mucho que lo necesito, el nivel de desesperación que me produce. Nos besamos cada vez más intensamente. Con una mano acerco su cadera y la abro de piernas sobre una de mis piernas. Empiezo a frotarla así y acerco mi boca a su oreja. Me acerco bien a su cuerpo y la aferro con fuerza. Ella suelta algunos gemidos. Me abre el botón y el cierre del jean y me mete la mano por encima de la bombacha. Yo muero por tocarla, pero sigo tratando de evitarlo hasta volverla loca. Quiero que me lo pida, que no aguante más. Mete la mano por debajo de mi bombacha y siento que no voy a poder controlarme por más tiempo. Se me salen un par de gemidos y ella se enloquece más. Si se calienta lo suficiente no hay forma de que todos esos kilómetros de distancia no le duelan. Me detengo pensando eso y casi me atrapa la angustia, pero me fuerzo a volver. Sin sacarme el pantalón, me empuja despacio para que me siente en el sillón. Se me sienta encima con las piernas abiertas. Empieza a moverse y a frotarse contra mí. No aguanto más y empiezo a tocarla, muy despacio, mientras nos besamos. Le muerdo la clavícula y el cuello. Empiezo a masturbarla un poco más rápido mientras ella sigue moviéndose. Le acerco un dedo sin meterlo. Ella se mueve pero sigo sin mover mi dedo. Me dice con desesperación “Cogeme” y le meto el dedo hasta el fondo, pero no lo muevo. “Movete”, le ordeno desafiante. Y Victoria se desborda completamente. Empieza a moverse como loca y a gritar. Me calienta tanto que siento que voy a acabar así, sin que me toque. Le chupo una teta. Le muerdo el pezón. Le agarro el culo bien fuerte. Victoria se mueve más. Pierdo totalmente el control y la llevo violentamente al piso. Me saco el pantalón y la bombacha. Sigo cogiéndola ahí en el piso. Cada vez más fuerte. Me pide que se la chupe. Obedezco. La recorro con mi lengua, justo como a ella le gusta. Voy acelerando el ritmo. Sus gemidos se hacen más fuertes. Se la chupo más. Me agarra la cabeza. Grita. Me toma más fuerte. Con la otra mano me aprieta un brazo. Grita más. Me pide que no pare. Que se la chupe más. Que no pare. Ahí. Justo ahí. Me toma la cabeza. Se la acerca bien. Cierra las piernas, no pares, no pares, qué bien que la chupás, retuerce la sábana, ahí, ahí, me encanta, no pares, así, sí, así, me agarra de los pelos, me los estruja y estalla en un grito seco. Empieza a convulsionar en mi boca y finalmente me aparta la cara para que no la toque más. Queda tirada en el piso sin poder moverse. Yo me acerco, le doy un beso, la abrazo y me tiro al costado.
- Qué bien que cogés, hija de puta- me dice en un suspiro. Sonríe cansada-. Dame un ratito que me recupero- concluye. O sea que no me va a coger, pienso.
Espero un rato, pero sigue evidentemente sin recuperarse.
- ¿Tenés hambre?- le digo sabiendo que por ahora no me va a llegar el turno.
- Sí… Bastante. ¿Hay algo o tenemos que pedir?
- Hay, pero no quiero cocinar. Pidamos algo.

Me levanto. Busco mi ropa y me visto. Victoria agarra la toalla del piso y se va a la pieza a cambiar.
No entiendo porqué no me quiso coger. Quizás piense que hay tiempo, que hay mucha noche por delante, que todavía nos quedan algunos días. O quizás no piense nada. Lo mucho que me gusta coger con ella, se diluye apenas terminamos. Especialmente ahora. Lo de España me vuelve a la cabeza y me atraviesa al medio. Me siento tan vacía que no puedo entender cómo hace unos pocos minutos estaba tan caliente. Yace sobre mí todo el fracaso del mundo.
Nada va a evitar los miles de kilómetros de distancia. Esos kilómetros que ella elige.

Pido una pizza por teléfono.
De a una gotita por vez, empieza a manifestarse la tormenta, hasta que lo cubre todo.
- Pobre el pibe del delivery. Justo se largó- me grita Victoria desde la pieza.
- Y bueno, es inevitable.

Victoria llega al living toda vestida y se sienta en el sillón. La miro y lo único que puedo pensar es que no hay vuelta atrás de nada. Ya acabó, ya se vistió, ya sacó el pasaje. Y no hay nada que pueda hacer. Ni cogérmela como los dioses, ni llorarle, ni putearla. Todo está servido. Cayéndome desde arriba, inevitable, como la lluvia.

lunes, 20 de junio de 2011

III - Una montaña de nada

Era viernes y estaba horrible. La lluvia parecía acompañar todos los decesos. Mi pareja, el buen clima, el otoño. Todo estaba muriendo. Lo único que pude hacer fue tomarme un taxi hasta lo de La Rusa que, apenas le conté lo que pasó con Victoria, entendió que iba a ser imposible movilizarme a ningún lugar que no fuera una cama. Entonces me ofreció su cama, la tele y unos vinos. Cuando llegué eran más de las 12 así que la madre y la tía abuela estaban durmiendo. La luz de la casa estaba totalmente apagada, salvo el velador de la pieza de La Rusa. Tenía la estufa eléctrica prendida, así que me saqué el abrigo y me senté en la cama. Me dio el control remoto de la tele y se fue hasta la cocina a buscar un vino. Llegó con la botella destapada y un par de vasos. Me sirvió hasta arriba. Yo casi no la miraba. Estaba concentrada en hacer zapping. No había nada en la tele, pero yo no tenía ganas de hablar, así que traté de encontrar lo que fuera. Había dos películas de Julia Roberts, en dos canales distintos. Erin Brockovich y Notting Hill. Dejé la segunda porque la otra la había visto unas diez veces más. Me senté en la cama, apoyada contra la pared con la almohada en la espalda y me tapé con el acolchado hasta el cuello. La Rusa se sentó al lado mío, pero encima del acolchado.
- Triste forma de pasar un viernes triste- dije.
- Podría ser peor, che.
- Sí, podría estar con Victoria.
- ¿Querés que hablemos?
- No. Quiero mirar la peli.
- Pensé que odiabas mirar estas películas.
- Las odio, sí. Pero porque termino mirándolas, aunque las odie. Y entonces las odio más, porque no puedo odiarlas.
Miré el vaso de vino, lo agarré, lo mecí circularmente para mezclarlo y le di un trago largo. La Rusa tomaba con más tranquilidad, pero tenía más aguante. Podía seguir tomando por horas, incluso después de que yo caía abatida. A La Rusa le gustaba tomar sola. Yo siempre necesitaba tener un testigo al lado o alguien a quien llorarle cuando todo saliera mal.
- ¿Qué significa "Hill"?- preguntó La Rusa, que nadie sabe cómo aprobó inglés en la secundaria.
- Mmm creo que es "montaña".
- ¿O sea que es una montaña de nada?
- ¿Qué cosa?
- Esta película. Notting Hill.
- No, Rusa- le contesté riéndome a carcajadas- Es Notting, con doble T. Nothing de "Nada" es con T-H.
- Bueno, es casi lo mismo. Un montón de nada. Como miles de ceros.
- Ah... lo tuyo evidentemente no son ni los idiomas, ni las matemáticas. Menos mal que sos tan buena pintando, porque sino... Mirá, muchos ceros no es una montaña de ceros. Cero por mil, no son miles de ceros. Es cero. Cero por cualquier número, es cero. O sea que nada, multiplicada, es la misma nada.
- ¿Pero no podés tener mucha nada?
- A veces pareciera que sí. ¿Pero no es lo mismo? El vacío es vacío. Más vacío, sigue siendo vacío. No importa qué tan grande sea. Lo que importa es que siempre lo sentís vacío.
- Pero para mí sí podés tener una montaña de nada. Y sería muchísimo más que unos granitos de nada.
- ¿Y cuál sería la diferencia?
- Y no sé... unos granitos de nada es cuando esperás poco y no recibís nada. Una montaña de nada podría ser...
- Que alguien se tome un avión a España- interrumpí.
- No. Que alguien se quede acá esperando- dijo La Rusa casi sin pensar. Quise contestarle pero no supe qué. No esperaba esa frase. La Rusa no suele escupir ese tipo de apreciaciones. Especialmente cuando uno está casi cayendo al piso del ring. Esta vez me dio el golpe de gracia. Lo único que se me ocurrió fue devolverle con lo mismo.
- Bueno, ¿pero de qué me hablás? ¿Vos no te pasaste meses cogiendo con María después de que cortaron? Y sabías bien que aparecía, te usaba para coger y se iba. O peor, te llenaba de sus chicanas, para que sigas enganchada. Te manipuló durante meses. ¿No estabas esperándola, acaso?
- No tiene nada que ver que traigas lo de María ahora.
- ¿Por qué? ¿Vos podés decir eso de Victoria y yo no puedo hablarte de María?
- Yo lo decía por vos, no por Victoria. Y en todo caso, por haber pasado lo de María te estoy diciendo que te ahorres la espera. Esta mina se va y no te deja nada.
- O como decís vos, me deja una montaña.
- Sí, de nada.
- Gracias.
- De nada.
Ahí nomás nos largamos a reír. Era inútil intentar tener una pelea con La Rusa. Ninguna se la tomaba en serio. Durábamos unos minutos y alguna de las dos terminaba tirando un chiste. La abracé y me recosté unos minutos encima de sus piernas.
- Metete adentro- le dije. Y tironeé del acolchado para levantarlo. Parecía no tener ganas de taparse, pero me dio el gusto. Una vez que estuvo tapada, apagué el velador de la mesita de luz y volví a recostarme sobre sus piernas. El pelo rubio y largo de La Rusa casi me caía sobre la cabeza. Miré para arriba la cara de La Rusa. Estaba con los ojos puestos en la película, muy concentrada. El reflejo azul de la tele le iluminaba las pecas. En verano le salen más, por el sol. Volví a mirar la pantalla de la tele y me acurruqué haciéndome una bola con el acolchado. La Rusa me puso una mano sobre el brazo y la dejó ahí. No me acariciaba, sólo la dejó posada ahí. Le costaba mucho el contacto físico, por eso entendí el afecto que significaba esa mano.
La lluvia que tintineaba sobre el techo de chapa del patio, el calor de la estufa, el acolchado y la mano de La Rusa fueron suficientes para que cayera profundamente dormida. Estaba exhausta, como si hubiera pasado varios días sin dormir. Al fin podía descansar.

El día que Victoria me contó lo del pasaje a España, cuando parecía que los ceros se habían multiplicado por mil, por primera vez en mucho tiempo, durante una noche entera no sentí la montaña de nada.

lunes, 13 de junio de 2011

II - Una semana de estabilidad

Viernes. La Rusa me llama por teléfono. Dice que está preocupada por mí e intenta convencerme de salir a algún lugar.- Lo mejor que podrías hacer ahora es venirte a bailar conmigo.
- Rusa, ¿no te das cuenta que se me está viniendo el mundo abajo?
- Y bueno, justamente. Vamos a tirarlo del todo.
- No sé. Siento que no me da la energía física. Estoy agotada, te juro. Esperame. Tocan timbre. Te llamo en un rato.

Atiendo el portero eléctrico. Es Victoria. Es raro que venga sin avisar. Victoria nunca me da sorpresas. O mejor dicho, no me da buenas sorpresas.
Mientras bajo por el ascensor para abrirle, me miro al espejo. Desde que me dijo lo del viaje a España, hace veinte días, subí tres kilos. Siempre odié a la gente que dice que cuando se angustia se le cierra el estómago. Yo como. Es lo único que me sale. Ahora sí que estoy horrible.
Desde la puerta vidriada de la entrada, la veo sonreír forzadamente. Entonces sonrío y parece que lo hago porque estoy contenta de verla. Pero sonrío porque sé que algo le pasa. Por fin le pasa algo.
Nos saludamos y entramos. De vuelta en el ascensor evito mirarme al espejo. Tengo que mantenerme lo más fuerte posible. Los encuentros con Victoria se están haciendo cada vez más insostenibles. Necesito toda mi fortaleza y para eso es necesario que no recuerde los tres kilos que tengo de más.

Entramos a mi casa. Victoria se sienta en el sillón y resopla. Definitivamente viene a contarme algo. Le ofrezco algo para tomar por pura cortesía, porque si quisiera se lo agarraría sola. No quiere nada. Imagino que lo único que quiere es contarme lo que la tiene así de rara, pero va a dar vueltas hasta que tenga que descorchárselo yo misma.
- ¿Estás bien?- le pregunto.
- Sí. Tenía un rato y pasé a verte.- Miente. No vendría sin una intención. Hace unos meses quizás sí. Esta sorpresa me huele a pólvora. Y ya no sé qué puede estallar más fuerte que su partida.
- Tenés cara rara. Si te pasa algo podés contármelo -le digo.
- No. Estoy tranqui.
Listo. Esto sí que va a ser una masacre. Victoria nunca dice que está "tranqui", a menos que esté en el plano opuesto. Es incapaz de hablar. Al menos no de buenas a primeras. Viene, resopla, pero dice que está todo bien. Y lo sostiene durante un buen rato.
- No tenés cara de estar tranqui. Pero si no querés, no te pregunto más.
- ¿Y cómo es la cara de "estar tranqui"? ¿Se puede saber? ¿Qué, no conozco mis propias caras?- me dice levantando el tono de voz.
- Bueno, está bien -contesto para evitar la discusión-. Che, yo me voy a hacer un té. ¿Te hago uno?
- Bueno.

Voy a la cocina. Mientras pongo la pava y espero que hierva el agua, me tomo una pausa en silencio. No entiendo cómo es que sólo necesita unos pocos minutos para desequilibrarme. Estos últimos veinte días fueron una locura. Está totalmente ansiosa, discutiendo con la familia, organizando los nuevos planes, hablando con el primo, haciendo trámites. Es un manojo de nervios y todavía ni sabe cuándo se va. Lo peor es que de alguna forma me mete en su ritmo. Y me sorprendo ayudándola a preparar un viaje que detesto. El viaje que dice que hace para crecer, para madurar. No sé por qué carajo necesita irse a otro continente para madurar. Acá ni empezó a intentarlo y ya está bien podrida. Y yo me estoy pudriendo con ella. La cosa se está poniendo cada vez peor. Pienso que si solo pudiera tener una semana de estabilidad pondría en orden mi vida. Bajaría estos tres kilos que me sobran. Me pondría al día con la facultad. Una semana sin tener que resolver ninguno de los problemas de Victoria, su familia, su ansiedad, su completa incoherencia. Una semana de estabilidad alcanzaría para empezar a hacer algo que me haga bien.

- Ya saqué el pasaje- me grita desde el living. El agua hierve y apago la hornalla. Sin llegar a servir el té me acerco hasta donde está.
- ¿Para cuándo?
- El mes que viene. Bah, son veintiseis días, en realidad.
- Está bien.
Vuelvo a la cocina. El pecho se me contrae y siento que no puedo respirar. Lo único que sé es que tengo que servir el té. Tengo que buscar los saquitos y servir el té. Pero no puedo ni caminar. Me siento en la banqueta de la cocina porque siento que voy a desplomarme. Estallo en un llanto histérico, sin reparo. Quisiera no hacer ruido pero lo hago, porque en el fondo quiero que sepa que estoy llorando. Lloro con las manos tapándome la cara, tratando de contener las lágrimas que parece que salieran como una herida imparable. Lloro más de lo que puedo controlar. Lloro con mocos y me empapo las manos. No me importa nada. Me estoy vomitando.
Victoria me escucha llorar y viene hasta donde estoy. Se arrodilla y se pone frente a mí.
- No, Puchita... No llores así.
Me abre las manos y me apoya la cara sobre su hombro. Me abraza fuerte. Hace meses que no me llama "Puchita". ¿Qué es esto? ¿Qué son sus brazos? Ella no va a responderme nada. Solamente me abraza, pero no va a cambiar sus planes. Entonces lloro más. Solamente un poco más, porque ya no tiene sentido. ¿Cuánto tiempo va a esperar a que me calme para soltarme el abrazo? Tic tac. ¿Cuánto más hasta que me suelte del todo? Veintiseis días. Tic tac. Yo ya no soy Puchita. Y porque alguna vez lo fui, ella se va. Se va de mí.
Me alejo de ella. Me levanto en silencio y agarro una servilleta para sonarme los mocos. Agarro otra y me seco la cara. No es suficiente. Necesito ir al baño. Mirarme al espejo. Lavarme la cara. Cuando estoy saliendo de la cocina le suelto:
-En España vas a ser tan torta como acá.
Ella se queda inmóvil.
- ¿Qué querés decir con eso?- me pregunta sorprendida, pero no le contesto. Me resguardo en el baño. Pongo las manos en cuenco debajo del agua. Hundo la cara en el agua. No lloro más. Me miro al espejo, tomo la toalla y me seco la cara sin dejar de mirarme. Cuando salgo del baño la veo a Victoria que está agarrando su mochila y su abrigo.
- Me voy -dice. Está enojada. No. Está muy enojada.
- Está bien -contesto. En otro momento me hubiera preocupado, la hubiera frenado. Ahora da igual. Tic tac. Tiene un pasaje que explota en veintiseis días. Tic tac. Tic tac. Hasta que reviente la pólvora.

La acompaño hasta abajo para abrirle la puerta. Nos saludamos con un beso en la boca. ¿Cuántos más nos quedan? Probablemente desde ahora piense todo de esta manera. Un cronómetro desfavorable. Y yo lo único que quiero es una semana de estabilidad.
Quizás, después de que reviente la pólvora.
Tic tac.

jueves, 2 de junio de 2011

I - Como la mesa de mosaico


- Este año salto a la gloria- le dije a La Rusa y me tomé de un solo trago lo que quedaba en mi vaso del licorcito casero que hacía su vieja. Estábamos sentadas en el patio cubierto de la casa chorizo de su familia, que era más bien una sala de estar. Yo adoraba esa casona. El loro, las plantas, las carpetitas tejidas al crochet, el mate con la yerba mojada de la mañana aunque ya fuera de noche, la tía abuela de La Rusa roncando en una silla cerca de la estufa y la madre puteando a los tipos de la radio.
La Rusa siempre me atendía bien. Apenas llegaba, me decía que tenía algo para mí, me ponía un vasito en la mesa de mosaico del patio cubierto, me servía unas medidas de algún licor y dejaba la botella al lado del vaso. Se ve que sabía que la iba a ver cuando estaba derrotada.
- Te dejo un lugar en el podio, claro. Vos y yo, Rusa. Mirá que este año no nos para nadie.
- Eso hay que festejarlo por anticipado- me contestó La Rusa alzando su vaso con una sonrisa berreta que ni llegaba a levantarle las comisuras de los labios.
- ¡Por la gloria!- grité, mientras hacía chocar mi vaso contra el de ella.
Podíamos mantener esa farsa durante horas. Falacias y licorcito. Hasta que alguna de las dos aflojaba la lengua y en un rapto de sinceridad confesaba sus miserias. En general era yo la que hablaba, porque las desgracias de La Rusa eran estructurales y yo las conocía bien, pero las mías eran más bien momentáneas y requerían ser habladas en cuanto sucedían. La Rusa nunca me apuraba para que soltara prenda. Primero se aseguraba de que tuviera algo así como un colchón etílico que me respaldara emocionalmente.
Tomamos durante hora y media sin hablar de nada demasiado trascendente. Hasta que no pude más y largué todo.
- Es Victoria- dije pesadamente-. Se quiere ir a España.
Era la primera vez que lo decía en voz alta. Era la primera vez que me escuchaba decirlo. Estaba abatida. No sabía qué hacer, así que le saqué un pucho de los que tenía sobre la mesa y lo prendí. Hacía años que no fumaba.
- ¿A qué se quiere ir?- preguntó La Rusa.
- Dice que a trabajar.
- ¿Y a qué se quiere ir?
- No sé.

No me preguntó nada más. Fue al armario de los licores, trajo otra botella y nos sirvió a las dos. Se prendió un cigarrillo. El olor del tabaco me había empezado a acelerar el pulso. Eran de la misma marca que fumaba Victoria antes de dejar, unos meses atrás. Yo le había hablado varias veces para que dejara, pero se ponía terriblemente necia. No me quería escuchar de lo arraigado que tenía el vicio. A mí me pasaba lo mismo cuando fumaba, por eso tampoco la quise presionar mucho. Victoria se enojaba y me decía que no me metiera en su vida y yo le contestaba que cómo no me iba a meter en su vida si era su novia y que todo lo decía por su salud. Pero no había forma de que aflojara. Se cerraba en esa frase y me la repetía una y otra vez: que era cosa suya, que era su vida. Y cuanto más lo decía, una especie de apatía se le iba adhiriendo al tono. Hace cuatro meses dejó sola de fumar, así nada más, sin que yo le dijera nada.

-Hey, te vas a quemar- me dijo La Rusa, porque tenía tan apretado el cigarrillo entre el dedo índice y el medio que casi lo rompo y se me cae la brasa encima. No me había dado cuenta de nada. Estaba absorta y bastante borracha. Apagué el cigarrillo en el cenicero de lata. Miré un rato largo los mosaicos de colores de la mesa. Yo había visto otras mesas en las que los mosaicos formaban imágenes de flores, círculos, peces. Estos, sin embargo, no formaban ninguna imagen. Estaban puestos así nomás, salpicados sin ningún sentido.
Estaba asqueada de tanto tomar, pero seguí tomando.
- Hace dos semanas me dijo que estaba pensando en irse -conté-. Y ayer me confesó que desde hace dos meses viene hablando con el primo que vive allá y parece que le consigue trabajo en la empresa de un amigo. Dice que es en negro, pero es buena plata.
A mí me importaba tres carajos el trabajo que le conseguía su primo. Me daba lo mismo que le fuera bien o mal. En realidad, quería profundamente que le fuera mal. Era mi única esperanza. Irse se iba a ir, porque cuando a Victoria se le metía algo en la cabeza no le importaba nada más que concretarlo. Ahora no había forma de pararla, así que sólo podía esperar a que volviera. No había mucho más que pudiera hacer.
- Nunca me pidió que me fuera con ella -le dije a La Rusa mirando fijamente el vaso apoyado sobre la mesa, porque sentía que si levantaba la mirada me iba a poner a llorar ahí nomás.
La madre de La Rusa se acercó por detrás de mi silla y me tomó por los hombros con suavidad. Generalmente era una mujer bastante seca, vestigios de una vida dura, pero esta vez habrá percibido algo, quizás mi semblante destruido. Me preguntó si me quedaba a cenar, pero le dije que no, que en un ratito me volvía a casa. Hablar así, tratando de no estallar en llantos frente a la madre de mi amiga me exigió un esfuerzo descomunal. Me sentía agotada. Lo único que atiné a hacer fue tocar con una mano el bolsillo de mi pantalón. Antes de salir de casa me había guardado una vieja carta de Victoria, de las primeras épocas de noviazgo. Tocaba la carta como un talismán para que me diera fuerzas y para recordarme que lo mío con Victoria no era una ilusión, que en algún momento Victoria me había puesto en el centro de su vida. Yo había sido eso que se le había metido en la cabeza. Pero hacía rato que ella había empezado a correrme de todo, como una mudanza silenciosa. La Rusa, que me conoce desde hace años, me adivinó el pensamiento o algo así, porque muy astutamente me lanzó:
- ¿Y vos no te imaginabas que Victoria podía hacer una cosa así?
- No. Para nada.
Mentí. Me avergonzaba admitir que sí lo imaginaba. No lo de España. Pero sí sabía que había algo en Victoria que se estaba desprendiendo de mí y que no había forma de evitarlo. Me sentía impotente. No entendía el cambio de Victoria, pero era innegable. Hice silencio de nuevo. No podía pensar en nada. Tenía los pensamientos desordenados y había ido a lo de La Rusa a intentar ordenarlos, pero era imposible. Todo parecía estar improvisado, puesto arbitrariamente como los mosaicos de la mesa. Victoria, España, el primo, los cigarrillos, el trabajo en negro. Y yo. Yo en el medio de todo eso. Pero no, la cosa era que yo no estaba en el medio. Yo no estaba en ningún lugar.

Ya era tarde. Lo mejor era volver a casa a intentar dormir. Me paré como pude. Me pesaba el alcohol; me pesaba el aire. Me despedí de La Rusa en el portón de entrada de su casa. A ella le gustaba a veces cerrar las charlas con un chiste, como para amenizar. Me abrazó y me dijo:
- Tranquila. No te olvides que este año saltás a la gloria.
- Sí, a la gloria de Dios.

Y me fui caminando muy lento, pensando que en esta vida para mí no había existido jamás un dios y mucho menos alguna gloria.