miércoles, 29 de agosto de 2012

Lo que hay que devolver

Lo que vos pedís, no se puede devolver.
Lamentablemente no está en mí estar explicándole esto a la ex de mi actual. Y menos cuando se está poniendo tan hinchapelotas. Ya es la tercera o cuarta vez que se tienen que encontrar para que le devuelva esto y aquello. Cosas. Cosas que mi actual tiene y que no quiere. Cosas que su ex no quiere pero las pide igual, porque puede y porque mi actual se ve que le hizo tan mal que ella algo le tiene que pedir. Yo entiendo. Y no me pone mal que se vean para este tipo de trámites de divorcio. Hay pocas cosas que hoy me pueden generar inseguridad y todas están adentro mío. El tema es este hastío por el que las veo pasar a las dos. Mi actual, dice, está cansada. Quiere terminar con todo ya, de una buena vez, que no le pida más nada. Su ex la quiere terminar a ella, la quiere masacrar, sacarle algo, pedirle cosas, pero no esas cosas. Eso que ella quiere no se puede devolver. Me lo han enseñado todas mis rotas, mis sádicas. Y bien a la bofetada lo he aprendido. Cuando se termina, se termina. Y no hay nada que reclamar. A llorarle a los amigos. Porque es injusto, sí. Pero desde el hecho de que uno sea mortal para abajo, todo es bastante injusto. Y no sé a quién tiene que ir uno a reclamarle una enfermedad, un esguince o un paro de transportes. A ver si no es bien injusto tener que trabajar para vivir.
¿Devolver qué? ¿El tiempo, la confianza, la fantasía, el amor? Eso no viene en cajas. No hay manera de empaquetarlo y mucho menos de asegurarlo a priori. Nadie está seguro. Este es el juego de la vida. Se pierde. Y te quedás desnuda. Y eso que ella te dijo que te iba a acompañar siempre y que te desnudes nomás que ella iba a estar ahí desnuda sosteniéndote y de pronto ella no está, no está tu ropa, no está tu adolescencia, no está tu mamá, no hay nada. Todo se va. Se va el amor. A veces me preguntaba eso de cómo se va el amor. Cuando la gente dice: nos separamos porque se fue el amor. ¿Adónde se va el amor? ¿Y cómo se va? ¿Hace "puf" un día y chau? Es como esa película que ella dice que siempre le sorprendió cómo una persona podía pasar de amar locamente a nada en absoluto. Y yo me preguntaba muy seguido cómo era que el amor se podía ir así. Pero puede. Lo vi. No sé si es algo tan rápido, pero parece rápido porque cuando se está yendo no lo querés  ver. Hacés una fiesta, ponés globos, planeás un viaje, te sacás fotos, te agarra una depresión que sólo ella puede curar y encontrás cada vez más chicanas para retenerla. Y cuando ella igual se va, vos decís que es una hija de puta después de todo lo que hiciste por ella. Te olvidás, por supuesto, que al menos las últimas cosas eran puras chicanas.
De pronto ella no te ama más. ¿Y qué hay que hacer? ¿Llorar, escribir, putear? O seguir pidiéndole cosas. Pedirle que te ame de nuevo. Porque hay que bancarse saber que estás pidiendo eso. Y también hay que bancarse ver que eso no va a pasar. Llorá, escribí y puteá. Todos lo hicimos.

Odio el verbo. Devolver. Es volver. No. Es peor. Es vomitar. Volver me hace vomitar. Verme reclamar me hace vomitar. ¿Por qué alguien querría una devolución?
No sé qué es lo que hay para devolver. La última ruptura me costó una o dos Mafaldas. Eran mis Mafaldas de toda la vida. Sé que se llevó la número 7, cuando Mafalda conoce a Libertad. Esto no es joda. Adoraba esas Mafaldas. Y sin embargo esa ruptura me costó algo mucho más terrible. No quiero recuperar esas Mafaldas. Quiero recuperar otras cosas que ya no tienen retorno. Y también, menos mal por esas pérdidas y por dejar ir. Porque sino yo no estaría acá, mirando a mi actual con su ex viviendo esta experiencia horrible, que ahora sé que sólo puede servir para aprender que algunas cosas no se devuelven.

martes, 21 de agosto de 2012

Hacer un puente y transitarlo


Todo empieza mal. Nos conocemos cibernéticamente. Ella está de novia, yo estoy todavía terminando de cerrar una historia muy triste con otra mujer. Ella es de Santa Fe y yo de Buenos Aires. ¿Quién me manda a embarcarme en algo así? 
El problema es que es más linda de lo que puedo tolerar. Me hice una regla hace años: nunca engancharme con alguien que viva a más de 20 kilómetros de mi casa. Me resulta cada vez más imposible sostener esta regla con la santafecina. Hay algo de ella que me entusiasma. Una luz, una cosa hermosa, no sé cómo describírselo a la gente. No es nada más que sea linda, es otra cosa. Sé que tengo que conocerla, aunque sigo sin entender cómo puede funcionar la cosa desde la distancia y, claro, con el pequeño inconveniente de que tiene novia. Ella dice que en realidad está todo mal con su pareja. En un par de semanas de hablar conmigo, sin que yo realmente lo venga venir, toma la decisión de terminar la relación. Yo ya no estoy lloriqueando casi nada por la mujer que me rompió el corazón. Termino de cerrar todo, de tirar mails, de entrar en su facebook, de cortar con cualquier cosa que me una a ella. Ahora sí es momento de conocernos. 
Viajo a Santa Fe. No pienso nada. Evito decirme que esto es una locura. Pero sé que es una locura. Me niego a ponerme nerviosa porque ésta es la cita por la que más lejos he viajado. Ella dice que no está nerviosa. Estamos nerviosas. 
Llego. Me voy al hostel que reservé previamente. Me baño. Es julio y debería hacer frío. Pero no hace frío. Es una noche ideal para ir al río. Yo no tengo río. O sí, pero está sucio y hay edificios y casi nunca lo vemos. Le digo que nos encontremos en el río, o sea, en el parque que bordea al río. De alguna forma pienso que eso va a relajarme. Llego unos minutos antes que ella. Y sí, logro relajarme. Ya la vi en fotos y me pareció linda, pero las fotos engañan a veces. Quizás tenga una voz horrible, quizás haya miles de cosas que no me cierren, que me aburran. La magia es tan poco probable. Ahora sí me vuelvo a poner nerviosa. Pero me reto a mí misma y me digo que es mejor calmarme. He recorrido demasiado camino. Es hora de confiar en mí. Por algo llegué hasta acá. Estoy sentada en un banco del parque, mirando el río. Ya me cambié diez veces de posición, pensando cómo sería mejor que ella me encuentre. Elijo una posición. Me quedo así por varios minutos. Me pierdo mirando en río. Estoy casi en el río. Y de pronto, su voz. Me doy vuelta. Es linda. No. Es hermosa. Quiero besar a esta mujer. Estos son los primeros pensamientos que tengo. Sentir algo así de buenas a primeras es muy raro en mí. Ese impacto. Esa certeza. Nos saludamos. Digo algo sobre su voz y mi voz, que menos mal que no tenemos voces horribles, eso digo. A pedido mío, ella trajo un vino. Caminamos por la costanera. La noche es tan hollywoodense que empalaga. Caminamos. Como siempre que me pongo nerviosa, se disocia mi mente de mi boca y lo que digo no tiene nada que ver con lo que pienso. No pienso casi nada. Pero algo hablamos. Ella no se da cuenta de mi disociación y por alguna razón no me siento tan nerviosa como otras veces. Algo de mí cambio, o creció. Algo de ella me hace sentir bien. Ella me lleva a un lugar bien alejado, al fondo de la costanera. Eso me da una buena pauta. Quizás ella también quiere besarme. Finalmente encontramos un buen lugar para sentarnos. Hablamos un rato. Me cuenta de su vida y de su familia. Yo digo el par de cosas interesantes que siempre digo para mandarme la parte. Pero lo digo honestamente. Y lo digo porque cada vez más estoy queriendo que me bese. Me pregunto cuánto tardará en besarme. Yo no puedo besarla. Atravesar la distancia de mi boca a su boca es para mí el corredor de la muerte. Se me juega la vida en esa distancia. No me animo. Ojalá ella no se dé cuenta lo mucho que quiero bersarla. ¿Querrá besarme? Trato de no pensarlo tanto porque sé que se me nota. Y si se me nota, se me juega la vida. Si no me quiere... no sé. No quiero ni pensarlo. Y entonces no lo pienso. Silencio todo adentro mío. Me dedico a disfrutar lo que me está diciendo. A mirarla sonreír. No sé si quiere besarme, pero estoy segura de que al menos le caí bien. Me siento bien. Hago silencio y miro al río. Hay un olor fresco que no existe en Buenos Aires. Estoy verdaderamente contenta. Paso unos minutos totalmente convencida de que si esto es todo lo que va a pasar esta noche, igual estoy casi satisfecha. Pero de pronto la quietud se quieba. Ella me apuñala con la mirada. Me aterran esos ojos. Yo creo que sé lo que quiere, pero no sé lo que quiere. Es cuestión de un segundo. Hay que entrar en acción, pero yo qué sé. Se me juega la vida. Ojalá ella lo entendiera. Ojalá supiera de todos estos años, de los golpes, de lo que me cuesta llegar al otro. Hacer un puente y transitarlo. Es cuestión de un segundo que es también cuestión de toda la vida. Tengo encima sus ojos y sé que algo tengo que hacer. Entonces me acerco decidida, valiente, corajuda y, muy estúpidamente, le doy un beso en la frente. Menos mal que ella se ríe de mí. Y menos mal que un instante después me dice que eso no es un beso y me da un beso como tiene que ser: en la boca y con todas las ganas que nos veníamos aguantando las dos desde que empezamos a hablar. Siento litros de sangre empujando en cada vena. Sé que no voy a poder dejarla. Ya no. Estoy condenada. Por suerte, ella también. 
Podía haberme ido a dormir al hostel. Nunca dormí en el hostel. 
Todo termina bien.

domingo, 24 de junio de 2012

Porque las vi

Escribo porque las vi. Estaban atacando un paquete de galletitas abierto en la mesada de la cocina. Yo no lo dejé abierto. No había que dejar nada abierto. Ahora no podemos darnos el lujo de dejar las cosas así tiradas, eso dijo el fumigador. Escribo porque las vi y el fumigador dijo que antes de tirarles el producto anotáramos dónde habían aparecido y siguiéramos, en lo posible, el camino hasta donde desaparecían hacia debajo de la casa. Llevábamos un diario. Yo llevaba un diario. Todos los días las encontrábamos en un lugar diferente. Era imposible combatirlas sin encontrar dónde estaba el nido. El fumigador nos pidió que lleváramos estas notas durante unas tres semanas y que si el producto no las hacía desaparecer, lo volviéramos a llamar.
Martina estaba horrorizada. Todas las mañanas nos encontrábamos con una nueva plaga. En un principio comenzaron a aparecer en la cocina, por la comida, pero con el tiempo las empezamos a encontrar en el baño, en los armarios, debajo de la cama, en la escalera de la terraza, en los tallos de las plantas del patio. Vienen desde abajo, dijo el fumigador la segunda vez que vino. Había venido dos meses antes, aplicó el producto, pero al tiempo volvieron (creo que más fuertes y más enojadas). Por eso no sería suficiente decir que estaban detrás de nuestra comida. Había un plan mayor. Eso le empecé a decir a Martina después de la segunda vez que vino el fumigador, cuando nos dejó una botella del producto y la tarea de llevar nota de las apariciones. Yo le decía que para mí querían tomar la casa. Porque sino no se explicaba que aparecieran en lugares donde no había comida. Reconozco que empecé a decir eso para ponerle un poco de humor a la cuestión, pero a Martina nunca le causó gracia. Después realmente comencé a creerlo.
El fumigador habló conmigo la primera vez que vino. No le dije a Martina lo que me había diagnosticado porque esa era la clase de cosas de las que me ocupaba yo. A Martina estos asuntos no le gustaban. El tipo dijo que al parecer venían de los cimientos. Que estas casas viejas son así y que uno tiene que tener cuidado cuando compra, porque te meten el verso y más a dos chicas solas. Dijo que él había visto estas cosas muchas veces. Te venden una casa con los cimientos corroídos. En cinco años se te pudre todo y se te desmorona la casa entera. Y de ahí lo único que podés hacer es limpiar el terreno y venderlo vacío. Claro que esas eran suposiciones, que para estar seguros había que tratar de combatirlas hasta el final y probar todos los métodos posibles. La segunda vez que vino les puso el veneno más fuerte que tenía y nos dejó una botellita y algunas instrucciones para que lo apliquemos nosotras regularmente.

Habíamos comprado la casa dos años atrás. A Martina la familia le había prometido a los dieciocho pagarle la mitad de un crédito hipotecario para cuando se casara (teniendo en cuenta que de la otra mitad se haría cargo el futuro marido). A los veinte le abrieron una cuenta en dólares y le depositaron ahí varios miles, en una silenciosa y tortuosa espera. Desde los diecisiete Martina ya estaba encamándose con una compañera del secundario, pero recién sacó todo a la luz a los veintiuno. Tres años de discusiones hicieron posible que los padres de Martina aceptaran de mala gana que la cuenta del banco quedara a nombre de ella, más allá de con quién decidiera compartir la casa. Eso no aseguró, sin embargo, la buena fe de la familia. Le iban a dar un techo, pero ningún otro acto de consentimiento.

Cuando nos conocimos ella tenía veintiocho y yo treinta. Tres años de pareja medianamente firme, proyectos en común, una convivencia solapada (ella dormía en mi departamento, yo dormía en el suyo y así hasta que ya no tuvo sentido pagar dos alquileres), una perra compartida (Adela, que se murió un año después de comprada la casa) y dos puestos de trabajo estables, nos fueron encaminando hacia la compra de la casa. La que nos gustó estaba más alejada de la ciudad de lo que queríamos, pero era una casa bastante linda. Tenía patio, terraza, un living grande con piso de parquet, dos habitaciones (una la pensábamos usar de estudio/oficina) y un pequeño cuarto de servicio en la terraza que yo iba a usar de atellier. La familia de Martina no nos ayudó en la decisión y mi familia vive en Córdoba, así que estábamos solas. Igual creímos que elegíamos bien. Antes de comprar, Martina tuvo la idea de pasar por la casa un día de lluvia a ver si no se inundaba y yo dije que pasáramos a la noche a ver si no era muy oscuro. Pero no. Pasó la prueba de inundación y oscuridad. El precio nos pareció bien. Firmamos rápido. Nos mudamos en noviembre, un día de mucha lluvia, pero en esa zona, ya sabíamos, no se inundaba.
La compra de la casa no tendría porqué haber significado un cambio sustancial con respecto a nuestra forma de vida anterior. Cuando cada una tenía su departamento, nos veíamos tan seguido que era casi lo mismo. ¿Qué cambiaría? Uniríamos las bibliotecas, tendríamos el doble de ropa de cama y vajilla, nos sobraría un sillón. Y fue así al principio. En la semana cada una seguía su rutina habitual y los fines de semana ella iba a ver a sus amigas y a su taller de teatro y yo me quedaba pintando en el cuartito de arriba. Aprendí a hacer asado en la parrilla de la terraza, así que algunos fines de semana nos gustaba recibir a los amigos.

Creo que los problemas empezaron con la muerte de Adela, pero probablemente hubieron signos anteriores que ahora no puedo recordar. Adela se me escapó a mí, sí. Pero fue Martina la que le había sacado el collar con el nombre y nuestra dirección. La pobre apareció atropellada unos días después. Estaba casi muerta, pero tuve que llevarla al veterinario para que la durmiera. Fue una de las cosas más tristes que hice en mi vida. Martina no quiso ni verla, dijo que le rompía el corazón. A mí también me lo rompió, pero alguien tenía que hacerlo. No nos dijimos nada en ese momento, pero seguro ella pensaba que fue mi culpa por dejarla salir y no entiendo con qué cara hacía esos juicios. Ella sabía bien que no tenía que sacarle el collar porque Adela siempre se nos escapaba a la calle. Lo peor es que no teníamos con quién hablar. La casa era lejos del centro, donde vivían nuestros amigos. Así que con el tiempo dejaron de visitarnos. Martina estaba tan cansada los fines de semana que dejó el taller de teatro y también le daba fiaca viajar para ver a sus amigas. Yo a veces hablaba con mis amigos por teléfono, pero empecé a sentir un aire de reprobación de parte de ellos, como si no estuvieran de acuerdo con mi forma de vida o si tuvieran algo contra Martina. Martina también lo pensaba. Decía que la miraban mal. Yo no lo creí al principio, pero con el tiempo empecé a sentir que había cosas que no me estaban diciendo. A veces se deja de sentir esa conexión con los amigos, más si están en una etapa diferente y ya no se comparten las mismas cosas. Martina y yo estábamos encarando un proyecto serio de pareja y creo que no podían entenderlo.

Lo de la muerte de Adela volvió a surgir tres meses más tarde, por una pelea bastante tonta que tuvimos para definir quién lavaba los platos. Explotó el caldo de cultivo de todo lo que nos veníamos callando y cada una le tiró responsabilidades a la otra sobre la suciedad de la casa, el lío de la habitación, la falta de sexo, la falta de mayonesa, la ropa que siempre quedaba colgada en la terraza, la muerte de Adela. Esa noche, a pesar de que yo siempre decía que no era bueno dormirnos enojadas, nos dormimos enojadas, nos levantamos enojadas y estuvimos varios días para desenojarnos. Creo que algo en nosotras nunca se desenojó. Algo empezó a crecer o a decrecer. Quizás ya estaba ahí, en esa casa o antes de la casa. Tal vez porque Martina era una dejada y yo una echadora en cara compulsiva, como decía ella. Ese no era un término válido, "echadora en cara". Odiaba cuando lo usaba. Me daba vergüenza cuando decía cosas así en frente de mis amigos. Como cuando usaba la palabra "patético" para describir casi cualquier cosa. Era incapaz de ampliar su vocabulario.
Así y todo pudimos seguir adelante. Pasamos el duelo de Adela y todo se volvió a tranquilizar durante casi un año. Martina seguía dejando todo tirado y yo seguía reclamándole cosas, pero al menos ya nos habíamos aprendido a aceptar.

Los problemas se recrudecieron hace un par de meses, cuando la plaga empezó a aparecer en la cocina. La primera vez vimos pocas, así que pensamos que venían del patio. Pero al día siguiente, cuando volvimos de trabajar, encontramos un montón devorándose media manzana que dejó Martina en un platito después del desayuno.
El panorama se fue haciendo crítico. Según órdenes del fumigador, les empecé a poner el producto cada vez que las encontraba. Anoté de dónde venían, pero siempre era de un lugar diferente. Esto era lo que temía el fumigador. Me dijo que si venían siempre más o menos de un mismo lugar, sería más fácil encontrar el nido. Pero estaban apareciendo por todos lados. Al principio Martina gritaba de susto cuando las veía. Después empezó a gritar pero de bronca. A veces se la agarraba conmigo. Yo también tenía bronca y le gritaba porque era ella la que dejaba las cosas tiradas. Una vez vi un montón subidas a una bombacha usada que había dejado tirada en el piso de la habitación. Por pudor no me animé a decirle nada en ese momento.
Antes de ayer no había aparecido ninguna y estábamos contentas porque pensábamos que ya se había terminado todo. Yo creí que por fin íbamos a tener sexo, porque hacía un mes que ni nos tocábamos, pero una alegría así, aunque pueda parecer una alegría de morondanga, para mí era toda una esperanza. Al final Martina se quedó dormida mirando una cosa en la tele y ya después no me dieron ganas de despertarla porque se iba a poner a decir que porqué no le dije antes y que yo siempre espero que ella empiece todo.
Ayer a la mañana se fue y dejó las galletitas abiertas y otra vez volvieron, las muy perversas. Entonces a la noche nos peleamos por eso y porque nos dimos cuenta de que el problema no se estaba terminando. Pero Martina no sabía con exactitud lo que pasaba y por eso quizás no se preocupaba tanto, porque era yo la que tenía que hablar con el fumigador o la que tenía que ocuparse de la muerte de Adela. Era yo la que le levantaba la bombacha tirada en el piso. Así que era hora de decirle eso. Lo de la bombacha y lo de los cimientos. Tenía que explicarle que ya no iban a parar, que nos estaban carcomiendo. Así que a la noche me decidí a soltarle todo y no tuve mejor idea que agarrar otra bombacha que dejó tirada, ponérsela en frente de la cara y sacudírsela al grito de que ésto era culpa suya y de su abandono y que por eso ahora se nos iba a caer la casa abajo. Ella replicó diciendo eso de que yo era una echadora en cara complusiva y, aunque debo admitir que tal vez mi reacción fue excesiva, le estampé la bombacha en la cara y le grité que aprendiera a hablar de una buena vez o al menos aprendiera a lavarse las bombachas.

No creo que Martina vuelva hoy. Ayer se fue y por primera vez no dejó nada tirado. No sé dónde durmió. Se llevó mucha ropa. Hoy no la vi en todo el día ni llamó. Al menos no dejó paquetes abiertos o ropa en el piso. No entiendo entonces cómo es que siguen apareciendo. Escribo porque las vi y tengo que llevar este diario, porque siguen apareciendo y eso que les estuve poniendo el producto como dijo el fumigador y Martina no dejó nada tirado y estoy haciendo todo como hay que hacerlo pero siguen apareciendo, siguen devorándose todo.

miércoles, 20 de junio de 2012

Abanderada


Y usted me dice, señora, que no abandone mi carrera universitaria. Yo le voy a decir, escúcheme bien, que a mí me importa un cuerno su necesidad de terminar correctamente todo lo que se haya metido a hacer, sea carrera, trabajo, familia o pollo al horno. A mí no me interesa terminar nada, señora. No me preocupa ser coherente. No me afecta que usted o su marido vengan a preguntarme qué mal tengo, qué problema doméstico o motriz me aqueja como para ser incapaz de darle coto a lo que se me haya ocurrido empezar. Su marido, qué ejemplo, el licenciado en psicología que terminó las cosas lo suficientemente bien como para andar arrancándole cien pesos la hora de llanto a los que todavía creen que la mayoría de las soluciones de la vida se pueden descorchar de la cabeza.
A mí no me va a venir a decir que sus hijas son felices porque terminaron la carrera o porque usted las educó bien. No mienta, señora. Si cierra un poco el pico, quizás escuche que a su hija no le saca un gemido el marido desde septiembre de 2010. Y eso que viven bien y que están terminando de pagar el crédito de la casa. Al que seguro educó bien fue a su hijo menor, flor de puto. Lo conocían en el barrio porque le tiraba la goma a los del club Matreros. Quién hubiera pensado una cosa así de los rugbiers. Pero ya unos cuantos se habían pasado el teléfono de su hijo. Y usted tan contenta de que Fernandito tuviera tantos amigos. Él sí que no tenía problema en acabar lo que había empezado.
Señora, présteme atención: antes la gente hacía el amor abanderada. Eso decía el Flaco. Abanderados. Y a usted no le importa. Entonces no me diga que no abandone mi carrera. No me diga que me importe algo de lo que usted sostiene.
¿Sabe qué? Yo nunca fui abanderada en la escuela, ni me llamaron para ser de esas boludas que se paraban a los costados. Como si eso fuera un orgullo. Prefería ser mala alumna, impertinente, última en la fila. Me ponía a hacer mímicas durante la entonación del himno nacional. ¿Qué diría Ortega y Gasset? Mi madre tendría que haber sabido que un comienzo de ese tipo no auguraba buenos finales. Pero señora, acá ya no hay abanderados del amor. Eso es lo que a mí me incumbe. Yo dormiría todas las noches enfundada en la banda oficial, si fuera por mí. Sin embargo usted me dice que hay cosas más importantes. Una buena educación, un título, una actitud coherente, una conciencia limpia.
¿Conciencia limpia? Acá me ve. No me quita el sueño dejar la carrera, quemar la cena, trabajar a medias. Menos me importa si se sonroja porque me encanta ver una mujer en tetas. ¿Qué va a decir de mi conciencia? Si ya se espantaba por lo de la carrera, el lesbianismo me la hace mear encima.
Tenga en claro que usted es un asco de vecina. En este barrio bien podrían caerse todos muertos, y mucho no les falta, manga de dinosaurios, incapaces de movilizarse masivamente a menos que sea porque el último huracán les cortó el cable de la tele. Y mucho cuidado con la torta, la lesbianita de la esquina, la artista bolchevique, usted sabe, la que el otro día casi se agarra con el del almacén por algo de política, ya vio cómo estamos, con la inflación y estos tipos que para robar un auto le pegan a cualquiera un tiro en la cabeza. A mí todo eso me importa menos que lo que a usted le importa saber que el mundo se nos está viniendo abajo.
Sígame lo que le digo: acá la gente ya no hace el amor abanderada. Da vergüenza el amor. Lo mejor que una puede hacer es terminar una carrera, comprarse un terrenito para edificar y procurar que nunca se le note demasiado el amor. Con las tripas afuera, no. Mejor viene siendo no comprometerse con nada, evitar cualquier riesgo. Levedad, señora, ni se nos ocurra dejar salir las intensidades. Hay que cuidarse y no quemarse las garras. No salir al sol, no decir que una ama, ama y ama hasta que se le chamuscan las vísceras. Esto sí me compete, señora: la gente de todo el mundo se ha guardado las banderas.

jueves, 14 de junio de 2012

Cambio de paradigma

El miércoles estuvo lleno de tortas. Esto me informan en el bar hoy, jueves. Así vivo, desfazada de la tortez. ¿Qué pasó en definitiva con la mina que me gustaba del bar? Nada. No la crucé más. Para mejorar la balanza ahora parece que el bar se está llenando de tortas algún que otro día. Lamentablemente son esas tortitas hipsters que tanto detesto. No sé qué hacen. Se juntan entre ellas y yo estoy en la otra punta rodeada de los chochamu. Yo miro, pero realmente en esas minas no hay nada para ver. El otro día cayó una alemana morocha muy linda y jugamos un partido de metegol. Me ganó ella y toda su chonguez. Esa fue la situación más romántica que viví estos últimos meses. Después cayeron dos tipos a proponer un cuarteto (en el metegol, claro) y se rompió nuestra dinámica de pareja. Al rato la alemanota se dispuso a retirarse del bar pero antes de que se fuera, envalentonada, le dije con una sonrisa "volvé, eh". Esto es todo lo que puedo hacer por ahora. Yo creo que eso es un intento de levante, pero los amigos me dicen que si no le pido algún tipo de contacto (teléfono, facebook, etc.) no cuenta. Para mí, mi sonrisa fue un montón. No sé chonguear, pero juro que le estoy poniendo mucha pila.
Esto está intensificado por el hecho de que ultimamente siento que tengo muy poco para perder. No sé si por desencanto o entereza, cada vez me importa menos lo que la gente piense de mí. Si es por desencanto, culpo todos los dolores que provocan las mujeres. Si es por entereza, tengo que atribuirle gran parte de ese mérito al arte. Pase lo que pase, habrá arte. Tengo pinturas y tengo escritura y tengo amigos que me abrazan y hay música y entonces, de verdad, eso me compone.
Pero en definitiva siento en mí un cambio de paradigma. Lo digo en las palabras más académicas que existen, pero realmente esto que me pasa es un cambio de paradigma amoroso. Lo raro del mayor dolor que una persona puede sentir, es que motoriza (si estás atenta) una serie de cambios profundos. Esto se lo digo a las mujeres que de vez en cuando me lloran sus crisis amorosas. Me incluyo porque yo también he llorado. Pero lo cierto es que la crisis motoriza un cambio radical.
¿En qué consiste mi cambio de paradigma amoroso? En un par de cuestiones que estoy empezando a reconocer no desde lo teórico sino desde lo práctico. Quiero decir que este cambio va más allá de lo meramente pensado, sino que tiene que ver con una cuestión que se me está enraizando en el cuerpo como una realidad concreta.
En primer lugar, desde un lugar bastante enriquecedor, está cambiando el tipo de mujer que me gusta. Antes, como buena histérica (en menor medida lo seguiré siendo, según los enfermos de la psicología que dicen que la estructura de la neurosis no cambia), me encantaban las mujeres que no me daban pelota. Es decir que ni bien una mina se embelezaba conmigo, se tragaba mi cuentito personal y todo eso, listo, estaba afuera. La que me gustaba era la que casi no me llevaba el apunte. A la que le tenía que insistir. Lamento que muchas se sientan familiarizadas con esta situación. Es triste que elijamos durante tanto tiempo mujeres que sólo pueden darnos frustración y dolor. No entiendo qué tipo de relaciones nos planteamos tener. Esto es así: no hay posibilidad de estar bien si estamos con alguien a quien no le interesamos. Habría que preguntarse si queremos estar bien, si queremos que nuestra vida sea algo más que la eterna telenovela y si podemos ver que el amor existe en relaciones de bajo nivel de conflicto.
En mi caso se produjo un cambio de paradigma que se dio por cansancio. Me cansé de tanto problema, de ponerle tanto tiempo a situaciones que de amorosas no tenían nada. Y más que nada: no tengo tiempo. Hay demasiadas cosas en las que enfocar mi atención antes que la persecusión de una mina. Si está todo bien, entonces amémonos y ya o al menos compartamos un buen rato. Si está todo mal, es fácil: una se aviva rápido y huye. El tema es cuando no está todo ni mal ni bien y la mina te pone en esa situación horrible de yo qué sé y una las persigue y se termina transformando en la peor versión de sí misma. En ese caso, más que nunca: hay que avivarse y huir. Nadie merece ese tiempo y ese sufrimiento. Realmente creo que hay cosas más importantes para hacer con la energía que tenemos. Entonces me está pasando ahora, he aquí el cambio de paradigma, que sólo quiero estar con gente a la que le interese mi persona. Es bien simple pero, paradójicamente, de poca aplicación. Simple como: nos vemos, hablamos, cogemos y después cada una tiene la mente lo suficientemente limpia como para seguir haciendo cosas importantes y hermosas.
En segundo lugar, este cambio de paradigma parece indicar que estoy mucho menos hinchapelotas con las mujeres. El otro día, por ejemplo, me sorprendí mirando una mina de edad avanzada (reconozco que no son mi fuerte). También me estoy dando pie a conocer mujeres con las que no comparto cada pequeño detalle de la existencia. Sí, fui realmente MUY hinchapelotas. Si no coincidíamos estrechamente en todo lo que tiene que ver con la visión de la vida y otras cuestiones, esa mina no me interesaba. Pero bueno, ya está. La coincidencia tampoco garantiza el buen funcionamiento. Sigo sin adherir a la hipótesis de que los opuestos se atraen (en esto soy categórica). No me interesa chocar con mi opuesto, ya lo hice hace unos años y realmente -como una supone pero después se hace la boluda- esto no funciona. Pero sí me di cuenta que es menester aflojar un poco con las exigencias con el otro. Nunca se sabe qué te puede dar el otro y quizás realmente pueda aportarte muchas cosas, al menos en el momento presente. No podemos plantearnos todo en términos de futuro. El futuro es una mentira metafísica a la que adherimos para no volvernos locos. A riesgo de hacer una reflexión extremadamente jipi, creo que las cosas se van dando. Es extraño, pero si uno deja que la vida haga, la vida hace. Y te lleva. Por eso también me estoy desenojando con el curso de estos últimos tiempos que estuvieron plagados de dolor, pero ocasionalmente, de mucho aprendizaje y de una profunda transformación.
Todo esto es lo que hoy me compone. Lo digo así, sin una gran calidad literaria porque es lo que me sale a esta hora, en medio de una semana trágica en la que voy a tener que ponerme a estudiar mucho para la facu y no tengo ni un poco de tiempo para ponerme a escribir en un tono de mejor calidad. Pero esto es lo que me pasa ahora y tenía ganas de compartirlo esperando que en algún par de ojos haya un eco y algunas cosas puedan empezar a cambiar en forma colectiva. A ver si al menos nos empezamos a plantear una existencia un poco mejor.

lunes, 11 de junio de 2012

En el aire

Pero esa mujer era mía.
Y no era mía como un tomate.
Era mía como las venas
y aun a ambas les aguarda 

la misma putrefacción.

Somos mortales.
Quiero decir: Nos morimos.
Esa mujer era mía y estaba viva.
Era mía como un resfrío.

Nos estamos oxidando, querida.
¿Entendés lo que significa?
Somos un tornillo.
Somos menos que un tornillo.
Nos desgranamos.
Vamos dejando caer nuestra arena
en el aire.
 
Ella era mía y estaba viva.
Nos íbamos pudriendo juntas,
muriendo juntas.
Y era la más tibia de las muertes.

¿Qué moribunda mujer te reclama ahora?
Dice "Es mía como esta mesa".
Y te vas con ella,
de bocanada en bocanada
perdiendo pelos, piel, uñas,
dejando la vida una en la otra,
una de mano a la otra.
Desgranándote,
yéndote del mundo
sin mí.

¿Qué podrida mujer te ampara
en esta noche pulmonar,
bronquiolítica,
mucosa?
Te pudrirás con otra.
Serás trizas de otra.
Ya no me atravesarás como mis venas.
No eras mía como un resfrío.
Eras mi resfrío.

Ya nunca diré "Esa mujer era mía".
Nos estamos muriendo, querida.
Vos con ella.
Yo en este resfrío
o en el próximo.

domingo, 13 de mayo de 2012

La piba del bar

 
El otro día, la piba linda que viene al bar que frecuento se apareció con uno de esos gorritos norteños, accesorio que no le hubiera perdonado a casi nadie pero, debo admitir, le quedaba bastante coqueto. Nos cruzamos en el bar al menos una vez por semana. Según mis cálculos, nos habremos visto ya unas quince veces, quizás más. Nunca le hablé. Pero tengo un inventario minucioso de su vestimenta. Una vez se vino con unos borcegos bajos color marrón, un short de jean y un saquito azul con rayas blancas. Divina (de las pocas veces que vino bien vestida porque en general es bastante así nomás, cosa que no me desagrada para nada). Sí, la tengo bien vista. Y este tipo de cuestiones no están nada buenas. Cuanto más me demoro en hablar con alguien, más alimento su canonización. Como ya vengo de canonizaciones pasadas sé muy bien que no conducen a nada. Yo no puedo tocar a una mina a la que he elevado a la categoría de santa. Entonces, mi acción no debe demorarse.

Me decidí a mostrar mi interés algunas semanas atrás. Por supuesto, no sé si es torta. El bar no es gay, pero suele atraer un público bastante diverso. Los amigos ya me preguntaron si tengo la certeza de su tortez. Les dije que no, pero que igual eso se sabe. No sé si lo sé por la vibra o porque estuve días examinándola. Yo digo que es por la vibra porque queda más copado. Esto es lo que observé durante lo que yo llamo "investigación de campo" (y que no tiene nada que ver con obsesión, así que shhh!!!):
1. No tiene rasgos físicos muy extremos (por ejemplo, determinado el corte de pelo), lo cual por ahora me había tenido confundida.
2. Usa ropa de torta: remeras lisas, jean, nada muy llamativo ni muy "femenino", pero también podría ser una heterosexual un toque masculina y aunque me guste su chonguez esto no es prueba suficiente.
3. Se para con las manos en los bolsillos. Punto a favor de la tortez.
4. La evaluación de su postura corporal dio como resultado que: no gesticula, tiene la espalda levemente encorvada -desgarbada diría yo- y es un poco seca en su expresión (pero sonríe re lindo). Siguen las probabilidades de tortez. Puntos a favor.
5. Tiene un piercing debajo de la boca. A mí no me jodas, eso agrega tortez. Más puntos a favor.
6. Muchas veces viene con un tipo, pero no hay ninguna implicancia romántica, se nota a leguas. Puntos.
7. La otra noche que hacía frío cuando salió a la calle a fumar se puso la capucha del buzo. Todos los puntos del planeta. He demostrado mi caso. Si no es torta, alguien tiene que avisarle.

A mí me gusta bastante su sonrisa, su piercing, ese algo que tiene así como de simpleza y de no fisura (se va temprano, no como yo) y mucho más me gusta que vaya a este bar que yo quiero tanto porque ahí está toda la posta del universo. Creo que si entiende porqué ese es el bar al que ella tiene que ir, es que entiende alguna de las verdades de la vida. Esto no es una exageración (y las que piensan que lo es, no van al bar y por eso no las quiero).
O sea que me propuse entrar en acción, pero como soy una torta bastante idiota, me sale fácil cancherear con los hombres pero no me sale en absoluto seducir a una mina. Simplemente no tengo idea qué hacer. No es una cuestión de género, es que me atolondro cuando algo me interesa. Es el miedo a la pérdida y todas esas cosas que antes hubiera hablado en terapia pero ahora me la soban. En definitiva, es necesario que entre en acción (cosa que en terapia se habla mucho, pero seguimos todos sentados en el sillón y nadie hace nada; y por eso uno se aburre y la deja). Entonces dije que le iba a poner mucho huevo a esto. No está bueno que en el bar yo siempre ando rodeada de amigos hombres y estoy constantemente siendo toqueteada por sus efusividades. Eso puede ser confuso para los propósitos de la conquista torteril. Pero a mí me gusta que me anden sobando, así que no les voy a decir a los muchachos que me dejen en paz. Si la mina entiende mis propósitos, que los entienda, sino es una tonta (y no se discute: o me ama, o es una tonta). Pero esto es lo que hice: la empecé a mirar bastante. Esta es la movida de cualquier torta pelotuda como yo. Yo la miro así bien fuerte, ella me mira y nadie hace nada. O nadie hizo nada, hasta hace unos días. Yo estaba esperando que la mina haga alguna movida... ¡loco, yo la miré un montón! Y me parece que es hora de que las cosas vengan a mí, quiero decir: que las minas vengan a mí, a mi bar, a mi espacio físico, a mi boca, a mi cama y así. Pero la mina, nada. Hay miradas, pero también puede ser que la tipa me mire por pura preocupación ante mi acoso visual. Todo esto es pura especulación, por eso sabía que era precisa otra movida, antes de que mis inseguridades me carcoman completamente el órgano racional que tan al pedo tengo ubicado en la cabeza. Así que creí que era hora de una proximidad física. Y eso hice. Pasé por al lado cuando la mina estaba parada en equis rincón del bar, fui afuera cuando la mina salió a fumar (pero no fui obvia, dénme un poco de crédito) y por si esto fuera poco, me lancé hacia lo que supuse una acción extrema: le pedí un cigarrillo a su amigo, que estaba parado al lado de ella. Le dije un par de cosas (a él, a ella ni mu) y me quedé fumando un toque hasta que vino un amigo y ellos se fueron. Con la flaca no crucé palabra, claro. Toda mi energía estuvo puesta en la proximidad física, pero más que eso no pude hacer.

Siento que ya estoy llevando las de perder. Por ahora no hice ninguna idiotez evidente, pero si no ejerzo alguna acción concreta, voy a quedar como una loca o una idiota y seré recordada como "esa mina del bar que me miraba tanto". O peor, hago movida y sale todo mal y después me la tengo que cruzar a la mina una vez por semana en el bar. No es tan terrible, pero tengamos en cuenta que vengo un toque golpeada de historias anteriores. Y ando a los gritos contra la vida, diciendo que todo lo que me pasó fue una injusticia así que lo mínimo que espero es algún tipo de retribución por parte de la vida hacia mí que he sido tan buenita (bueno, no tanto, pero yo digo que sí). Aunque si la vida ha sido injusta, no tendría razón para no volver a serlo. O quizás no es que en esta vida yo tenga que andar con minas sino, no sé, curar el hambre, ser diputada o tener una casa llena de gatos. Quién sabe. Yo no quiero ser la loca de los gatos. A mí me gustaría ahora tener una torta que me caliente la cama en invierno o algo así. Y como hace rato que no me soban más que los amigos pretendo tener los huevos suficientes (esto es un eufemismo, por supuesto, lo aclaro para quien ande con el dedito feminista preparado para disparar) como para ver qué onda con esta mina.
Aunque esta cuestión pueda no parecer gran cosa, aquí les explico: hace rato que estoy en una situación de mucho amor propio en detrimento del amor hacia las minas, entonces hace tiempo que no me gusta nadie, que ninguna tipa me conmueve o me genera una mínima curiosidad. Por eso digo que esto para mí es un montón. Y quiero ponerle mucho huevo, hacer las cosas de una manera diferente a como las hice siempre. Por suerte estoy en un bar, donde abunda el alcohol y eso ayuda bastante a la gente que, como yo, no tiene nada de huevos.
Sólo me queda encomendarme a alguna virgen del valle -de las pocas vírgenes que quedan porque las de la ciudad ya andan todas usadas- y ver qué va pasando en las próximas semanas.
Y sino siempre tendremos pornotube.

Sobre el cierre del blog

"Entonces escribir es el modo 
de quien tiene a la palabra como carnada: 
la palabra pescando lo que no es palabra". 
Clarice Lispector

Cerré el blog con total convicción. Harta de escribir, harta no del lesbianismo pero sí de quienes lo detentan, harta especialmente de la palabra. Por eso tampoco tuve, hasta ahora, la idea de volver a abrirlo.
Pero no espero de mí ninguna coherencia. La coherencia es el lustre de los quietos. Espero de mí la incomodidad, la transformación. Me planteo con alegría ser totalmente incoherente.
Por eso cuando se empieza a escribir un blog en 2009, es esperable que algo cambie. O que todo cambie. Ya no soy lo que era. Casi nada de mí guarda relación con lo que fui hace tres años. De hecho, poco de mí se parece a quien era hace algunos meses. Cerré el blog porque no quería decir nada con palabras y menos quería decir sobre el tema al que refiere el blog. Tengo poco para hablar sobre las tortas. Sólo un pequeñísimo detalle: que yo soy torta. Y algo aún mayor: que aunque las esquive, las palabras van a seguir empujándose de mí, para pescar todo eso que no es palabra.
No sé realmente gran cosa, salvo que si no hubiera encontrado el arte, qué sería la vida, algo como estar todos los días en un subte yendo a trabajar y una lista de supermercado y el correcto desempeño y la falta de excepciones y dormirse temprano para volver al subte y al trabajo y nada más. El arte es la verdad más grande que le he arrancado a la vida en este último tiempo.

Dejo abierto este blog sin saber qué va a pasar, qué voy a hacer, qué voy a ser. Quizás lo deje así, quizás vuelva a escribir. No sé. Será cuestión de ver qué hacen conmigo las palabras.

miércoles, 25 de abril de 2012

Té para dos


¿Cuánto tiempo más voy a tener que aguantar este traqueteo? Ella me dice que cuando me levanto tengo voz de traqueteo de tren sobre vías oxidadas y cuántos días más va a tener que aguantar todo eso. Yo le digo que se calme, que esta no es manera de hablarme. Recién me despierto, le digo. Ella dice que está harta. Dice podrida, en realidad. Estoy podrida. Yo no entiendo de qué habla. Levanta su ropa del piso de mi habitación, se viste rápido y se va a la cocina a hacerse un té. Apenas tengo tiempo de vestirme. Me pongo un par de cosas sólo para no estar desnuda y me voy a la cocina porque sé que todo el tiempo que demore, va a ser tiempo que voy a perder de su posible explicación. Al menos se hizo un té, pienso. Si quisiera irse ahora mismo, no se haría el desayuno. Pero también así es ella. Quiere irse pero le da culpa así que prepara el desayuno como para que esté todo bien. Cuando llego a la cocina me sonríe. No entiendo nada. Yo sé que lo del traqueteo del tren lo dice en broma. Pero esta vez lo dijo en otro tono. Fastidida. Le pregunto si puso agua para mí también. Dice que sí. Todavía hace té para dos. Estoy salvada. O relativamente salvada. No sé si retomar la discusión o hacer como si aquí no ha pasado nada. Voy al baño a lavarme los dientes. Mientras la escucho buscar las tazas (me gusta que se sienta cómoda en casa, que sienta que es como su casa) trato de acordarme qué pasó ayer, qué dije, qué hice que la puso así. Todo normal. Comimos, cogimos, dormimos. No parecería haber nada en mi conducta que pudiera haberla enojado. Pero no es enojo lo que le pasa. Es algo peor. No quiero ni pensarlo, pero por su tono lo deduzco. Ya va siendo ese momento. El momento en el que ella se cansa de mí. Quisiera decir que no sé qué hago, pero sé bien lo que hago. Sé exactamente lo que la espanta, pero no puedo evitarlo. Salgo del baño. Ella está tomando el té apoyada contra la mesada de la cocina. Eso significa que ya se va. Si quisiera quedarse más tiempo se hubiera sentado en el living. Hubiera puesto los individuales, hubiera agarrado unas galletitas, ella sabe dónde las tengo. Pero no. Está tomando el té en la cocina, a las apuradas como si fuera uno de esos días de semana en los que se quedaba dormida y tenía que salir corriendo al trabajo pero con algo en el estómago y entonces mientras ella se lavaba la cara yo le hacía un té y se lo tomaba rápido y se iba y a veces, sin querer, de tanto apuro me saludaba con un beso en el cachete. Cuando me daba esos besos yo sentía que no iba a volver a verla, pero después una llamada telefónica, un mensaje de texto. Después ella y su risa y sus ganas de hablar conmigo y entonces seguramente nos veríamos el próximo fin de semana y todo volvería a estar en su sitio. Pero ahora nada está en su sitio. Esa cara. No quiero saberlo, no quiero ni preguntarlo, pero esa cara me lo está diciendo. Agarro mi taza de té y me apuro a tomarla. El ritmo acelerado de ella se me imprime. No sé porqué me apuro. Creo que si termino el té al mismo tiempo que ella, de alguna manera algo va a emparejarse. Me quemo la lengua un poco. No importa. No hay nada que quiera decir. Este es uno de esos momentos en los que me pongo tan nerviosa que el cerebro directamente decide abandonarme y todo lo que digo sale de no sé dónde. De la boca o del culo. Pero, por supuesto, la curiosidad me domina y hablo. Hablo con el culo y digo cosas que sólo un culo podría decir. No tengo mucho registro de lo que estoy diciendo. Creo que hago un par de bromas. Ella se ríe. Con cada sonrisa siento que me salvo un poco. Pero no alcanza. Mi culo necesita saber todo. Qué le pasa. Qué dije. Qué hice. No es lo que hiciste, me dice; es algo mío. La puta, pienso. Eso quiere decir que no es algo de ella, que es algo mío. Que algo hice. Y sé lo que hice. Prometí no hacerlo pero lo hice. Se nota. La puta, la re puta. Me enamoré. Y se me nota. No quiero que hable más, pero habla. Ahora ya está. Va a decir todo lo que no quiero escuchar. Todo lo que ya sé. No va a decir que el problema es que yo me enamoré y ella no. Va a decir otras cosas. Eufemismos. Pero las dos vamos a saber lo que está queriendo decir. Ahí está. Lo está diciendo. Yo casi no puedo escucharla. Hay palabras que ruego que no diga. Si yo pudiera, en este momento, arrodillarme y pedirle algunas cosas a dios, lo haría. Soy atea, pero juro que lo haría. Ahora dice que no sabe si tiene sentido vernos, dadas las condiciones. Dadas las condiciones yo me pegaría un tiro. Eso no se lo digo porque me suena muy telenovelero, pero lo pienso fuerte para ver si de alguna manera se lo transmito por telepatía. Me dice que qué me pasa con esa cara de loca que tengo. La telepatía evidentemente no funcionó. Le digo que no me pasa nada. Que es mejor que nos tomemos todo con calma. ¡Con calma! Qué caradura. Estoy a punto de ir a París sólo para tirarme al Sena y tener un final medianamente poético y le digo que nos tomemos todo con calma. Hablando de tomar, me acuerdo que no me terminé el té. Está medio frío pero me lo tomo igual. Ella ya se lo terminó. Entonces ya está: nada va a emparejarse. Yo estoy enamorada y ella no. Pienso en lo que hicimos ayer: comimos, cogimos, dormimos. Pero comimos una comidita que le hice yo con todo amor, cogimos escuchando música lenta y nos dormimos abrazadas (yo la abracé a ella, claro). Estoy enamorada y se nota. Ella lo sabe. Quiero hacer algo, lo que sea, para que las cosas no sean como son. Para que todo lo que es evidente se le haga confuso. Le digo que no es tan terrible, que podemos ir de a poco. Pero ya está. No hay ritmo que nos equipare. Ella se terminó el té y está lista para irse. Va a ser mejor que dejemos de vernos, me dice.
Ella se va y estoy segura que va a cumplir su promesa de no volver a verme. Ahora sí me tiro al Sena. Pero primero lavo los platos, o mejor dicho las tazas. Las últimas dos tazas. Yo ni siquiera me tomé la mitad del té y estoy sumergida en lo más profundo de la taza, entre las hebras, entre el amor evidente, entre todas las idioteces que dije cuando estaba pensando con el culo.

domingo, 1 de abril de 2012

El fin de la pena

Soltarse,
pero no de una mujer.
Soltarse de la vida.
Dejar caer los harapos
y saltar.

Y nacer desnudo, como hay que nacer.
Hay vida después; la he visto.
No es la vida de la que se ha muerto.
Es la vida desnuda,
pero con algo que se trae de otro tiempo
limpio ya de sangre
y de baules.

Es el fin de la pena,
la verde y fresca vida.
Es la suerte de los desposeídos
que sólo tenemos los minutos nuevos.
Hasta que un estrépito nos empuje hacia otro salto
y vivamos naciendo
desnudos,
pero con algo que se trae
de todas las otras muertes.