miércoles, 17 de noviembre de 2010
Terapia de mierda
Me lanzo sobre su sillón casi recostada, pensando si esta vez me animaré a hacer diván. La sesión du jour lo amerita.
Segundos atrás, él me había preguntado cómo andaba, entre los besos de bienvenida. Nunca sé qué contestarle en esos breves pasos que nos llevan hasta su consultorio. ¿Bien? ¡Pero si estoy mal! ¿Cuándo es que Juan se convierte en Juan Terapista y ya puedo decirle que estoy mal, mal, requetemal!!!? Alguna vez tracé una línea esclarecedora: cuando cruzo el umbral del consultorio. Entonces él me pregunta: ¿cómo andás? Y yo estiro el "mmmbieeeeennnnmmmmmmhhhmmmm", atravieso la puerta y me enfrento a su cara de "es claro que no tan bien", mientras me sambuyo en el sillón en presurosa desición ¿me acuesto o no?, que no es poco.
Pero no, no estoy bien y no me acuesto. Prefiero mirarlo a la cara y seguir siendo tan informales como siempre o quizás sea porque me causa gracia y terror el diván. Ahora estamos en su consultorio y él es Juan Terapista y puedo decirle cómo estoy realmente.
- Conflictuaaadaaa.- Obvio, sino no estaría pagando sus honorarios semanales.
- Contame ¿qué te anda pasando?
- Mierdas, Juan, puras mierdas.
Aunque no quiero empezar así, por la mierda, entonces le digo que en el trabajo estoy más o menos bien, los amigos, lo que hice el fin de semana. Y eso, por suerte, me consume media sesión. Aunque cuando me doy cuenta que he logrado evitar los temas candentes, pienso que después deberé esperar aún otra semana para desembuchar las porquerías que tanto pinchan, así que me decido y desembucho en ese momento, venticinco minutos antes del fin de la sesión.
Por supuesto que siempre es el amor lo que consume mis horas terapéuticas. ¿Y las de quién no? Aunque algunos días pienso que soy absolutamente banal y que debería estar hablando de Edipos y traumas y grandes proyectos a futuro. Y me encantaría escuchar las sesiones de otros neuróticos para saber si hago bien pensando tanto en esas tipas que me hacen enrular los mechones de pelo con carita de niña de doce. Porque es claro que mi pasado merece más que diez minutos de Juan diciendo que mi madre y que con razón yo soy así y yo explicando que ya lo sé, que eso ya lo hablé en otras terapias ¡a mamá mona! y apuro todo porque en realidad a lo que vine es a contarle eso que ya los tiene repodridos a mis amigos y sólo puedo relatar por octava vez a quien recibe suculentas retribuciones monetarias. Pero además, no olvidemos, es al único a quien respeto. La palabra de él para mí es santa. Y hago todo lo que me dice porque así después al menos, si enloquezco, puedo aludir que hice todo lo que él aconsejó y que lo encierren a él también, pero obvio: en la misma salita que a mí.
Juan Terapista me escucha y a veces hace comentarios totalmente desquiciados como: ¿No será que está con otra mina? o ¿Te parece que ella tiene algún asunto con la madre? Y yo me pregunto cómo puede servirle esto a mi terapia pero él es chusma, creo (único motivo para que indague en las problemáticas de las minas que me aquejan) y entonces le digo lo que pienso y agrego: pero volvamos a mí...
Pero Juan, maldito Juan, a veces me dice lo justo. Y yo me quedo perpleja. Después de tantos años de terapias él logra sorprenderme. ¿Qué hago entonces? ¿vivir como él dice? Pero él me dice que viva como quiera, que haga lo que deseo, que busque siempre estar bien, que no me reprima, que sea yo misma. Maldito Juan. Como si eso fuera tan fácil. ¿Y si soy yo pero nadie me quiere? ¿y si soy yo pero ella no me quiere? Y si sí me quieren, pero ¿quién soy yo?
Y aunque Juan a veces me da tareas monumentales, como dejar a esa mina que me hace mal, armar un proyecto para el año que viene, empezar una actividad nueva o desoír los comentarios chotos de los allegados, yo siempre salgo cantando. Acongojada y todo, pero cantando. Y pienso que solucionar ciertas cuestiones me va a costar la vida, pero que si ahora estoy cantando, entonces algo debe estar un poquito mejor.
Qué terapia de mierda. Me confieso dependiente.
martes, 16 de noviembre de 2010
Con P de Pendeja
El golpe de gracia lo dio la pendeja hace unos días. Dieciocho añitos y ella, mi amiga, veintinueve. Ninguna boluda, mi amiga. O un poco, claro: cuando le dieron el golpe.
- Me invitó a bailar con las amigas y estuvo toda la noche histeriqueando a otras pibas. No me dio pelota jamás. Te juro que no la entiendo-. Me comentó mi amiga muy consternada, pero después aclaró: -Es un garche, nada más. Pero si no quiere garchar conmigo, ¿qué onda?
Claro, ese había sido el golpe. Todo bien mientras la pendeja le funcionara en modo "garche", como quien compra un lavarropas, pero no pretendan, ni vos ni ella, hacer papas fritas. Lavarropas lava ropas. Y sin embargo, yo me quejé un poco en nombre de la humanidad y le advertí: -No es un "garche", en todo caso es una persona, como vos, con la que tenés un vínculo sexual-. Ella no me entendió o no me quiso escuchar pero yo me niego a tratar a alguien como un aparato doméstico. Está bien que las funciones de una compañera de camas puedan ser limitadas, pero todos los vínculos tienen límites y no por eso vamos a menospreciar lo que se da de una manera tan pura como La Laguna Azul pero sin Brooke Shields.
Ese era el problema: la pendejita se le rebeló y no le dio más pelota. Y ella que le reclamaba, que la buscaba, que se la quería cojer, que no entendía nada.
Yo decidí, desde la época de los juegos en red, que ya no iba a entender nada de la juventud. Y eso fue hace un montón. O sea, que todavía faltaba que se vinieran los fotologs (y sus queridos floggers), los emos y todas las tribus, el sexo grupal entre niños, la proliferación de fotos zenitales, el vacuo "arre" (o "ah, re", corrección ortográfica inevitable) y todo otro montón de cosas que nunca conocí porque, como dije, había preferido dejar de entender antes que clavarme una patineta y un top y convertirme en una triste pendevieja. En vez de eso me dediqué a no darles más pelota y envejecer con gracia, entereza y un comité de vestidos hermosos.
Lo que no le dije a mi amiga es que a mí también me la metió bien metida una pendeja que se partía sola, pancito tierno, una cosa terrible. Pero cuando se pudrió de mí (y no duró nada, se pudrió esa misma noche), me mandó a volar y no me saludó más. Y yo tampoco entendí nada aquella vez y me la tuve que fumar como un sorete prendido en una punta. Esa fue una de las tantas cosas que no entendí jamás de la nueva generación de gente. Y eso que yo me aseveraba que hasta hacía tan poquito había estado adentro de la pomada, que entonces cómo no iba a entender si yo también había transitado los dieciocho, diecinueve, veinte, veinticuatro y así. ¿Cómo no iba a entender? Pero no, no entendía.
Así, después de que mi amiga me repitió por décima vez que no entendía porqué esa pibita le había hecho todas esas cosas horribles, y luego de hacer mi flashback de veinte minutos a aquella escena de boliche con mi pendeja de ocasión, volví al presente y en su onceavo "¡Esa hija de puta, te juro que no la entiendo!", le dije:
- Es que esa Hija de Puta, tiene P de Pendeja. Para que la entiendas, deberías tener dieciocho años como ella o comportarte como tal, cosa que quedaría horrible, así que menos mal que no.
Antes de terminar la charla, quise abofetearla a ver si se le pasaba la demencia infantil, pero estábamos hablando por teléfono.
No faltará oportunidad.
miércoles, 10 de noviembre de 2010
Cancherita
La Piba se había enamorado, o algo así. Y digo "algo así" porque ella no me permitiría decir una cosa tan determinante como "enamorado". Pero si lo cuento yo, digo firmemente que se había enamorado. De esos amores que sólo se demoran lo que tarda en llegar la información de las rutas de la percepción hacia el cerebro. Después todo lo demás fue confirmarme en interminables charlas telefónicas que sí, que esa mina le encantaba.
La Piba no tiene muchos mambos. Quiere amar una mujer de lindos colores, que haga algo interesante con sus manos (artes o lo que sea que pueda hacer una noche generosa). Es buena piba, pero yo le doy mi peor diagnóstico: Piba, lo lamento, pero te enamoraste de una cancherita.
La cancherita viene en varios formatos.
Yo siempre me enojo con las que tuvieron la vida fácil, las culturosas de clase media alta, que desde que eran un canapé en pañales tuvieron un acceso fluído al capital cultural y que entonces ahora, de grandes, saben de fotografía, música, cine, moda. ¿Cómo no ser cancheritas? Casi que les sale natural.
Claro que están las otras, las seriamente golpeadas por la vida. Las que se criaron desde abajo y saben poco de todo. El cancherismo es para ellas lo único que las mantiene en pie y -creen- las destaca del populacho. Con esas no me enojo, pobrecitas. Fama vacía, que le dicen. Por culto a la imagen, adoran sacarse millones de fotos, todas desde arriba para que les dé mejor el ángulo (y tiran un toque de trompa, obvio). Pero tanto golpe les suele dar un aguante que ¡mamita! No se achican por nada. Cancherean a pecho firme. Con esas me enganchaba yo. Cancheritas de drogas y alcohol, de boliches, de placita. Carrocería abollada, pero ¡un motorrrr!
Pero la Piba, por lo que yo veo, se enamoró de una canchera del primer grupo. Y a esas, ¿cómo las bajás? Ellas saben que merecen estar ahí. No van a estar descendiendo al pueblo. Y si bajan, es para deglutirse a una de las otras cancheritas, las golpeadas, que acceden a las cancheritas culturosas por la senda de la chotez, antes que por mérito de bondad o sabiduría. ¿Qué digo? Que es más fácil levantar una culturosa haciéndole entender que te importa muy poco su existencia más que porque, como la Piba, sos buena gente, tenés una energía divina, laburaste mucho tu espíritu y esas giladas. La cancherita no cree en esas cosas. Para ella son jipiadas.
La Piba cree que hay mucho más en su cancherita que simple cancherismo. Dice que ella siente que no es tan así. Pero en todo su ejercicio la cancherita de sus sueños no hace más que cambiarse de lugar la corona. Y yo le digo que esa mina hoy en día no tiene nada para darle. Que esa no es una Mujer (de esas con mayúscula que tanto buscamos). Es una calcomanía pegada encima de una mujer.
Y sí, si la cancherita crece un poco y se asoma a otras existencias, puede llegar a darse cuenta que hay algo más en este planeta que relaciones dispares. Porque imagino que la cancherita cancherea porque sólo puede configurar que en un vínculo hay alguien por encima y alguien por debajo. Y estar por debajo no es nada divertido. Aunque alguien sólo puede conocer el "debajo" si alguna vez estuvo ahí. Entonces quizás la cancherita cancherea porque en sus adentros, hay debajos.
Pero si crece... Piba, si crece, estás salvada.
Habrá que esperar a ver si se riega un poco las plantas de los pies.
viernes, 5 de noviembre de 2010
Orgullo
A lo largo de los 8 años que vengo participando de las Marchas del Orgullo LGBT he escuchado todo tipo de expresiones en contra de esta movilización, pero la que más me ha llamado la atención es aquella argumentación, largamente escuchada, que se opone a marchar en favor del "Orgullo" gay.
Es evidente que este término abre el debate. Los que exponen su posición contra la utilización de la palabra "orgullo" explican que, para ellos ser gay, les, trans o bi, no es una cuestión de orgullo sino que debiera tomarse como algo meramente natural.
Estoy de acuerdo. Es necesario naturalizar las diversas identidades sexuales. Pero para lograrlo, primero, hay que hacer mucho ruido.
VISIBILIDAD
Las marchas del orgullo a lo largo del mundo, desde sus comienzos, plantearon la idea de hacerse visibles. Salir del clóset como acto revolucionario. En este caso, la revolución no tenía que ver con derrocar un gobierno, sino con derribar todos los elementos de la cultura que impedían sincerarse con uno mismo y con el afuera. El peor de los enemigos: la vergüenza. La meta: decir la verdad. La forma de lograrlo: sintiendo orgullo por ser lo que cada uno es.
Año tras año, las "Gay pride" del mundo se fueron haciendo más multitudinarias. Y en Argentina yo misma lo vi: desde la primer marcha a la que fui, en 2002, la cantidad de gente ciertamente se ha cuadruplicado. Cuando algo se hace tan masivo, es imposible silenciarlo. El alarido incontenible, siempre, me llena de orgullo.
CRÍMENES CONTRA LA HUMANIDAD
Algo me moviliza particularmente en ésta y otras marchas a las que elijo asistir: la sensación de que no lo estoy eligiendo. Para mí manifestarme con respecto a ciertos asuntos es una necesidad irrefrenable. En las primeras marchas, no voy a mentir, sabía que iba a mirar minitas. Pero todo te llega. Es imposible que algo de esa información no se te cuele entre la dopamina y pegue en la neurona correcta.
Y así llegué a entender que no podemos olvidar la violencia de género que ha cobrado víctimas lejanas y recientes. No podemos ignorar la discriminación, las caras de asco, el derecho de admisión, las agresiones, los asesinatos. No podemos desatender lo difícil que es para las trans conseguir un trabajo que no esté relacionado con la prostitución. O lo complejo que debe ser vivir bajo una identidad que no es la propia. No podemos dejar atrás los cientos de vidas perdidas por el HIV y la desinformación, después de habérselo achacado todo a la "promiscuidad" homosexual (que continúan siendo un grupo de riesgo a la hora de donar sangre). No podemos olvidarnos de Natalia Gaitán.
Ante eso, no nos escondemos. Marchamos firmes de espíritu. Impregnados de orgullo.
HERMANOS
Las manifestaciones masivas tienen un espíritu de comunión que nos llena de la emoción de hermanarnos. Lo específicamente interesante de la marcha GLTB es que nos hermana con gente de toda índole. No sólo de diferentes orientaciones sexuales, sino de todo tipo de entornos, edades, culturas, estratos. Ahí es donde se ve plasmada la diversidad que tanto celebramos. Suficiente para decirme orgullosa: en la marcha en la que marcho, se aceptan todas las versiones de vida.
IGUALES
María Rachid admite que el proyecto de Matrimonio Igualitario, no surgió de buenas a primeras. En la Federación iban por la Unión Civil a nivel nacional, porque pedir más era imposible. Pero pronto cayeron en cuenta de que ir por la Unión Civil era seguir habitando ese entrepiso inconcluso de ser menos ciudadanos que cualquier otro. Hubo que cambiar el enfoque y desde ese lugar comenzar la lucha. Marchábamos bajo la consigna de lograr los mismos derechos para todos. ¿Y los mismos derechos por qué? Porque somos iguales. Somos tan humanos, como el que más. Desde ese lado se da la pelea. ¡Y mierda que se pelea! Incluso hoy, que se ha conseguido la utopía del Matrimonio Civil. Inmensa razón para sentirme orgullosa.
CONVOCATORIA
Yo marcho en las movilizaciones en las que me siento convocada. Hay algo en mí que se ve llamado a participar. Como me pasa con otras causas, la causa GLTB me convoca. Es mi nombre más profundo. Me da identidad, me cuenta quién soy. Y poco me importa si alguien va en tetas o si un musculoso glitereado se cuelga de algún camión promocional de un boliche. Mi causa es la misma que la de los demás, aunque mi idioscincracia sea otra. La causa colectiva es más grande que cualquiera de los individuos que marchan.
Es la causa la que nos convoca.
En esta marcha, después de haber conquistado el objetivo de la Ley de Matrimonio, la consigna central exige que se haga ley un proyecto muy ansiado para un gran estrato de la comunidad GLTB: La Identidad de Género. Una causa controversial que pone en debate, como la ley del 15 de julio pasado, los pilares del sistema de creencias de una sociedad que necesita abrir los ojos para empezar a salvarse. Y nosotros estamos al frente de esa transformación.
Somos el ruido incesante que desnuda las vergüenzas.
Por eso marcho con orgullo. Porque el orgullo debiera sentirse orgulloso de habernos acompañado todos estos años.
lunes, 1 de noviembre de 2010
GPS del bochorno de la Señora Bien
Dicen que en el 2012 se acaba todo.
Y yo estoy empezando a creerlo porque las señoronas decentes no pueden ni escupir en la calle sin pegarle a una pareja de sandracelestes besuqueras.
- Mirá, mirá... dos tortas!- me dice mi amigota espiando desde la ventana de su edificio.
- Ay... se aman-, digo yo, en mi tono susanoide.
- ¿Seran?
- Sí, miralas cómo se miran. Una tiene mochila, la otra no. Eso es que durmieron juntitas y ahora ella se vuelve a la casa y su chonguita la acompañó a la parada. ¡El ABC!
Entonces mi amigota y yo hacemos el "aaaaaaaayyyy" pertinente y nos llenamos las sonrisas de primaveras de amor al más chabacán estilo Palito-Evangelina.
Ella me dice que la tortez deambula su barrio todos los días. Yo quiero tildarnos de mironas (porque lo somos), pero también sé que hay barrios que promueven homosexualidades varias.
Uno de los barrios más característicos de esta geografía de lo impúdico, es la familiar y fúnebre Chacarita (o lo que yo llamo Chacarita, que en realidad abarca la zona de Colegiales, Parque Chaz, Villa Ortúzar y aledaños, pero que me da muchísima fiaca diferenciar). Desde ahí, la muy mirona de mi amiga, detecta escenas como la recién narrada u ocasionales escándalos lésbicos de señoritas salidas de un boliche cercano.
Y hablando de boliches, hay que aclarar que nunca es casual que alguien se mude al barrio de Almagro. Así como los putos alguna vez eligieron Recoleta (aunque para mí Santa Fe y Pueyrredón es más Once que otra cosa, pero si ellos quieren sentirse importantes, le diremos Recoleta, pue'). Almagro, cuna de la bolicheada tortilleril, alberga a quienes aseguran jamás haber pisado lugares de esa índole, pero entonces ¿por qué eligieron JUSTO esa zona? ¿Casualidad? No me hagas reír las patas, diría mi padre.
Por supuesto que hay tortas en Palermo y barrios contiguos como Villa Crespo. Zonas cómodas si las hay. Todos los bondis te dejan bien. Y es exactamente lo que busca la torta que habita esas regiones: facilidad para que una pueda llegar a sus casas. Y ese plan, sinceramente, tiene éxito. Muy bien pensado... y no de carambola.
En Barrio Norte y Belgrano habitan las tortas temáticas. Darkies, Punkies, Góticas y todas esas bisexuales loquitas que dicen que les da lo mismo cualquier cuerpo pero que terminan siendo unas jodidas y con razón tanta cosa extraña en la ropa... estabas desquiciada en serio.
Yéndose a las lejanías, en zonas no tan agraciadas, encontramos a la torta que no quiere caerse del mapa de Capital Federal, pero que la pelea con uñas y dientes. La torta de Congreso y la de Flores/Floresta. Esto requiere que la lesbianuda que mora en esos territorios utilice un nivel de convencimiento mayor. Pero ojo: no te pagan un taxi, ni se mueven adonde vos estás. Terminás moviéndote vos. Pensarás, entonces: ¿cómo lo logran? Simplemente porque en general son chonguitas arremetedoras y de buenas promesas. Entonces, parece, el viaje vale la pena.
Del otro lado de General Paz, no se olviden, el Sur también existe. Lanús, Quilmes. Hervidero de tortas. Y ahí sí que están las chongas de pura cepa. A nadie se le quiebra una uña por nada. En el Oeste, dicen, está el agite (y no se equivocan). La gente de Gran Buenos Aires ha vivido viajando a Capital en cualquier horario, todo sea por pegar una buena movida, no como la muerte de Provincia, así que se las bancan todas. Tortas todo terreno, listas para cualquier situación. Si te agarra una de esas, cagaste. De ahí a una relación estás a un paso; te tuviste que quedar tantas veces a dormir (porque la vuelta a tu casa es un bardo), que sin darte cuenta estás lavándole los platos y ajustando el despertador para irte de ahí directo al laburo. Y eso, más seguido de lo que planeaste.
Así que será hora de ir programando los GePeSes, para no caer en las Chongo-Comarcas de la geografía bonaerense. Digo, a las señoras bien que quieran evitarse el bochorno. Yo, en cambio, tomo bondis a Chacarita, Palermo, Villa Crespo, Flores...
Madre
La Paz, Bolivia tiene una población que se desborda del mapa. Tanto, que hacen casitas que llegan hasta las nubes y tienen cientos de minibuses que cuando pasás te pisan, te lo prometo que si hace falta te pisan y no les importa porque igual hay muchísima más gente en ese enjambre. Y eso es a lo que ellos llaman La Paz.
En Buenos Aires no sé qué aires pueden llamarse buenos. Una verdulera se olvida de darme medio kilo de tomates que le pedí y cuando vuelvo al negocio a reclamarle, una señora me dice: no te lo va a dar, es peruana, los peruanos y los chinos son todos iguales.
Tampoco entiendo qué tiene de "federal" la ombliguda Capital; un oxímoron ridículo que es sólo el principio de toda la serie de antagonismos violentos que transpiran los días de la ciudad.
El miedo, la velocidad, la compra y la venta. El índice de desempleo, las agencias de noticias, el precio del dólar, me cierra el banco, vuelva mañana, está despedido. La oferta, la demanda, los medios de incomunicación, ringtones, reprobado, venga en marzo, empujones, bocinas, aspirinas, celulares, propagandas, after office, brindis de fin de año.
Urbanidad. Ese chiste de encimarnos para vivir cada día más lejos.
Y yo, huérfana de año completo, soy llamada por la madre de todos.
La tierra me busca. Se hace fuego en mis venas, agua de mis ojos, viento nocturno. La tierra me grita y yo le grito a la tierra. Un año entero de exhalar su bondad en esta propiedad foránea a la que llamo hogar. Un hogar en el que nunca me encuentro. Y una nostalgia de vidas pasadas, ancestros de los cuatro vientos, cazadores, recolectores, hijos color piedra, corazones terracota. Te extraño, vida. Te extraño, madre.
En el silencio hago mi promesa:
volveré pronto, tierrita.
A la madre, a mí:
volveré pronto.
Ojalá.
miércoles, 20 de octubre de 2010
Pingüinos enlatados
Como quien abre una lata de salsa de tomate y se encuentra un pingüino despampanante, vos resultaste ser tanto más que ese puré colorado que yo había decidido comprar.
Pingüinito amable, lucecitas negras eran tus botones oculares. Y eras pluma voladora cada vez que te antojabas.
Tanto más que la delgada simpleza. Gordo pingüino, pancita blanca. Eras tanto más.
Y nos decíamos siempre, aunque éramos nunca.
Enanito juguetón, desde las profundidades del mar emergías de un salto sorpresivo y me besabas los párpados para cuidarme los sueños.
Y ahí estaba yo, como quien abre una lata de pingüinos enlatados y espera encontrarse con un bicho como cualquier otro, pero sacaste travieso tu pico picoteador y pica-que-te-pica me dejaste en una isla flotante, a la deriva del continente. Pingüino azabache, fabricante de maremotos, destilador de mis quietudes. Para darte las gracias, muchas gracias, por romperte en mi orilla, te regalé brisas onomatopéyicas, brisas de arenas blancas, espejitos de sol.
Como quien abre la vida en una lata. La vida que ya era vida antes de la lata, antes de abrir, antes del pingüino. Pero después, pingüino empetrolado, nos abandonamos en algún puerto. Y la vida quedó enlatada al vacío, desmenuzada, como un atún.
jueves, 14 de octubre de 2010
Mafalda
"No hay mal que dure cien años".
- Sí, pero hay males que hace rato peinan canas.
Algo así decía Mafalda en una de sus historietas. Yo se las robaba a mi abuela cuando me quedaba a dormir en su casa. Por alguna razón ella pensaba que era medianamente poético y ciertamente decorativo tener un cuadro de un payaso llorando en la habitación en la que dormían sus nietos. Cuando venían mis primas no había problema. Pero cuando me quedaba a dormir yo sola, ese payaso malicioso me espiaba los sueños. Entonces prefería devorarme de pe a pá las dos Mafaldas que habían quedado de la época en que mi mamá vivía con ellos.
Mafalda 3 y Mafalda 4. Ejemplares que todavía conservo. Y aunque he leído todos los números de la colección cientos de veces, esos dos son los que más han quedado en mi recuerdo, por haber sido fieles compañeros de las noches de insomnios y payasos asesinos.
De memoria me las sabía. Lo juro. Y me ofendía silenciosamente cuando alguien intentaba citarla con burdos errores. A veces me enojaba con la gente sólo por haber equivocado alguna palabra o porque le hayan adjudicado una frase de Miguelito a Felipe. De vez en cuando los corregía entre dientes... "Ah, sí, sí. Es cierto. Decía así como vos decís", admitían. "Mmmmmmsí...", respondía tranquilizándome una vez que el error había sido corregido.
Si Mafalda viviera hoy, ¿cómo sería?
Ojalá Mafalda se le haya rebelado un día a Quino y se haya ido por la vida, fuera del trazo que la apresaba a un cierto número de páginas y a un diario, semanario o libro de tira cómica.
Yo tengo la esperanza de verla algún día militando en la izquierda feminista, en algún encuentro de mujeres o simplemente fumándose un pucho en alguna reunión de amigos.
Si Mafalda viviera hoy, yo la besaría. Ella, probablemente pensaría que hay más en mí de Susanita que de Libertad. Yo intentaría explicarle que los años, que la burguesía, que una intenta pero...
Y ella se avergonzaría de que alguna vez, de chiquita, me hayan llamado como a ella: "Mafaldita". Pero ¿a quién no? Faltaba con ser un poco revoltosa y contestataria.
Hoy tengo más luchas en el tintero que en el papel. Más en el papel que en la mano. Más en la mano que sueltas, libradas, ejecutadas.
Pero ese empuje que me dio ella, prometo, me prometo, deconstruirlo, retransformarlo. No alcanza con haber intentado emularla.
A veces, si uno no vomita transformación, despertares, agitaciones, molotovs o lo que sea que nos quema en el cuerpo, entonces el cuerpo simplemente muere deshidratado por el baño María del cotidiano. Ese fuego lento que no incendia, sólo seca.
Mafalda, Mafaldita.
Dame luchas. Dame firmeza, dame proyectos. No dejes que me seque, como hoy. Rompamos la aridez diaria. Sino, ¿para qué tantos años de leerte?
Mafalda, Mafaldita, dame el sueño de despertar y dar la vida. Sino ¿para qué la vida?
sábado, 9 de octubre de 2010
Crónica de los amigohermanos
No hay peor exilio, que el exilio de uno mismo.
Algo así pienso cuando miro las fotos de Bariloche. Mis siete años, ungidos por un flequillo travieso y la panza contenta de papá abrazándome a mí y al grandote de mi hermano, que ya a los doce, casi lo superaba en altura. Mamá, del otro lado de la lente apretujaba en una misma toma a sus tres amores y al bosque de Arrayanes.
Ese es el último rollo de fotos en el que me veo.
Y después, el exilio de mí.
Durante varios años, por culpa de la culpa, subarrendé mi cuerpo a esa otra persona que fui y envié a las catacumbas de otro pueblo a todo lo que de mí intentaba ser libre. De vez en cuando, cuando mi yo prisionera se asomaba, siempre había alguien que la censuraba. Una maestra, la televisión, los pibes del barrio, mi grupo de amigos.
Pero como yo no era yo, sino una que portaba mi cuerpo y andaba robóticamente esperando a que todos le explicaran cómo era correcto vivir, tenía unos amigos que eran los que me aceptaban, siempre y cuando fuera como debía ser, sin quejarme demasiado, sin ser otra vez yo, es decir, siendo lo menos yo posible y bien encerradita esa rebelde malhumorada donde le correspondía.
Y no me fue tan mal. Tuve amigos, tuve hombres, tuve estudios, tuve novia. Una biografía que era la que tenía que ser, para que nadie me golpeara.
Y no me fue tan bien. Todo estaba apropiadamente adornado, pero la que habitaba en mí no conseguía encajarse completamente en el mundo. Se sentía sola cuando estaba entre la multitud. Lloraba a espaldas de sí y de frente se contaba mentiras. Sus amigos eran un cáliz en el que depositaba cansinamente sus insatisfacciones. Los veía alejarse o quizás ya vivían lejos, quizás ni siquiera hablaban su dialecto. Y por fin, de tanta pena, la que alquilaba mi cuerpo se murió. La mató la desesperanza de creer que mi ser estaba condenado a la miseria.
Entonces yo, en el exilio forzado, volví a mis calles, volví a mi cuerpo. Tomé el gobierno y me administré como creí adecuado: sin mirar a los costados; mirándome siempre para adentro. Y así fue la historia de la resurrección.
Cuando camino por el mundo aún me asusta la invasión de los coterráneos. El miedo al golpismo del ser, a que quieran derrocarme con sus sistemas de valores, con la ideología de lo correcto, con todo lo que yo debiera ser. Y así sucede que la gente me hace hace baruyo, me acosa, me burla, me ensordece.
Pero por suerte, a mi lado caminan ellos, los que andan las calles como peinándolas, los que me susurran caricias. Y vienen suaves como las sonrisas, a darme su mano desprejuiciada.
Son mis amigos. Los únicos que son tan verdaderos como la sangre que nos hermana viajando al mismo paso, encontrándonos aún en las diferencias, pidiéndonos nada. Amigos que cantan alegrías y no me exilian, me traen cada vez que me desvanezco en la ética de otros.
Algo así pienso cuando miro las fotos nuevas, las más actuales. Me veo a mí nuevamente, después de tantos años. Y los veo a ellos, llenos de luz, inundando de soles el espacio lindero.
Esos son mis amigohermanos. Ahora, que finalmente yo soy yo y ellos son ellos.
Algo así pienso cuando miro las fotos de Bariloche. Mis siete años, ungidos por un flequillo travieso y la panza contenta de papá abrazándome a mí y al grandote de mi hermano, que ya a los doce, casi lo superaba en altura. Mamá, del otro lado de la lente apretujaba en una misma toma a sus tres amores y al bosque de Arrayanes.
Ese es el último rollo de fotos en el que me veo.
Y después, el exilio de mí.
Durante varios años, por culpa de la culpa, subarrendé mi cuerpo a esa otra persona que fui y envié a las catacumbas de otro pueblo a todo lo que de mí intentaba ser libre. De vez en cuando, cuando mi yo prisionera se asomaba, siempre había alguien que la censuraba. Una maestra, la televisión, los pibes del barrio, mi grupo de amigos.
Pero como yo no era yo, sino una que portaba mi cuerpo y andaba robóticamente esperando a que todos le explicaran cómo era correcto vivir, tenía unos amigos que eran los que me aceptaban, siempre y cuando fuera como debía ser, sin quejarme demasiado, sin ser otra vez yo, es decir, siendo lo menos yo posible y bien encerradita esa rebelde malhumorada donde le correspondía.
Y no me fue tan mal. Tuve amigos, tuve hombres, tuve estudios, tuve novia. Una biografía que era la que tenía que ser, para que nadie me golpeara.
Y no me fue tan bien. Todo estaba apropiadamente adornado, pero la que habitaba en mí no conseguía encajarse completamente en el mundo. Se sentía sola cuando estaba entre la multitud. Lloraba a espaldas de sí y de frente se contaba mentiras. Sus amigos eran un cáliz en el que depositaba cansinamente sus insatisfacciones. Los veía alejarse o quizás ya vivían lejos, quizás ni siquiera hablaban su dialecto. Y por fin, de tanta pena, la que alquilaba mi cuerpo se murió. La mató la desesperanza de creer que mi ser estaba condenado a la miseria.
Entonces yo, en el exilio forzado, volví a mis calles, volví a mi cuerpo. Tomé el gobierno y me administré como creí adecuado: sin mirar a los costados; mirándome siempre para adentro. Y así fue la historia de la resurrección.
Cuando camino por el mundo aún me asusta la invasión de los coterráneos. El miedo al golpismo del ser, a que quieran derrocarme con sus sistemas de valores, con la ideología de lo correcto, con todo lo que yo debiera ser. Y así sucede que la gente me hace hace baruyo, me acosa, me burla, me ensordece.
Pero por suerte, a mi lado caminan ellos, los que andan las calles como peinándolas, los que me susurran caricias. Y vienen suaves como las sonrisas, a darme su mano desprejuiciada.
Son mis amigos. Los únicos que son tan verdaderos como la sangre que nos hermana viajando al mismo paso, encontrándonos aún en las diferencias, pidiéndonos nada. Amigos que cantan alegrías y no me exilian, me traen cada vez que me desvanezco en la ética de otros.
Algo así pienso cuando miro las fotos nuevas, las más actuales. Me veo a mí nuevamente, después de tantos años. Y los veo a ellos, llenos de luz, inundando de soles el espacio lindero.
Esos son mis amigohermanos. Ahora, que finalmente yo soy yo y ellos son ellos.
miércoles, 6 de octubre de 2010
Revolución
La revolución no duerme en el polvo.
Es aire susurrante,
que se condensa,
que se transforma.
Revolucionar no es rebelarse.
Rebelarse es resignar bajo protesta.
Protestar no es desatar.
Desatar es liberar y liberarse.
Pero la liberación es engranaje.
El acto asiduo de aprenderse.
Liberarse, aprenderse
es revolucionar.
El amor no se posee,
no se detenta ni se adquiere.
El amor es río tibio,
caudaloso cuando libre.
Libre es aquel que hace ríos,
arroyos sueltos,
sin formas,
sin cauces.
Una noche soñé un río.
Un torrente destejido
de una bufanda azul.
Soñé un beso.
Y con boca insurgente,
empapé las decencias.
Enfurecí, desaté, liberé.
En cada beso, hilaba un río.
En cada río, una revolución.
Una noche soñé un río.
Soñé un beso.
Y desperté.
La revolución, decía él,
es un acto de amor.
Pero el amor es, también,
un acto de revolución.
Llegará un día la hora del río.
Los besos serán fusiles
y todas las vergüenzas del mundo
quedarán perforadas.
¡A las armas!
Es aire susurrante,
que se condensa,
que se transforma.
Revolucionar no es rebelarse.
Rebelarse es resignar bajo protesta.
Protestar no es desatar.
Desatar es liberar y liberarse.
Pero la liberación es engranaje.
El acto asiduo de aprenderse.
Liberarse, aprenderse
es revolucionar.
El amor no se posee,
no se detenta ni se adquiere.
El amor es río tibio,
caudaloso cuando libre.
Libre es aquel que hace ríos,
arroyos sueltos,
sin formas,
sin cauces.
Una noche soñé un río.
Un torrente destejido
de una bufanda azul.
Soñé un beso.
Y con boca insurgente,
empapé las decencias.
Enfurecí, desaté, liberé.
En cada beso, hilaba un río.
En cada río, una revolución.
Una noche soñé un río.
Soñé un beso.
Y desperté.
La revolución, decía él,
es un acto de amor.
Pero el amor es, también,
un acto de revolución.
Llegará un día la hora del río.
Los besos serán fusiles
y todas las vergüenzas del mundo
quedarán perforadas.
¡A las armas!
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