miércoles, 20 de junio de 2012
Abanderada
Y usted me dice, señora, que no abandone mi carrera universitaria. Yo le voy a decir, escúcheme bien, que a mí me importa un cuerno su necesidad de terminar correctamente todo lo que se haya metido a hacer, sea carrera, trabajo, familia o pollo al horno. A mí no me interesa terminar nada, señora. No me preocupa ser coherente. No me afecta que usted o su marido vengan a preguntarme qué mal tengo, qué problema doméstico o motriz me aqueja como para ser incapaz de darle coto a lo que se me haya ocurrido empezar. Su marido, qué ejemplo, el licenciado en psicología que terminó las cosas lo suficientemente bien como para andar arrancándole cien pesos la hora de llanto a los que todavía creen que la mayoría de las soluciones de la vida se pueden descorchar de la cabeza.
A mí no me va a venir a decir que sus hijas son felices porque terminaron la carrera o porque usted las educó bien. No mienta, señora. Si cierra un poco el pico, quizás escuche que a su hija no le saca un gemido el marido desde septiembre de 2010. Y eso que viven bien y que están terminando de pagar el crédito de la casa. Al que seguro educó bien fue a su hijo menor, flor de puto. Lo conocían en el barrio porque le tiraba la goma a los del club Matreros. Quién hubiera pensado una cosa así de los rugbiers. Pero ya unos cuantos se habían pasado el teléfono de su hijo. Y usted tan contenta de que Fernandito tuviera tantos amigos. Él sí que no tenía problema en acabar lo que había empezado.
Señora, présteme atención: antes la gente hacía el amor abanderada. Eso decía el Flaco. Abanderados. Y a usted no le importa. Entonces no me diga que no abandone mi carrera. No me diga que me importe algo de lo que usted sostiene.
¿Sabe qué? Yo nunca fui abanderada en la escuela, ni me llamaron para ser de esas boludas que se paraban a los costados. Como si eso fuera un orgullo. Prefería ser mala alumna, impertinente, última en la fila. Me ponía a hacer mímicas durante la entonación del himno nacional. ¿Qué diría Ortega y Gasset? Mi madre tendría que haber sabido que un comienzo de ese tipo no auguraba buenos finales. Pero señora, acá ya no hay abanderados del amor. Eso es lo que a mí me incumbe. Yo dormiría todas las noches enfundada en la banda oficial, si fuera por mí. Sin embargo usted me dice que hay cosas más importantes. Una buena educación, un título, una actitud coherente, una conciencia limpia.
¿Conciencia limpia? Acá me ve. No me quita el sueño dejar la carrera, quemar la cena, trabajar a medias. Menos me importa si se sonroja porque me encanta ver una mujer en tetas. ¿Qué va a decir de mi conciencia? Si ya se espantaba por lo de la carrera, el lesbianismo me la hace mear encima.
Tenga en claro que usted es un asco de vecina. En este barrio bien podrían caerse todos muertos, y mucho no les falta, manga de dinosaurios, incapaces de movilizarse masivamente a menos que sea porque el último huracán les cortó el cable de la tele. Y mucho cuidado con la torta, la lesbianita de la esquina, la artista bolchevique, usted sabe, la que el otro día casi se agarra con el del almacén por algo de política, ya vio cómo estamos, con la inflación y estos tipos que para robar un auto le pegan a cualquiera un tiro en la cabeza. A mí todo eso me importa menos que lo que a usted le importa saber que el mundo se nos está viniendo abajo.
Sígame lo que le digo: acá la gente ya no hace el amor abanderada. Da vergüenza el amor. Lo mejor que una puede hacer es terminar una carrera, comprarse un terrenito para edificar y procurar que nunca se le note demasiado el amor. Con las tripas afuera, no. Mejor viene siendo no comprometerse con nada, evitar cualquier riesgo. Levedad, señora, ni se nos ocurra dejar salir las intensidades. Hay que cuidarse y no quemarse las garras. No salir al sol, no decir que una ama, ama y ama hasta que se le chamuscan las vísceras. Esto sí me compete, señora: la gente de todo el mundo se ha guardado las banderas.
jueves, 14 de junio de 2012
Cambio de paradigma
El miércoles estuvo lleno de tortas. Esto me informan en el bar hoy, jueves. Así vivo, desfazada de la tortez. ¿Qué pasó en definitiva con la mina que me gustaba del bar? Nada. No la crucé más. Para mejorar la balanza ahora parece que el bar se está llenando de tortas algún que otro día. Lamentablemente son esas tortitas hipsters que tanto detesto. No sé qué hacen. Se juntan entre ellas y yo estoy en la otra punta rodeada de los chochamu. Yo miro, pero realmente en esas minas no hay nada para ver.
El otro día cayó una alemana morocha muy linda y jugamos un partido de metegol. Me ganó ella y toda su chonguez. Esa fue la situación más romántica que viví estos últimos meses. Después cayeron dos tipos a proponer un cuarteto (en el metegol, claro) y se rompió nuestra dinámica de pareja. Al rato la alemanota se dispuso a retirarse del bar pero antes de que se fuera, envalentonada, le dije con una sonrisa "volvé, eh". Esto es todo lo que puedo hacer por ahora. Yo creo que eso es un intento de levante, pero los amigos me dicen que si no le pido algún tipo de contacto (teléfono, facebook, etc.) no cuenta. Para mí, mi sonrisa fue un montón. No sé chonguear, pero juro que le estoy poniendo mucha pila.
Esto está intensificado por el hecho de que ultimamente siento que tengo muy poco para perder. No sé si por desencanto o entereza, cada vez me importa menos lo que la gente piense de mí. Si es por desencanto, culpo todos los dolores que provocan las mujeres. Si es por entereza, tengo que atribuirle gran parte de ese mérito al arte. Pase lo que pase, habrá arte. Tengo pinturas y tengo escritura y tengo amigos que me abrazan y hay música y entonces, de verdad, eso me compone.
Pero en definitiva siento en mí un cambio de paradigma. Lo digo en las palabras más académicas que existen, pero realmente esto que me pasa es un cambio de paradigma amoroso. Lo raro del mayor dolor que una persona puede sentir, es que motoriza (si estás atenta) una serie de cambios profundos. Esto se lo digo a las mujeres que de vez en cuando me lloran sus crisis amorosas. Me incluyo porque yo también he llorado. Pero lo cierto es que la crisis motoriza un cambio radical.
¿En qué consiste mi cambio de paradigma amoroso? En un par de cuestiones que estoy empezando a reconocer no desde lo teórico sino desde lo práctico. Quiero decir que este cambio va más allá de lo meramente pensado, sino que tiene que ver con una cuestión que se me está enraizando en el cuerpo como una realidad concreta.
En primer lugar, desde un lugar bastante enriquecedor, está cambiando el tipo de mujer que me gusta. Antes, como buena histérica (en menor medida lo seguiré siendo, según los enfermos de la psicología que dicen que la estructura de la neurosis no cambia), me encantaban las mujeres que no me daban pelota. Es decir que ni bien una mina se embelezaba conmigo, se tragaba mi cuentito personal y todo eso, listo, estaba afuera. La que me gustaba era la que casi no me llevaba el apunte. A la que le tenía que insistir. Lamento que muchas se sientan familiarizadas con esta situación. Es triste que elijamos durante tanto tiempo mujeres que sólo pueden darnos frustración y dolor. No entiendo qué tipo de relaciones nos planteamos tener. Esto es así: no hay posibilidad de estar bien si estamos con alguien a quien no le interesamos. Habría que preguntarse si queremos estar bien, si queremos que nuestra vida sea algo más que la eterna telenovela y si podemos ver que el amor existe en relaciones de bajo nivel de conflicto.
En mi caso se produjo un cambio de paradigma que se dio por cansancio. Me cansé de tanto problema, de ponerle tanto tiempo a situaciones que de amorosas no tenían nada. Y más que nada: no tengo tiempo. Hay demasiadas cosas en las que enfocar mi atención antes que la persecusión de una mina. Si está todo bien, entonces amémonos y ya o al menos compartamos un buen rato. Si está todo mal, es fácil: una se aviva rápido y huye. El tema es cuando no está todo ni mal ni bien y la mina te pone en esa situación horrible de yo qué sé y una las persigue y se termina transformando en la peor versión de sí misma. En ese caso, más que nunca: hay que avivarse y huir. Nadie merece ese tiempo y ese sufrimiento. Realmente creo que hay cosas más importantes para hacer con la energía que tenemos. Entonces me está pasando ahora, he aquí el cambio de paradigma, que sólo quiero estar con gente a la que le interese mi persona. Es bien simple pero, paradójicamente, de poca aplicación. Simple como: nos vemos, hablamos, cogemos y después cada una tiene la mente lo suficientemente limpia como para seguir haciendo cosas importantes y hermosas.
En segundo lugar, este cambio de paradigma parece indicar que estoy mucho menos hinchapelotas con las mujeres. El otro día, por ejemplo, me sorprendí mirando una mina de edad avanzada (reconozco que no son mi fuerte). También me estoy dando pie a conocer mujeres con las que no comparto cada pequeño detalle de la existencia. Sí, fui realmente MUY hinchapelotas. Si no coincidíamos estrechamente en todo lo que tiene que ver con la visión de la vida y otras cuestiones, esa mina no me interesaba. Pero bueno, ya está. La coincidencia tampoco garantiza el buen funcionamiento. Sigo sin adherir a la hipótesis de que los opuestos se atraen (en esto soy categórica). No me interesa chocar con mi opuesto, ya lo hice hace unos años y realmente -como una supone pero después se hace la boluda- esto no funciona. Pero sí me di cuenta que es menester aflojar un poco con las exigencias con el otro. Nunca se sabe qué te puede dar el otro y quizás realmente pueda aportarte muchas cosas, al menos en el momento presente. No podemos plantearnos todo en términos de futuro. El futuro es una mentira metafísica a la que adherimos para no volvernos locos. A riesgo de hacer una reflexión extremadamente jipi, creo que las cosas se van dando. Es extraño, pero si uno deja que la vida haga, la vida hace. Y te lleva. Por eso también me estoy desenojando con el curso de estos últimos tiempos que estuvieron plagados de dolor, pero ocasionalmente, de mucho aprendizaje y de una profunda transformación.
Todo esto es lo que hoy me compone. Lo digo así, sin una gran calidad literaria porque es lo que me sale a esta hora, en medio de una semana trágica en la que voy a tener que ponerme a estudiar mucho para la facu y no tengo ni un poco de tiempo para ponerme a escribir en un tono de mejor calidad. Pero esto es lo que me pasa ahora y tenía ganas de compartirlo esperando que en algún par de ojos haya un eco y algunas cosas puedan empezar a cambiar en forma colectiva. A ver si al menos nos empezamos a plantear una existencia un poco mejor.
Esto está intensificado por el hecho de que ultimamente siento que tengo muy poco para perder. No sé si por desencanto o entereza, cada vez me importa menos lo que la gente piense de mí. Si es por desencanto, culpo todos los dolores que provocan las mujeres. Si es por entereza, tengo que atribuirle gran parte de ese mérito al arte. Pase lo que pase, habrá arte. Tengo pinturas y tengo escritura y tengo amigos que me abrazan y hay música y entonces, de verdad, eso me compone.
Pero en definitiva siento en mí un cambio de paradigma. Lo digo en las palabras más académicas que existen, pero realmente esto que me pasa es un cambio de paradigma amoroso. Lo raro del mayor dolor que una persona puede sentir, es que motoriza (si estás atenta) una serie de cambios profundos. Esto se lo digo a las mujeres que de vez en cuando me lloran sus crisis amorosas. Me incluyo porque yo también he llorado. Pero lo cierto es que la crisis motoriza un cambio radical.
¿En qué consiste mi cambio de paradigma amoroso? En un par de cuestiones que estoy empezando a reconocer no desde lo teórico sino desde lo práctico. Quiero decir que este cambio va más allá de lo meramente pensado, sino que tiene que ver con una cuestión que se me está enraizando en el cuerpo como una realidad concreta.
En primer lugar, desde un lugar bastante enriquecedor, está cambiando el tipo de mujer que me gusta. Antes, como buena histérica (en menor medida lo seguiré siendo, según los enfermos de la psicología que dicen que la estructura de la neurosis no cambia), me encantaban las mujeres que no me daban pelota. Es decir que ni bien una mina se embelezaba conmigo, se tragaba mi cuentito personal y todo eso, listo, estaba afuera. La que me gustaba era la que casi no me llevaba el apunte. A la que le tenía que insistir. Lamento que muchas se sientan familiarizadas con esta situación. Es triste que elijamos durante tanto tiempo mujeres que sólo pueden darnos frustración y dolor. No entiendo qué tipo de relaciones nos planteamos tener. Esto es así: no hay posibilidad de estar bien si estamos con alguien a quien no le interesamos. Habría que preguntarse si queremos estar bien, si queremos que nuestra vida sea algo más que la eterna telenovela y si podemos ver que el amor existe en relaciones de bajo nivel de conflicto.
En mi caso se produjo un cambio de paradigma que se dio por cansancio. Me cansé de tanto problema, de ponerle tanto tiempo a situaciones que de amorosas no tenían nada. Y más que nada: no tengo tiempo. Hay demasiadas cosas en las que enfocar mi atención antes que la persecusión de una mina. Si está todo bien, entonces amémonos y ya o al menos compartamos un buen rato. Si está todo mal, es fácil: una se aviva rápido y huye. El tema es cuando no está todo ni mal ni bien y la mina te pone en esa situación horrible de yo qué sé y una las persigue y se termina transformando en la peor versión de sí misma. En ese caso, más que nunca: hay que avivarse y huir. Nadie merece ese tiempo y ese sufrimiento. Realmente creo que hay cosas más importantes para hacer con la energía que tenemos. Entonces me está pasando ahora, he aquí el cambio de paradigma, que sólo quiero estar con gente a la que le interese mi persona. Es bien simple pero, paradójicamente, de poca aplicación. Simple como: nos vemos, hablamos, cogemos y después cada una tiene la mente lo suficientemente limpia como para seguir haciendo cosas importantes y hermosas.
En segundo lugar, este cambio de paradigma parece indicar que estoy mucho menos hinchapelotas con las mujeres. El otro día, por ejemplo, me sorprendí mirando una mina de edad avanzada (reconozco que no son mi fuerte). También me estoy dando pie a conocer mujeres con las que no comparto cada pequeño detalle de la existencia. Sí, fui realmente MUY hinchapelotas. Si no coincidíamos estrechamente en todo lo que tiene que ver con la visión de la vida y otras cuestiones, esa mina no me interesaba. Pero bueno, ya está. La coincidencia tampoco garantiza el buen funcionamiento. Sigo sin adherir a la hipótesis de que los opuestos se atraen (en esto soy categórica). No me interesa chocar con mi opuesto, ya lo hice hace unos años y realmente -como una supone pero después se hace la boluda- esto no funciona. Pero sí me di cuenta que es menester aflojar un poco con las exigencias con el otro. Nunca se sabe qué te puede dar el otro y quizás realmente pueda aportarte muchas cosas, al menos en el momento presente. No podemos plantearnos todo en términos de futuro. El futuro es una mentira metafísica a la que adherimos para no volvernos locos. A riesgo de hacer una reflexión extremadamente jipi, creo que las cosas se van dando. Es extraño, pero si uno deja que la vida haga, la vida hace. Y te lleva. Por eso también me estoy desenojando con el curso de estos últimos tiempos que estuvieron plagados de dolor, pero ocasionalmente, de mucho aprendizaje y de una profunda transformación.
Todo esto es lo que hoy me compone. Lo digo así, sin una gran calidad literaria porque es lo que me sale a esta hora, en medio de una semana trágica en la que voy a tener que ponerme a estudiar mucho para la facu y no tengo ni un poco de tiempo para ponerme a escribir en un tono de mejor calidad. Pero esto es lo que me pasa ahora y tenía ganas de compartirlo esperando que en algún par de ojos haya un eco y algunas cosas puedan empezar a cambiar en forma colectiva. A ver si al menos nos empezamos a plantear una existencia un poco mejor.
lunes, 11 de junio de 2012
En el aire
Pero esa mujer era mía.
Y no era mía como un tomate.
Era mía como las venas
y aun a ambas les aguarda
la misma putrefacción.
Somos mortales.
Quiero decir: Nos morimos.
Esa mujer era mía y estaba viva.
Era mía como un resfrío.
Nos estamos oxidando, querida.
¿Entendés lo que significa?
Somos un tornillo.
Somos menos que un tornillo.
Nos desgranamos.
Vamos dejando caer nuestra arena
en el aire.
Ella era mía y estaba viva.
Nos íbamos pudriendo juntas,
muriendo juntas.
Y era la más tibia de las muertes.
¿Qué moribunda mujer te reclama ahora?
Dice "Es mía como esta mesa".
Y te vas con ella,
de bocanada en bocanada
perdiendo pelos, piel, uñas,
dejando la vida una en la otra,
una de mano a la otra.
Desgranándote,
yéndote del mundo
sin mí.
¿Qué podrida mujer te ampara
en esta noche pulmonar,
bronquiolítica,
mucosa?
Te pudrirás con otra.
Serás trizas de otra.
Ya no me atravesarás como mis venas.
No eras mía como un resfrío.
Eras mi resfrío.
Ya nunca diré "Esa mujer era mía".
Nos estamos muriendo, querida.
Vos con ella.
Yo en este resfrío
o en el próximo.
Y no era mía como un tomate.
Era mía como las venas
y aun a ambas les aguarda
la misma putrefacción.
Somos mortales.
Quiero decir: Nos morimos.
Esa mujer era mía y estaba viva.
Era mía como un resfrío.
Nos estamos oxidando, querida.
¿Entendés lo que significa?
Somos un tornillo.
Somos menos que un tornillo.
Nos desgranamos.
Vamos dejando caer nuestra arena
en el aire.
Ella era mía y estaba viva.
Nos íbamos pudriendo juntas,
muriendo juntas.
Y era la más tibia de las muertes.
¿Qué moribunda mujer te reclama ahora?
Dice "Es mía como esta mesa".
Y te vas con ella,
de bocanada en bocanada
perdiendo pelos, piel, uñas,
dejando la vida una en la otra,
una de mano a la otra.
Desgranándote,
yéndote del mundo
sin mí.
¿Qué podrida mujer te ampara
en esta noche pulmonar,
bronquiolítica,
mucosa?
Te pudrirás con otra.
Serás trizas de otra.
Ya no me atravesarás como mis venas.
No eras mía como un resfrío.
Eras mi resfrío.
Ya nunca diré "Esa mujer era mía".
Nos estamos muriendo, querida.
Vos con ella.
Yo en este resfrío
o en el próximo.
domingo, 13 de mayo de 2012
La piba del bar
El otro día, la piba linda que viene al bar que frecuento se apareció con uno de esos gorritos norteños, accesorio que no le hubiera perdonado a casi nadie pero, debo admitir, le quedaba bastante coqueto. Nos cruzamos en el bar al menos una vez por semana. Según mis cálculos, nos habremos visto ya unas quince veces, quizás más. Nunca le hablé. Pero tengo un inventario minucioso de su vestimenta. Una vez se vino con unos borcegos bajos color marrón, un short de jean y un saquito azul con rayas blancas. Divina (de las pocas veces que vino bien vestida porque en general es bastante así nomás, cosa que no me desagrada para nada). Sí, la tengo bien vista. Y este tipo de cuestiones no están nada buenas. Cuanto más me demoro en hablar con alguien, más alimento su canonización. Como ya vengo de canonizaciones pasadas sé muy bien que no conducen a nada. Yo no puedo tocar a una mina a la que he elevado a la categoría de santa. Entonces, mi acción no debe demorarse.
Me decidí a mostrar mi interés algunas semanas atrás. Por supuesto, no sé si es torta. El bar no es gay, pero suele atraer un público bastante diverso. Los amigos ya me preguntaron si tengo la certeza de su tortez. Les dije que no, pero que igual eso se sabe. No sé si lo sé por la vibra o porque estuve días examinándola. Yo digo que es por la vibra porque queda más copado. Esto es lo que observé durante lo que yo llamo "investigación de campo" (y que no tiene nada que ver con obsesión, así que shhh!!!):
1. No tiene rasgos físicos muy extremos (por ejemplo, determinado el corte de pelo), lo cual por ahora me había tenido confundida.
2. Usa ropa de torta: remeras lisas, jean, nada muy llamativo ni muy "femenino", pero también podría ser una heterosexual un toque masculina y aunque me guste su chonguez esto no es prueba suficiente.
3. Se para con las manos en los bolsillos. Punto a favor de la tortez.
4. La evaluación de su postura corporal dio como resultado que: no gesticula, tiene la espalda levemente encorvada -desgarbada diría yo- y es un poco seca en su expresión (pero sonríe re lindo). Siguen las probabilidades de tortez. Puntos a favor.
5. Tiene un piercing debajo de la boca. A mí no me jodas, eso agrega tortez. Más puntos a favor.
6. Muchas veces viene con un tipo, pero no hay ninguna implicancia romántica, se nota a leguas. Puntos.
7. La otra noche que hacía frío cuando salió a la calle a fumar se puso la capucha del buzo. Todos los puntos del planeta. He demostrado mi caso. Si no es torta, alguien tiene que avisarle.
A mí me gusta bastante su sonrisa, su piercing, ese algo que tiene así como de simpleza y de no fisura (se va temprano, no como yo) y mucho más me gusta que vaya a este bar que yo quiero tanto porque ahí está toda la posta del universo. Creo que si entiende porqué ese es el bar al que ella tiene que ir, es que entiende alguna de las verdades de la vida. Esto no es una exageración (y las que piensan que lo es, no van al bar y por eso no las quiero).
O sea que me propuse entrar en acción, pero como soy una torta bastante idiota, me sale fácil cancherear con los hombres pero no me sale en absoluto seducir a una mina. Simplemente no tengo idea qué hacer. No es una cuestión de género, es que me atolondro cuando algo me interesa. Es el miedo a la pérdida y todas esas cosas que antes hubiera hablado en terapia pero ahora me la soban. En definitiva, es necesario que entre en acción (cosa que en terapia se habla mucho, pero seguimos todos sentados en el sillón y nadie hace nada; y por eso uno se aburre y la deja). Entonces dije que le iba a poner mucho huevo a esto. No está bueno que en el bar yo siempre ando rodeada de amigos hombres y estoy constantemente siendo toqueteada por sus efusividades. Eso puede ser confuso para los propósitos de la conquista torteril. Pero a mí me gusta que me anden sobando, así que no les voy a decir a los muchachos que me dejen en paz. Si la mina entiende mis propósitos, que los entienda, sino es una tonta (y no se discute: o me ama, o es una tonta). Pero esto es lo que hice: la empecé a mirar bastante. Esta es la movida de cualquier torta pelotuda como yo. Yo la miro así bien fuerte, ella me mira y nadie hace nada. O nadie hizo nada, hasta hace unos días. Yo estaba esperando que la mina haga alguna movida... ¡loco, yo la miré un montón! Y me parece que es hora de que las cosas vengan a mí, quiero decir: que las minas vengan a mí, a mi bar, a mi espacio físico, a mi boca, a mi cama y así. Pero la mina, nada. Hay miradas, pero también puede ser que la tipa me mire por pura preocupación ante mi acoso visual. Todo esto es pura especulación, por eso sabía que era precisa otra movida, antes de que mis inseguridades me carcoman completamente el órgano racional que tan al pedo tengo ubicado en la cabeza. Así que creí que era hora de una proximidad física. Y eso hice. Pasé por al lado cuando la mina estaba parada en equis rincón del bar, fui afuera cuando la mina salió a fumar (pero no fui obvia, dénme un poco de crédito) y por si esto fuera poco, me lancé hacia lo que supuse una acción extrema: le pedí un cigarrillo a su amigo, que estaba parado al lado de ella. Le dije un par de cosas (a él, a ella ni mu) y me quedé fumando un toque hasta que vino un amigo y ellos se fueron. Con la flaca no crucé palabra, claro. Toda mi energía estuvo puesta en la proximidad física, pero más que eso no pude hacer.
Siento que ya estoy llevando las de perder. Por ahora no hice ninguna idiotez evidente, pero si no ejerzo alguna acción concreta, voy a quedar como una loca o una idiota y seré recordada como "esa mina del bar que me miraba tanto". O peor, hago movida y sale todo mal y después me la tengo que cruzar a la mina una vez por semana en el bar. No es tan terrible, pero tengamos en cuenta que vengo un toque golpeada de historias anteriores. Y ando a los gritos contra la vida, diciendo que todo lo que me pasó fue una injusticia así que lo mínimo que espero es algún tipo de retribución por parte de la vida hacia mí que he sido tan buenita (bueno, no tanto, pero yo digo que sí). Aunque si la vida ha sido injusta, no tendría razón para no volver a serlo. O quizás no es que en esta vida yo tenga que andar con minas sino, no sé, curar el hambre, ser diputada o tener una casa llena de gatos. Quién sabe. Yo no quiero ser la loca de los gatos. A mí me gustaría ahora tener una torta que me caliente la cama en invierno o algo así. Y como hace rato que no me soban más que los amigos pretendo tener los huevos suficientes (esto es un eufemismo, por supuesto, lo aclaro para quien ande con el dedito feminista preparado para disparar) como para ver qué onda con esta mina.
Aunque esta cuestión pueda no parecer gran cosa, aquí les explico: hace rato que estoy en una situación de mucho amor propio en detrimento del amor hacia las minas, entonces hace tiempo que no me gusta nadie, que ninguna tipa me conmueve o me genera una mínima curiosidad. Por eso digo que esto para mí es un montón. Y quiero ponerle mucho huevo, hacer las cosas de una manera diferente a como las hice siempre. Por suerte estoy en un bar, donde abunda el alcohol y eso ayuda bastante a la gente que, como yo, no tiene nada de huevos.
Sólo me queda encomendarme a alguna virgen del valle -de las pocas vírgenes que quedan porque las de la ciudad ya andan todas usadas- y ver qué va pasando en las próximas semanas.
Y sino siempre tendremos pornotube.
Sobre el cierre del blog
"Entonces escribir es el modo
de quien tiene a la palabra como carnada:
la palabra pescando lo que no es palabra".
Clarice Lispector
Cerré el blog con total convicción. Harta de escribir, harta no del lesbianismo pero sí de quienes lo detentan, harta especialmente de la palabra. Por eso tampoco tuve, hasta ahora, la idea de volver a abrirlo.
Pero no espero de mí ninguna coherencia. La coherencia es el lustre de los quietos. Espero de mí la incomodidad, la transformación. Me planteo con alegría ser totalmente incoherente.
Por eso cuando se empieza a escribir un blog en 2009, es esperable que algo cambie. O que todo cambie. Ya no soy lo que era. Casi nada de mí guarda relación con lo que fui hace tres años. De hecho, poco de mí se parece a quien era hace algunos meses. Cerré el blog porque no quería decir nada con palabras y menos quería decir sobre el tema al que refiere el blog. Tengo poco para hablar sobre las tortas. Sólo un pequeñísimo detalle: que yo soy torta. Y algo aún mayor: que aunque las esquive, las palabras van a seguir empujándose de mí, para pescar todo eso que no es palabra.
No sé realmente gran cosa, salvo que si no hubiera encontrado el arte, qué sería la vida, algo como estar todos los días en un subte yendo a trabajar y una lista de supermercado y el correcto desempeño y la falta de excepciones y dormirse temprano para volver al subte y al trabajo y nada más. El arte es la verdad más grande que le he arrancado a la vida en este último tiempo.
Dejo abierto este blog sin saber qué va a pasar, qué voy a hacer, qué voy a ser. Quizás lo deje así, quizás vuelva a escribir. No sé. Será cuestión de ver qué hacen conmigo las palabras.
Pero no espero de mí ninguna coherencia. La coherencia es el lustre de los quietos. Espero de mí la incomodidad, la transformación. Me planteo con alegría ser totalmente incoherente.
Por eso cuando se empieza a escribir un blog en 2009, es esperable que algo cambie. O que todo cambie. Ya no soy lo que era. Casi nada de mí guarda relación con lo que fui hace tres años. De hecho, poco de mí se parece a quien era hace algunos meses. Cerré el blog porque no quería decir nada con palabras y menos quería decir sobre el tema al que refiere el blog. Tengo poco para hablar sobre las tortas. Sólo un pequeñísimo detalle: que yo soy torta. Y algo aún mayor: que aunque las esquive, las palabras van a seguir empujándose de mí, para pescar todo eso que no es palabra.
No sé realmente gran cosa, salvo que si no hubiera encontrado el arte, qué sería la vida, algo como estar todos los días en un subte yendo a trabajar y una lista de supermercado y el correcto desempeño y la falta de excepciones y dormirse temprano para volver al subte y al trabajo y nada más. El arte es la verdad más grande que le he arrancado a la vida en este último tiempo.
Dejo abierto este blog sin saber qué va a pasar, qué voy a hacer, qué voy a ser. Quizás lo deje así, quizás vuelva a escribir. No sé. Será cuestión de ver qué hacen conmigo las palabras.
miércoles, 25 de abril de 2012
Té para dos
¿Cuánto tiempo más voy a tener que aguantar este traqueteo? Ella me dice que cuando me levanto tengo voz de traqueteo de tren sobre vías oxidadas y cuántos días más va a tener que aguantar todo eso. Yo le digo que se calme, que esta no es manera de hablarme. Recién me despierto, le digo. Ella dice que está harta. Dice podrida, en realidad. Estoy podrida. Yo no entiendo de qué habla. Levanta su ropa del piso de mi habitación, se viste rápido y se va a la cocina a hacerse un té. Apenas tengo tiempo de vestirme. Me pongo un par de cosas sólo para no estar desnuda y me voy a la cocina porque sé que todo el tiempo que demore, va a ser tiempo que voy a perder de su posible explicación. Al menos se hizo un té, pienso. Si quisiera irse ahora mismo, no se haría el desayuno. Pero también así es ella. Quiere irse pero le da culpa así que prepara el desayuno como para que esté todo bien. Cuando llego a la cocina me sonríe. No entiendo nada. Yo sé que lo del traqueteo del tren lo dice en broma. Pero esta vez lo dijo en otro tono. Fastidida. Le pregunto si puso agua para mí también. Dice que sí. Todavía hace té para dos. Estoy salvada. O relativamente salvada. No sé si retomar la discusión o hacer como si aquí no ha pasado nada. Voy al baño a lavarme los dientes. Mientras la escucho buscar las tazas (me gusta que se sienta cómoda en casa, que sienta que es como su casa) trato de acordarme qué pasó ayer, qué dije, qué hice que la puso así. Todo normal. Comimos, cogimos, dormimos. No parecería haber nada en mi conducta que pudiera haberla enojado. Pero no es enojo lo que le pasa. Es algo peor. No quiero ni pensarlo, pero por su tono lo deduzco. Ya va siendo ese momento. El momento en el que ella se cansa de mí. Quisiera decir que no sé qué hago, pero sé bien lo que hago. Sé exactamente lo que la espanta, pero no puedo evitarlo. Salgo del baño. Ella está tomando el té apoyada contra la mesada de la cocina. Eso significa que ya se va. Si quisiera quedarse más tiempo se hubiera sentado en el living. Hubiera puesto los individuales, hubiera agarrado unas galletitas, ella sabe dónde las tengo. Pero no. Está tomando el té en la cocina, a las apuradas como si fuera uno de esos días de semana en los que se quedaba dormida y tenía que salir corriendo al trabajo pero con algo en el estómago y entonces mientras ella se lavaba la cara yo le hacía un té y se lo tomaba rápido y se iba y a veces, sin querer, de tanto apuro me saludaba con un beso en el cachete. Cuando me daba esos besos yo sentía que no iba a volver a verla, pero después una llamada telefónica, un mensaje de texto. Después ella y su risa y sus ganas de hablar conmigo y entonces seguramente nos veríamos el próximo fin de semana y todo volvería a estar en su sitio. Pero ahora nada está en su sitio. Esa cara. No quiero saberlo, no quiero ni preguntarlo, pero esa cara me lo está diciendo. Agarro mi taza de té y me apuro a tomarla. El ritmo acelerado de ella se me imprime. No sé porqué me apuro. Creo que si termino el té al mismo tiempo que ella, de alguna manera algo va a emparejarse. Me quemo la lengua un poco. No importa. No hay nada que quiera decir. Este es uno de esos momentos en los que me pongo tan nerviosa que el cerebro directamente decide abandonarme y todo lo que digo sale de no sé dónde. De la boca o del culo. Pero, por supuesto, la curiosidad me domina y hablo. Hablo con el culo y digo cosas que sólo un culo podría decir. No tengo mucho registro de lo que estoy diciendo. Creo que hago un par de bromas. Ella se ríe. Con cada sonrisa siento que me salvo un poco. Pero no alcanza. Mi culo necesita saber todo. Qué le pasa. Qué dije. Qué hice. No es lo que hiciste, me dice; es algo mío. La puta, pienso. Eso quiere decir que no es algo de ella, que es algo mío. Que algo hice. Y sé lo que hice. Prometí no hacerlo pero lo hice. Se nota. La puta, la re puta. Me enamoré. Y se me nota. No quiero que hable más, pero habla. Ahora ya está. Va a decir todo lo que no quiero escuchar. Todo lo que ya sé. No va a decir que el problema es que yo me enamoré y ella no. Va a decir otras cosas. Eufemismos. Pero las dos vamos a saber lo que está queriendo decir. Ahí está. Lo está diciendo. Yo casi no puedo escucharla. Hay palabras que ruego que no diga. Si yo pudiera, en este momento, arrodillarme y pedirle algunas cosas a dios, lo haría. Soy atea, pero juro que lo haría. Ahora dice que no sabe si tiene sentido vernos, dadas las condiciones. Dadas las condiciones yo me pegaría un tiro. Eso no se lo digo porque me suena muy telenovelero, pero lo pienso fuerte para ver si de alguna manera se lo transmito por telepatía. Me dice que qué me pasa con esa cara de loca que tengo. La telepatía evidentemente no funcionó. Le digo que no me pasa nada. Que es mejor que nos tomemos todo con calma. ¡Con calma! Qué caradura. Estoy a punto de ir a París sólo para tirarme al Sena y tener un final medianamente poético y le digo que nos tomemos todo con calma. Hablando de tomar, me acuerdo que no me terminé el té. Está medio frío pero me lo tomo igual. Ella ya se lo terminó. Entonces ya está: nada va a emparejarse. Yo estoy enamorada y ella no. Pienso en lo que hicimos ayer: comimos, cogimos, dormimos. Pero comimos una comidita que le hice yo con todo amor, cogimos escuchando música lenta y nos dormimos abrazadas (yo la abracé a ella, claro). Estoy enamorada y se nota. Ella lo sabe. Quiero hacer algo, lo que sea, para que las cosas no sean como son. Para que todo lo que es evidente se le haga confuso. Le digo que no es tan terrible, que podemos ir de a poco. Pero ya está. No hay ritmo que nos equipare. Ella se terminó el té y está lista para irse. Va a ser mejor que dejemos de vernos, me dice.
Ella se va y estoy segura que va a cumplir su promesa de no volver a verme. Ahora sí me tiro al Sena. Pero primero lavo los platos, o mejor dicho las tazas. Las últimas dos tazas. Yo ni siquiera me tomé la mitad del té y estoy sumergida en lo más profundo de la taza, entre las hebras, entre el amor evidente, entre todas las idioteces que dije cuando estaba pensando con el culo.
domingo, 1 de abril de 2012
El fin de la pena
Soltarse,
pero no de una mujer.
Soltarse de la vida.
Dejar caer los harapos
y saltar.
Y nacer desnudo, como hay que nacer.
Hay vida después; la he visto.
No es la vida de la que se ha muerto.
Es la vida desnuda,
pero con algo que se trae de otro tiempo
limpio ya de sangre
y de baules.
Es el fin de la pena,
la verde y fresca vida.
Es la suerte de los desposeídos
que sólo tenemos los minutos nuevos.
Hasta que un estrépito nos empuje hacia otro salto
y vivamos naciendo
desnudos,
pero con algo que se trae
de todas las otras muertes.
pero no de una mujer.
Soltarse de la vida.
Dejar caer los harapos
y saltar.
Y nacer desnudo, como hay que nacer.
Hay vida después; la he visto.
No es la vida de la que se ha muerto.
Es la vida desnuda,
pero con algo que se trae de otro tiempo
limpio ya de sangre
y de baules.
Es el fin de la pena,
la verde y fresca vida.
Es la suerte de los desposeídos
que sólo tenemos los minutos nuevos.
Hasta que un estrépito nos empuje hacia otro salto
y vivamos naciendo
desnudos,
pero con algo que se trae
de todas las otras muertes.
domingo, 25 de marzo de 2012
Mi muerte y después
La historia de mi muerte empieza justo en el medio. O quizás en ambos lados. En la mayor vida y en la mayor muerte. Lo último que recuerdo con claridad es el momento de absoluta tragedia que me puso en el costado izquierdo de la cama a masturbarme sistemáticamente, porque ya era hora, porque había pasado tanto tiempo. El instante de tocar la vida atravesado de pronto por el fúnebre recuerdo de ella, de su manera de gemir en esa misma cama. La historia de mi muerte empieza ahí, en el vacío, en la imagen más triste de mi vida triste.
No ha pasado un tiempo prudencial para mí, para mi vida con ella y sin ella. Los profanos piensan -lo sé- que ya ha pasado más de la cuenta. Soltá. Eso me dicen. Soltala. Y sin saberlo me están diciendo que suelte también toda existencia posible. No es por ella. Es por todo lo que yo creía que era la vida. Por todo lo que había confiado en la vida. Que si algo la había puesto a ella ahí y a mí ahí, entonces eso era todo. No es por ella. Es por la magia, por los designios que emergen de la tierra. La misma tierra a la que habíamos abocado cualquier teoría que tuviera sustento. Creíamos en la tierra y tal vez en nada más. Era preciso creer en algo, porque sino no había magia y la vida qué era. Ahora no sé qué es la vida. Qué pasa con toda la carne y la sangre.
Qué cantidad de porquería puede salir de mi boca. Estoy soltando toda existencia posible. Y es por ella.
Te deshilabas en silencios, que no sabías lo que querías, que no te esperara porque quizás no estaría yo al final de tus silencios o no estarías vos al final de mi espera. Pero te esperaba. Te esperé aún cuando eras puro silencio y yo seguía sin estar ahí, sin tener lugar ni verbo ni nada. Te esperé aún cuando vos ya no eras vos, un recuerdo atado a un recuerdo, a una fantasía, a una idea de todo lo que podría haber sido. Teníamos un gato y una casa y varios años más que ahora ¿te acordás que lo había escrito? Una foto de un mate contra una ventana. Le puse nombre a un gato que todavía no había nacido. Y no quería que supieras cuánto te quería. Una idea atada a una idea y qué pasa con toda la carne y la sangre. Qué pasa con todo lo que no fuimos.
Se cansó. Alguien tenía que cansarse. Sigo buscando cansarme de ella. De lo único que me aburro es de la vida. Me aburro tanto que ya no espero nada. Y me aterra la muerte que habité. La muerte de tantos años de no haber sido nada, de no haber sabido nada. Hoy que finalmente vivo, la muerte me vigila cada vez más pronta. La contemplo en todas las verdades a las que me asomo. En la avara vida y en la vida inmensa. La muerte en mi renuncia de lo tangible. En el mundo que se rompe en la evidencia de que lo único evidente es estar por fuera del mundo. Dónde estás ahora que no hay mundo. En cuál de los otros lados.
Me otorgo a la vida con tanto hambre porque no puedo ser otra cosa que el hambre. Nada puede calmar este arrebato. Vivo siempre en carne cruda. No hay otra forma para mí. Lo que le di a ella fue mi todo y mi hambre. Albergo la ira de la vida y de la muerte. Y no encuentro expresión posible. Yo era las palabras. Ahora qué soy.
Te esperaba. Ávida de vos como de la vida.
Digo que no espero nada porque lo espero todo.
Lo último que recuerdo con claridad es haber estado en ambos lados. En el mundo y fuera del mundo. En la vida y quién sabe. Así empieza la historia de mi muerte y después.
No ha pasado un tiempo prudencial para mí, para mi vida con ella y sin ella. Los profanos piensan -lo sé- que ya ha pasado más de la cuenta. Soltá. Eso me dicen. Soltala. Y sin saberlo me están diciendo que suelte también toda existencia posible. No es por ella. Es por todo lo que yo creía que era la vida. Por todo lo que había confiado en la vida. Que si algo la había puesto a ella ahí y a mí ahí, entonces eso era todo. No es por ella. Es por la magia, por los designios que emergen de la tierra. La misma tierra a la que habíamos abocado cualquier teoría que tuviera sustento. Creíamos en la tierra y tal vez en nada más. Era preciso creer en algo, porque sino no había magia y la vida qué era. Ahora no sé qué es la vida. Qué pasa con toda la carne y la sangre.
Qué cantidad de porquería puede salir de mi boca. Estoy soltando toda existencia posible. Y es por ella.
Te deshilabas en silencios, que no sabías lo que querías, que no te esperara porque quizás no estaría yo al final de tus silencios o no estarías vos al final de mi espera. Pero te esperaba. Te esperé aún cuando eras puro silencio y yo seguía sin estar ahí, sin tener lugar ni verbo ni nada. Te esperé aún cuando vos ya no eras vos, un recuerdo atado a un recuerdo, a una fantasía, a una idea de todo lo que podría haber sido. Teníamos un gato y una casa y varios años más que ahora ¿te acordás que lo había escrito? Una foto de un mate contra una ventana. Le puse nombre a un gato que todavía no había nacido. Y no quería que supieras cuánto te quería. Una idea atada a una idea y qué pasa con toda la carne y la sangre. Qué pasa con todo lo que no fuimos.
Se cansó. Alguien tenía que cansarse. Sigo buscando cansarme de ella. De lo único que me aburro es de la vida. Me aburro tanto que ya no espero nada. Y me aterra la muerte que habité. La muerte de tantos años de no haber sido nada, de no haber sabido nada. Hoy que finalmente vivo, la muerte me vigila cada vez más pronta. La contemplo en todas las verdades a las que me asomo. En la avara vida y en la vida inmensa. La muerte en mi renuncia de lo tangible. En el mundo que se rompe en la evidencia de que lo único evidente es estar por fuera del mundo. Dónde estás ahora que no hay mundo. En cuál de los otros lados.
Me otorgo a la vida con tanto hambre porque no puedo ser otra cosa que el hambre. Nada puede calmar este arrebato. Vivo siempre en carne cruda. No hay otra forma para mí. Lo que le di a ella fue mi todo y mi hambre. Albergo la ira de la vida y de la muerte. Y no encuentro expresión posible. Yo era las palabras. Ahora qué soy.
Te esperaba. Ávida de vos como de la vida.
Digo que no espero nada porque lo espero todo.
Lo último que recuerdo con claridad es haber estado en ambos lados. En el mundo y fuera del mundo. En la vida y quién sabe. Así empieza la historia de mi muerte y después.
domingo, 18 de marzo de 2012
Domingo
I.
Todavía hay algo en el perfume,
en algunas canciones,
en ciertos libros,
que me llevan irremediablemente a ella.
Espero con urgencia
que las cosas se despojen de ella
y vuelvan a ser cosas.
Inertes, neutras.
Que el mundo la suelte
y ella no habite en nada.
Para poder volver al mundo, a las cosas
y no olerla en cada canción,
en un texto subrayado,
en los caminos hacia una luz
de la que quizás no sabrá jamás,
o de la que siempre supo
cuando habitábamos las cosas de a dos
pero alguien iba hacia una luz
y alguien hacia cualquier otra parte.
II.
Es uno de esos dolores de para siempre
pero también uno intuye que para siempre
puede ser demasiado tiempo.
III.
Resignarse a ser como el fuego.
Pero resignarse como en un abrazo.
Ser luz, ardor.
Pero más que nada saberse cambio constante.
Reconocerse materia en disuloción.
Cíclica, rotativa.
Ser sustancia sin esencia.
Soltar de una vez toda forma
y ser pura combustión
hasta que eso también se apague.
Y otra vez se transforme.
IV.
Para cruzar al otro lado del mar
es necesario abrirlo al medio.
Separar las aguas difusas
de lo hermoso y lo terrible
y caminar como se pueda
por el piso profundo del dolor.
No es el miedo a la verdad
lo que nos tiene de este lado.
Es no saber siquiera
de qué manera
se abre el mar.
Todavía hay algo en el perfume,
en algunas canciones,
en ciertos libros,
que me llevan irremediablemente a ella.
Espero con urgencia
que las cosas se despojen de ella
y vuelvan a ser cosas.
Inertes, neutras.
Que el mundo la suelte
y ella no habite en nada.
Para poder volver al mundo, a las cosas
y no olerla en cada canción,
en un texto subrayado,
en los caminos hacia una luz
de la que quizás no sabrá jamás,
o de la que siempre supo
cuando habitábamos las cosas de a dos
pero alguien iba hacia una luz
y alguien hacia cualquier otra parte.
II.
Es uno de esos dolores de para siempre
pero también uno intuye que para siempre
puede ser demasiado tiempo.
III.
Resignarse a ser como el fuego.
Pero resignarse como en un abrazo.
Ser luz, ardor.
Pero más que nada saberse cambio constante.
Reconocerse materia en disuloción.
Cíclica, rotativa.
Ser sustancia sin esencia.
Soltar de una vez toda forma
y ser pura combustión
hasta que eso también se apague.
Y otra vez se transforme.
IV.
Para cruzar al otro lado del mar
es necesario abrirlo al medio.
Separar las aguas difusas
de lo hermoso y lo terrible
y caminar como se pueda
por el piso profundo del dolor.
No es el miedo a la verdad
lo que nos tiene de este lado.
Es no saber siquiera
de qué manera
se abre el mar.
miércoles, 7 de marzo de 2012
Economía
Importante alza en el mercado de hijas de puta
La opinión de la calle y de los profesionales
Las usuarias de hijas de puta afirman que no tienen idea las causas de su necesidad de hijas de puta, pero admiten no poder evitar su consumo. Algunas menos sinceras opinan que no son hijas de puta lo que buscan pero finalmente son hijas de puta lo que compran.
Por otra parte, las oferentes, es decir las hijas de puta propiamente dichas, afirman que no han querido llegar a ser hijas de puta, pero han tenido que adecuar sus servicios a la demanda del mercado. A su vez, las hijas de puta originarias (las que vienen de siglos de hijadeputez) se muestran complacidas por la proliferación de su cultura en el marco urbano.
Los economistas declaran que el estallido de hijas de puta en las metropolis es un fenómeno que está haciendo estragos en el marcado bursátil, poniendo en baja cualquier otro tipo de producto torteril.
Oportunidades corporativas
Las grandes empresas de comercialización de artículos por internet ya están aprovechando el boom de las hijas de puta. E-bay lanzó recientemente su oferta de hijas de puta argentinas para cubrir el mercado mundial. Las usuarias internacionales admiten que no han encontrado dentro de sus frontaras, hijas de puta del calibre de las argentinas.
Mercadolibre.com ofrece un variado catálogo de hijas de puta. En sus páginas podemos encontrar hijas de puta de todo tipo, como por ejemplo:
Hija de puta embustera: Miente. Este es el modélo básico de hija de puta.
Hija de puta embustera pretenciosa (artículo nuevo): Miente descaradamente con respecto a la amplitud de su patrimonio. Después, probablemente, te roba o te vive.
Hija de puta rock: Sale a la noche y siempre vuelve en pedo. Culpa a los amigos, pero tiene olor a mentira. Al tratarse de una mete-cuernos nada profesional, sólo podrá ser adquirida por usuarias bien idiotas.
Hija de puta rock full-full: Tiene una doble vida de la que es casi imposible enterarse. Borra los mensajes de su celular, tiene un facebook paralelo, se rehúsa firmemente a pasarte la clave de su mail. Viene con amplio stock de justificaciones. Este artículo tiene garantía de felicidad de corto alcance (hasta que se descubra la mentira y te la termine ensartando bien ensartada).
Hija de puta agnóstica: Hace y deshace sin ningún tipo de culpa. No hay Dios, moral o código civil que las achicharre.
Hija de puta de vidriera: Te muestra todo lo que podría darte y después te deja siempre de garpe. Es también conocida como la Hija de puta histérica o la Hija de puta mal cogida, aunque generalmente la mal cogida terminás siendo vos.
Hija de puta León Gieco: No quiere ser hija de puta, pero es hippie y se cuelga. Se olvida de todo, llega tarde a todos lados, tiene una onda medio extraña y medio sexual con una amiga tuya. El tema es, gorda, que lo más importante para ella es el amor libre, la autodeterminación, el porro y su gata. Vos importás pero tus conceptos de la propiedad privada son neoliberales y obsoletos. Viene con un rifle para pegarle unos tiros el día que te canses.
Super hija de puta: También conocida como Hija de puta egocéntrica. La más jodida de las hijas de puta. Le importás muy poco, pero sabe que morís por ella, así que cada vez que necesite afirmar su ego, va a ir a buscarte. Cuando realmente no te quiera más, va a retirar todas sus tropas sin siquiera ofrecerte la generosidad de un honesto corte de mambo. Esta hija de puta tiene garantía de sufrimiento ilimitado. No se admiten devoluciones.
Inversiones y desarrollo hijoeputa
Las empresas financieras ratifican que invertir en el mercado de las hijas de puta es la opción más firme en los días que corren. Nunca las usuarias han sido tan ciegas. La demanda de hijas de puta crece exponencialmente, más allá de su tipo o calidad. La oferta, por otra parte, está cercana a cubrir la demanda continua. Cada vez se siembra mayor cantidad de hijas de puta, que crecen como yuyo, especialmente en las regiones urbanas. Los ingenieros agrónomos aconsejan: "El estrés, la televisión, el abandono, las redes sociales, la continua insatisfacción, el aburrimiento, el consumo desmedido, el vacío existencial y la fugacidad de las relaciones humanas son los fertilizantes más adecuados en la producción de hijas de puta. Por eso, el ambiente de la ciudad parece ser el más apto para el desarrollo de dichos humanoides".
La respuesta nacional y popular
Luego del caos provocado el pasado jueves en la ciudad rosarina de Rosario, por manifestantes del Colectivo Lésbico-Combativo "Silvia Peyrú fue Troska", bajo la consigna "Menos hijas de puta, más escuelas", el Gobierno Nacional debió tomar medidas en el asunto. Al cierre de esta edición se encontraban reunidos miembros del ministerio de Planificación Federal y el ministerio de Desarrollo Social de la Nación para poner en marcha el plan de Asignación Universal por Hija de Puta, para dar apoyo a las pelotudas afectadas.
Según los indicadores del mercado, en los últimos diez años hubo un fuerte incremento en la circulación de hijas de puta. Los analistas económicos no sólo hacen notar la importante suba en la demanda sino también -en evidente aprovechamiento de la solicitud de dicho producto- el aumento asimismo de la oferta.
El Ing. Mauricio Ladri y la intendenta Mirtha García Sinbrazo,
en plena construcción del "Centro para el Tratamiento de
Adicción a la Hija de Puta del Valle de Calamuchita".
La opinión de la calle y de los profesionales
Las usuarias de hijas de puta afirman que no tienen idea las causas de su necesidad de hijas de puta, pero admiten no poder evitar su consumo. Algunas menos sinceras opinan que no son hijas de puta lo que buscan pero finalmente son hijas de puta lo que compran.
Por otra parte, las oferentes, es decir las hijas de puta propiamente dichas, afirman que no han querido llegar a ser hijas de puta, pero han tenido que adecuar sus servicios a la demanda del mercado. A su vez, las hijas de puta originarias (las que vienen de siglos de hijadeputez) se muestran complacidas por la proliferación de su cultura en el marco urbano.
Los economistas declaran que el estallido de hijas de puta en las metropolis es un fenómeno que está haciendo estragos en el marcado bursátil, poniendo en baja cualquier otro tipo de producto torteril.
Oportunidades corporativas
Las grandes empresas de comercialización de artículos por internet ya están aprovechando el boom de las hijas de puta. E-bay lanzó recientemente su oferta de hijas de puta argentinas para cubrir el mercado mundial. Las usuarias internacionales admiten que no han encontrado dentro de sus frontaras, hijas de puta del calibre de las argentinas.
Mercadolibre.com ofrece un variado catálogo de hijas de puta. En sus páginas podemos encontrar hijas de puta de todo tipo, como por ejemplo:
Hija de puta embustera: Miente. Este es el modélo básico de hija de puta.
Hija de puta embustera pretenciosa (artículo nuevo): Miente descaradamente con respecto a la amplitud de su patrimonio. Después, probablemente, te roba o te vive.
Hija de puta rock: Sale a la noche y siempre vuelve en pedo. Culpa a los amigos, pero tiene olor a mentira. Al tratarse de una mete-cuernos nada profesional, sólo podrá ser adquirida por usuarias bien idiotas.
Hija de puta rock full-full: Tiene una doble vida de la que es casi imposible enterarse. Borra los mensajes de su celular, tiene un facebook paralelo, se rehúsa firmemente a pasarte la clave de su mail. Viene con amplio stock de justificaciones. Este artículo tiene garantía de felicidad de corto alcance (hasta que se descubra la mentira y te la termine ensartando bien ensartada).
Hija de puta agnóstica: Hace y deshace sin ningún tipo de culpa. No hay Dios, moral o código civil que las achicharre.
Hija de puta de vidriera: Te muestra todo lo que podría darte y después te deja siempre de garpe. Es también conocida como la Hija de puta histérica o la Hija de puta mal cogida, aunque generalmente la mal cogida terminás siendo vos.
Hija de puta León Gieco: No quiere ser hija de puta, pero es hippie y se cuelga. Se olvida de todo, llega tarde a todos lados, tiene una onda medio extraña y medio sexual con una amiga tuya. El tema es, gorda, que lo más importante para ella es el amor libre, la autodeterminación, el porro y su gata. Vos importás pero tus conceptos de la propiedad privada son neoliberales y obsoletos. Viene con un rifle para pegarle unos tiros el día que te canses.
Super hija de puta: También conocida como Hija de puta egocéntrica. La más jodida de las hijas de puta. Le importás muy poco, pero sabe que morís por ella, así que cada vez que necesite afirmar su ego, va a ir a buscarte. Cuando realmente no te quiera más, va a retirar todas sus tropas sin siquiera ofrecerte la generosidad de un honesto corte de mambo. Esta hija de puta tiene garantía de sufrimiento ilimitado. No se admiten devoluciones.
Inversiones y desarrollo hijoeputa
Las empresas financieras ratifican que invertir en el mercado de las hijas de puta es la opción más firme en los días que corren. Nunca las usuarias han sido tan ciegas. La demanda de hijas de puta crece exponencialmente, más allá de su tipo o calidad. La oferta, por otra parte, está cercana a cubrir la demanda continua. Cada vez se siembra mayor cantidad de hijas de puta, que crecen como yuyo, especialmente en las regiones urbanas. Los ingenieros agrónomos aconsejan: "El estrés, la televisión, el abandono, las redes sociales, la continua insatisfacción, el aburrimiento, el consumo desmedido, el vacío existencial y la fugacidad de las relaciones humanas son los fertilizantes más adecuados en la producción de hijas de puta. Por eso, el ambiente de la ciudad parece ser el más apto para el desarrollo de dichos humanoides".
La respuesta nacional y popular
Luego del caos provocado el pasado jueves en la ciudad rosarina de Rosario, por manifestantes del Colectivo Lésbico-Combativo "Silvia Peyrú fue Troska", bajo la consigna "Menos hijas de puta, más escuelas", el Gobierno Nacional debió tomar medidas en el asunto. Al cierre de esta edición se encontraban reunidos miembros del ministerio de Planificación Federal y el ministerio de Desarrollo Social de la Nación para poner en marcha el plan de Asignación Universal por Hija de Puta, para dar apoyo a las pelotudas afectadas.
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