miércoles, 20 de octubre de 2010
Pingüinos enlatados
Como quien abre una lata de salsa de tomate y se encuentra un pingüino despampanante, vos resultaste ser tanto más que ese puré colorado que yo había decidido comprar.
Pingüinito amable, lucecitas negras eran tus botones oculares. Y eras pluma voladora cada vez que te antojabas.
Tanto más que la delgada simpleza. Gordo pingüino, pancita blanca. Eras tanto más.
Y nos decíamos siempre, aunque éramos nunca.
Enanito juguetón, desde las profundidades del mar emergías de un salto sorpresivo y me besabas los párpados para cuidarme los sueños.
Y ahí estaba yo, como quien abre una lata de pingüinos enlatados y espera encontrarse con un bicho como cualquier otro, pero sacaste travieso tu pico picoteador y pica-que-te-pica me dejaste en una isla flotante, a la deriva del continente. Pingüino azabache, fabricante de maremotos, destilador de mis quietudes. Para darte las gracias, muchas gracias, por romperte en mi orilla, te regalé brisas onomatopéyicas, brisas de arenas blancas, espejitos de sol.
Como quien abre la vida en una lata. La vida que ya era vida antes de la lata, antes de abrir, antes del pingüino. Pero después, pingüino empetrolado, nos abandonamos en algún puerto. Y la vida quedó enlatada al vacío, desmenuzada, como un atún.
jueves, 14 de octubre de 2010
Mafalda
"No hay mal que dure cien años".
- Sí, pero hay males que hace rato peinan canas.
Algo así decía Mafalda en una de sus historietas. Yo se las robaba a mi abuela cuando me quedaba a dormir en su casa. Por alguna razón ella pensaba que era medianamente poético y ciertamente decorativo tener un cuadro de un payaso llorando en la habitación en la que dormían sus nietos. Cuando venían mis primas no había problema. Pero cuando me quedaba a dormir yo sola, ese payaso malicioso me espiaba los sueños. Entonces prefería devorarme de pe a pá las dos Mafaldas que habían quedado de la época en que mi mamá vivía con ellos.
Mafalda 3 y Mafalda 4. Ejemplares que todavía conservo. Y aunque he leído todos los números de la colección cientos de veces, esos dos son los que más han quedado en mi recuerdo, por haber sido fieles compañeros de las noches de insomnios y payasos asesinos.
De memoria me las sabía. Lo juro. Y me ofendía silenciosamente cuando alguien intentaba citarla con burdos errores. A veces me enojaba con la gente sólo por haber equivocado alguna palabra o porque le hayan adjudicado una frase de Miguelito a Felipe. De vez en cuando los corregía entre dientes... "Ah, sí, sí. Es cierto. Decía así como vos decís", admitían. "Mmmmmmsí...", respondía tranquilizándome una vez que el error había sido corregido.
Si Mafalda viviera hoy, ¿cómo sería?
Ojalá Mafalda se le haya rebelado un día a Quino y se haya ido por la vida, fuera del trazo que la apresaba a un cierto número de páginas y a un diario, semanario o libro de tira cómica.
Yo tengo la esperanza de verla algún día militando en la izquierda feminista, en algún encuentro de mujeres o simplemente fumándose un pucho en alguna reunión de amigos.
Si Mafalda viviera hoy, yo la besaría. Ella, probablemente pensaría que hay más en mí de Susanita que de Libertad. Yo intentaría explicarle que los años, que la burguesía, que una intenta pero...
Y ella se avergonzaría de que alguna vez, de chiquita, me hayan llamado como a ella: "Mafaldita". Pero ¿a quién no? Faltaba con ser un poco revoltosa y contestataria.
Hoy tengo más luchas en el tintero que en el papel. Más en el papel que en la mano. Más en la mano que sueltas, libradas, ejecutadas.
Pero ese empuje que me dio ella, prometo, me prometo, deconstruirlo, retransformarlo. No alcanza con haber intentado emularla.
A veces, si uno no vomita transformación, despertares, agitaciones, molotovs o lo que sea que nos quema en el cuerpo, entonces el cuerpo simplemente muere deshidratado por el baño María del cotidiano. Ese fuego lento que no incendia, sólo seca.
Mafalda, Mafaldita.
Dame luchas. Dame firmeza, dame proyectos. No dejes que me seque, como hoy. Rompamos la aridez diaria. Sino, ¿para qué tantos años de leerte?
Mafalda, Mafaldita, dame el sueño de despertar y dar la vida. Sino ¿para qué la vida?
sábado, 9 de octubre de 2010
Crónica de los amigohermanos
No hay peor exilio, que el exilio de uno mismo.
Algo así pienso cuando miro las fotos de Bariloche. Mis siete años, ungidos por un flequillo travieso y la panza contenta de papá abrazándome a mí y al grandote de mi hermano, que ya a los doce, casi lo superaba en altura. Mamá, del otro lado de la lente apretujaba en una misma toma a sus tres amores y al bosque de Arrayanes.
Ese es el último rollo de fotos en el que me veo.
Y después, el exilio de mí.
Durante varios años, por culpa de la culpa, subarrendé mi cuerpo a esa otra persona que fui y envié a las catacumbas de otro pueblo a todo lo que de mí intentaba ser libre. De vez en cuando, cuando mi yo prisionera se asomaba, siempre había alguien que la censuraba. Una maestra, la televisión, los pibes del barrio, mi grupo de amigos.
Pero como yo no era yo, sino una que portaba mi cuerpo y andaba robóticamente esperando a que todos le explicaran cómo era correcto vivir, tenía unos amigos que eran los que me aceptaban, siempre y cuando fuera como debía ser, sin quejarme demasiado, sin ser otra vez yo, es decir, siendo lo menos yo posible y bien encerradita esa rebelde malhumorada donde le correspondía.
Y no me fue tan mal. Tuve amigos, tuve hombres, tuve estudios, tuve novia. Una biografía que era la que tenía que ser, para que nadie me golpeara.
Y no me fue tan bien. Todo estaba apropiadamente adornado, pero la que habitaba en mí no conseguía encajarse completamente en el mundo. Se sentía sola cuando estaba entre la multitud. Lloraba a espaldas de sí y de frente se contaba mentiras. Sus amigos eran un cáliz en el que depositaba cansinamente sus insatisfacciones. Los veía alejarse o quizás ya vivían lejos, quizás ni siquiera hablaban su dialecto. Y por fin, de tanta pena, la que alquilaba mi cuerpo se murió. La mató la desesperanza de creer que mi ser estaba condenado a la miseria.
Entonces yo, en el exilio forzado, volví a mis calles, volví a mi cuerpo. Tomé el gobierno y me administré como creí adecuado: sin mirar a los costados; mirándome siempre para adentro. Y así fue la historia de la resurrección.
Cuando camino por el mundo aún me asusta la invasión de los coterráneos. El miedo al golpismo del ser, a que quieran derrocarme con sus sistemas de valores, con la ideología de lo correcto, con todo lo que yo debiera ser. Y así sucede que la gente me hace hace baruyo, me acosa, me burla, me ensordece.
Pero por suerte, a mi lado caminan ellos, los que andan las calles como peinándolas, los que me susurran caricias. Y vienen suaves como las sonrisas, a darme su mano desprejuiciada.
Son mis amigos. Los únicos que son tan verdaderos como la sangre que nos hermana viajando al mismo paso, encontrándonos aún en las diferencias, pidiéndonos nada. Amigos que cantan alegrías y no me exilian, me traen cada vez que me desvanezco en la ética de otros.
Algo así pienso cuando miro las fotos nuevas, las más actuales. Me veo a mí nuevamente, después de tantos años. Y los veo a ellos, llenos de luz, inundando de soles el espacio lindero.
Esos son mis amigohermanos. Ahora, que finalmente yo soy yo y ellos son ellos.
Algo así pienso cuando miro las fotos de Bariloche. Mis siete años, ungidos por un flequillo travieso y la panza contenta de papá abrazándome a mí y al grandote de mi hermano, que ya a los doce, casi lo superaba en altura. Mamá, del otro lado de la lente apretujaba en una misma toma a sus tres amores y al bosque de Arrayanes.
Ese es el último rollo de fotos en el que me veo.
Y después, el exilio de mí.
Durante varios años, por culpa de la culpa, subarrendé mi cuerpo a esa otra persona que fui y envié a las catacumbas de otro pueblo a todo lo que de mí intentaba ser libre. De vez en cuando, cuando mi yo prisionera se asomaba, siempre había alguien que la censuraba. Una maestra, la televisión, los pibes del barrio, mi grupo de amigos.
Pero como yo no era yo, sino una que portaba mi cuerpo y andaba robóticamente esperando a que todos le explicaran cómo era correcto vivir, tenía unos amigos que eran los que me aceptaban, siempre y cuando fuera como debía ser, sin quejarme demasiado, sin ser otra vez yo, es decir, siendo lo menos yo posible y bien encerradita esa rebelde malhumorada donde le correspondía.
Y no me fue tan mal. Tuve amigos, tuve hombres, tuve estudios, tuve novia. Una biografía que era la que tenía que ser, para que nadie me golpeara.
Y no me fue tan bien. Todo estaba apropiadamente adornado, pero la que habitaba en mí no conseguía encajarse completamente en el mundo. Se sentía sola cuando estaba entre la multitud. Lloraba a espaldas de sí y de frente se contaba mentiras. Sus amigos eran un cáliz en el que depositaba cansinamente sus insatisfacciones. Los veía alejarse o quizás ya vivían lejos, quizás ni siquiera hablaban su dialecto. Y por fin, de tanta pena, la que alquilaba mi cuerpo se murió. La mató la desesperanza de creer que mi ser estaba condenado a la miseria.
Entonces yo, en el exilio forzado, volví a mis calles, volví a mi cuerpo. Tomé el gobierno y me administré como creí adecuado: sin mirar a los costados; mirándome siempre para adentro. Y así fue la historia de la resurrección.
Cuando camino por el mundo aún me asusta la invasión de los coterráneos. El miedo al golpismo del ser, a que quieran derrocarme con sus sistemas de valores, con la ideología de lo correcto, con todo lo que yo debiera ser. Y así sucede que la gente me hace hace baruyo, me acosa, me burla, me ensordece.
Pero por suerte, a mi lado caminan ellos, los que andan las calles como peinándolas, los que me susurran caricias. Y vienen suaves como las sonrisas, a darme su mano desprejuiciada.
Son mis amigos. Los únicos que son tan verdaderos como la sangre que nos hermana viajando al mismo paso, encontrándonos aún en las diferencias, pidiéndonos nada. Amigos que cantan alegrías y no me exilian, me traen cada vez que me desvanezco en la ética de otros.
Algo así pienso cuando miro las fotos nuevas, las más actuales. Me veo a mí nuevamente, después de tantos años. Y los veo a ellos, llenos de luz, inundando de soles el espacio lindero.
Esos son mis amigohermanos. Ahora, que finalmente yo soy yo y ellos son ellos.
miércoles, 6 de octubre de 2010
Revolución
La revolución no duerme en el polvo.
Es aire susurrante,
que se condensa,
que se transforma.
Revolucionar no es rebelarse.
Rebelarse es resignar bajo protesta.
Protestar no es desatar.
Desatar es liberar y liberarse.
Pero la liberación es engranaje.
El acto asiduo de aprenderse.
Liberarse, aprenderse
es revolucionar.
El amor no se posee,
no se detenta ni se adquiere.
El amor es río tibio,
caudaloso cuando libre.
Libre es aquel que hace ríos,
arroyos sueltos,
sin formas,
sin cauces.
Una noche soñé un río.
Un torrente destejido
de una bufanda azul.
Soñé un beso.
Y con boca insurgente,
empapé las decencias.
Enfurecí, desaté, liberé.
En cada beso, hilaba un río.
En cada río, una revolución.
Una noche soñé un río.
Soñé un beso.
Y desperté.
La revolución, decía él,
es un acto de amor.
Pero el amor es, también,
un acto de revolución.
Llegará un día la hora del río.
Los besos serán fusiles
y todas las vergüenzas del mundo
quedarán perforadas.
¡A las armas!
Es aire susurrante,
que se condensa,
que se transforma.
Revolucionar no es rebelarse.
Rebelarse es resignar bajo protesta.
Protestar no es desatar.
Desatar es liberar y liberarse.
Pero la liberación es engranaje.
El acto asiduo de aprenderse.
Liberarse, aprenderse
es revolucionar.
El amor no se posee,
no se detenta ni se adquiere.
El amor es río tibio,
caudaloso cuando libre.
Libre es aquel que hace ríos,
arroyos sueltos,
sin formas,
sin cauces.
Una noche soñé un río.
Un torrente destejido
de una bufanda azul.
Soñé un beso.
Y con boca insurgente,
empapé las decencias.
Enfurecí, desaté, liberé.
En cada beso, hilaba un río.
En cada río, una revolución.
Una noche soñé un río.
Soñé un beso.
Y desperté.
La revolución, decía él,
es un acto de amor.
Pero el amor es, también,
un acto de revolución.
Llegará un día la hora del río.
Los besos serán fusiles
y todas las vergüenzas del mundo
quedarán perforadas.
¡A las armas!
miércoles, 29 de septiembre de 2010
Cornuda
- ¡Cornuda!-, me gritaba ella a risotada loca cada vez que mi extremada torpeza me llevaba a trastabillar con la raíz de algún árbol que emergía sobre la vereda.
Según la escala moral de sus frases hechas, los tropiezos podían ser leídos como señales claras de que mi novia se la estaba pasando muy bien con otra tipa. Todo eso sería más trivial que un vigilante con crema pastelera, si no hubiera sido justamente ella, mi novia, la que me llamaba así.
No tardaron en golpearme los tímpanos las confesiones de esos seres trémulos que eran sus amigos. Al parecer, mis tropiezos habían estado bien fundados.
Durante meses llevé en la sien los hermosos ornamentos que me había ganado. "¡Cornuda!", me decían los ojos de los vecinos.
La Cornuda del pueblo, mucho gusto.
Y así fui cargando la vergüenza en cada sueño, en cada vigilia.
Por fin, un día de solcito tibio logré deshacerme de incapacidades ajenas y de todo aquello que no era mío. Y entendí que quienes no usan la boca para hablar, casi siempre muerden.
- De los cuernos y de la muerte no se salva nadie-, me dijo ella mucho después, cuando, por gracia de su noviecita más reciente, le tocó ser la nueva guampuda del pueblo.
Y yo me fui tranquila de espíritu, pensando en las mentiras, la justicia poética y la verborragia prefabricada de los enanos de alma, esos que nunca aprenden nada... sólo un cúmulo de frases hechas.
viernes, 24 de septiembre de 2010
Sobre la propiedad privada
Yo habito en las palabras
vos, en el silencio.
Visitaré una noche los silencios
y vos, revoltosa, rozarás las palabras.
Alguna vez,
sólo por toparnos con un beso
enredaremos domicilios.
Viajaremos sin coordenadas,
perdiendo el norte,
hacia el sur de los cuerpos.
No disputaremos
la propiedad de las calles,
o de los perímetros
de patios y alambres.
Una noche,
bajaré de los montes,
y liberaré tus ciudades.
Seremos los silencios,
seremos las palabras.
Y en una guitarra intrépida
se hará la historia
de la revolución.
vos, en el silencio.
Visitaré una noche los silencios
y vos, revoltosa, rozarás las palabras.
Alguna vez,
sólo por toparnos con un beso
enredaremos domicilios.
Viajaremos sin coordenadas,
perdiendo el norte,
hacia el sur de los cuerpos.
No disputaremos
la propiedad de las calles,
o de los perímetros
de patios y alambres.
Una noche,
bajaré de los montes,
y liberaré tus ciudades.
Seremos los silencios,
seremos las palabras.
Y en una guitarra intrépida
se hará la historia
de la revolución.
sábado, 18 de septiembre de 2010
Tres decenas
La tarea fue llevar un montón (¡pero un montón!) de escarbadientes y varias gomitas. Con todos los elementos en la mesa, la maestra nos enseñó a contar decenas. Ya sabíamos contar hasta diez, ¡obvio!, pero ¿cuarenta y siete?
Entonces debimos armar cuatro paquetitos de diez escarbadientes atados por una gomita y siete escarbadientes sueltos. Ahí estaban: cuarenta y siete escarbadientes. Y yo todavía no tenía edad suficiente para contabilizar mi existencia en un paquetito completo.
Seis escarbadientes. Esa era mi vida.
Seis escarbadientes antes, había tomado la desición de asomar las narices al mundo en firme competencia con la primavera. Y le gané yo, o al menos eso pensó mi mamá, a quien seguramente le parecí diez decenas de veces mejor que cualquier estación del año. Por fin, la nena.
Pero aquellos ojos recién despabilados, no tenían noción de lo mucho que se empeñaría el mundo en estropearme. No sólo a mí, sino a cualquier niño-escarbadiente que se topara con cosas terribles como la sociedad, la cultura, la educación media, el amor, los padres y todas esas aristas que nos cuartean la vida. Y para peor, al parecer eso mismo era la vida. Ese transitar agrietador. Cuanta más vida, más escarbadientes. Cuantos más escarbadientes más decenas.
Y así, dos decenas.
Habría aún mucha matemática por aprender. Un cambio de cálculos y virada de rumbo. En ese par de montoncitos de escarbadientes, el azote del amor de bocas femeninas. Amores de piernas nuevas y perfumes. Escarbadientes desatados, desparramados. Uno por por cada año de amor. Pero también, escarbadientes que querían romperse, perderse, esfumarse.
Lo cierto es que uno nunca pierde sus decenas. Se apilan. Se suman ineludiblemente. Y dicen que dicen que eso es la vida.
Así empecé a querer que mis escarbadientes fueran más que residuos de madera.
Escarbadientes por cada año de trabajo duro, por cada atisbo de belleza.
Palitos erguidos, pintados, rasgados, escritos, cuidasosamente adornados.
Tres decenas.
miércoles, 15 de septiembre de 2010
La longitud de un segundo
Hace algunos años, mientras pulía con Blem mi pareja de mierda (y la hacía brillar, aunque no por eso dejaba de ser mierda), miraba a mis amigos y pensaba: Pobres idiotas míos... no pueden tener una relación duradera.
Años más tarde, después de ver que ese modelo se repetía en muchos otros círculos sociales, decidí leer un libro al respecto, para saber algo más sobre la vida, pero más que nada para cancherear (¿por qué uno lee un libro sino?).
Resultó ser que esto de las parejas efímeras no era un problema de mis idiotas, sino una cuestión social que respondía a patrones de vida relacionados con el consumo. Claro, porque si uno se compra una patineta, al rato va a querer una skate, al rato una de esas nuevas que no entiendo cómo funcionan. Y así, todo. Las parejas vendrían a ser lo mismo que la patineta. Una persona se sube encima de otra, la anda un rato, se cae y se hace pelota las rodillas, todo feliz, hasta que algo parece vacío. Aparece la nueva necesidad de consumo. ¿Mamá, me comprás una skate? Y así dejamos a nuestra persona-patineta en el altillo, junto con el Simon y los cassettes de Chiquititas. Persona nueva aparece, me compran una skate. Lo mismo que con el bicho anterior, pero ahora me pudro más rápido porque ya me avivo qué cosas no me gustaban de subirse a una persona. Ahora quiero un lo que sea... pero que sea otra cosa, otra persona. Y cada vez dura menos, porque queremos que consumas patinetas, skates, mc donald's, música pop, así que mejor que te pudras rápido. Comprá, comprá, comprá. Amá, dejá, amá, dejá. ¡A lo próximo!
Pero esto, como dije, no es culpa de nadie. Ni de los idiotas.
No es culpa de nadie que hoy en día, ese minuto que duraba lo efímero, se haya transformado en un segundo y que, esas parejas que duraban cada vez menos, ahora directamente ni siquiera puedan arrancar.
Hay miedo a perder lo propio, a aburrirse, a lastimarse, a repetir elecciones, a repetirse a uno mismo, a ser demasiado tolerante o demasiado intolerante, a resignar individualidades, a olvidar libertades, a perder identidades. Hay miedo al otro, pero también, por sobre todo, hay miedo a uno mismo. A convertirse en algo que uno no quiere ser. Miedo a cambiar y miedo a no poder cambiar.
Los espacios de lo personal y lo identitario son tan inciertos, que lo poquitito que tenemos de certeza, eso que llamamos "lo propio", lo queremos para nosotros mismos. Guardar nuestro "propio" en un huequito entre nuestros brazos y adorarlo, protegerlo. Resguardar la propiedad cada vez más. No permitir que nadie se nos acerque y con su calamitosa existencia nos atravise el ser.
Simplemente consumir. Gentes, cuerpos, patinetas. Y no permitir. No pasar. No pisar el césped. Y todo eso, en la fugacidad de una fracción de estornudo.
Quién pudiera abrir los brazos y desembarazarse de certezas.
Dejar que la vida venga...
y nada más.
domingo, 12 de septiembre de 2010
Un caso serio
Consultorio de la Dra. Débora Pérez Volpin
Médica Clínica - Ginecóloga Voluntaria
- Hola doctora...
- Señorita T., ¿otra vez usted por acá? ¿qué le anda pasando ahora?
- Y... otra vez ando con unas dolencias. Tengo la psiquis arruinada, un ardor recurrente en la boca del estómago y una cosa acá, sobre los hombros... ¿ve cómo ando encorvada?
- Sí, sí... como compungida.
- ¡Compungidísima!
- El amor...
- No. El desamor...
- Sí, veo. Presenta todos los síntomas. ¿Y qué necesita?
- ¡Que me lo saque urgente!
- Eso es lo que pasa con las pacientes que andan con el corazón desabrigado. Se enganchan una de esas baceterias amorosas fuertísimas y después vienen a que les cure las penas. Bueno, déjeme ver... ¿Usted conoce mi programa intensivo para olvidar amores?
- Si es necesaria la camisa de fuerza, le pido que sea alguna en lila, para combinar con el vestido.
- No. Escucheme: el programa consta de tres estímulos para generar el olvido inmediato que usted está buscando. Los estímulos son: hacer un viaje, consumir drogas y alcohol en exceso y el tercero es.... a ver, espéreme. ¡Irmaaa... mándeme a Gabi!
- (¿Gabi?)
- Bueno, acá está Gabi, mi sobrina... ¿no es divina? Armadora central del equipo de handball de su club.
- Eh... sí, qué bueno... Gabi, claro... con ese nombre...
- Por eso, mírela un poquito, mírele esos tubos que tiene. Gabi, decile algo a la chica... Es medio tímida si no se toma unas cervezas...
- Pero doctora, no entiendo lo que quiere...
- Es el tercer estímulo: Amorío con chonga.
- Ay, doctora, yo la verdad le agradezco, pero en este momento... me da un poco de cosa. Ufff...
- ¿Qué le pasa?
- No sé, naúseas...
- Mmmmmmmmm trágico. Trágico. Andá Gabi... Esta piba está al horno.
- ¿Qué me pasa, doctora?
- Lo que temí. Un caso serio.
- ¡No me diga!
- Sí... No le queda otra que bancársela. Esto no es una baceteria. Es un virus comecorazones. No le puedo dar antibióticos. Va a tener que reposar las penas hasta que se vayan. Es cuestión de tiempo. Si no se le pasa me viene a ver de nuevo. A veces los casos serios provocan secuelas.
- ¡Pero doctora, yo no quiero ser un caso serio!
- No llore, por favor, que me moja los recetarios.
- Ay, no me maltrate ¿no ve que estoy mal?
- Usted se la buscó, señorita. No sea maricona. Ahora vaya, tómese unos alcoholes y martirice a sus amigos, me hace el favor.
- Gracias, doctora...
- No hay de qué. Sí, cierre la puerta del lado de afuera. Sí, sí, hasta luego.
¡Por dios!... Treinta años de boluda...
Médica Clínica - Ginecóloga Voluntaria
- Hola doctora...
- Señorita T., ¿otra vez usted por acá? ¿qué le anda pasando ahora?
- Y... otra vez ando con unas dolencias. Tengo la psiquis arruinada, un ardor recurrente en la boca del estómago y una cosa acá, sobre los hombros... ¿ve cómo ando encorvada?
- Sí, sí... como compungida.
- ¡Compungidísima!
- El amor...
- No. El desamor...
- Sí, veo. Presenta todos los síntomas. ¿Y qué necesita?
- ¡Que me lo saque urgente!
- Eso es lo que pasa con las pacientes que andan con el corazón desabrigado. Se enganchan una de esas baceterias amorosas fuertísimas y después vienen a que les cure las penas. Bueno, déjeme ver... ¿Usted conoce mi programa intensivo para olvidar amores?
- Si es necesaria la camisa de fuerza, le pido que sea alguna en lila, para combinar con el vestido.
- No. Escucheme: el programa consta de tres estímulos para generar el olvido inmediato que usted está buscando. Los estímulos son: hacer un viaje, consumir drogas y alcohol en exceso y el tercero es.... a ver, espéreme. ¡Irmaaa... mándeme a Gabi!
- (¿Gabi?)
- Bueno, acá está Gabi, mi sobrina... ¿no es divina? Armadora central del equipo de handball de su club.
- Eh... sí, qué bueno... Gabi, claro... con ese nombre...
- Por eso, mírela un poquito, mírele esos tubos que tiene. Gabi, decile algo a la chica... Es medio tímida si no se toma unas cervezas...
- Pero doctora, no entiendo lo que quiere...
- Es el tercer estímulo: Amorío con chonga.
- Ay, doctora, yo la verdad le agradezco, pero en este momento... me da un poco de cosa. Ufff...
- ¿Qué le pasa?
- No sé, naúseas...
- Mmmmmmmmm trágico. Trágico. Andá Gabi... Esta piba está al horno.
- ¿Qué me pasa, doctora?
- Lo que temí. Un caso serio.
- ¡No me diga!
- Sí... No le queda otra que bancársela. Esto no es una baceteria. Es un virus comecorazones. No le puedo dar antibióticos. Va a tener que reposar las penas hasta que se vayan. Es cuestión de tiempo. Si no se le pasa me viene a ver de nuevo. A veces los casos serios provocan secuelas.
- ¡Pero doctora, yo no quiero ser un caso serio!
- No llore, por favor, que me moja los recetarios.
- Ay, no me maltrate ¿no ve que estoy mal?
- Usted se la buscó, señorita. No sea maricona. Ahora vaya, tómese unos alcoholes y martirice a sus amigos, me hace el favor.
- Gracias, doctora...
- No hay de qué. Sí, cierre la puerta del lado de afuera. Sí, sí, hasta luego.
¡Por dios!... Treinta años de boluda...
jueves, 9 de septiembre de 2010
Perros
- No hay nada amable en decir que no -me dijiste entre dientes o quizás sólo lo pensaste. Y yo te escuché como en cada silencio, mientras un soplo de viento nos robaba la historia.
Tomamos de rehenes libros y música, para negociar porvenires. Aunque también, la posibilidad de que no hubiera nada más.
Fuimos perros alguna vez. Y no me reconociste tampoco en aquel tiempo. Debí convencerte de que mires más allá, detrás de mis ojos de perro. Ahí estaba yo, como en cada vida.
Allí estoy ahora, detrás de mis ojos de mujer.
Exahusta, te pido que me encuentres en la próxima existencia. Y me asegurás que sí, aunque mañana prometa dejarnos a oscuras.
Un pasado de perros amantes, un futuro indeciso. Y no hay nada amable en esta tarde que se va maquillando el cielo de violetas rosados, sin tocarnos los cuerpos, una vida más.
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