miércoles, 29 de septiembre de 2010

Cornuda


- ¡Cornuda!-, me gritaba ella a risotada loca cada vez que mi extremada torpeza me llevaba a trastabillar con la raíz de algún árbol que emergía sobre la vereda.
Según la escala moral de sus frases hechas, los tropiezos podían ser leídos como señales claras de que mi novia se la estaba pasando muy bien con otra tipa. Todo eso sería más trivial que un vigilante con crema pastelera, si no hubiera sido justamente ella, mi novia, la que me llamaba así.
No tardaron en golpearme los tímpanos las confesiones de esos seres trémulos que eran sus amigos. Al parecer, mis tropiezos habían estado bien fundados.

Durante meses llevé en la sien los hermosos ornamentos que me había ganado. "¡Cornuda!", me decían los ojos de los vecinos.
La Cornuda del pueblo, mucho gusto.
Y así fui cargando la vergüenza en cada sueño, en cada vigilia.

Por fin, un día de solcito tibio logré deshacerme de incapacidades ajenas y de todo aquello que no era mío. Y entendí que quienes no usan la boca para hablar, casi siempre muerden.


- De los cuernos y de la muerte no se salva nadie-, me dijo ella mucho después, cuando, por gracia de su noviecita más reciente, le tocó ser la nueva guampuda del pueblo.

Y yo me fui tranquila de espíritu, pensando en las mentiras, la justicia poética y la verborragia prefabricada de los enanos de alma, esos que nunca aprenden nada... sólo un cúmulo de frases hechas.

viernes, 24 de septiembre de 2010

Sobre la propiedad privada

Yo habito en las palabras
vos, en el silencio.
Visitaré una noche los silencios
y vos, revoltosa, rozarás las palabras.

Alguna vez,
sólo por toparnos con un beso
enredaremos domicilios.
Viajaremos sin coordenadas,
perdiendo el norte,
hacia el sur de los cuerpos.

No disputaremos
la propiedad de las calles,
o de los perímetros
de patios y alambres.

Una noche,
bajaré de los montes,
y liberaré tus ciudades.
Seremos los silencios,
seremos las palabras.

Y en una guitarra intrépida
se hará la historia
de la revolución.

sábado, 18 de septiembre de 2010

Tres decenas


La tarea fue llevar un montón (¡pero un montón!) de escarbadientes y varias gomitas. Con todos los elementos en la mesa, la maestra nos enseñó a contar decenas. Ya sabíamos contar hasta diez, ¡obvio!, pero ¿cuarenta y siete?
Entonces debimos armar cuatro paquetitos de diez escarbadientes atados por una gomita y siete escarbadientes sueltos. Ahí estaban: cuarenta y siete escarbadientes. Y yo todavía no tenía edad suficiente para contabilizar mi existencia en un paquetito completo.
Seis escarbadientes. Esa era mi vida.

Seis escarbadientes antes, había tomado la desición de asomar las narices al mundo en firme competencia con la primavera. Y le gané yo, o al menos eso pensó mi mamá, a quien seguramente le parecí diez decenas de veces mejor que cualquier estación del año. Por fin, la nena.
Pero aquellos ojos recién despabilados, no tenían noción de lo mucho que se empeñaría el mundo en estropearme. No sólo a mí, sino a cualquier niño-escarbadiente que se topara con cosas terribles como la sociedad, la cultura, la educación media, el amor, los padres y todas esas aristas que nos cuartean la vida. Y para peor, al parecer eso mismo era la vida. Ese transitar agrietador. Cuanta más vida, más escarbadientes. Cuantos más escarbadientes más decenas.

Y así, dos decenas.
Habría aún mucha matemática por aprender. Un cambio de cálculos y virada de rumbo. En ese par de montoncitos de escarbadientes, el azote del amor de bocas femeninas. Amores de piernas nuevas y perfumes. Escarbadientes desatados, desparramados. Uno por por cada año de amor. Pero también, escarbadientes que querían romperse, perderse, esfumarse.

Lo cierto es que uno nunca pierde sus decenas. Se apilan. Se suman ineludiblemente. Y dicen que dicen que eso es la vida.
Así empecé a querer que mis escarbadientes fueran más que residuos de madera.
Escarbadientes por cada año de trabajo duro, por cada atisbo de belleza.
Palitos erguidos, pintados, rasgados, escritos, cuidasosamente adornados.

Tres decenas.

miércoles, 15 de septiembre de 2010

La longitud de un segundo



Hace algunos años, mientras pulía con Blem mi pareja de mierda (y la hacía brillar, aunque no por eso dejaba de ser mierda), miraba a mis amigos y pensaba: Pobres idiotas míos... no pueden tener una relación duradera.
Años más tarde, después de ver que ese modelo se repetía en muchos otros círculos sociales, decidí leer un libro al respecto, para saber algo más sobre la vida, pero más que nada para cancherear (¿por qué uno lee un libro sino?).
Resultó ser que esto de las parejas efímeras no era un problema de mis idiotas, sino una cuestión social que respondía a patrones de vida relacionados con el consumo. Claro, porque si uno se compra una patineta, al rato va a querer una skate, al rato una de esas nuevas que no entiendo cómo funcionan. Y así, todo. Las parejas vendrían a ser lo mismo que la patineta. Una persona se sube encima de otra, la anda un rato, se cae y se hace pelota las rodillas, todo feliz, hasta que algo parece vacío. Aparece la nueva necesidad de consumo. ¿Mamá, me comprás una skate? Y así dejamos a nuestra persona-patineta en el altillo, junto con el Simon y los cassettes de Chiquititas. Persona nueva aparece, me compran una skate. Lo mismo que con el bicho anterior, pero ahora me pudro más rápido porque ya me avivo qué cosas no me gustaban de subirse a una persona. Ahora quiero un lo que sea... pero que sea otra cosa, otra persona. Y cada vez dura menos, porque queremos que consumas patinetas, skates, mc donald's, música pop, así que mejor que te pudras rápido. Comprá, comprá, comprá. Amá, dejá, amá, dejá. ¡A lo próximo!

Pero esto, como dije, no es culpa de nadie. Ni de los idiotas.
No es culpa de nadie que hoy en día, ese minuto que duraba lo efímero, se haya transformado en un segundo y que, esas parejas que duraban cada vez menos, ahora directamente ni siquiera puedan arrancar.
Hay miedo a perder lo propio, a aburrirse, a lastimarse, a repetir elecciones, a repetirse a uno mismo, a ser demasiado tolerante o demasiado intolerante, a resignar individualidades, a olvidar libertades, a perder identidades. Hay miedo al otro, pero también, por sobre todo, hay miedo a uno mismo. A convertirse en algo que uno no quiere ser. Miedo a cambiar y miedo a no poder cambiar.
Los espacios de lo personal y lo identitario son tan inciertos, que lo poquitito que tenemos de certeza, eso que llamamos "lo propio", lo queremos para nosotros mismos. Guardar nuestro "propio" en un huequito entre nuestros brazos y adorarlo, protegerlo. Resguardar la propiedad cada vez más. No permitir que nadie se nos acerque y con su calamitosa existencia nos atravise el ser.
Simplemente consumir. Gentes, cuerpos, patinetas. Y no permitir. No pasar. No pisar el césped. Y todo eso, en la fugacidad de una fracción de estornudo.


Quién pudiera abrir los brazos y desembarazarse de certezas.
Dejar que la vida venga...
y nada más.

domingo, 12 de septiembre de 2010

Un caso serio

Consultorio de la Dra. Débora Pérez Volpin
Médica Clínica - Ginecóloga Voluntaria

- Hola doctora...
- Señorita T., ¿otra vez usted por acá? ¿qué le anda pasando ahora?
- Y... otra vez ando con unas dolencias. Tengo la psiquis arruinada, un ardor recurrente en la boca del estómago y una cosa acá, sobre los hombros... ¿ve cómo ando encorvada?
- Sí, sí... como compungida.
- ¡Compungidísima!
- El amor...
- No. El desamor...
- Sí, veo. Presenta todos los síntomas. ¿Y qué necesita?
- ¡Que me lo saque urgente!
- Eso es lo que pasa con las pacientes que andan con el corazón desabrigado. Se enganchan una de esas baceterias amorosas fuertísimas y después vienen a que les cure las penas. Bueno, déjeme ver... ¿Usted conoce mi programa intensivo para olvidar amores?
- Si es necesaria la camisa de fuerza, le pido que sea alguna en lila, para combinar con el vestido.
- No. Escucheme: el programa consta de tres estímulos para generar el olvido inmediato que usted está buscando. Los estímulos son: hacer un viaje, consumir drogas y alcohol en exceso y el tercero es.... a ver, espéreme. ¡Irmaaa... mándeme a Gabi!
- (¿Gabi?)
- Bueno, acá está Gabi, mi sobrina... ¿no es divina? Armadora central del equipo de handball de su club.
- Eh... sí, qué bueno... Gabi, claro... con ese nombre...
- Por eso, mírela un poquito, mírele esos tubos que tiene. Gabi, decile algo a la chica... Es medio tímida si no se toma unas cervezas...
- Pero doctora, no entiendo lo que quiere...
- Es el tercer estímulo: Amorío con chonga.
- Ay, doctora, yo la verdad le agradezco, pero en este momento... me da un poco de cosa. Ufff...
- ¿Qué le pasa?
- No sé, naúseas...
- Mmmmmmmmm trágico. Trágico. Andá Gabi... Esta piba está al horno.
- ¿Qué me pasa, doctora?
- Lo que temí. Un caso serio.
- ¡No me diga!
- Sí... No le queda otra que bancársela. Esto no es una baceteria. Es un virus comecorazones. No le puedo dar antibióticos. Va a tener que reposar las penas hasta que se vayan. Es cuestión de tiempo. Si no se le pasa me viene a ver de nuevo. A veces los casos serios provocan secuelas.
- ¡Pero doctora, yo no quiero ser un caso serio!
- No llore, por favor, que me moja los recetarios.
- Ay, no me maltrate ¿no ve que estoy mal?
- Usted se la buscó, señorita. No sea maricona. Ahora vaya, tómese unos alcoholes y martirice a sus amigos, me hace el favor.
- Gracias, doctora...
- No hay de qué. Sí, cierre la puerta del lado de afuera. Sí, sí, hasta luego. 
¡Por dios!... Treinta años de boluda...

jueves, 9 de septiembre de 2010

Perros


- No hay nada amable en decir que no -me dijiste entre dientes o quizás sólo lo pensaste. Y yo te escuché como en cada silencio, mientras un soplo de viento nos robaba la historia.
Tomamos de rehenes libros y música, para negociar porvenires. Aunque también, la posibilidad de que no hubiera nada más.

Fuimos perros alguna vez. Y no me reconociste tampoco en aquel tiempo. Debí convencerte de que mires más allá, detrás de mis ojos de perro. Ahí estaba yo, como en cada vida.
Allí estoy ahora, detrás de mis ojos de mujer.
Exahusta, te pido que me encuentres en la próxima existencia. Y me asegurás que sí, aunque mañana prometa dejarnos a oscuras.

Un pasado de perros amantes, un futuro indeciso. Y no hay nada amable en esta tarde que se va maquillando el cielo de violetas rosados, sin tocarnos los cuerpos, una vida más.

Haciendo memoria

- Esos estaban todos enterrados en el fondo de casa, porque en esa época no podías tenerlos- dijo mamá, mientras papá olfateaba los discos.
- Todavía tienen olor a tierra...- comentó él, como saboreando un recuerdo.

Revisamos todos, a pedido mío. Los Beatles, Joan Báez, Sui Generis, Gieco, La Negra (casi muero), The Carpenters y muchos discos de folklore que mi papá afirmaba que yo adoraría.
La nena de papá, por fin, revisando sus discos.
Separé una veintena de vinilos que me interesaban, pero aclaré:
- Vengo el domingo, ahora no tengo mucho tiempo para escucharlos...

No había caso. Papá ya había abierto la puertita del tocadiscos.
- ¡Para probar si anda!- aclaró ante mi impaciencia.

"¡A desalambrar!", demandaba un cojonudo Daniel Viglietti desde la púa implacable. Mamá, que nunca se acuerda de nada de esa época, de esa música, de las veces que logró escurrírsele a la navaja del terror, mamá que eligió olvidar, cantaba como si no hubiera pasado el tiempo.

Y yo, que todavía no comprendo la suerte de tenerlos conmigo, de que ella no haya ido a esa marcha en la que secuestraron a tantos compañeros, o que él no haya figurado en la agenda de alguien, o que no los hayan encontrado en algún mitín político, con su juventud recién estrenada y la esperanza de otro mundo en los ojos, en las voces, en los puños apretados; yo que los puedo vivir, recién hoy les pedí sus discos, su historia y todo eso que son.
Ese espíritu hermoso que sembraron en mí.


Uno de esos días en que una se despierta un poquito más.

miércoles, 1 de septiembre de 2010

Antonomasia



Un fantasma recorre el mundo: el fantasma de una ex.
Y si la nombrás tres veces aparece. Así que shhhh!!! Silencio.
Cuando aparece, lo hace en forma directa (a través de mensaje de texto, mail, llamado o en pleno boliche mientras miras minitas y le adivinás de pronto la espalda a ese personaje indeseable... pero ¿con quién anda? ¿qué hace acá?) o en forma indirecta (por enfermedad propia de meterte a ver sus publicaciones cibernéticas o por el comentario de alguna amiga boluda que con total impunidad te dice: ¿sabés que el otro día me la crucé a xxxxx? ah, sí? andate a la puta que te parió).

La pensaste muy fuerte y de alguna forma PUM! te chocás de frente con todo ese pasado horrible. No, pero de ninguna manera. ¿Mal? ¿A mí? No, no... te quivocás. La he superado. No es ella... es esa cosa. Ese fresquete que me atraviesa la carne cada vez que resuena su nombre... su asqueroso nombre que tiene encajado en toda su frondosidad, las astillas de mi pretérito plus-cuán-imperfecto.

Por eso, una ex ya no tiene nombre. Si es ex, ha dejado de ser. Y no la nombres, por decencia y por manual de buena conducta, jamás la menciones cuando hablás con tu tipita nueva. Y si lo hacés, que sea apelando a su objetivación total: "mi ex". O simplemente "ex", porque ya no querés que tenga nada que ver con tu pronombre personal.
Podríamos quizás, antojarnos de referirnos a ella como "esa hija de puta". O al menos dispararle en el pecho un par de veces. Tranqui. Como para que no ande pavoneándose por las calles y siendo ese fantasma putrefacto que adorna de soretes las posibilidades de aparecer, así como así. Pero claro, si yo, una ciudadana común, llegase a asesinarla, además de años de prisión debería comerme el gesto suspicaz de mi tipita nueva. Esa cara de "todavía tenés asuntos con tu ex". Y no, para nada. Pero no todas terminamos bien. No todas nos devolvimos los cds y los corazones. A veces algunas ex portan el nombre de toda esa vida rancia que creimos que debíamos propiciarnos. Un ayer antiguo, añejo, que retorna para mordernos los pies andantes.

Ella y su nombre. Ese fantasma. Mi ex.
Y todo eso que me provoca el pasado.

viernes, 27 de agosto de 2010

Todo eso que no fue



Nunca te miré los pies.
Y habíamos hablado tanto sobre la importancia de las cosas importantes, pero si me preguntaran cómo son tus pies, tendría que admitir que no lo sé.
Nunca te miré los pies. Los tenías ahí, pegados al resto del cuerpo, pero no creí urgente detenerme en uno, dos, cinco, diez dedos, arco y talón. Tus pies estarían siempre pegados a tu cuerpo, pegados a mí. Y entonces no tendría sentido mirarlos todavía. ¿Para qué detenerme en tus pies? Ese par de detalles regordetes que adornan el extremo sur de tu esencia. Toda vos eras apremio de cintura, perfume, ojos, manos, voz. Ya habría tiempo para los pies. Qué pequeñez tan diminuta. Un sinsentido. El más enano de los pormenores.
Y ahora que se han ido, pegados al resto de tu cuerpo, si alguien me preguntara cómo son tus pies, tendría que admitir que no lo sé.

Ya habría tiempo para los pies.

sábado, 21 de agosto de 2010

Cómo mover un elefante dormido



En Africa, me enamoré de un elefante.
No era raro en esos días que una mujer se enamorara de un elefante. Sin embargo, yo había vivido meses en Africa y no había conocido ningún bicho particularmente intrigante.

Ocurrió que en un safari de esos con jeeps y fotógrafos de la National Geographic, me separé de mi grupo persiguiendo una hiena que me había robado un paquete de papas fritas que yo guardaba para la picada. La muy burlona, se había ido matándose de la risa de mi gesto desconcertado. La corrí durante varios minutos hasta que me di cuenta que era imposible alcanzarla. De pronto, noté que mi grupo había desaparecido. Estaba perdida y, para tratar de reencontrar a mis compañeros, caminé unas horas casi llorando, pero con cuidado de no deshidratarme.

Debajo de un árbol lo vi tirado, haciendo la siesta. Era el elefante más hermoso que había visto en mi vida. Fui conciente que no podría jamás explicar ese amor inmediato a cualquiera que no hubiera visto de cerca a ese maravilloso conjunto de toneladas grises. La luz violácea del sol retirándose del cielo le pegaba en la piel transformándolo en un ser casi mitológico.
Cuando sintió mi presencia observante, entreabrió los ojos.

- Hey, ¿quién es usted? ¿qué quiere que me mira así? - me dijo.

No supe qué contestar. Me quedé muda de amor. Permanecimos mirándonos por varios minutos sin pronunciar sonido alguno.
Pronto su mirada cambió. En ese cruce de intenciones, él también se había enamorado de mí.

Cuando oscureció me abracé a él y con su trompa abrigó todo mi cuerpo. Dormimos olvidados del mundo. No había tiempo ni espacio. Habíamos quebrado las leyes de la física y la naturaleza. Eramos hermosos y las estrellas nos miraban envidiosas.

A la mañana nos despertamos sonriendo. Nos contamos nuestras vidas mientras tomábamos el café con leche que yo había guardado en mi termo. Pero cuando se hizo hora de emprender mi retorno a la ciudad, él no comprendió. Le expliqué que yo estaba viviendo en Ciudad del Cabo y que la única forma de llevar adelante nuestro romance, era emprender el camino hacia allá juntos. No estaba seguro. Amaba la selva y sus tardes de siesta. Yo me ofrecí a empujarlo, si prometía dar algunos pasos por su cuenta. Por suerte accedió y comenzamos a caminar hacia la ciudad. Nos tomó semanas. Daba uno o dos pasos por día. A veces daba diez, pero se arrepentía y regresaba siete. Lo que sucedía en general era que yo debía empujarlo mientras él dormía la siesta. Nadie puede figurarse lo duro que es empujar un elefante dormido. A veces lo hacía como cuando uno mueve un auto que no arranca. Otras veces lo cargaba en mi espalda. Algunas mañanas teníamos buenas conversaciones y él decidía caminar un poquito más de la cuenta. Yo sentía que si podía continuar empujándolo y manteniendo las charlas persuasivas, eventualmente llegaríamos a la ciudad y todo sería diferente.
Pasó un mes. Bajé excesivamente de peso. Me dolían los músculos y las articulaciones. Tenía callos en las manos y ojeras oscuras (para apurar las cosas había empezado a empujarlo también durante la noche). Tenía la espalda a la miseria de sostener su peso. A veces, después de alguna pelea, se regresaba ofendido muchos pasos hacia atrás (o por lo menos hacia lo que para mí era ir para atrás). Yo quería tanto, tanto a ese elefante. No había visto en toda mi vida un ser tan hermoso. Y cuando lo miraba parecía que todos los callos del mundo valían la pena.

Una tarde tuvimos una discusión acerca de su siesta. Yo quería aprovechar para andar algunos pasos antes del anochecer. Él quería dormir. Yo argumentaba que faltaba tan poco para llegar a la ciudad (mentira, faltaba al menos uno o dos meses más de caminata al ritmo que llevábamos). El quería dormir tan encarecidamente y estaba tan aburrido de ser empujado que llegó a decir que ya no estaba seguro de querer venir conmigo. Yo había estado empujándolo durante mes y medio, pero lo valía, me repetía que lo valía. Nunca había conocido un animal así. Por las noches solíamos hacer una fogata. Yo le contaba chistes verdes y él me relataba historias de animales que conocía. Nos mirábamos con el amor más inmenso que hubiera presenciado esa selva jamás. Pero todo era empujarlo. Todo se había convertido en rogar que él hiciera uno o dos pasos más esta vez, para ahorrarme un poco los dolores de espalda.

Él siguió con el mismo ritmo unos días más. La última vez que lo vi, los dos lloramos tanto que hicimos un lago nuevo. Los de la National Geographic vinieron a sacarle fotos, maravillados.

Me había enamorado de ese ser hermoso.
Pero no hay nada más desgarrador que tratar de mover un elefante dormido.