miércoles, 22 de diciembre de 2010

Todo está guardado en la memoria,
sueño de la vida y de la historia.

lunes, 20 de diciembre de 2010

Buscadora de belleza

Y es que a veces me llamo a mí misma Buscadora de belleza.

Será que la vida se me va haciendo aburrida,
de tanto vivirla.
Porque en cada día, lo sé todo.
Sé que va a ser lunes y los clientes y el teléfono
y que el miércoles, terapia.
Sé que el sábado será la noche y los amigos.
Sé que el domingo me verá sola.
Y no es la soledad.
A veces ansío ser dejada sola con la vida
que alguna vez fue mi amante.
Pero serán los años,
o será que la vida se me va haciendo cansina,
de tanto vivirla.

Porque cuando el aire me pesa,
sé que saldré a la calle y la luna estará gorda y burlona.
La luna siempre va a traicionarme.
Y sé también que si quiero dar con mi nombre,
deberé seguir la tela del viento y dejarlo empujarme.

Sé la vida.
La sé aunque quisiera no saberla
y que un día se cuele traviesa la novedad.
Pero sé la vida.
Como sé que ella va a olvidarme.
Y sé que voy a olvidarla.
Porque he transitado, he dolido y he dejado.
Lo sé porque también me han olvidado.
Sé que va a olvidarme y que ella va a ser para mí
algo así como una hendidura.

Sé la vida, porque tanto la he vivido.
Todo el dolor es pariente del próximo dolor.
La gran alegría no me asombra,
ni me espanta cuando se va.
Sé recibir la gran tristeza.
Conozco todos los dientes de la angustia.
Y sé que también le veré la espalda.

Te sé, vida. Te sé toda.
Sé tus edades, tus ruinas.
Sé tus serranías, tus declives.
Anticipo cada pico nevado.
Te sé tanto, que te busco grietas.
Por eso toco la muerte y toco los viajes.
Por eso anhelo todos los nacimientos.

Por eso persigo el barranco de la belleza.
Lo busco sin cartografías.
Y sólo lo encuentro cuando lo encuentro.
Me lanzo a la belleza, entera.
La belleza de los héroes,
del momento tibio,
de las lágrimas.
La belleza de cosquillas, de labios.
Me sumerjo en su rebosante plenitud.
Porque sé la vida toda.
Porque me agobia la vida sabida,
me muero y me nazco en la belleza.

Y cuando he perdido todos los signos del lenguaje,
cuando he cosido los días en una amarra de eventos
idénticos, cíclicos, absurdos,
busco la belleza para arrojarme,
para ser.

Para ser,
me llamo a mí misma Buscadora de belleza.

viernes, 17 de diciembre de 2010

Ser Fina



Cuando a Josefina le preguntaban qué quería ser cuando fuera grande, ella respondía muy orgullosa:

- Hombre.

Y no porque pensara honestamente en dejarse la barba y recurrir a una serie de operaciones, sino simplemente porque creía que los varones tenían la vida mucho más fácil, sin tener que parir y toda esa cantidad de dolor, sufrimiento y cursilerías que atraviesan las mujeres a lo largo de su existencia. En sus días de nueveañera, la ventaja de ser hombre parecía ser una de las mayores certezas a las que había llegado en materia de su futuro. Por eso, cada vez que le preguntaban, Jose contestaba lo mismo. Sistemáticamente, los adultos repetían el suceso una y otra vez para tener algo en qué entretenerse.

- Jose, ¿qué querés ser cuando crezcas?
- Hombre.

Luego, la esperada risotada. Y aunque todos consideraban deliciosamente pintorescas las desenfadadas palabras de Jose, a mamá Inés había empezado a parecerle ligeramente... No supo bien ligeramente qué, pero por las dudas prefirió dejar de llamarla Jose, ese apodo tan ambiguo. Así, en los días en que Jose perdía sus dientes de leche, fue ultrajada también de la primer mitad de su nombre. Para mamá, en adelante se convertiría en "Fina".
Fue un cambio paulatino. Mamá Inés lo hacía casi como un juego.

- Fina, Fina... ¡qué finura! ¿no te parece divertido?

Pero Josefina no terminaba de encontrarle la gracia.
Mamá tuvo que poner mucho empeño, pero el nuevo seudónimo prendió como varicela entre los chicos del grado de Fina. Y Fina se lo cargó en la mochila hasta después del secundario.

A los dieciocho, Fina tenía un título de bachiller y muy pocas ganas de ponerse a buscar trabajo. Mucho menos de meterse a estudiar, después de todos esos años de confinamiento educativo y de todas esas idiotas a las que de lunes a viernes llamaba compañeras. Una solita había rescatado de ese caldo de mediocres del secundario, su querida Vero, a la que con mucho cariño llamaba "mi enfermita mental". Vero era una delincuente menor, un espíritu blanco vestido de negro y de relativo buen beber. Del rechazo al viaje a Bariloche en el secundario hasta las andanzas en la clandestinidad de los boliches gay de la ciudad, Vero había compartido con Fina destrucciones, resacas y nuevas sexualidades. Para Fina no era casual haberse hecho amiga de su enfermita mental. Decían y callaban las mismas cosas.

Pero Vero no supo hasta sus diecinueve que a Fina alguna vez, tan comunmente como ahora le decían Fina, la habían llamado Jose. Sonaba obvio. Josefina, Jose. Y fue de pura casualidad que lo supo, cuando se topó con un viejo cuaderno de la primaria de Fina, en el que algunos compañeritos le habían dejado unas dedicatorias por el fin de año.

- Jose... No me suena. Yo te conozco como Fina- reconoció Vero.
- Sí, me lo puso mi mamá, creo.

Pero Fina no logró acordarse bien en ese momento. Tampoco se acordó de que un tiempo después de cambiarle el apodo, mamá se apareció con ropa nueva, para la nueva Fina. Ni lo contenta que se puso Inés el día que fueron a comprar el primer corpiño o las flores de papá cuando Inés le contó que Fina ya era "señorita". No se acordó en ese momento que mamá corregía a todo el mundo y les avisaba que "ahora le decimos Fina", para que supieran que Josefina había dejado atrás mucho más que los dientes de leche. No lo recordó en ese momento, pero sí de a poco. De a un recuerdo por vez, durante varias semanas, en el término de algunos meses. Se acordó de todo.

La noche que Fina y Vero vieron a Rocío en un boliche al que asistían ávidas de sangre femenina, Fina le clavó los ojos y con delicadeza gatuna se puso a bailar tan cerca que no tardaron en ser necesarias las presentaciones. Fina le ganó de mano al tiempo y a toda velocidad se presentó:
- Josefina.
- ¿Jose?- le preguntó Rocío, con la intención de arriesgar su sobrenombre.
- Fina- aclaró Vero.
- Jose- corrigió Jose y en la piel recuperada de su antigua existencia se sintió tan feliz y tan cómoda que a Rocío le pareció encantadora.

Jose y Rocío se pusieron de novias un 20 de julio, pero Rocío tardó varios meses en conocer a la familia de Jose. Cuando Jose se animó a llevarla a su casa, Inés, con una costumbre lejanamente adquirida, le aclaró a Rocío:

- Nosotros le decimos Fina.

Rocío, que sabía muy bien lo que todo eso significaba y no tenía ninguna necesidad de respetar los atropellos, respondió:

- Pero yo le digo Jose.


Y mamá Inés, que durante tantos años había intentado tener una hija Fina, tuvo que beberse entera a Jose, a Rocío y a todos los fuegos que había tratado de apagar.

miércoles, 15 de diciembre de 2010

De papel



Irina dibujó una mujer en un papel.
Doncella rosada, pintó sus nombres y collares.
Le habló de vidas, le contó un beso.
Con pinceles de cabello suave,
tejió su niña de polen, de cachetes inquietos.
La luna en los ojos, la boca mojada.
De trazo grueso para las manos, de abrazos largos.
Melena color viento, de noches enredadas y un cuello de cuna.
Irina soñó cinturas violetas, aromas mansos, carcajadas.
Y manchó las hojas delgadas con lápiz enamorado.
Sembró una mujer de pincelada fresca y la quiso tanto.
Pero ella, liviana,
voló con el día, en la brisa primera.

Irina era pomos, carbonillas.
Y retrató una mujer amante,
que habitaba plana en el lienzo,
que no fue mujer, ni fue amante.
Que fue ausencia blanca.
Un dibujo,
un papel.

martes, 14 de diciembre de 2010

Como mi mamá



Susana es una reventada. Pero eso no lo piensa Lourdes, claro. Lo dicen las vecinas de tanto verla pasar con su cabellera rojiza y esas remeritas strapless, ¡a esa edad!
Lourdes sabe bien que Susana no es una mamá convencional como las de sus amigas, o como la de Caro, tan de buen barrio y de Licenciatura, pero es su mamá y es una sola o media o un cuartito, que al fin y al cabo es más que nada.
Susana, una vez divorciada, dos veces separada, sale de jueves a domingo, aunque Caro nunca preguntó adónde: sabía de su suegra lo justo y necesario. Lourdes quizás lo sabía, aunque tampoco preguntaba. Le bastaba con saber que su mamá siempre volvió -menos mal- a cuidar de sus dos hijos, especialmente de Fede, el menor y más hermoso, porque Lourdes ha superado la edad legal y ya puede cuidarse sola o ir presa, lo que suceda primero. Y cuidar, para mamá Susana, es una manera de decir que está ahí, para que nadie se haga el piola y que Fede no le invada la pieza a Lourdes, ni que Lourdes le pegue a Fede y que alguien por favor haga la cena. Y ese "alguien" siempre fue Lourdes... hasta que llegó Caro.

Caro apareció en escena un día, gracias a esas escaleras mecánicas que bajan del cielo a los estúpidos angelitos filántropos. Tres meses de histeriqueo feroz, en astuta maniobra de la polifacética Lourdes -Lu, para los amigos- desembocaron en noviazgo y repentina semi convivencia en la casa de Lu, porque la familia de Caro sabía todo pero prefiería ver lo menos posible. Susana, en cambio, nunca se opuso. "Si hay algo que admitirle a Susana, es que tiene una mente muy abierta", afirmaba Caro, aunque lo que no decía era que con esa vida que, suponía, llevaba su suegra, no debería tener mucho para objetar.

Susana es una reventada, sí. Pero cuando hace su famoso guiso de lentejas no hay quién se resista. Sin embargo, son pocas las veces en el año que Susana se levanta de la cama para cocinar. Por eso Caro tomó la precaución de pedirle la receta para preparárselo a su queridísima, el día de su cumpleaños. Esa vez no le quedó tan rico, pero con el tiempo lo fue perfeccionando. Tampoco le salía bien ser todas esas cosas que Lourdes necesitaba, pero eso también lo aprendió a adecuar.

"Lu es una mina con muchos problemas", confesaba tristemente Caro a sus amigas los primeros meses de pareja. Lourdes tenía tanta carne cruda que cocinarla entre sus piernas era para Caro un plan delicioso. Y la necesitaba tan encarecidamente, que Caro nunca tuvo que ser Caro. Bastaba con que fuera confidente, apoyo moral, cocinera, asistente de delitos varios, hombro, Papá Noel, maestra, bolsa de arena, conductora designada, receptora de sexo, madre. Así Caro se salvaba de buscar a Caro, que no estaba nunca en ningún lugar, aunque parecía que estaba ahí mismo siendo confidente, apoyo moral, cocinera y todas esas cosas.

Naufragaron el amor dos años enteros y algunos meses más, en la calma que otorga la mutua necesidad. Esa calma que son cráteres silenciados. Una tranquilidad que, por suerte, no es eterna.
Caro, perdida en sus múltiples utilidades, quiso un día parir a Caro. Para eso, hizo falta dejar de ser todo lo demás. Tanto invierno dedicado a la correcta enfermería de su mujer rota, la habían dejado sin frazada. Por eso un día estalló la fiebre de quien quiere empezar a ser. La quietud nunca puede sobrevivir semejante catástrofe. El movimiento apremia y todo lo calmo, indefectiblemente, se cae del mapa.

El rompimiento no fue fácil. Meses de llanto, traiciones, insultos y reclamos que partían indistintamente de ambos frentes. Que yo sin vos no puedo vivir, que al final sos igual que mi ex, que mentís, que no me cuidaste nunca. Quedate, andate, dame, creeme, quereme, olvidate. Pero Caro tenía que parir a Caro.

"Y al final, el guiso de lentejas nunca le salió como a mi mamá", confesó Lourdes un tiempo después.

jueves, 9 de diciembre de 2010

Comunicado de la Liga de Chongas de Casa, filial Soldati, en conjunto con la Agrupación Nacionalsocialista "Pastafrolas arias"


Compañeras, vecinas, argentinas:
       En vista de los más recientes incidentes, nosotras, las vecinas del lado correcto de Villa Soldati (léase, PROPIETARIAS) nos manifestamos en repudio de la violenta toma del divino Parque Indoamericano, en manos de esa gente de países fronterizos que así como hoy te toman un parque mañana te toman el país, viste cómo son que nos quieren robar todo. Esas usurpadoras, a quienes llamamos así gracias a la buena tarea de los canales de televisión que nos enseñan el lenguaje adecuado que sino yo a esas les diría negras y perdoname que lo diga así, yo no tengo nada contra los negros de piel, pero esas son negras de mente. Sí, de mente negra, de países negros. ¿O no sabías que las cholas cagan en la calle? Así como te lo digo. Y a nosotras no nos parece que vengan esas señoras, que mirá que yo las respeto muchísimo cuando voy a comprarles verduras al mercado, siempre las saludé (y ellas ni te miran, claro, no les interesa integrarse al país, vienen y se cierran entre ellas como los chinos), pero yo siempre las respeté y ellas vienen y cagan. Y para nosotras el parque es el pulmón verde del barrio. ¿O qué pretende el gobierno montonero de Cristina Kizner? ¿que yo tenga que ver desde la ventana de mi monoblock, el paisaje de esas casuchas de cuarta que tienen ellas? A ver, dígannos cómo pretenden cambiar su situación si no les gusta trabajar. Ellas vienen acá a ser narcotraficantes. Nosotras no teníamos narcos acá. Vinieron ellas, especialmente las paraguayas, y ahí nomás inventaron el narcotráfico.
Por eso exigimos seguridad. Si nosotras como Chongas de Casa, queremos salir a comprar unas birras porque vienen las pibas, no podemos tener miedo de salir a la calle. Nosotras vivimos con miedo. Y ellas vienen con sus hijos, porque encima de todo son heterosexuales, no es que nos gustaría estar con ninguna de ellas, con sus hijos que son no sé, unos cinco por madre y te afanan. ¿Te das cuenta? Ellas no quieren formar una familia. Están armando un ejército de ladrones. ¡Peor! Están tratando de conquistar nuestro país sembrando población boliviana en todo nuestro suelo. Y después van y toman territorios. Esta sí que es una inmigración descontrolada.
Mediante este comunicado, la Liga de Chongas de Casa del barrio de Soldati y las flacuchas de la agrupación Nacionalsocialista "Pastafrolas arias" dejamos asentado nuestro repudio y próxima convocatoria al cacerolazo, que tanto nos ha representado a todos los sectoresde la clase media, aunque algunas dicen que somos clase media-baja, pero enfatizamos el "media" para que no nos asocien con esas sucias de la vereda de enfrente. Sí, baja sí, chorras no.

Los dejamos con una frase que nos caracteriza en esta unión que formamos las buenas vecinas:
Nosotras pagamos nuestros impuestos. Argentina para las argentinas. Bolitas gou jome.

jueves, 2 de diciembre de 2010

Las vidas posibles


Otra vez nos olvidamos las persianas levantadas y el implacable sol blanco me pincha los párpados. Es temprano, pero ya estoy despabilada. Ella no. Duerme como si nada. Es uno de los pocos domingos en los que me despierto antes que ella. Con sigilo, le doy un beso en la frente, la hago a un costado, me deshago de las sábanas y me levanto. Cierro un poquito la persiana, para que duerma un rato más.

Después de los aseos matutinos, cara, dientes, pelo y etcéteras voy hacia la cocina. En el living hace sus primeros maullidos del día el Señor Rodríguez y rasguña el almohadón rojo que ahora es una maraña de hilos. Rodríguez es el dueño de casi todos los espacios del hogar, salvo la pieza, territorio que conquisté a fuerza de innumerables retos. Pero Rodríguez no es mío. Lo trajo ella y le puso el nombre, mientras yo imaginaba que era para asegurarse la patria potestad si algún día tuviéramos que dividir todo por diferencias irreconciliables. Entonces me prometí no quererlo mucho; me dije: es de ella y se va a ir el día que ella se vaya. Me prometí también no quererla mucho a ella. Fallé en ambos intentos. A ella le digo que no lo soporto, que los pelos, que el lío que hace. Miento. Me miento. Y lo hago todo el tiempo, porque el gato me recuerda a ella y ella lo sabe pero me pregunta porqué y le digo que es por los bigotes y escapo de decirle que a veces hago una lista mental de todo lo que me gusta de ella y el gato está incluido, porque el gato la compone a ella y ella compone al gato y en algún lugar de todo eso también estoy yo, gracias a quien sea que nos haya puesto en esos dos ambientes a ella y a mí, o a los tres, Rodríguez, discúlpeme.

En la cocina, obviamente, el lío de ayer a la noche. Lavo, no lavo. No, no lavo. Invento una excusa: no quiero hacer ruido porque ella aún duerme. Pongo el agua para el mate. Digo que adquirí esa costumbre, pero otra vez miento. El mate es para ella, cuando se despierte, porque yo no puedo pasar nada por la garganta a esa hora de la mañana, salvo una fruta. Abro la heladera, agarro un durazno y lo como. Ahora el mate tiene aún menos sentido y queda más evidente que todo lo hago por ella, especialmente porque mientras pienso eso, ya estoy poniendo un mantelito en la mesa ratona del living, para que quede todo lindo. Entonces pienso que es mejor que todo quede casual, que parezca que el desayuno es para mí porque todavía hoy me da vergüenza que ella sepa lo mucho que me gusta. Todo ese agasajo, qué bochorno. Y ella lo sabe, por eso le miento y me río de sus manías, porque no sabe que van a parar a la misma lista que el gato, esa lista que armo porque sé que nadie más que yo puede ser testigo puntillosa de su existencia y porque tengo que clasificar todo eso en algún rincón de la mente, para que no se desorganice y me olvide que siempre debo mentirle para que no sea tan conciente de que hace rato estoy perdida, finiquitada por todas esas cosas que ella es, el gato, las manías, la forma en que canta algunas canciones.
Pienso que será mejor ir a comprar el diario para que cuando se despierte me vea relajada, en mis asuntos, y no, nada de esto era para vos, pero si querés hay tostadas y mate, pero no como a mí me gusta, como a vos te gusta, aunque el mate era para mí, sí, pero preparado como a vos te gusta. En medio de esas cavilaciones la escucho despertarse, yo en la cocina, ella haciendo los pasos hasta el baño, cierra la puerta y entonces me voy ya mismo a comprar el diario porque igual va a tardar, ahora es el momento de elegir parecer relajada o estúpidamente anfitriona de su persona, así que agarro las llaves, me pongo unas ojotas y bajo a la revistería.

Vuelvo con el diario y ella recién sale del baño y ve todo preparado. No tuve tiempo de dejarlo desprolijo para que no supiera que era todo por ella y me sonríe con algunos sueños todavía jugándole en el lagrimal y ya sabemos las dos muy bien que estoy perdida, finiquitada y que es todo por ella. Por eso le miento y me río de esa ropa que tiene puesta a la que llama piyama y se lo critico porque me da una bronca incontenible que ella sea hermosa en ese pantalón idiota que a cualquiera le quedaría mal y con esa remera así nomás, un verdadero desastre que encima de su cuerpo es belleza pura como el gato y toda esa lista de cosas. Le miento y me río y ella se defiende, como siempre. Se enoja por mis críticas, pero sabe que no puedo. Realmente no puedo no mentirle. Si ella supiera la verdad, que adoro a Rodríguez, que estos años han sido por ella y que muchas veces ruego que ella haya armado una lista con mi nombre y todas mis cosas y que ella también mienta y no me diga, porque sabe que adoro a Rodríguez y sabe que miento porque tengo tanto adentro que todo eso tendría que estar escrito en alguna lista con mi nombre y con muchas otras cosas hermosas que me componen y que la tienen como única testigo puntillosa y ojalá a ella le pase lo mismo que a mí, ojalá.
Y eso ruego, aún este domingo, después de tanto tiempo.

sábado, 20 de noviembre de 2010

Mujer soltera busca


Todas las que hemos transitado incansablemente el circuito bolichero y hemos llegado por millonésima vez a la conclusión de que "no, evidentemente acá no voy a conocer a nadie que me guste", nos damos cuenta que los recursos para conocer personal femenino se reducen muchísimo. Si no vamos a conocer a nuestra tipa en estos palacetes del desenfreno y la música pop, ¿entonces dónde?
Aunque una debería tener muy en claro que en un lugar de esa índole, lo que probablemente encontrará es gente que disfrute del desenfreno y la música pop, con lo cual ¿para qué iniciar la búsqueda si a una todo eso no le gusta? Porque tenemos la ilusión de que alguna descolgada haya caído al bolichín por pura casualidad, como nosotras. Pero eso, aseguro, casi nunca pasa.
Entonces el plan B por excelencia es meterse en una de esas páginas de perfiles (que han tomado la posta después de la decadencia de los chats) y buscar una jermu por catálogo. Lo bueno de esta faena es que ya tenés la data necesaria para darle el visto bueno a las tipas que tengan los mismos intereses que vos y mandar a volar a todas las demás sin que se enteren.
Lo primero es armarse un Perfil de usuaria.

DATOS DE TU PERFIL

Nombre: Las más cancheritas, de años de yuyeo cibernético, ya tienen un sobrenombre preparado para estas circunstancias. Mejor agarrar a las que usan su nombre real, al menos a esas les queda todavía algo que no es sintético. Yo, por supuesto, siempre tuve sobrenombe.

Título de tu perfil: En este espacio generalmente tenés la posibilidad de poner alguna frase que te guste para tentar a los buitres, porque en general, en el listado de perfiles disponibles lo que se muestra son 3 cosas: tu nombre, tu foto y tu frase (y si eso llama la atención, entrarán a tu perfil a leer qué más sos). Así que hay que ponerse muy creativa con esta frase porque es uno de los primeros filtros por los que pasa tu identidad en esta vidriera virtual. Podés poner cosas como:
- "Hola chicas, las invito a conocerme" (frase que habla por sí misma: chonga, simple y a los bifes)
- "Soy una persona muy alegre" (¡fushhh! especialmente si va acompañada por la foto de un gatito o ella con un oso de peluche).
Mayormente sucede que la gente elige poner una frase de una canción o de un libro. En ese caso, la decisión es fácil: si te gusta la frase que citó ya tiene el primer "ok" (en mi caso lo importante sería que no cite frases de reggetón o de Arjona). Si no tenés idea de quién es la frase que se puso la tipa, lo más piola es googlearla y después hacerte la canchera como que sí, obvio que sabías que esa frase era de García Lorca.

Detalles personales: Absolutamente innecesarios. Lo que se te pide es que te describas. La descripción física no sirve: para eso está tu foto. Y si no pusiste foto, tu perfil va a tener muy pocas visitas. Volveré sobre el asunto de la foto más adelante. Y sobre la descripción de tu persona mental/espiritual, por favor, que alguien me diga si sabe describirse exacta y unidimensionalmente. Porque si diez palabras pueden resumir el vasto abanico de emociones que nos componen, entonces no sé ni para qué hago terapia. Algunas lo que hacen es poner "No sé cómo soy, decímelo vos!", lo cual es peor, porque una cosa es que te cueste elegir las palabras que te describan y otra muy diferente es no saber en absoluto cómo sos y estar invitando a las demás a que te lo digan. Triste.

Hobbies: Finalmente empiezan las preguntas más útiles. Lo malo es que la pregunta por los hobbies plantea un dilema existencial. Te hace cuestionar tu vida más de lo que creés. Porque acá es donde pensás en lo que te gusta hacer además de trabajar y fumarte un porro con tus amigos. Si estás haciendo algunos talleres o cursos, zafaste. Acá es donde lo ponés y quedás divina. Pero si leés cada vez que te acordás, escribís pero sos una colgada, te cabe el cine pero no sabés mucho, al teatro vas sólo si te invitan, taller de pintura hiciste cuando tenías 10 años y música conocés de oído pero de tocar instrumentos nada, entonces estás perdida. Podés mentir, claro. Y decir que leés, escribís, vas al cine, al teatro y alguna vez estudiaste pintura. Eso es lo que hacemos. Mentimos para parecer más interesantes de lo que somos. Y ahí viene el drama existencial de cuestionarnos para qué vivimos si no nos gusta nada y qué es la vida y todo eso. Y como no podemos resolverlo en ese instante, dejamos escritas esas mentiras. Ya habrá tiempo de modificar el perfil cuando tengamos algún interés copado (y nos dejamos esa nota mental: empezar a buscar algún curso de algo).

Gustos personales: Ahora sí, la pregunta que vale. Lo básico: música que escuchás, libros, películas, viajes, comidas, qué te gusta hacer en tu tiempo libre. De tanto ver este tipo de datos, he aprendido a clasificar a las mujeres en diferentes grupos de tortas. Hice una tipología de las amantes del cine, de las que leen ciertos libros, de las que saben de tal tipo de música y de las que no tienen nada que ver con mis gustos (que ni clasifico). Tanto he podido encasillar sus ficheros, que no me gusta ninguna. Les cazo el molde y me aburro. Aunque seguramente yo también tengo un fichero particular y encaje en algún cajoncito clasificatorio de las mañas de cualquier otra obsesiva.

Qué buscás: A veces me sorprendo cuando las tipas afirman que buscan solamente "Amistad". No puedo creer que alguien ingrese en estos antros de la identidad humana sólo para hacerse amigas. Amigas me hago en cualquier circunstancia, los amigos se hacen sin esfuerzo y casi por casualidad, pero si me tomo el trabajo de confeccionar una tipología de mi persona, el único objetivo es conseguir minita. Las que buscan amistad suelen ser las heterosexuales curiosas que, obviamente, tampoco están buscando amistad. Aunque una se siente medio rara admitiendo que busca "Pareja" o "Sexo". Entonces le ponés también "Amistad", por si algo no sale bien con una tipa a quien eventualmente conozcas en persona y así podés ampararte en el hecho de que en tu perfil avisaste que también buscabas amistad.

Foto: Hete aquí el quid de la cuestión. Todas tenemos un gusto particular, alguien que nos parece bella a nosotras, vaya uno a saber porqué, aunque no sea necesariamente tan perfecta como la cofradía de los niños de Cris Morena. Pero pensemos que estás leyendo esto que escribo en la privacidad de tu momento personal. Estamos solas. Vos lectora y yo escritora. Vamos a decirnos un secreto. Y como estamos solas, podés admitirlo. No hay nada más importante que la foto. Porque sí, la tipa puede amar la poesía, curar niños, combatir el hambre y tocar la guitarra como Santana, pero si la jeta no te gusta, no hay mucho para hacer. Leés su perfil y pensás: loco, ojalá me gustara, porque parece una mina super interesante. Mirás varias veces la foto a ver si podés encontrarle un rasgo que te parezca agradable, algo, alguito que la pilotee. Pensás que capaz, si te juntás a tomar algo y la ves vis-à-vis, quizás la zafe con el nivel de conversación o tenga algo realmente copado que pueda redondear el negocio para arriba. ¡Suerte con eso!
Por eso cuando veo que hay tipas que han puesto fotos de perfil que sólo pueden calificarse como inadmisibles, les pregunto retóricamente: Flaca, ¿en qué estabas pensando? Las feúchas pero sagaces, suelen tener la delicadeza de photoshopearse un poco, elegir la mejorcita de sus fotos, ponerla en blanco y negro, o quizás sólo poner imágenes de partes de su cuerpo y cara. Al menos el misterio de la mujer fraccionada, que genera más esperanzas que la cruel realidad de la mina que se puso la peor foto que sacó con su celular bajo un tubo de luz mortecina.

Pero aunque la foto sea mucho, no es todo. Y aunque sus gustos, sus hobbies y su color de zapatillas puedan hablar de ella, dicen muy poco. Si algo te gusta de ella, no es ese inventario de cosas. Es eso que te pasa cuando la ves. Me he topado con gente con la que concidíamos en músicas e intereses. Pero el humor, la mirada, la forma como pensaba la vida o su manera de caminar... simplemente no iban conmigo. Con foto, charlas y listado de hobbies aprobado.

miércoles, 17 de noviembre de 2010

Partido Teta Socialista - Plataforma 2011



Carta abierta a las compañeras conchoamantes:

          A partir de la ola creciente de interés socio-político presentado por la juventud, las tortas desorganizadas del país hemos decidido formar una nueva corriente político combativa.
          Así, en esta fecha solemne, nos presentamos ante ustedes. Somos militantes del Partido Teta Socialista o PTS (y no toleraremos chistes fáciles en referencia a su sonido onomatopéyico que muy poco tienen que ver con los objetivos de nuestra noble organización).
Además, a través de la presente, damos a conocer las propuestas programáticas de nuestra Plataforma 2011:

1) Nacionalización de los recursos orgánicos
Las tetas del país deben ser patrimonio de las ciudadanas lésbicas que habitan el territorio nacional. Todas las tetas serán socializadas. Las tetas pasarán a ser un servicio público y estarán al acceso de todas las tortas por igual. En una segunda etapa de desarrollo, se nacionalizarán también todos los orificios pélvicos que el país pueda requerir para su uso, abuso y toqueteo.

2) Recuperación de las tetas despatriadas
La teta bisexualizada, que ha abandonado la Patria lésbica en busca de horizontes pijudos, será restituída al Estado a fuerza de extensas jornadas de sexo y prácticas sadomasoquistas varias. Este proyecto de recuperación conllevará también el fomento del empleo y la educación pues, a estos efectos, serán requeridas manos y bocas expertas.

3) Asistencia social para las desgraciadas
El sistema capitalista en el que vivimos es generador de desigualdades de todo tipo. El PTS propone la fundación de asambleas barriales de asistencia social a las tortas que estén en período de desgracia. Mediante estos reducidos espacios político-sociales, serán revisados los casos en que las conchitas tristes puedan requerir compañía amorosa. Dichas compañeras, a quienes llamaremos "Culos rotativos", serán voluntarias provenientes del pueblo y estarán firmemente abocadas a su misión de tranformación social. Una Patria de camas llenas es una Patria feliz.

4) Integración al bloque continental y fomento de la identidad latinoamericana
No por andar repatriando y nacionalizando, vamos a dejar de lado las tetas latinoamericanas. Las hermanas del continente siempre serán bienvenidas en nuestro pueblo. Se establecerá el estudio curricular del lesbianismo latinoamericano en todas las escuelas secundarias del país. Además, se proveerá a los laboratorios de computación de herramientas que hagan más fácil el acceso a chats, facebooks, páginas de perfiles lésbicos, portales y foros. Se fomentará el turismo torteril y los intercambios estudiantiles. Por último, se instaurará el Día de la Identidad Lésbica Latinoamericana, como feriado nacional, para que todas las tortas puedan ir a bailar la noche de la víspera y se levanten resacosas junto a quién sabe qué personaje, siempre y cuando sea latinoamericana.

5) Lineamientos de la política social y económica
El PTS es un partido que nunca olvidará sus raíces obreras. Por eso, planteamos un proyecto de reindustrialización de la actividad torteril. Para fomentar la industria nacional, nuestro organismo propone:
- Otorgar créditos a nuevos emprendimientos entre minas. No hace falta que las minas sean tortas desde un principio, pero sí que se tengan ganas y que, eventualmente, se besen.
- Entregar préstamos a PyMEs que ya estén en funcionamiento, siempre y cuando dichas empresas estén relacionadas con tetas y/o culos.
- Realizar programas de capacitación con salida laboral obrera. Las tortas tendrán acceso a tecnicaturas relacionadas con el trabajo en máquinas de todo tipo. Sí, eso nos calienta.
- Organizar sindicatos obrero-safhistas en los que las trabajadoras podrán sentirse representadas y obtendrán beneficios sociales en las áreas de salud y esparcimiento. Todas las médicas de sus obras sociales serán cuidadosamente seleccionadas por profesionales de la burocracia gremial y sus clubes tendrán saunas y escabio y habrá joda de jueves a domingo.

Así nos damos a conocer, queridas compañeras, con el deseo de conquistar el espacio cívico y la soberanía nacional lésbica. ¡Ya estamos afiliando!

 Por un país de tetas socialistas, combativas, libres.
Para todas, todo.
Para todas, las tetas.
Para las tetas, más tetas.
¡Hasta la teta siempre!

Dra. Luisa Tortódroma de los Rosarios Lufranos
Líder Carismática, Gurú Espiritual y 
Presidenta del Partido Teta Socialista

Terapia de mierda



Me lanzo sobre su sillón casi recostada, pensando si esta vez me animaré a hacer diván. La sesión du jour lo amerita.
Segundos atrás, él me había preguntado cómo andaba, entre los besos de bienvenida. Nunca sé qué contestarle en esos breves pasos que nos llevan hasta su consultorio. ¿Bien? ¡Pero si estoy mal! ¿Cuándo es que Juan se convierte en Juan Terapista y ya puedo decirle que estoy mal, mal, requetemal!!!? Alguna vez tracé una línea esclarecedora: cuando cruzo el umbral del consultorio. Entonces él me pregunta: ¿cómo andás? Y yo estiro el "mmmbieeeeennnnmmmmmmhhhmmmm", atravieso la puerta y me enfrento a su cara de "es claro que no tan bien", mientras me sambuyo en el sillón en presurosa desición ¿me acuesto o no?, que no es poco.
Pero no, no estoy bien y no me acuesto. Prefiero mirarlo a la cara y seguir siendo tan informales como siempre o quizás sea porque me causa gracia y terror el diván. Ahora estamos en su consultorio y él es Juan Terapista y puedo decirle cómo estoy realmente.
- Conflictuaaadaaa.- Obvio, sino no estaría pagando sus honorarios semanales.
- Contame ¿qué te anda pasando?
- Mierdas, Juan, puras mierdas.
Aunque no quiero empezar así, por la mierda, entonces le digo que en el trabajo estoy más o menos bien, los amigos, lo que hice el fin de semana. Y eso, por suerte, me consume media sesión. Aunque cuando me doy cuenta que he logrado evitar los temas candentes, pienso que después deberé esperar aún otra semana para desembuchar las porquerías que tanto pinchan, así que me decido y desembucho en ese momento, venticinco minutos antes del fin de la sesión.
Por supuesto que siempre es el amor lo que consume mis horas terapéuticas. ¿Y las de quién no? Aunque algunos días pienso que soy absolutamente banal y que debería estar hablando de Edipos y traumas y grandes proyectos a futuro. Y me encantaría escuchar las sesiones de otros neuróticos para saber si hago bien pensando tanto en esas tipas que me hacen enrular los mechones de pelo con carita de niña de doce. Porque es claro que mi pasado merece más que diez minutos de Juan diciendo que mi madre y que con razón yo soy así y yo explicando que ya lo sé, que eso ya lo hablé en otras terapias ¡a mamá mona! y apuro todo porque en realidad a lo que vine es a contarle eso que ya los tiene repodridos a mis amigos y sólo puedo relatar por octava vez a quien recibe suculentas retribuciones monetarias. Pero además, no olvidemos, es al único a quien respeto. La palabra de él para mí es santa. Y hago todo lo que me dice porque así después al menos, si enloquezco, puedo aludir que hice todo lo que él aconsejó y que lo encierren a él también, pero obvio: en la misma salita que a mí.
Juan Terapista me escucha y a veces hace comentarios totalmente desquiciados como: ¿No será que está con otra mina? o ¿Te parece que ella tiene algún asunto con la madre? Y yo me pregunto cómo puede servirle esto a mi terapia pero él es chusma, creo (único motivo para que indague en las problemáticas de las minas que me aquejan) y entonces le digo lo que pienso y agrego: pero volvamos a mí...
Pero Juan, maldito Juan, a veces me dice lo justo. Y yo me quedo perpleja. Después de tantos años de terapias él logra sorprenderme. ¿Qué hago entonces? ¿vivir como él dice? Pero él me dice que viva como quiera, que haga lo que deseo, que busque siempre estar bien, que no me reprima, que sea yo misma. Maldito Juan. Como si eso fuera tan fácil. ¿Y si soy yo pero nadie me quiere? ¿y si soy yo pero ella no me quiere? Y si sí me quieren, pero ¿quién soy yo?
Y aunque Juan a veces me da tareas monumentales, como dejar a esa mina que me hace mal, armar un proyecto para el año que viene, empezar una actividad nueva o desoír los comentarios chotos de los allegados, yo siempre salgo cantando. Acongojada y todo, pero cantando. Y pienso que solucionar ciertas cuestiones me va a costar la vida, pero que si ahora estoy cantando, entonces algo debe estar un poquito mejor.
Qué terapia de mierda. Me confieso dependiente.

martes, 16 de noviembre de 2010

Con P de Pendeja



El golpe de gracia lo dio la pendeja hace unos días. Dieciocho añitos y ella, mi amiga, veintinueve. Ninguna boluda, mi amiga. O un poco, claro: cuando le dieron el golpe.

- Me invitó a bailar con las amigas y estuvo toda la noche histeriqueando a otras pibas. No me dio pelota jamás. Te juro que no la entiendo-. Me comentó mi amiga muy consternada, pero después aclaró: -Es un garche, nada más. Pero si no quiere garchar conmigo, ¿qué onda?

Claro, ese había sido el golpe. Todo bien mientras la pendeja le funcionara en modo "garche", como quien compra un lavarropas, pero no pretendan, ni vos ni ella, hacer papas fritas. Lavarropas lava ropas. Y sin embargo, yo me quejé un poco en nombre de la humanidad y le advertí: -No es un "garche", en todo caso es una persona, como vos, con la que tenés un vínculo sexual-. Ella no me entendió o no me quiso escuchar pero yo me niego a tratar a alguien como un aparato doméstico. Está bien que las funciones de una compañera de camas puedan ser limitadas, pero todos los vínculos tienen límites y no por eso vamos a menospreciar lo que se da de una manera tan pura como La Laguna Azul pero sin Brooke Shields.
Ese era el problema: la pendejita se le rebeló y no le dio más pelota. Y ella que le reclamaba, que la buscaba, que se la quería cojer, que no entendía nada.

Yo decidí, desde la época de los juegos en red, que ya no iba a entender nada de la juventud. Y eso fue hace un montón. O sea, que todavía faltaba que se vinieran los fotologs (y sus queridos floggers), los emos y todas las tribus, el sexo grupal entre niños, la proliferación de fotos zenitales, el vacuo "arre" (o "ah, re", corrección ortográfica inevitable) y todo otro montón de cosas que nunca conocí porque, como dije, había preferido dejar de entender antes que clavarme una patineta y un top y convertirme en una triste pendevieja. En vez de eso me dediqué a no darles más pelota y envejecer con gracia, entereza y un comité de vestidos hermosos.

Lo que no le dije a mi amiga es que a mí también me la metió bien metida una pendeja que se partía sola, pancito tierno, una cosa terrible. Pero cuando se pudrió de mí (y no duró nada, se pudrió esa misma noche), me mandó a volar y no me saludó más. Y yo tampoco entendí nada aquella vez y me la tuve que fumar como un sorete prendido en una punta. Esa fue una de las tantas cosas que no entendí jamás de la nueva generación de gente. Y eso que yo me aseveraba que hasta hacía tan poquito había estado adentro de la pomada, que entonces cómo no iba a entender si yo también había transitado los dieciocho, diecinueve, veinte, veinticuatro y así. ¿Cómo no iba a entender? Pero no, no entendía.

Así, después de que mi amiga me repitió por décima vez que no entendía porqué esa pibita le había hecho todas esas cosas horribles, y luego de hacer mi flashback de veinte minutos a aquella escena de boliche con mi pendeja de ocasión, volví al presente y en su onceavo "¡Esa hija de puta, te juro que no la entiendo!", le dije:
- Es que esa Hija de Puta, tiene P de Pendeja. Para que la entiendas, deberías tener dieciocho años como ella o comportarte como tal, cosa que quedaría horrible, así que menos mal que no.

Antes de terminar la charla, quise abofetearla a ver si se le pasaba la demencia infantil, pero estábamos hablando por teléfono.
No faltará oportunidad.

miércoles, 10 de noviembre de 2010

Cancherita



La Piba se había enamorado, o algo así. Y digo "algo así" porque ella no me permitiría decir una cosa tan determinante como "enamorado". Pero si lo cuento yo, digo firmemente que se había enamorado. De esos amores que sólo se demoran lo que tarda en llegar la información de las rutas de la percepción hacia el cerebro. Después todo lo demás fue confirmarme en interminables charlas telefónicas que sí, que esa mina le encantaba.
La Piba no tiene muchos mambos. Quiere amar una mujer de lindos colores, que haga algo interesante con sus manos (artes o lo que sea que pueda hacer una noche generosa). Es buena piba, pero yo le doy mi peor diagnóstico: Piba, lo lamento, pero te enamoraste de una cancherita.

La cancherita viene en varios formatos.
Yo siempre me enojo con las que tuvieron la vida fácil, las culturosas de clase media alta, que desde que eran un canapé en pañales tuvieron un acceso fluído al capital cultural y que entonces ahora, de grandes, saben de fotografía, música, cine, moda. ¿Cómo no ser cancheritas? Casi que les sale natural.
Claro que están las otras, las seriamente golpeadas por la vida. Las que se criaron desde abajo y saben poco de todo. El cancherismo es para ellas lo único que las mantiene en pie y -creen- las destaca del populacho. Con esas no me enojo, pobrecitas. Fama vacía, que le dicen. Por culto a la imagen, adoran sacarse millones de fotos, todas desde arriba para que les dé mejor el ángulo (y tiran un toque de trompa, obvio). Pero tanto golpe les suele dar un aguante que ¡mamita! No se achican por nada. Cancherean a pecho firme. Con esas me enganchaba yo. Cancheritas de drogas y alcohol, de boliches, de placita. Carrocería abollada, pero ¡un motorrrr!

Pero la Piba, por lo que yo veo, se enamoró de una canchera del primer grupo. Y a esas, ¿cómo las bajás? Ellas saben que merecen estar ahí. No van a estar descendiendo al pueblo. Y si bajan, es para deglutirse a una de las otras cancheritas, las golpeadas, que acceden a las cancheritas culturosas por la senda de la chotez, antes que por mérito de bondad o sabiduría. ¿Qué digo? Que es más fácil levantar una culturosa haciéndole entender que te importa muy poco su existencia más que porque, como la Piba, sos buena gente, tenés una energía divina, laburaste mucho tu espíritu y esas giladas. La cancherita no cree en esas cosas. Para ella son jipiadas.
La Piba cree que hay mucho más en su cancherita que simple cancherismo. Dice que ella siente que no es tan así. Pero en todo su ejercicio la cancherita de sus sueños no hace más que cambiarse de lugar la corona. Y yo le digo que esa mina hoy en día no tiene nada para darle. Que esa no es una Mujer (de esas con mayúscula que tanto buscamos). Es una calcomanía pegada encima de una mujer.

Y sí, si la cancherita crece un poco y se asoma a otras existencias, puede llegar a darse cuenta que hay algo más en este planeta que relaciones dispares. Porque imagino que la cancherita cancherea porque sólo puede configurar que en un vínculo hay alguien por encima y alguien por debajo. Y estar por debajo no es nada divertido. Aunque alguien sólo puede conocer el "debajo" si alguna vez estuvo ahí. Entonces quizás la cancherita cancherea porque en sus adentros, hay debajos.
Pero si crece... Piba, si crece, estás salvada.
Habrá que esperar a ver si se riega un poco las plantas de los pies.

viernes, 5 de noviembre de 2010

Orgullo


A lo largo de los 8 años que vengo participando de las Marchas del Orgullo LGBT he escuchado todo tipo de expresiones en contra de esta movilización, pero la que más me ha llamado la atención es aquella argumentación, largamente escuchada, que se opone a marchar en favor del "Orgullo" gay.
Es evidente que este término abre el debate. Los que exponen su posición contra la utilización de la palabra "orgullo" explican que, para ellos ser gay, les, trans o bi, no es una cuestión de orgullo sino que debiera tomarse como algo meramente natural.
Estoy de acuerdo. Es necesario naturalizar las diversas identidades sexuales. Pero para lograrlo, primero, hay que hacer mucho ruido.

VISIBILIDAD
Las marchas del orgullo a lo largo del mundo, desde sus comienzos, plantearon la idea de hacerse visibles. Salir del clóset como acto revolucionario. En este caso, la revolución no tenía que ver con derrocar un gobierno, sino con derribar todos los elementos de la cultura que impedían sincerarse con uno mismo y con el afuera. El peor de los enemigos: la vergüenza. La meta: decir la verdad. La forma de lograrlo: sintiendo orgullo por ser lo que cada uno es.
Año tras año, las "Gay pride" del mundo se fueron haciendo más multitudinarias. Y en Argentina yo misma lo vi: desde la primer marcha a la que fui, en 2002, la cantidad de gente ciertamente se ha cuadruplicado. Cuando algo se hace tan masivo, es imposible silenciarlo. El alarido incontenible, siempre, me llena de orgullo.

CRÍMENES CONTRA LA HUMANIDAD
Algo me moviliza particularmente en ésta y otras marchas a las que elijo asistir: la sensación de que no lo estoy eligiendo. Para mí manifestarme con respecto a ciertos asuntos es una necesidad irrefrenable. En las primeras marchas, no voy a mentir, sabía que iba a mirar minitas. Pero todo te llega. Es imposible que algo de esa información no se te cuele entre la dopamina y pegue en la neurona correcta.
Y así llegué a entender que no podemos olvidar la violencia de género que ha cobrado víctimas lejanas y recientes. No podemos ignorar la discriminación, las caras de asco, el derecho de admisión, las agresiones, los asesinatos. No podemos desatender lo difícil que es para las trans conseguir un trabajo que no esté relacionado con la prostitución. O lo complejo que debe ser vivir bajo una identidad que no es la propia. No podemos dejar atrás los cientos de vidas perdidas por el HIV y la desinformación, después de habérselo  achacado todo a la "promiscuidad" homosexual (que continúan siendo un grupo de riesgo a la hora de donar sangre). No podemos olvidarnos de Natalia Gaitán.
Ante eso, no nos escondemos. Marchamos firmes de espíritu. Impregnados de orgullo.

HERMANOS
Las manifestaciones masivas tienen un espíritu de comunión que nos llena de la emoción de hermanarnos. Lo específicamente interesante de la marcha GLTB es que nos hermana con gente de toda índole. No sólo de diferentes orientaciones sexuales, sino de todo tipo de entornos, edades, culturas, estratos. Ahí es donde se ve plasmada la diversidad que tanto celebramos. Suficiente para decirme orgullosa: en la marcha en la que marcho, se aceptan todas las versiones de vida.

IGUALES
María Rachid admite que el proyecto de Matrimonio Igualitario, no surgió de buenas a primeras. En la Federación iban por la Unión Civil a nivel nacional, porque pedir más era imposible. Pero pronto cayeron en cuenta de que ir por la Unión Civil era seguir habitando ese entrepiso inconcluso de ser menos ciudadanos que cualquier otro. Hubo que cambiar el enfoque y desde ese lugar comenzar la lucha. Marchábamos bajo la consigna de lograr los mismos derechos para todos. ¿Y los mismos derechos por qué? Porque somos iguales. Somos tan humanos, como el que más. Desde ese lado se da la pelea. ¡Y mierda que se pelea! Incluso hoy, que se ha conseguido la utopía del Matrimonio Civil. Inmensa razón para sentirme orgullosa.

CONVOCATORIA
Yo marcho en las movilizaciones en las que me siento convocada. Hay algo en mí que se ve llamado a participar. Como me pasa con otras causas, la causa GLTB me convoca. Es mi nombre más profundo. Me da identidad, me cuenta quién soy. Y poco me importa si alguien va en tetas o si un musculoso glitereado se cuelga de algún camión promocional de un boliche. Mi causa es la misma que la de los demás, aunque mi idioscincracia sea otra. La causa colectiva es más grande que cualquiera de los individuos que marchan.
Es la causa la que nos convoca.
En esta marcha, después de haber conquistado el objetivo de la Ley de Matrimonio, la consigna central exige que se haga ley un proyecto muy ansiado para un gran estrato de la comunidad GLTB: La Identidad de Género. Una causa controversial que pone en debate, como la ley del 15 de julio pasado, los pilares del sistema de creencias de una sociedad que necesita abrir los ojos para empezar a salvarse. Y nosotros estamos al frente de esa transformación.

Somos el ruido incesante que desnuda las vergüenzas.
Por eso marcho con orgullo. Porque el orgullo debiera sentirse orgulloso de habernos acompañado todos estos años.

lunes, 1 de noviembre de 2010

GPS del bochorno de la Señora Bien



Dicen que en el 2012 se acaba todo.
Y yo estoy empezando a creerlo porque las señoronas decentes no pueden ni escupir en la calle sin pegarle a una pareja de sandracelestes besuqueras.

- Mirá, mirá... dos tortas!- me dice mi amigota espiando desde la ventana de su edificio.
- Ay... se aman-, digo yo, en mi tono susanoide.
- ¿Seran?
- Sí, miralas cómo se miran. Una tiene mochila, la otra no. Eso es que durmieron juntitas y ahora ella se vuelve a la casa y su chonguita la acompañó a la parada. ¡El ABC!

Entonces mi amigota y yo hacemos el "aaaaaaaayyyy" pertinente y nos llenamos las sonrisas de primaveras de amor al más chabacán estilo Palito-Evangelina.
Ella me dice que la tortez deambula su barrio todos los días. Yo quiero tildarnos de mironas (porque lo somos), pero también sé que hay barrios que promueven homosexualidades varias.

Uno de los barrios más característicos de esta geografía de lo impúdico, es la familiar y fúnebre Chacarita (o lo que yo llamo Chacarita, que en realidad abarca la zona de Colegiales, Parque Chaz, Villa Ortúzar y aledaños, pero que me da muchísima fiaca diferenciar). Desde ahí, la muy mirona de mi amiga, detecta escenas como la recién narrada u ocasionales escándalos lésbicos de señoritas salidas de un boliche cercano.

Y hablando de boliches, hay que aclarar que nunca es casual que alguien se mude al barrio de Almagro. Así como los putos alguna vez eligieron Recoleta (aunque para mí Santa Fe y Pueyrredón es más Once que otra cosa, pero si ellos quieren sentirse importantes, le diremos Recoleta, pue'). Almagro, cuna de la bolicheada tortilleril, alberga a quienes aseguran jamás haber pisado lugares de esa índole, pero entonces ¿por qué eligieron JUSTO esa zona? ¿Casualidad? No me hagas reír las patas, diría mi padre.

Por supuesto que hay tortas en Palermo y barrios contiguos como Villa Crespo. Zonas cómodas si las hay. Todos los bondis te dejan bien. Y es exactamente lo que busca la torta que habita esas regiones: facilidad para que una pueda llegar a sus casas. Y ese plan, sinceramente, tiene éxito. Muy bien pensado... y no de carambola.

En Barrio Norte y Belgrano habitan las tortas temáticas. Darkies, Punkies, Góticas y todas esas bisexuales loquitas que dicen que les da lo mismo cualquier cuerpo pero que terminan siendo unas jodidas y con razón tanta cosa extraña en la ropa... estabas desquiciada en serio.

Yéndose a las lejanías, en zonas no tan agraciadas, encontramos a la torta que no quiere caerse del mapa de Capital Federal, pero que la pelea con uñas y dientes. La torta de Congreso y la de Flores/Floresta. Esto requiere que la lesbianuda que mora en esos territorios utilice un nivel de convencimiento mayor. Pero ojo: no te pagan un taxi, ni se mueven adonde vos estás. Terminás moviéndote vos. Pensarás, entonces: ¿cómo lo logran? Simplemente porque en general son chonguitas arremetedoras y de buenas promesas. Entonces, parece, el viaje vale la pena.

Del otro lado de General Paz, no se olviden, el Sur también existe. Lanús, Quilmes. Hervidero de tortas. Y ahí sí que están las chongas de pura cepa. A nadie se le quiebra una uña por nada. En el Oeste, dicen, está el agite (y no se equivocan). La gente de Gran Buenos Aires ha vivido viajando a Capital en cualquier horario, todo sea por pegar una buena movida, no como la muerte de Provincia, así que se las bancan todas. Tortas todo terreno, listas para cualquier situación. Si te agarra una de esas, cagaste. De ahí a una relación estás a un paso; te tuviste que quedar tantas veces a dormir (porque la vuelta a tu casa es un bardo), que sin darte cuenta estás lavándole los platos y ajustando el despertador para irte de ahí directo al laburo. Y eso, más seguido de lo que planeaste.

Así que será hora de ir programando los GePeSes, para no caer en las Chongo-Comarcas de la geografía bonaerense. Digo, a las señoras bien que quieran evitarse el bochorno. Yo, en cambio, tomo bondis a Chacarita, Palermo, Villa Crespo, Flores...

Madre


La Paz, Bolivia tiene una población que se desborda del mapa. Tanto, que hacen casitas que llegan hasta las nubes y tienen cientos de minibuses que cuando pasás te pisan, te lo prometo que si hace falta te pisan y no les importa porque igual hay muchísima más gente en ese enjambre. Y eso es a lo que ellos llaman La Paz.
En Buenos Aires no sé qué aires pueden llamarse buenos. Una verdulera se olvida de darme medio kilo de tomates que le pedí y cuando vuelvo al negocio a reclamarle, una señora me dice: no te lo va a dar, es peruana, los peruanos y los chinos son todos iguales.
Tampoco entiendo qué tiene de "federal" la ombliguda Capital; un oxímoron ridículo que es sólo el principio de toda la serie de antagonismos violentos que transpiran los días de la ciudad.
El miedo, la velocidad, la compra y la venta. El índice de desempleo, las agencias de noticias, el precio del dólar, me cierra el banco, vuelva mañana, está despedido. La oferta, la demanda, los medios de incomunicación, ringtones, reprobado, venga en marzo, empujones, bocinas, aspirinas, celulares, propagandas, after office, brindis de fin de año.
Urbanidad. Ese chiste de encimarnos para vivir cada día más lejos.

Y yo, huérfana de año completo, soy llamada por la madre de todos.
La tierra me busca. Se hace fuego en mis venas, agua de mis ojos, viento nocturno. La tierra me grita y yo le grito a la tierra. Un año entero de exhalar su bondad en esta propiedad foránea a la que llamo hogar. Un hogar en el que nunca me encuentro. Y una nostalgia de vidas pasadas, ancestros de los cuatro vientos, cazadores, recolectores, hijos color piedra, corazones terracota. Te extraño, vida. Te extraño, madre.

En el silencio hago mi promesa:
volveré pronto, tierrita.
A la madre, a mí:
volveré pronto.
Ojalá.

miércoles, 20 de octubre de 2010

Pingüinos enlatados

 
Como quien abre una lata de salsa de tomate y se encuentra un pingüino despampanante, vos resultaste ser tanto más que ese puré colorado que yo había decidido comprar.
Pingüinito amable, lucecitas negras eran tus botones oculares. Y eras pluma voladora cada vez que te antojabas.
Tanto más que la delgada simpleza. Gordo pingüino, pancita blanca. Eras tanto más.
Y nos decíamos siempre, aunque éramos nunca.
Enanito juguetón, desde las profundidades del mar emergías de un salto sorpresivo y me besabas los párpados para cuidarme los sueños.

Y ahí estaba yo, como quien abre una lata de pingüinos enlatados y espera encontrarse con un bicho como cualquier otro, pero sacaste travieso tu pico picoteador y pica-que-te-pica me dejaste en una isla flotante, a la deriva del continente. Pingüino azabache, fabricante de maremotos, destilador de mis quietudes. Para darte las gracias, muchas gracias, por romperte en mi orilla, te regalé brisas onomatopéyicas, brisas de arenas blancas, espejitos de sol.

Como quien abre la vida en una lata. La vida que ya era vida antes de la lata, antes de abrir, antes del pingüino. Pero después, pingüino empetrolado, nos abandonamos en algún puerto. Y la vida quedó enlatada al vacío, desmenuzada, como un atún.

jueves, 14 de octubre de 2010

Mafalda



"No hay mal que dure cien años".
- Sí, pero hay males que hace rato peinan canas.

Algo así decía Mafalda en una de sus historietas. Yo se las robaba a mi abuela cuando me quedaba a dormir en su casa. Por alguna razón ella pensaba que era medianamente poético y ciertamente decorativo tener un cuadro de un payaso llorando en la habitación en la que dormían sus nietos. Cuando venían mis primas no había problema. Pero cuando me quedaba a dormir yo sola, ese payaso malicioso me espiaba los sueños. Entonces prefería devorarme de pe a pá las dos Mafaldas que habían quedado de la época en que mi mamá vivía con ellos.
Mafalda 3 y Mafalda 4. Ejemplares que todavía conservo. Y aunque he leído todos los números de la colección cientos de veces, esos dos son los que más han quedado en mi recuerdo, por haber sido fieles compañeros de las noches de insomnios y payasos asesinos.

De memoria me las sabía. Lo juro. Y me ofendía silenciosamente cuando alguien intentaba citarla con burdos errores. A veces me enojaba con la gente sólo por haber equivocado alguna palabra o porque le hayan adjudicado una frase de Miguelito a Felipe. De vez en cuando los corregía entre dientes... "Ah, sí, sí. Es cierto. Decía así como vos decís", admitían. "Mmmmmmsí...", respondía tranquilizándome una vez que el error había sido corregido.

Si Mafalda viviera hoy, ¿cómo sería?
Ojalá Mafalda se le haya rebelado un día a Quino y se haya ido por la vida, fuera del trazo que la apresaba a un cierto número de páginas y a un diario, semanario o libro de tira cómica.
Yo tengo la esperanza de verla algún día militando en la izquierda feminista, en algún encuentro de mujeres o simplemente fumándose un pucho en alguna reunión de amigos.
Si Mafalda viviera hoy, yo la besaría. Ella, probablemente pensaría que hay más en mí de Susanita que de Libertad. Yo intentaría explicarle que los años, que la burguesía, que una intenta pero...
Y ella se avergonzaría de que alguna vez, de chiquita, me hayan llamado como a ella: "Mafaldita". Pero ¿a quién no? Faltaba con ser un poco revoltosa y contestataria.

Hoy tengo más luchas en el tintero que en el papel. Más en el papel que en la mano. Más en la mano que sueltas, libradas, ejecutadas.
Pero ese empuje que me dio ella, prometo, me prometo, deconstruirlo, retransformarlo. No alcanza con haber intentado emularla.
A veces, si uno no vomita transformación, despertares, agitaciones, molotovs o lo que sea que nos quema en el cuerpo, entonces el cuerpo simplemente muere deshidratado por el baño María del cotidiano. Ese fuego lento que no incendia, sólo seca.

Mafalda, Mafaldita.
Dame luchas. Dame firmeza, dame proyectos. No dejes que me seque, como hoy. Rompamos la aridez diaria. Sino, ¿para qué tantos años de leerte?

Mafalda, Mafaldita, dame el sueño de despertar y dar la vida. Sino ¿para qué la vida?

sábado, 9 de octubre de 2010

Crónica de los amigohermanos

No hay peor exilio, que el exilio de uno mismo.
Algo así pienso cuando miro las fotos de Bariloche. Mis siete años, ungidos por un flequillo travieso y la panza contenta de papá abrazándome a mí y al grandote de mi hermano, que ya a los doce, casi lo superaba en altura. Mamá, del otro lado de la lente apretujaba en una misma toma a sus tres amores y al bosque de Arrayanes.
Ese es el último rollo de fotos en el que me veo.
Y después, el exilio de mí.

Durante varios años, por culpa de la culpa, subarrendé mi cuerpo a esa otra persona que fui y envié a las catacumbas de otro pueblo a todo lo que de mí intentaba ser libre. De vez en cuando, cuando mi yo prisionera se asomaba, siempre había alguien que la censuraba. Una maestra, la televisión, los pibes del barrio, mi grupo de amigos.
Pero como yo no era yo, sino una que portaba mi cuerpo y andaba robóticamente esperando a que todos le explicaran cómo era correcto vivir, tenía unos amigos que eran los que me aceptaban, siempre y cuando fuera como debía ser, sin quejarme demasiado, sin ser otra vez yo, es decir, siendo lo menos yo posible y bien encerradita esa rebelde malhumorada donde le correspondía.
Y no me fue tan mal. Tuve amigos, tuve hombres, tuve estudios, tuve novia. Una biografía que era la que tenía que ser, para que nadie me golpeara.
Y no me fue tan bien. Todo estaba apropiadamente adornado, pero la que habitaba en mí no conseguía encajarse completamente en el mundo. Se sentía sola cuando estaba entre la multitud. Lloraba a espaldas de sí y de frente se contaba mentiras. Sus amigos eran un cáliz en el que depositaba cansinamente sus insatisfacciones. Los veía alejarse o quizás ya vivían lejos, quizás ni siquiera hablaban su dialecto. Y por fin, de tanta pena, la que alquilaba mi cuerpo se murió. La mató la desesperanza de creer que mi ser estaba condenado a la miseria.

Entonces yo, en el exilio forzado, volví a mis calles, volví a mi cuerpo. Tomé el gobierno y me administré como creí adecuado: sin mirar a los costados; mirándome siempre para adentro. Y así fue la historia de la resurrección.

Cuando camino por el mundo aún me asusta la invasión de los coterráneos. El miedo al golpismo del ser, a que quieran derrocarme con sus sistemas de valores, con la ideología de lo correcto, con todo lo que yo debiera ser. Y así sucede que la gente me hace hace baruyo, me acosa, me burla, me ensordece.
Pero por suerte, a mi lado caminan ellos, los que andan las calles como peinándolas, los que me susurran caricias. Y vienen suaves como las sonrisas, a darme su mano desprejuiciada.
Son mis amigos. Los únicos que son tan verdaderos como la sangre que nos hermana viajando al mismo paso, encontrándonos aún en las diferencias, pidiéndonos nada. Amigos que cantan alegrías y no me exilian, me traen cada vez que me desvanezco en la ética de otros.
Algo así pienso cuando miro las fotos nuevas, las más actuales. Me veo a mí nuevamente, después de tantos años. Y los veo a ellos, llenos de luz, inundando de soles el espacio lindero.
Esos son mis amigohermanos. Ahora, que finalmente yo soy yo y ellos son ellos.

miércoles, 6 de octubre de 2010

Revolución

La revolución no duerme en el polvo.
Es aire susurrante,
que se condensa,
que se transforma.
Revolucionar no es rebelarse.
Rebelarse es resignar bajo protesta.
Protestar no es desatar.
Desatar es liberar y liberarse.
Pero la liberación es engranaje.
El acto asiduo de aprenderse.
Liberarse, aprenderse
es revolucionar.

El amor no se posee,
no se detenta ni se adquiere.
El amor es río tibio,
caudaloso cuando libre.
Libre es aquel que hace ríos,
arroyos sueltos,
sin formas,
sin cauces.

Una noche soñé un río.
Un torrente destejido
de una bufanda azul.
Soñé un beso.
Y con boca insurgente,
empapé las decencias.
Enfurecí, desaté, liberé.
En cada beso, hilaba un río.
En cada río, una revolución.
Una noche soñé un río.
Soñé un beso.
Y desperté.

La revolución, decía él,
es un acto de amor.
Pero el amor es, también,
un acto de revolución.
Llegará un día la hora del río.
Los besos serán fusiles
y todas las vergüenzas del mundo
quedarán perforadas.
¡A las armas!

miércoles, 29 de septiembre de 2010

Cornuda


- ¡Cornuda!-, me gritaba ella a risotada loca cada vez que mi extremada torpeza me llevaba a trastabillar con la raíz de algún árbol que emergía sobre la vereda.
Según la escala moral de sus frases hechas, los tropiezos podían ser leídos como señales claras de que mi novia se la estaba pasando muy bien con otra tipa. Todo eso sería más trivial que un vigilante con crema pastelera, si no hubiera sido justamente ella, mi novia, la que me llamaba así.
No tardaron en golpearme los tímpanos las confesiones de esos seres trémulos que eran sus amigos. Al parecer, mis tropiezos habían estado bien fundados.

Durante meses llevé en la sien los hermosos ornamentos que me había ganado. "¡Cornuda!", me decían los ojos de los vecinos.
La Cornuda del pueblo, mucho gusto.
Y así fui cargando la vergüenza en cada sueño, en cada vigilia.

Por fin, un día de solcito tibio logré deshacerme de incapacidades ajenas y de todo aquello que no era mío. Y entendí que quienes no usan la boca para hablar, casi siempre muerden.


- De los cuernos y de la muerte no se salva nadie-, me dijo ella mucho después, cuando, por gracia de su noviecita más reciente, le tocó ser la nueva guampuda del pueblo.

Y yo me fui tranquila de espíritu, pensando en las mentiras, la justicia poética y la verborragia prefabricada de los enanos de alma, esos que nunca aprenden nada... sólo un cúmulo de frases hechas.

viernes, 24 de septiembre de 2010

Sobre la propiedad privada

Yo habito en las palabras
vos, en el silencio.
Visitaré una noche los silencios
y vos, revoltosa, rozarás las palabras.

Alguna vez,
sólo por toparnos con un beso
enredaremos domicilios.
Viajaremos sin coordenadas,
perdiendo el norte,
hacia el sur de los cuerpos.

No disputaremos
la propiedad de las calles,
o de los perímetros
de patios y alambres.

Una noche,
bajaré de los montes,
y liberaré tus ciudades.
Seremos los silencios,
seremos las palabras.

Y en una guitarra intrépida
se hará la historia
de la revolución.

sábado, 18 de septiembre de 2010

Tres decenas


La tarea fue llevar un montón (¡pero un montón!) de escarbadientes y varias gomitas. Con todos los elementos en la mesa, la maestra nos enseñó a contar decenas. Ya sabíamos contar hasta diez, ¡obvio!, pero ¿cuarenta y siete?
Entonces debimos armar cuatro paquetitos de diez escarbadientes atados por una gomita y siete escarbadientes sueltos. Ahí estaban: cuarenta y siete escarbadientes. Y yo todavía no tenía edad suficiente para contabilizar mi existencia en un paquetito completo.
Seis escarbadientes. Esa era mi vida.

Seis escarbadientes antes, había tomado la desición de asomar las narices al mundo en firme competencia con la primavera. Y le gané yo, o al menos eso pensó mi mamá, a quien seguramente le parecí diez decenas de veces mejor que cualquier estación del año. Por fin, la nena.
Pero aquellos ojos recién despabilados, no tenían noción de lo mucho que se empeñaría el mundo en estropearme. No sólo a mí, sino a cualquier niño-escarbadiente que se topara con cosas terribles como la sociedad, la cultura, la educación media, el amor, los padres y todas esas aristas que nos cuartean la vida. Y para peor, al parecer eso mismo era la vida. Ese transitar agrietador. Cuanta más vida, más escarbadientes. Cuantos más escarbadientes más decenas.

Y así, dos decenas.
Habría aún mucha matemática por aprender. Un cambio de cálculos y virada de rumbo. En ese par de montoncitos de escarbadientes, el azote del amor de bocas femeninas. Amores de piernas nuevas y perfumes. Escarbadientes desatados, desparramados. Uno por por cada año de amor. Pero también, escarbadientes que querían romperse, perderse, esfumarse.

Lo cierto es que uno nunca pierde sus decenas. Se apilan. Se suman ineludiblemente. Y dicen que dicen que eso es la vida.
Así empecé a querer que mis escarbadientes fueran más que residuos de madera.
Escarbadientes por cada año de trabajo duro, por cada atisbo de belleza.
Palitos erguidos, pintados, rasgados, escritos, cuidasosamente adornados.

Tres decenas.

miércoles, 15 de septiembre de 2010

La longitud de un segundo



Hace algunos años, mientras pulía con Blem mi pareja de mierda (y la hacía brillar, aunque no por eso dejaba de ser mierda), miraba a mis amigos y pensaba: Pobres idiotas míos... no pueden tener una relación duradera.
Años más tarde, después de ver que ese modelo se repetía en muchos otros círculos sociales, decidí leer un libro al respecto, para saber algo más sobre la vida, pero más que nada para cancherear (¿por qué uno lee un libro sino?).
Resultó ser que esto de las parejas efímeras no era un problema de mis idiotas, sino una cuestión social que respondía a patrones de vida relacionados con el consumo. Claro, porque si uno se compra una patineta, al rato va a querer una skate, al rato una de esas nuevas que no entiendo cómo funcionan. Y así, todo. Las parejas vendrían a ser lo mismo que la patineta. Una persona se sube encima de otra, la anda un rato, se cae y se hace pelota las rodillas, todo feliz, hasta que algo parece vacío. Aparece la nueva necesidad de consumo. ¿Mamá, me comprás una skate? Y así dejamos a nuestra persona-patineta en el altillo, junto con el Simon y los cassettes de Chiquititas. Persona nueva aparece, me compran una skate. Lo mismo que con el bicho anterior, pero ahora me pudro más rápido porque ya me avivo qué cosas no me gustaban de subirse a una persona. Ahora quiero un lo que sea... pero que sea otra cosa, otra persona. Y cada vez dura menos, porque queremos que consumas patinetas, skates, mc donald's, música pop, así que mejor que te pudras rápido. Comprá, comprá, comprá. Amá, dejá, amá, dejá. ¡A lo próximo!

Pero esto, como dije, no es culpa de nadie. Ni de los idiotas.
No es culpa de nadie que hoy en día, ese minuto que duraba lo efímero, se haya transformado en un segundo y que, esas parejas que duraban cada vez menos, ahora directamente ni siquiera puedan arrancar.
Hay miedo a perder lo propio, a aburrirse, a lastimarse, a repetir elecciones, a repetirse a uno mismo, a ser demasiado tolerante o demasiado intolerante, a resignar individualidades, a olvidar libertades, a perder identidades. Hay miedo al otro, pero también, por sobre todo, hay miedo a uno mismo. A convertirse en algo que uno no quiere ser. Miedo a cambiar y miedo a no poder cambiar.
Los espacios de lo personal y lo identitario son tan inciertos, que lo poquitito que tenemos de certeza, eso que llamamos "lo propio", lo queremos para nosotros mismos. Guardar nuestro "propio" en un huequito entre nuestros brazos y adorarlo, protegerlo. Resguardar la propiedad cada vez más. No permitir que nadie se nos acerque y con su calamitosa existencia nos atravise el ser.
Simplemente consumir. Gentes, cuerpos, patinetas. Y no permitir. No pasar. No pisar el césped. Y todo eso, en la fugacidad de una fracción de estornudo.


Quién pudiera abrir los brazos y desembarazarse de certezas.
Dejar que la vida venga...
y nada más.

domingo, 12 de septiembre de 2010

Un caso serio

Consultorio de la Dra. Débora Pérez Volpin
Médica Clínica - Ginecóloga Voluntaria

- Hola doctora...
- Señorita T., ¿otra vez usted por acá? ¿qué le anda pasando ahora?
- Y... otra vez ando con unas dolencias. Tengo la psiquis arruinada, un ardor recurrente en la boca del estómago y una cosa acá, sobre los hombros... ¿ve cómo ando encorvada?
- Sí, sí... como compungida.
- ¡Compungidísima!
- El amor...
- No. El desamor...
- Sí, veo. Presenta todos los síntomas. ¿Y qué necesita?
- ¡Que me lo saque urgente!
- Eso es lo que pasa con las pacientes que andan con el corazón desabrigado. Se enganchan una de esas baceterias amorosas fuertísimas y después vienen a que les cure las penas. Bueno, déjeme ver... ¿Usted conoce mi programa intensivo para olvidar amores?
- Si es necesaria la camisa de fuerza, le pido que sea alguna en lila, para combinar con el vestido.
- No. Escucheme: el programa consta de tres estímulos para generar el olvido inmediato que usted está buscando. Los estímulos son: hacer un viaje, consumir drogas y alcohol en exceso y el tercero es.... a ver, espéreme. ¡Irmaaa... mándeme a Gabi!
- (¿Gabi?)
- Bueno, acá está Gabi, mi sobrina... ¿no es divina? Armadora central del equipo de handball de su club.
- Eh... sí, qué bueno... Gabi, claro... con ese nombre...
- Por eso, mírela un poquito, mírele esos tubos que tiene. Gabi, decile algo a la chica... Es medio tímida si no se toma unas cervezas...
- Pero doctora, no entiendo lo que quiere...
- Es el tercer estímulo: Amorío con chonga.
- Ay, doctora, yo la verdad le agradezco, pero en este momento... me da un poco de cosa. Ufff...
- ¿Qué le pasa?
- No sé, naúseas...
- Mmmmmmmmm trágico. Trágico. Andá Gabi... Esta piba está al horno.
- ¿Qué me pasa, doctora?
- Lo que temí. Un caso serio.
- ¡No me diga!
- Sí... No le queda otra que bancársela. Esto no es una baceteria. Es un virus comecorazones. No le puedo dar antibióticos. Va a tener que reposar las penas hasta que se vayan. Es cuestión de tiempo. Si no se le pasa me viene a ver de nuevo. A veces los casos serios provocan secuelas.
- ¡Pero doctora, yo no quiero ser un caso serio!
- No llore, por favor, que me moja los recetarios.
- Ay, no me maltrate ¿no ve que estoy mal?
- Usted se la buscó, señorita. No sea maricona. Ahora vaya, tómese unos alcoholes y martirice a sus amigos, me hace el favor.
- Gracias, doctora...
- No hay de qué. Sí, cierre la puerta del lado de afuera. Sí, sí, hasta luego. 
¡Por dios!... Treinta años de boluda...

jueves, 9 de septiembre de 2010

Perros


- No hay nada amable en decir que no -me dijiste entre dientes o quizás sólo lo pensaste. Y yo te escuché como en cada silencio, mientras un soplo de viento nos robaba la historia.
Tomamos de rehenes libros y música, para negociar porvenires. Aunque también, la posibilidad de que no hubiera nada más.

Fuimos perros alguna vez. Y no me reconociste tampoco en aquel tiempo. Debí convencerte de que mires más allá, detrás de mis ojos de perro. Ahí estaba yo, como en cada vida.
Allí estoy ahora, detrás de mis ojos de mujer.
Exahusta, te pido que me encuentres en la próxima existencia. Y me asegurás que sí, aunque mañana prometa dejarnos a oscuras.

Un pasado de perros amantes, un futuro indeciso. Y no hay nada amable en esta tarde que se va maquillando el cielo de violetas rosados, sin tocarnos los cuerpos, una vida más.

Haciendo memoria

- Esos estaban todos enterrados en el fondo de casa, porque en esa época no podías tenerlos- dijo mamá, mientras papá olfateaba los discos.
- Todavía tienen olor a tierra...- comentó él, como saboreando un recuerdo.

Revisamos todos, a pedido mío. Los Beatles, Joan Báez, Sui Generis, Gieco, La Negra (casi muero), The Carpenters y muchos discos de folklore que mi papá afirmaba que yo adoraría.
La nena de papá, por fin, revisando sus discos.
Separé una veintena de vinilos que me interesaban, pero aclaré:
- Vengo el domingo, ahora no tengo mucho tiempo para escucharlos...

No había caso. Papá ya había abierto la puertita del tocadiscos.
- ¡Para probar si anda!- aclaró ante mi impaciencia.

"¡A desalambrar!", demandaba un cojonudo Daniel Viglietti desde la púa implacable. Mamá, que nunca se acuerda de nada de esa época, de esa música, de las veces que logró escurrírsele a la navaja del terror, mamá que eligió olvidar, cantaba como si no hubiera pasado el tiempo.

Y yo, que todavía no comprendo la suerte de tenerlos conmigo, de que ella no haya ido a esa marcha en la que secuestraron a tantos compañeros, o que él no haya figurado en la agenda de alguien, o que no los hayan encontrado en algún mitín político, con su juventud recién estrenada y la esperanza de otro mundo en los ojos, en las voces, en los puños apretados; yo que los puedo vivir, recién hoy les pedí sus discos, su historia y todo eso que son.
Ese espíritu hermoso que sembraron en mí.


Uno de esos días en que una se despierta un poquito más.

miércoles, 1 de septiembre de 2010

Antonomasia



Un fantasma recorre el mundo: el fantasma de una ex.
Y si la nombrás tres veces aparece. Así que shhhh!!! Silencio.
Cuando aparece, lo hace en forma directa (a través de mensaje de texto, mail, llamado o en pleno boliche mientras miras minitas y le adivinás de pronto la espalda a ese personaje indeseable... pero ¿con quién anda? ¿qué hace acá?) o en forma indirecta (por enfermedad propia de meterte a ver sus publicaciones cibernéticas o por el comentario de alguna amiga boluda que con total impunidad te dice: ¿sabés que el otro día me la crucé a xxxxx? ah, sí? andate a la puta que te parió).

La pensaste muy fuerte y de alguna forma PUM! te chocás de frente con todo ese pasado horrible. No, pero de ninguna manera. ¿Mal? ¿A mí? No, no... te quivocás. La he superado. No es ella... es esa cosa. Ese fresquete que me atraviesa la carne cada vez que resuena su nombre... su asqueroso nombre que tiene encajado en toda su frondosidad, las astillas de mi pretérito plus-cuán-imperfecto.

Por eso, una ex ya no tiene nombre. Si es ex, ha dejado de ser. Y no la nombres, por decencia y por manual de buena conducta, jamás la menciones cuando hablás con tu tipita nueva. Y si lo hacés, que sea apelando a su objetivación total: "mi ex". O simplemente "ex", porque ya no querés que tenga nada que ver con tu pronombre personal.
Podríamos quizás, antojarnos de referirnos a ella como "esa hija de puta". O al menos dispararle en el pecho un par de veces. Tranqui. Como para que no ande pavoneándose por las calles y siendo ese fantasma putrefacto que adorna de soretes las posibilidades de aparecer, así como así. Pero claro, si yo, una ciudadana común, llegase a asesinarla, además de años de prisión debería comerme el gesto suspicaz de mi tipita nueva. Esa cara de "todavía tenés asuntos con tu ex". Y no, para nada. Pero no todas terminamos bien. No todas nos devolvimos los cds y los corazones. A veces algunas ex portan el nombre de toda esa vida rancia que creimos que debíamos propiciarnos. Un ayer antiguo, añejo, que retorna para mordernos los pies andantes.

Ella y su nombre. Ese fantasma. Mi ex.
Y todo eso que me provoca el pasado.

viernes, 27 de agosto de 2010

Todo eso que no fue



Nunca te miré los pies.
Y habíamos hablado tanto sobre la importancia de las cosas importantes, pero si me preguntaran cómo son tus pies, tendría que admitir que no lo sé.
Nunca te miré los pies. Los tenías ahí, pegados al resto del cuerpo, pero no creí urgente detenerme en uno, dos, cinco, diez dedos, arco y talón. Tus pies estarían siempre pegados a tu cuerpo, pegados a mí. Y entonces no tendría sentido mirarlos todavía. ¿Para qué detenerme en tus pies? Ese par de detalles regordetes que adornan el extremo sur de tu esencia. Toda vos eras apremio de cintura, perfume, ojos, manos, voz. Ya habría tiempo para los pies. Qué pequeñez tan diminuta. Un sinsentido. El más enano de los pormenores.
Y ahora que se han ido, pegados al resto de tu cuerpo, si alguien me preguntara cómo son tus pies, tendría que admitir que no lo sé.

Ya habría tiempo para los pies.

sábado, 21 de agosto de 2010

Cómo mover un elefante dormido



En Africa, me enamoré de un elefante.
No era raro en esos días que una mujer se enamorara de un elefante. Sin embargo, yo había vivido meses en Africa y no había conocido ningún bicho particularmente intrigante.

Ocurrió que en un safari de esos con jeeps y fotógrafos de la National Geographic, me separé de mi grupo persiguiendo una hiena que me había robado un paquete de papas fritas que yo guardaba para la picada. La muy burlona, se había ido matándose de la risa de mi gesto desconcertado. La corrí durante varios minutos hasta que me di cuenta que era imposible alcanzarla. De pronto, noté que mi grupo había desaparecido. Estaba perdida y, para tratar de reencontrar a mis compañeros, caminé unas horas casi llorando, pero con cuidado de no deshidratarme.

Debajo de un árbol lo vi tirado, haciendo la siesta. Era el elefante más hermoso que había visto en mi vida. Fui conciente que no podría jamás explicar ese amor inmediato a cualquiera que no hubiera visto de cerca a ese maravilloso conjunto de toneladas grises. La luz violácea del sol retirándose del cielo le pegaba en la piel transformándolo en un ser casi mitológico.
Cuando sintió mi presencia observante, entreabrió los ojos.

- Hey, ¿quién es usted? ¿qué quiere que me mira así? - me dijo.

No supe qué contestar. Me quedé muda de amor. Permanecimos mirándonos por varios minutos sin pronunciar sonido alguno.
Pronto su mirada cambió. En ese cruce de intenciones, él también se había enamorado de mí.

Cuando oscureció me abracé a él y con su trompa abrigó todo mi cuerpo. Dormimos olvidados del mundo. No había tiempo ni espacio. Habíamos quebrado las leyes de la física y la naturaleza. Eramos hermosos y las estrellas nos miraban envidiosas.

A la mañana nos despertamos sonriendo. Nos contamos nuestras vidas mientras tomábamos el café con leche que yo había guardado en mi termo. Pero cuando se hizo hora de emprender mi retorno a la ciudad, él no comprendió. Le expliqué que yo estaba viviendo en Ciudad del Cabo y que la única forma de llevar adelante nuestro romance, era emprender el camino hacia allá juntos. No estaba seguro. Amaba la selva y sus tardes de siesta. Yo me ofrecí a empujarlo, si prometía dar algunos pasos por su cuenta. Por suerte accedió y comenzamos a caminar hacia la ciudad. Nos tomó semanas. Daba uno o dos pasos por día. A veces daba diez, pero se arrepentía y regresaba siete. Lo que sucedía en general era que yo debía empujarlo mientras él dormía la siesta. Nadie puede figurarse lo duro que es empujar un elefante dormido. A veces lo hacía como cuando uno mueve un auto que no arranca. Otras veces lo cargaba en mi espalda. Algunas mañanas teníamos buenas conversaciones y él decidía caminar un poquito más de la cuenta. Yo sentía que si podía continuar empujándolo y manteniendo las charlas persuasivas, eventualmente llegaríamos a la ciudad y todo sería diferente.
Pasó un mes. Bajé excesivamente de peso. Me dolían los músculos y las articulaciones. Tenía callos en las manos y ojeras oscuras (para apurar las cosas había empezado a empujarlo también durante la noche). Tenía la espalda a la miseria de sostener su peso. A veces, después de alguna pelea, se regresaba ofendido muchos pasos hacia atrás (o por lo menos hacia lo que para mí era ir para atrás). Yo quería tanto, tanto a ese elefante. No había visto en toda mi vida un ser tan hermoso. Y cuando lo miraba parecía que todos los callos del mundo valían la pena.

Una tarde tuvimos una discusión acerca de su siesta. Yo quería aprovechar para andar algunos pasos antes del anochecer. Él quería dormir. Yo argumentaba que faltaba tan poco para llegar a la ciudad (mentira, faltaba al menos uno o dos meses más de caminata al ritmo que llevábamos). El quería dormir tan encarecidamente y estaba tan aburrido de ser empujado que llegó a decir que ya no estaba seguro de querer venir conmigo. Yo había estado empujándolo durante mes y medio, pero lo valía, me repetía que lo valía. Nunca había conocido un animal así. Por las noches solíamos hacer una fogata. Yo le contaba chistes verdes y él me relataba historias de animales que conocía. Nos mirábamos con el amor más inmenso que hubiera presenciado esa selva jamás. Pero todo era empujarlo. Todo se había convertido en rogar que él hiciera uno o dos pasos más esta vez, para ahorrarme un poco los dolores de espalda.

Él siguió con el mismo ritmo unos días más. La última vez que lo vi, los dos lloramos tanto que hicimos un lago nuevo. Los de la National Geographic vinieron a sacarle fotos, maravillados.

Me había enamorado de ese ser hermoso.
Pero no hay nada más desgarrador que tratar de mover un elefante dormido.

miércoles, 18 de agosto de 2010

El misterioso caso de la Dra. Jeckyllstein, la Sra. Hyde y el Síndrome Premenstrual



Año 1972.
El presidente Juan Domingo Perón financió la primer investigación con células madre de la historia del planeta of the Earth and yes. Fue contratada para dicha tarea la nóbel Dra. en Bioquímica Ruth Jeckyllstein.
La doctora, que repartía el tiempo con su militancia en la Juventud Peronista rama feminista, se había graduado recientemente con honores de la Universidad de Buenos Aires. Era bella, respetuosa, atenta y generosa. Ruth Jeckyllstein fue alguna vez la soltera más codiciada del clan de las tortitas intelectuales.

Pero un desafortunado accidente en el laboratorio afectó su vida para siempre. Una extraña mezcla de células fermentadas, ácido sulfúrico, sémen de mono flaco, ojos de rana y otras etcéteras provocaron una explosión mientras la Dra. Ruth intentaba experimentar con todas esas cosas que tienen los científicos en los tubitos de ensayo.
A partir de ese momento, su vida dio un vuelco irremediable. La compleja mezcla de elementos químicos confirieron a la Dra. Jeckyllstein de un muy fulero síndrome premenstrual (que se prolongaba durante los siguientes días), sin precedentes en la historia de la humanidad. Cada 28 días la Dra. Jeckyllstein se conviertía en el monstruo más temido de Nueva Inglaterra y Buenos Aires (ah, porque a veces viajaba, eh).

A partir de aquel horrible incidente, una serie de eventos vandálicos comenzaron a apabullar una vez por mes y durante unos 5 días, las tranquilas calles de los barrios porteños. Los vecinos asustados (que siempre han necesitado ponerle un nombre pelotudo a sus miedos), afirmaban que había "mucha inseguridad" y cuando se les preguntaba porqué, la nombraban a ella: la Sra. Elsa Hyde.
"¡Es una rayada esa Elsa! Vistes cómo son las minas, bueno: ésta es peor", relataba Luis Efecién, el fletero del barrio.
Todo colapsaba en esos terroríficos días del mes: los hombres corrían despavoridos, los niños lloraban, los pajaritos cantaban, las mujeres un poco se calentaban pero de puro jodidas nomás.
Pocos presenciaron a la Sra. Hyde en acción, pero los que dieron con su paradero y vivieron para contarlo, la describieron como un ser irracional, terco, temperamental, con impredecibles raptos de violencia y griterío incoherente.

Por supuesto, nadie sospechó en aquel entonces que la Sra. Hyde era el alterego conchudo de la amable Dra. Ruth Jeckyllstein.

No había mina que le dure a la "torda" Ruth (como le decían sus amigas de la CTA). Con todos sus diplomas, ni bien llegaba el día de su transformación, levantaba el teléfono y llamaba a su señora de ocasión, la puteaba, le lloraba, le contaba sus traumas de la infancia y concluía diciéndole que no la quería ver más. Esa metamorfosis era la que finalmente la llevaba a convertirse en Elsa Hyde y con toda esa bronca confinada en el útero, salía como loca a destrozar la ciudad.

Un caluroso día de febrero, Ruth les dijo a sus amigos que se iba al carnaval de Gualeguaychú (que por esos días empezaba a ponerle las primeras pelucas a las drags provincianas) y desapareció para no volver. Incidentalmente tampoco se volvió a saber nada sobre la Sra. Elsa Hyde. Los arranques ciclotímicos de gran magnitud simplemente cesaron de un día para otro.
Con el tiempo y las investigaciones más modernas algunos criminalistas cancheros lograron develar el misterio de la doble identidad de la Dra. Ruth, pero jamás pudieron dar con su paradero. Algunos dicen que dejó la ciencia, aprendió a hacer macramé y se fue a vivir a El Bolsón. No se sabe si por la vida jipi o por la aparición del Ibupirac de 600 mg, no hubieron casos de locura y violencia esporádica que pudieran atribuirse a la Sra. Hyde.
Sin embargo, las madres aún cuentan su historia a las hijitas prepúberes, para que sepan bien lo que les espera el día tan hermosamente ansiado en que se conviertan en señoritas.

viernes, 13 de agosto de 2010

El equipo de Boca



Malena había pedido para Reyes el equipito completo de Boca.
- ¿Botines incluidos?- bromeó alguien.
Pero mamá no se acordaba.
El caso fue que el año anterior Male había pedido una pelota. Vaya y pase; los varones también suelen jugar con muñecas o con la ropa de las madres.
El equipito de Boca, sin embargo, había sido demasiado.
“¿Demasiado?”, se preguntaba Malena cada vez que mamá repetía esa historia. Nunca supo lo que significaba que un conjunto de ropa fuera “demasiado”. Male sólo quería jugar a la pelota con sus compañeros, haciendo alarde de su nueva remera azul y oro, con la publicidad de Fate en la pechera. Quizás, con el número diez estampado en la espalda, para que todos supieran que ella era delantera. Nada de negociar un mediocampo y menos el arco. Male tendría el diez y, si la remera lo decía, no podría ocupar otra posición que no fuera la de goleadora oficial del plantel.
Pero el 6 de enero no la esperaba sobre las zapatillas, a un costado del pastito, el regalo ansiado. No había nada que ella hubiera recordado con el cariño que hubiera sentido por el conjuntito xeneize. Seguramente un carísimo juego de mesa, algunas golosinas y varios regalitos perfectos, suficiente para apalear lo que mamá no quería regalar. No. Para mamá era “demasiado”. Y eso, incluso en la época en que Malena todavía no había dicho nada.

Papá quería una nena. Una nena dulce, que le hiciera mimos y se pareciera todas sus ideologías. Cuando cumplió 10 años, papá le compró una pollerita de jean para que usara en su fiesta. Malena, apenas convencida por las insistencias de papá, se calzó la pollera dejando al descubierto sus rodillas lastimadas de tanto centro al arco. Pollera de jean, rodillas raspadas. Esa era Malena, antes siquiera de cualquier revelación.

La maestra no se resignaba. Le había pedido una decena de reuniones a mamá y papá. Malena no se comportaba, no hacía silencio y tenía el guardapolvo sucio. Se quejaba siempre, no se estaba quieta. No era amiga de las demás nenas, no jugaba con ellas en los recreos. No se llevaba bien con los nenes de otros grados. Con una alumna así, no se podía. Simplemente no se podía.
A Malena ya habían empezado a gritarle “marimacho” en los recreos y durante la formación del izado de la bandera. Nunca se lo contó a la maestra. No podía decir tanta vergüenza. Todo lo había guardado en el secreto de las cosas terribles, muchos años antes de poder pronunciarse.

Mamá decidió insistir un tiempo más. Hebillitas, bicicleta rosa, maquillajes para jugar.
Pero Malena quería jugar a la pelota. Nada más. Y que alguien le regalara el equipito de Boca. Pero eso, para todos, era demasiado.