miércoles, 19 de marzo de 2014

Ese actuar sin raíz

¿Qué les pasa a las tortas con el estampado rayado? No importa eso. Hay cosas peores. Que una se siente en una clase de Arte y la gente debata la diferencia entre arte y artesanía citando algo así como una sapiencia de wikipedia o vaya uno a saber. El vox pópuli. Que evidentemente nunca les falló, porque si les hubiera fallado, ya se hubieran empezado a hacer las preguntas correctas. Qué es el arte, qué es mi vida, quién soy, qué es verdadero, qué significa todo. Preguntas correctas, señores. Que hay un 95% de gente que nunca se hizo ni se hará jamás. Eso es más importante que la manía de las tortas de llevar estampados rayados en sus musculosas o pullovers o pantalones (en los pantalones las rayas serían en forma vertical, por supuesto). Nada de esto importa. Soy capaz de perdonar esto, y lo hago, con tal de tener al lado una persona que se haga las preguntas correctas. Y que no se jacte de ser tolerante. La tolerancia ya pasó de moda. Y a quien no entienda porqué voy a explicárselo muy brevemente, porque si está cerca de entenderlo, mejor darle el empujón necesario. Sino, vendrán a decirme que la tolerancia es buena y qué sé yo y esa gente mejor que ni me lea. Porque no puedo explicarles nada. Ni tenemos nada en común. Suficiente será entonces poder dar el empujón necesario para ese pequeñísimo porcentaje que anda solo en el mundo sin entender porqué siempre se sintió tan para el carajo con el resto de la gente. Porque hemos tolerado demasiado. La falacia. La falta de compromiso. La LEVEDAD. Hay asuntos más importantes que estar definiendo si tal o cual profesor es malo. Aburre entrar a clase y escuchar este tipo de comentarios. No sólo aburre. Indigna ver que esta pueda ser la nueva generación de artistas. Gente que reproduce sin cansarse la fórmula del que piensa que ha ido más allá por leer a Galeano o irse a tomar un mate al parque y ponerse en patas. Gente que no se hará jamás las preguntas correctas. Porque es horrible. Lo que uno encuentra cuando pregunta bien, es casi imposible de tragar. Se te queda en la tráquea. ¿O se les hace tan simple llegar a mirar de frente ciertas verdades? que las conductas de mamá las tenemos incrustadas como mugre bajo las uñas. Y que papá no nos escuchó o nos abandonó o que tanta gente no nos quiso. No nos quiso. O que muchas veces en la vida nos sentimos horribles, inadaptados o inadaptadas (lo digo así no sea cosa que me vengan a correr con lo de la violencia de género porque no soy capaz de usar una X para generalizar las sexualidades y que todo sea más o menos lo mismo). Pero sí, inadaptadas, vamos a decir. Porque éramos bien tortitas casi desde nacimiento y vivimos no sé cuántos años tratando de hacer como que no, como que éramos parte de todo lo otro, tratando de entrar, aunque todos los demás fueran unos mediocres o al menos gente que tenía la suerte de que les saliera bastate bien la obsecuencia y calzaban justo con lo que la maestra esperaba de ellos o el jefe o la sociedad. Palabra que también ya me tiene bastante aburrida. Dudo de la humanidad como especie. Yo no quiero estar asociada a cierta gente. Ahí mi intolerancia. Porque con todo lo que duele y lo que cuesta ir hacia la verdad de uno y del mundo, y ojo porque en este trayecto más de uno casi pierde la cordura o la perdimos quizás, hay tantísimos que se dan el lujo de andarle de costado a todo. Y ni siquiera hablo de todos esos que no tuvieron posibilidades, porque el capital económico o el capital cultural o pepé burdié no les tocó la puerta para explicarles lo más mínimo de algunas cuestiones. Qué vamos a hacer con esos. Esos son los verdaderos intolerados. Y cuidado con quien diga que los entiende, porque nadie que haya tenido algún tipo de capital puede entender al que no tuvo nada o casi nada. No lo entiende. Cuanto mucho se solidariza (y hay que ver cuántos lo hacen desde la horizontalidad y cuántos desde la limosna). Hablo en realidad de los que sí pudieron ver la zarza. Se asomaron y vieron algo que se incendiaba y se volvieron a guardar para adentro. Convencidos de que el mundo se curaba simplemente con el veganismo o con el feminismo o con andar en bici o con ir a tomar mate al parque o con fumarse un porro y que esté todo bien porque la energía y la buena onda y a mí también me pasó todo eso. No se equivoquen. Yo también anduve por la bicisenda. Y la critiqué. Y también fui trotskista y vegetariana y me fumé miles de porros. Pero después la zarza seguía ardiendo y no me fumé ningún porro más. Y no hice rancho aparte para que a mí no me pegaran las malas vibras y todo sea luzluzluz y no me molesten en mi paz, ni le oculté la cara a todo lo terrible que hay en el mundo. No cerré los ojos cuando mis amigos me maltrataron a conciencia. Ni cuando veía la condescendencia de los boluditos clase media aspiracional con un pobre viejo que duerme en la calle o los nenes que no te piden comida, te piden plata y hay que echarlos de los restaurantes porque nos arruinan la cena. O peor, creer que ese nene se salva por hacerse el payaso con él durante 5 minutos. Creer que uno entiende algo de la vida porque por 5 minutos tuvo un acto que más que bondad tenía la miseria del que piensa que ese nene estaría mejor viviendo como nosotros. Y después ponerse a hablar del gobierno y de Sartre y enredarse en teorías y olvidarse por suerte ya del nene. Qué vergüenza todo. La falta de compromiso. Porque acá nadie puede hacer nada. O muy pocos pueden hacer algo y lo que se hace es muy pequeño. Pero si es pequeño, que sea verdadero. Esto es lo que importa. Algo que sea humano. Que nos cale los huesos. Hacerse las preguntas correctas. Quién soy yo. Qué es lo que verdaderamente quiero. No te olvides, esto puede llevarte hacia la locura. No te olvides, amor, que es mucho más fácil vivir lejos de lo verdadero, porque nos hicieron tanto daño. Y hay tan poca gente. Estamos casi solos. Todos los demás van a seguir asomándose tan sólo y corriendo después hacia el lado opuesto. Lo importante de esto es que nos hicimos las preguntas correctas. Y por eso yo estoy con vos y vos estás conmigo. Somos muy pocos. Y estamos desgarrados por la verdad. Pero con esto por ahora alcanza. El resto es simplemente hacer el camino cada uno solo, que ojalá nos lleve al arte y al amor, pero siempre a la verdad. Estamos hartos de la vida "Todo-bien". Por eso nos duele todo. Y por eso vos estás a veces en el abismo y otras veces yo. Ese actuar sin raíz. Eso es lo que nos agota. Ya lo dijiste vos, que lo dijo en realidad Alejandra.  No podemos tolerar más eso. Verdad hasta que se caiga toda la cáscara del mundo. O quizás porque no sabemos vivir de otra manera. Y por eso yo estoy con vos y vos estás conmigo.

lunes, 18 de marzo de 2013

De indias

Mar Caribe, novia, mate, cripy. Nos la damos de artesanas, pero hace rato que no vendemos. No sé cómo vamos a sobrevivir. A veces me asusto de más. Ella me reta. Me dice que soy una obsesiva porque en este lugar tan lindo no levanto la cabeza y acomodo las artesanías para prepararnos a salir a vender. Siempre tuve mambos con la guita. No me puedo desprender de esa preocupación. Pero de alguna manera estamos sobreviviendo. Y de alguna manera llegué a esta hermosa ciudad colonial. En este país la mayoría de la gente es generosa y alcóholica. No sé si una condición depende de la otra, tal vez sí. O tal vez sea la salsa o el calor o el mestizaje o ese ímpetu de vivir cada dia como si fuera el último. Y yo mepreocupo bastante. O me peleo con ella bastante. Bueno, no tanto, pero cuando pasa, duele. Y qué otra cosa puede pasar cuando una viaja con una novia durante casi 3 meses? Eso me digo y sé que no estamos mal. Es lo que pasa a veces cuando cargamos las mochilas y hace calor y hay que caminar mucho y nos hartamos y ella está en frente y me sale el monstruo y le ladro. Y a ella le sale algunas otras veces. Por suerte lo vamos superando. SOMOS UNA PAREJA. Waw. Somos una pareja. Una pareja que viaja, una pareja que hace planes, etc. Waw. Y meto la pata miles de veces porque soy egoísta... hija menor, claro, La Consentida.
Tres meses conmigo, viajando. Todos los días de tres meses viéndome la cara y me sigue soportando.
Waw.

viernes, 2 de noviembre de 2012

La Boluda

Me llaman La Boluda. No me lo dicen de frente pero lo deben comentar a mis espaldas. Me he convertido en la perfecta Boluda. Sí. Estoy boludizada. Y no me lo dicen sólo a mí. Deben decirlo también de la persona que me hace Boluda. Somos Las Boludas. Nos miramos y somos Boludas. Nos besamos y más Boludas. Hablo de ella y: Boluda. La amo. Hasta ese fondo he caído. Y mírenme: escribo públicamente que la amo. No se llega a mayor boludez. Pero he sido la Cornuda, la Abandonada, la Sumisa, la Desamorada, la Cínica, la Solitaria. Después de todo, ser Boluda no es tan malo.
Se llega a ser Boluda naturalmente, pero no tanto. Fue natural porque todo me llevó a ella. Todo. Hasta lo más terrible y oscuro del pasado de las dos. Y después, la necesidad de salvarnos de todo ese pasado.
A dos semanas de conocerla ya sabía que me había enamorado. Eso sí que es ser Boluda. Y fue casi sin darme cuenta. Todo fue parte de un mismo movimiento: empezar a hablar, conocernos, garches múltiples, conocer las cosas de la otra, los lugares, la gente. Y de pronto nos amábamos. Nombres: Silvina y M. Apellido: Boludas.
Pero tampoco fue una cosa tan natural, porque primero hubo que hacer muchas cosas con el alma para llevarla hacia el camino de la boludez del amor. Hubo que limpiar el alma y que dejar de tener miedo (aunque el miedo vuelve siempre). Pero sobre todo, era necesario ser generosa. No hay boludez posible si no es compartida. Somos Boludas porque nos amamos asquerosamente. Ella a mí y yo a ella. No tenemos ninguna verguenza. No escatimamos amor, aunque a veces nos tienta salvarnos el propio pellejo. Si yo siento que me expongo demasiado o lo siente ella, nos arrugamos para adentro porque es la mezquindad la que nos pisa los talones. Y así dejamos de ser Boludas para convertirnos en Incapaces. La incapacidad es creer que la piolada es salvarse una misma, no mostrar demasiado, dejar que ella se humille o tenga celos o cualquier cosa que no me ponga en riesgo. Esa, aparentemente es la avivada de los enfermos de alma. Yo prefiero ser Boluda. Y si duele, dolerá. A ella también puede dolerle. Es el riesgo que se corre cuando te ponés así de boluda. Por eso está bueno afinar previamente la elección y no caer en manos de alguna hija de puta, de esas que cuando estás bien Boluda, te gambetean el corazón y te dejan hundida en el Riachuelo. Ella no es nada hija de puta. Es generosa, es divertida y es una garchadora compulsiva. Adoro cada cosa que la compone. Toda ella va conmigo y toda yo voy con ella. Es mi boluda, tan boludamente enamorada como yo. Así estamos. La boludez de mirarnos y saber que en ese hermoso ser que tenemos en frente hay una compañera de vida.
Seguramente estarán diciendo: qué Boludas! Y sí. Somos las más boludas. Pero somos lindas. No puedo dejar de pensar que somos las novias más lindas del mundo. Y eso probablemente me haga más boluda. No me culpen. Soy Boluda. Soy la reina de las boludas. Yo no era así. Todo esto es culpa de ella.

miércoles, 5 de septiembre de 2012

El poder en una mano

Lo cierto es que nos lastimamos. Ese es el poder que tenemos. Yo te lastimo y vos me lastimás. Tenemos en las manos el corazón de la otra y podemos usarlo mal. Este fue el trato desde un principio. No firmamos papeles, pero amarnos fue esa entrega. Que vos tuvieras mi corazón y yo el tuyo. No es así, pero más o menos.
Podemos lastimarnos. Y lo hacemos. Me pregunto si siempre que nos lastimamos lo hacemos sin conciencia. Yo sé que tuve conciencia alguna vez. Estaba viéndolo todo. Mi posibilidad de romperte, pero más que nada mi posibilidad de romperme.
No puedo sostener esto que tenemos. Esa es mi gran falla. Vos decís que no soporto que me traten bien. Es exactamente eso. Pero en realidad es que no sé moverme en estas arenas. Entonces voy y lo rompo. Yo te dije que me imaginaba a mí misma caminando con una pila de platos y vasos y con una sensación de que voy a estornudar en cualquier momento. Eso es lo que pasó. Estornudé. Dos o tres veces, estornudé. Estaba tirándolo todo, pero no me dejaste. Estabas vos del otro lado. Esto es lo que no entiendo. No me dejás romperlo. Hay algo como una mano tuya o un beso, no sé bien, que no me permite rompernos. Pero vos también tenés en la nariz una aguda manera de tirarnos por la borda. Y hay algo como un abrazo mío o qué sé yo -porque nunca sé lo que tengo que te hace bien, quizás alguna de mis supuestas formas de locura-, que tampoco te deja rompernos.
Podemos lastimarnos. Lo cierto es que lo hicimos. Hay una hora en la semana en que parece que vamos a hacernos pedazos. Yo nunca supe otra cosa que esa. Que alguien tenga mi corazón en una mano y lo aplaste. Eso es lo que conozco. Y a veces te grito: ¡Destripame! ¡Esto es lo que yo sé! No hay forma de que entienda quién soy si no estoy rota.

Pero basta. No me rompas. No seas otra vez toda mi vida. Que haya algo como una mano o un beso. Que estés vos del otro lado. Y yo, por una vez, intentaré ser otra.

miércoles, 29 de agosto de 2012

Lo que hay que devolver

Lo que vos pedís, no se puede devolver.
Lamentablemente no está en mí estar explicándole esto a la ex de mi actual. Y menos cuando se está poniendo tan hinchapelotas. Ya es la tercera o cuarta vez que se tienen que encontrar para que le devuelva esto y aquello. Cosas. Cosas que mi actual tiene y que no quiere. Cosas que su ex no quiere pero las pide igual, porque puede y porque mi actual se ve que le hizo tan mal que ella algo le tiene que pedir. Yo entiendo. Y no me pone mal que se vean para este tipo de trámites de divorcio. Hay pocas cosas que hoy me pueden generar inseguridad y todas están adentro mío. El tema es este hastío por el que las veo pasar a las dos. Mi actual, dice, está cansada. Quiere terminar con todo ya, de una buena vez, que no le pida más nada. Su ex la quiere terminar a ella, la quiere masacrar, sacarle algo, pedirle cosas, pero no esas cosas. Eso que ella quiere no se puede devolver. Me lo han enseñado todas mis rotas, mis sádicas. Y bien a la bofetada lo he aprendido. Cuando se termina, se termina. Y no hay nada que reclamar. A llorarle a los amigos. Porque es injusto, sí. Pero desde el hecho de que uno sea mortal para abajo, todo es bastante injusto. Y no sé a quién tiene que ir uno a reclamarle una enfermedad, un esguince o un paro de transportes. A ver si no es bien injusto tener que trabajar para vivir.
¿Devolver qué? ¿El tiempo, la confianza, la fantasía, el amor? Eso no viene en cajas. No hay manera de empaquetarlo y mucho menos de asegurarlo a priori. Nadie está seguro. Este es el juego de la vida. Se pierde. Y te quedás desnuda. Y eso que ella te dijo que te iba a acompañar siempre y que te desnudes nomás que ella iba a estar ahí desnuda sosteniéndote y de pronto ella no está, no está tu ropa, no está tu adolescencia, no está tu mamá, no hay nada. Todo se va. Se va el amor. A veces me preguntaba eso de cómo se va el amor. Cuando la gente dice: nos separamos porque se fue el amor. ¿Adónde se va el amor? ¿Y cómo se va? ¿Hace "puf" un día y chau? Es como esa película que ella dice que siempre le sorprendió cómo una persona podía pasar de amar locamente a nada en absoluto. Y yo me preguntaba muy seguido cómo era que el amor se podía ir así. Pero puede. Lo vi. No sé si es algo tan rápido, pero parece rápido porque cuando se está yendo no lo querés  ver. Hacés una fiesta, ponés globos, planeás un viaje, te sacás fotos, te agarra una depresión que sólo ella puede curar y encontrás cada vez más chicanas para retenerla. Y cuando ella igual se va, vos decís que es una hija de puta después de todo lo que hiciste por ella. Te olvidás, por supuesto, que al menos las últimas cosas eran puras chicanas.
De pronto ella no te ama más. ¿Y qué hay que hacer? ¿Llorar, escribir, putear? O seguir pidiéndole cosas. Pedirle que te ame de nuevo. Porque hay que bancarse saber que estás pidiendo eso. Y también hay que bancarse ver que eso no va a pasar. Llorá, escribí y puteá. Todos lo hicimos.

Odio el verbo. Devolver. Es volver. No. Es peor. Es vomitar. Volver me hace vomitar. Verme reclamar me hace vomitar. ¿Por qué alguien querría una devolución?
No sé qué es lo que hay para devolver. La última ruptura me costó una o dos Mafaldas. Eran mis Mafaldas de toda la vida. Sé que se llevó la número 7, cuando Mafalda conoce a Libertad. Esto no es joda. Adoraba esas Mafaldas. Y sin embargo esa ruptura me costó algo mucho más terrible. No quiero recuperar esas Mafaldas. Quiero recuperar otras cosas que ya no tienen retorno. Y también, menos mal por esas pérdidas y por dejar ir. Porque sino yo no estaría acá, mirando a mi actual con su ex viviendo esta experiencia horrible, que ahora sé que sólo puede servir para aprender que algunas cosas no se devuelven.

martes, 21 de agosto de 2012

Hacer un puente y transitarlo


Todo empieza mal. Nos conocemos cibernéticamente. Ella está de novia, yo estoy todavía terminando de cerrar una historia muy triste con otra mujer. Ella es de Santa Fe y yo de Buenos Aires. ¿Quién me manda a embarcarme en algo así? 
El problema es que es más linda de lo que puedo tolerar. Me hice una regla hace años: nunca engancharme con alguien que viva a más de 20 kilómetros de mi casa. Me resulta cada vez más imposible sostener esta regla con la santafecina. Hay algo de ella que me entusiasma. Una luz, una cosa hermosa, no sé cómo describírselo a la gente. No es nada más que sea linda, es otra cosa. Sé que tengo que conocerla, aunque sigo sin entender cómo puede funcionar la cosa desde la distancia y, claro, con el pequeño inconveniente de que tiene novia. Ella dice que en realidad está todo mal con su pareja. En un par de semanas de hablar conmigo, sin que yo realmente lo venga venir, toma la decisión de terminar la relación. Yo ya no estoy lloriqueando casi nada por la mujer que me rompió el corazón. Termino de cerrar todo, de tirar mails, de entrar en su facebook, de cortar con cualquier cosa que me una a ella. Ahora sí es momento de conocernos. 
Viajo a Santa Fe. No pienso nada. Evito decirme que esto es una locura. Pero sé que es una locura. Me niego a ponerme nerviosa porque ésta es la cita por la que más lejos he viajado. Ella dice que no está nerviosa. Estamos nerviosas. 
Llego. Me voy al hostel que reservé previamente. Me baño. Es julio y debería hacer frío. Pero no hace frío. Es una noche ideal para ir al río. Yo no tengo río. O sí, pero está sucio y hay edificios y casi nunca lo vemos. Le digo que nos encontremos en el río, o sea, en el parque que bordea al río. De alguna forma pienso que eso va a relajarme. Llego unos minutos antes que ella. Y sí, logro relajarme. Ya la vi en fotos y me pareció linda, pero las fotos engañan a veces. Quizás tenga una voz horrible, quizás haya miles de cosas que no me cierren, que me aburran. La magia es tan poco probable. Ahora sí me vuelvo a poner nerviosa. Pero me reto a mí misma y me digo que es mejor calmarme. He recorrido demasiado camino. Es hora de confiar en mí. Por algo llegué hasta acá. Estoy sentada en un banco del parque, mirando el río. Ya me cambié diez veces de posición, pensando cómo sería mejor que ella me encuentre. Elijo una posición. Me quedo así por varios minutos. Me pierdo mirando en río. Estoy casi en el río. Y de pronto, su voz. Me doy vuelta. Es linda. No. Es hermosa. Quiero besar a esta mujer. Estos son los primeros pensamientos que tengo. Sentir algo así de buenas a primeras es muy raro en mí. Ese impacto. Esa certeza. Nos saludamos. Digo algo sobre su voz y mi voz, que menos mal que no tenemos voces horribles, eso digo. A pedido mío, ella trajo un vino. Caminamos por la costanera. La noche es tan hollywoodense que empalaga. Caminamos. Como siempre que me pongo nerviosa, se disocia mi mente de mi boca y lo que digo no tiene nada que ver con lo que pienso. No pienso casi nada. Pero algo hablamos. Ella no se da cuenta de mi disociación y por alguna razón no me siento tan nerviosa como otras veces. Algo de mí cambio, o creció. Algo de ella me hace sentir bien. Ella me lleva a un lugar bien alejado, al fondo de la costanera. Eso me da una buena pauta. Quizás ella también quiere besarme. Finalmente encontramos un buen lugar para sentarnos. Hablamos un rato. Me cuenta de su vida y de su familia. Yo digo el par de cosas interesantes que siempre digo para mandarme la parte. Pero lo digo honestamente. Y lo digo porque cada vez más estoy queriendo que me bese. Me pregunto cuánto tardará en besarme. Yo no puedo besarla. Atravesar la distancia de mi boca a su boca es para mí el corredor de la muerte. Se me juega la vida en esa distancia. No me animo. Ojalá ella no se dé cuenta lo mucho que quiero bersarla. ¿Querrá besarme? Trato de no pensarlo tanto porque sé que se me nota. Y si se me nota, se me juega la vida. Si no me quiere... no sé. No quiero ni pensarlo. Y entonces no lo pienso. Silencio todo adentro mío. Me dedico a disfrutar lo que me está diciendo. A mirarla sonreír. No sé si quiere besarme, pero estoy segura de que al menos le caí bien. Me siento bien. Hago silencio y miro al río. Hay un olor fresco que no existe en Buenos Aires. Estoy verdaderamente contenta. Paso unos minutos totalmente convencida de que si esto es todo lo que va a pasar esta noche, igual estoy casi satisfecha. Pero de pronto la quietud se quieba. Ella me apuñala con la mirada. Me aterran esos ojos. Yo creo que sé lo que quiere, pero no sé lo que quiere. Es cuestión de un segundo. Hay que entrar en acción, pero yo qué sé. Se me juega la vida. Ojalá ella lo entendiera. Ojalá supiera de todos estos años, de los golpes, de lo que me cuesta llegar al otro. Hacer un puente y transitarlo. Es cuestión de un segundo que es también cuestión de toda la vida. Tengo encima sus ojos y sé que algo tengo que hacer. Entonces me acerco decidida, valiente, corajuda y, muy estúpidamente, le doy un beso en la frente. Menos mal que ella se ríe de mí. Y menos mal que un instante después me dice que eso no es un beso y me da un beso como tiene que ser: en la boca y con todas las ganas que nos veníamos aguantando las dos desde que empezamos a hablar. Siento litros de sangre empujando en cada vena. Sé que no voy a poder dejarla. Ya no. Estoy condenada. Por suerte, ella también. 
Podía haberme ido a dormir al hostel. Nunca dormí en el hostel. 
Todo termina bien.

domingo, 24 de junio de 2012

Porque las vi

Escribo porque las vi. Estaban atacando un paquete de galletitas abierto en la mesada de la cocina. Yo no lo dejé abierto. No había que dejar nada abierto. Ahora no podemos darnos el lujo de dejar las cosas así tiradas, eso dijo el fumigador. Escribo porque las vi y el fumigador dijo que antes de tirarles el producto anotáramos dónde habían aparecido y siguiéramos, en lo posible, el camino hasta donde desaparecían hacia debajo de la casa. Llevábamos un diario. Yo llevaba un diario. Todos los días las encontrábamos en un lugar diferente. Era imposible combatirlas sin encontrar dónde estaba el nido. El fumigador nos pidió que lleváramos estas notas durante unas tres semanas y que si el producto no las hacía desaparecer, lo volviéramos a llamar.
Martina estaba horrorizada. Todas las mañanas nos encontrábamos con una nueva plaga. En un principio comenzaron a aparecer en la cocina, por la comida, pero con el tiempo las empezamos a encontrar en el baño, en los armarios, debajo de la cama, en la escalera de la terraza, en los tallos de las plantas del patio. Vienen desde abajo, dijo el fumigador la segunda vez que vino. Había venido dos meses antes, aplicó el producto, pero al tiempo volvieron (creo que más fuertes y más enojadas). Por eso no sería suficiente decir que estaban detrás de nuestra comida. Había un plan mayor. Eso le empecé a decir a Martina después de la segunda vez que vino el fumigador, cuando nos dejó una botella del producto y la tarea de llevar nota de las apariciones. Yo le decía que para mí querían tomar la casa. Porque sino no se explicaba que aparecieran en lugares donde no había comida. Reconozco que empecé a decir eso para ponerle un poco de humor a la cuestión, pero a Martina nunca le causó gracia. Después realmente comencé a creerlo.
El fumigador habló conmigo la primera vez que vino. No le dije a Martina lo que me había diagnosticado porque esa era la clase de cosas de las que me ocupaba yo. A Martina estos asuntos no le gustaban. El tipo dijo que al parecer venían de los cimientos. Que estas casas viejas son así y que uno tiene que tener cuidado cuando compra, porque te meten el verso y más a dos chicas solas. Dijo que él había visto estas cosas muchas veces. Te venden una casa con los cimientos corroídos. En cinco años se te pudre todo y se te desmorona la casa entera. Y de ahí lo único que podés hacer es limpiar el terreno y venderlo vacío. Claro que esas eran suposiciones, que para estar seguros había que tratar de combatirlas hasta el final y probar todos los métodos posibles. La segunda vez que vino les puso el veneno más fuerte que tenía y nos dejó una botellita y algunas instrucciones para que lo apliquemos nosotras regularmente.

Habíamos comprado la casa dos años atrás. A Martina la familia le había prometido a los dieciocho pagarle la mitad de un crédito hipotecario para cuando se casara (teniendo en cuenta que de la otra mitad se haría cargo el futuro marido). A los veinte le abrieron una cuenta en dólares y le depositaron ahí varios miles, en una silenciosa y tortuosa espera. Desde los diecisiete Martina ya estaba encamándose con una compañera del secundario, pero recién sacó todo a la luz a los veintiuno. Tres años de discusiones hicieron posible que los padres de Martina aceptaran de mala gana que la cuenta del banco quedara a nombre de ella, más allá de con quién decidiera compartir la casa. Eso no aseguró, sin embargo, la buena fe de la familia. Le iban a dar un techo, pero ningún otro acto de consentimiento.

Cuando nos conocimos ella tenía veintiocho y yo treinta. Tres años de pareja medianamente firme, proyectos en común, una convivencia solapada (ella dormía en mi departamento, yo dormía en el suyo y así hasta que ya no tuvo sentido pagar dos alquileres), una perra compartida (Adela, que se murió un año después de comprada la casa) y dos puestos de trabajo estables, nos fueron encaminando hacia la compra de la casa. La que nos gustó estaba más alejada de la ciudad de lo que queríamos, pero era una casa bastante linda. Tenía patio, terraza, un living grande con piso de parquet, dos habitaciones (una la pensábamos usar de estudio/oficina) y un pequeño cuarto de servicio en la terraza que yo iba a usar de atellier. La familia de Martina no nos ayudó en la decisión y mi familia vive en Córdoba, así que estábamos solas. Igual creímos que elegíamos bien. Antes de comprar, Martina tuvo la idea de pasar por la casa un día de lluvia a ver si no se inundaba y yo dije que pasáramos a la noche a ver si no era muy oscuro. Pero no. Pasó la prueba de inundación y oscuridad. El precio nos pareció bien. Firmamos rápido. Nos mudamos en noviembre, un día de mucha lluvia, pero en esa zona, ya sabíamos, no se inundaba.
La compra de la casa no tendría porqué haber significado un cambio sustancial con respecto a nuestra forma de vida anterior. Cuando cada una tenía su departamento, nos veíamos tan seguido que era casi lo mismo. ¿Qué cambiaría? Uniríamos las bibliotecas, tendríamos el doble de ropa de cama y vajilla, nos sobraría un sillón. Y fue así al principio. En la semana cada una seguía su rutina habitual y los fines de semana ella iba a ver a sus amigas y a su taller de teatro y yo me quedaba pintando en el cuartito de arriba. Aprendí a hacer asado en la parrilla de la terraza, así que algunos fines de semana nos gustaba recibir a los amigos.

Creo que los problemas empezaron con la muerte de Adela, pero probablemente hubieron signos anteriores que ahora no puedo recordar. Adela se me escapó a mí, sí. Pero fue Martina la que le había sacado el collar con el nombre y nuestra dirección. La pobre apareció atropellada unos días después. Estaba casi muerta, pero tuve que llevarla al veterinario para que la durmiera. Fue una de las cosas más tristes que hice en mi vida. Martina no quiso ni verla, dijo que le rompía el corazón. A mí también me lo rompió, pero alguien tenía que hacerlo. No nos dijimos nada en ese momento, pero seguro ella pensaba que fue mi culpa por dejarla salir y no entiendo con qué cara hacía esos juicios. Ella sabía bien que no tenía que sacarle el collar porque Adela siempre se nos escapaba a la calle. Lo peor es que no teníamos con quién hablar. La casa era lejos del centro, donde vivían nuestros amigos. Así que con el tiempo dejaron de visitarnos. Martina estaba tan cansada los fines de semana que dejó el taller de teatro y también le daba fiaca viajar para ver a sus amigas. Yo a veces hablaba con mis amigos por teléfono, pero empecé a sentir un aire de reprobación de parte de ellos, como si no estuvieran de acuerdo con mi forma de vida o si tuvieran algo contra Martina. Martina también lo pensaba. Decía que la miraban mal. Yo no lo creí al principio, pero con el tiempo empecé a sentir que había cosas que no me estaban diciendo. A veces se deja de sentir esa conexión con los amigos, más si están en una etapa diferente y ya no se comparten las mismas cosas. Martina y yo estábamos encarando un proyecto serio de pareja y creo que no podían entenderlo.

Lo de la muerte de Adela volvió a surgir tres meses más tarde, por una pelea bastante tonta que tuvimos para definir quién lavaba los platos. Explotó el caldo de cultivo de todo lo que nos veníamos callando y cada una le tiró responsabilidades a la otra sobre la suciedad de la casa, el lío de la habitación, la falta de sexo, la falta de mayonesa, la ropa que siempre quedaba colgada en la terraza, la muerte de Adela. Esa noche, a pesar de que yo siempre decía que no era bueno dormirnos enojadas, nos dormimos enojadas, nos levantamos enojadas y estuvimos varios días para desenojarnos. Creo que algo en nosotras nunca se desenojó. Algo empezó a crecer o a decrecer. Quizás ya estaba ahí, en esa casa o antes de la casa. Tal vez porque Martina era una dejada y yo una echadora en cara compulsiva, como decía ella. Ese no era un término válido, "echadora en cara". Odiaba cuando lo usaba. Me daba vergüenza cuando decía cosas así en frente de mis amigos. Como cuando usaba la palabra "patético" para describir casi cualquier cosa. Era incapaz de ampliar su vocabulario.
Así y todo pudimos seguir adelante. Pasamos el duelo de Adela y todo se volvió a tranquilizar durante casi un año. Martina seguía dejando todo tirado y yo seguía reclamándole cosas, pero al menos ya nos habíamos aprendido a aceptar.

Los problemas se recrudecieron hace un par de meses, cuando la plaga empezó a aparecer en la cocina. La primera vez vimos pocas, así que pensamos que venían del patio. Pero al día siguiente, cuando volvimos de trabajar, encontramos un montón devorándose media manzana que dejó Martina en un platito después del desayuno.
El panorama se fue haciendo crítico. Según órdenes del fumigador, les empecé a poner el producto cada vez que las encontraba. Anoté de dónde venían, pero siempre era de un lugar diferente. Esto era lo que temía el fumigador. Me dijo que si venían siempre más o menos de un mismo lugar, sería más fácil encontrar el nido. Pero estaban apareciendo por todos lados. Al principio Martina gritaba de susto cuando las veía. Después empezó a gritar pero de bronca. A veces se la agarraba conmigo. Yo también tenía bronca y le gritaba porque era ella la que dejaba las cosas tiradas. Una vez vi un montón subidas a una bombacha usada que había dejado tirada en el piso de la habitación. Por pudor no me animé a decirle nada en ese momento.
Antes de ayer no había aparecido ninguna y estábamos contentas porque pensábamos que ya se había terminado todo. Yo creí que por fin íbamos a tener sexo, porque hacía un mes que ni nos tocábamos, pero una alegría así, aunque pueda parecer una alegría de morondanga, para mí era toda una esperanza. Al final Martina se quedó dormida mirando una cosa en la tele y ya después no me dieron ganas de despertarla porque se iba a poner a decir que porqué no le dije antes y que yo siempre espero que ella empiece todo.
Ayer a la mañana se fue y dejó las galletitas abiertas y otra vez volvieron, las muy perversas. Entonces a la noche nos peleamos por eso y porque nos dimos cuenta de que el problema no se estaba terminando. Pero Martina no sabía con exactitud lo que pasaba y por eso quizás no se preocupaba tanto, porque era yo la que tenía que hablar con el fumigador o la que tenía que ocuparse de la muerte de Adela. Era yo la que le levantaba la bombacha tirada en el piso. Así que era hora de decirle eso. Lo de la bombacha y lo de los cimientos. Tenía que explicarle que ya no iban a parar, que nos estaban carcomiendo. Así que a la noche me decidí a soltarle todo y no tuve mejor idea que agarrar otra bombacha que dejó tirada, ponérsela en frente de la cara y sacudírsela al grito de que ésto era culpa suya y de su abandono y que por eso ahora se nos iba a caer la casa abajo. Ella replicó diciendo eso de que yo era una echadora en cara complusiva y, aunque debo admitir que tal vez mi reacción fue excesiva, le estampé la bombacha en la cara y le grité que aprendiera a hablar de una buena vez o al menos aprendiera a lavarse las bombachas.

No creo que Martina vuelva hoy. Ayer se fue y por primera vez no dejó nada tirado. No sé dónde durmió. Se llevó mucha ropa. Hoy no la vi en todo el día ni llamó. Al menos no dejó paquetes abiertos o ropa en el piso. No entiendo entonces cómo es que siguen apareciendo. Escribo porque las vi y tengo que llevar este diario, porque siguen apareciendo y eso que les estuve poniendo el producto como dijo el fumigador y Martina no dejó nada tirado y estoy haciendo todo como hay que hacerlo pero siguen apareciendo, siguen devorándose todo.

miércoles, 20 de junio de 2012

Abanderada


Y usted me dice, señora, que no abandone mi carrera universitaria. Yo le voy a decir, escúcheme bien, que a mí me importa un cuerno su necesidad de terminar correctamente todo lo que se haya metido a hacer, sea carrera, trabajo, familia o pollo al horno. A mí no me interesa terminar nada, señora. No me preocupa ser coherente. No me afecta que usted o su marido vengan a preguntarme qué mal tengo, qué problema doméstico o motriz me aqueja como para ser incapaz de darle coto a lo que se me haya ocurrido empezar. Su marido, qué ejemplo, el licenciado en psicología que terminó las cosas lo suficientemente bien como para andar arrancándole cien pesos la hora de llanto a los que todavía creen que la mayoría de las soluciones de la vida se pueden descorchar de la cabeza.
A mí no me va a venir a decir que sus hijas son felices porque terminaron la carrera o porque usted las educó bien. No mienta, señora. Si cierra un poco el pico, quizás escuche que a su hija no le saca un gemido el marido desde septiembre de 2010. Y eso que viven bien y que están terminando de pagar el crédito de la casa. Al que seguro educó bien fue a su hijo menor, flor de puto. Lo conocían en el barrio porque le tiraba la goma a los del club Matreros. Quién hubiera pensado una cosa así de los rugbiers. Pero ya unos cuantos se habían pasado el teléfono de su hijo. Y usted tan contenta de que Fernandito tuviera tantos amigos. Él sí que no tenía problema en acabar lo que había empezado.
Señora, présteme atención: antes la gente hacía el amor abanderada. Eso decía el Flaco. Abanderados. Y a usted no le importa. Entonces no me diga que no abandone mi carrera. No me diga que me importe algo de lo que usted sostiene.
¿Sabe qué? Yo nunca fui abanderada en la escuela, ni me llamaron para ser de esas boludas que se paraban a los costados. Como si eso fuera un orgullo. Prefería ser mala alumna, impertinente, última en la fila. Me ponía a hacer mímicas durante la entonación del himno nacional. ¿Qué diría Ortega y Gasset? Mi madre tendría que haber sabido que un comienzo de ese tipo no auguraba buenos finales. Pero señora, acá ya no hay abanderados del amor. Eso es lo que a mí me incumbe. Yo dormiría todas las noches enfundada en la banda oficial, si fuera por mí. Sin embargo usted me dice que hay cosas más importantes. Una buena educación, un título, una actitud coherente, una conciencia limpia.
¿Conciencia limpia? Acá me ve. No me quita el sueño dejar la carrera, quemar la cena, trabajar a medias. Menos me importa si se sonroja porque me encanta ver una mujer en tetas. ¿Qué va a decir de mi conciencia? Si ya se espantaba por lo de la carrera, el lesbianismo me la hace mear encima.
Tenga en claro que usted es un asco de vecina. En este barrio bien podrían caerse todos muertos, y mucho no les falta, manga de dinosaurios, incapaces de movilizarse masivamente a menos que sea porque el último huracán les cortó el cable de la tele. Y mucho cuidado con la torta, la lesbianita de la esquina, la artista bolchevique, usted sabe, la que el otro día casi se agarra con el del almacén por algo de política, ya vio cómo estamos, con la inflación y estos tipos que para robar un auto le pegan a cualquiera un tiro en la cabeza. A mí todo eso me importa menos que lo que a usted le importa saber que el mundo se nos está viniendo abajo.
Sígame lo que le digo: acá la gente ya no hace el amor abanderada. Da vergüenza el amor. Lo mejor que una puede hacer es terminar una carrera, comprarse un terrenito para edificar y procurar que nunca se le note demasiado el amor. Con las tripas afuera, no. Mejor viene siendo no comprometerse con nada, evitar cualquier riesgo. Levedad, señora, ni se nos ocurra dejar salir las intensidades. Hay que cuidarse y no quemarse las garras. No salir al sol, no decir que una ama, ama y ama hasta que se le chamuscan las vísceras. Esto sí me compete, señora: la gente de todo el mundo se ha guardado las banderas.

jueves, 14 de junio de 2012

Cambio de paradigma

El miércoles estuvo lleno de tortas. Esto me informan en el bar hoy, jueves. Así vivo, desfazada de la tortez. ¿Qué pasó en definitiva con la mina que me gustaba del bar? Nada. No la crucé más. Para mejorar la balanza ahora parece que el bar se está llenando de tortas algún que otro día. Lamentablemente son esas tortitas hipsters que tanto detesto. No sé qué hacen. Se juntan entre ellas y yo estoy en la otra punta rodeada de los chochamu. Yo miro, pero realmente en esas minas no hay nada para ver. El otro día cayó una alemana morocha muy linda y jugamos un partido de metegol. Me ganó ella y toda su chonguez. Esa fue la situación más romántica que viví estos últimos meses. Después cayeron dos tipos a proponer un cuarteto (en el metegol, claro) y se rompió nuestra dinámica de pareja. Al rato la alemanota se dispuso a retirarse del bar pero antes de que se fuera, envalentonada, le dije con una sonrisa "volvé, eh". Esto es todo lo que puedo hacer por ahora. Yo creo que eso es un intento de levante, pero los amigos me dicen que si no le pido algún tipo de contacto (teléfono, facebook, etc.) no cuenta. Para mí, mi sonrisa fue un montón. No sé chonguear, pero juro que le estoy poniendo mucha pila.
Esto está intensificado por el hecho de que ultimamente siento que tengo muy poco para perder. No sé si por desencanto o entereza, cada vez me importa menos lo que la gente piense de mí. Si es por desencanto, culpo todos los dolores que provocan las mujeres. Si es por entereza, tengo que atribuirle gran parte de ese mérito al arte. Pase lo que pase, habrá arte. Tengo pinturas y tengo escritura y tengo amigos que me abrazan y hay música y entonces, de verdad, eso me compone.
Pero en definitiva siento en mí un cambio de paradigma. Lo digo en las palabras más académicas que existen, pero realmente esto que me pasa es un cambio de paradigma amoroso. Lo raro del mayor dolor que una persona puede sentir, es que motoriza (si estás atenta) una serie de cambios profundos. Esto se lo digo a las mujeres que de vez en cuando me lloran sus crisis amorosas. Me incluyo porque yo también he llorado. Pero lo cierto es que la crisis motoriza un cambio radical.
¿En qué consiste mi cambio de paradigma amoroso? En un par de cuestiones que estoy empezando a reconocer no desde lo teórico sino desde lo práctico. Quiero decir que este cambio va más allá de lo meramente pensado, sino que tiene que ver con una cuestión que se me está enraizando en el cuerpo como una realidad concreta.
En primer lugar, desde un lugar bastante enriquecedor, está cambiando el tipo de mujer que me gusta. Antes, como buena histérica (en menor medida lo seguiré siendo, según los enfermos de la psicología que dicen que la estructura de la neurosis no cambia), me encantaban las mujeres que no me daban pelota. Es decir que ni bien una mina se embelezaba conmigo, se tragaba mi cuentito personal y todo eso, listo, estaba afuera. La que me gustaba era la que casi no me llevaba el apunte. A la que le tenía que insistir. Lamento que muchas se sientan familiarizadas con esta situación. Es triste que elijamos durante tanto tiempo mujeres que sólo pueden darnos frustración y dolor. No entiendo qué tipo de relaciones nos planteamos tener. Esto es así: no hay posibilidad de estar bien si estamos con alguien a quien no le interesamos. Habría que preguntarse si queremos estar bien, si queremos que nuestra vida sea algo más que la eterna telenovela y si podemos ver que el amor existe en relaciones de bajo nivel de conflicto.
En mi caso se produjo un cambio de paradigma que se dio por cansancio. Me cansé de tanto problema, de ponerle tanto tiempo a situaciones que de amorosas no tenían nada. Y más que nada: no tengo tiempo. Hay demasiadas cosas en las que enfocar mi atención antes que la persecusión de una mina. Si está todo bien, entonces amémonos y ya o al menos compartamos un buen rato. Si está todo mal, es fácil: una se aviva rápido y huye. El tema es cuando no está todo ni mal ni bien y la mina te pone en esa situación horrible de yo qué sé y una las persigue y se termina transformando en la peor versión de sí misma. En ese caso, más que nunca: hay que avivarse y huir. Nadie merece ese tiempo y ese sufrimiento. Realmente creo que hay cosas más importantes para hacer con la energía que tenemos. Entonces me está pasando ahora, he aquí el cambio de paradigma, que sólo quiero estar con gente a la que le interese mi persona. Es bien simple pero, paradójicamente, de poca aplicación. Simple como: nos vemos, hablamos, cogemos y después cada una tiene la mente lo suficientemente limpia como para seguir haciendo cosas importantes y hermosas.
En segundo lugar, este cambio de paradigma parece indicar que estoy mucho menos hinchapelotas con las mujeres. El otro día, por ejemplo, me sorprendí mirando una mina de edad avanzada (reconozco que no son mi fuerte). También me estoy dando pie a conocer mujeres con las que no comparto cada pequeño detalle de la existencia. Sí, fui realmente MUY hinchapelotas. Si no coincidíamos estrechamente en todo lo que tiene que ver con la visión de la vida y otras cuestiones, esa mina no me interesaba. Pero bueno, ya está. La coincidencia tampoco garantiza el buen funcionamiento. Sigo sin adherir a la hipótesis de que los opuestos se atraen (en esto soy categórica). No me interesa chocar con mi opuesto, ya lo hice hace unos años y realmente -como una supone pero después se hace la boluda- esto no funciona. Pero sí me di cuenta que es menester aflojar un poco con las exigencias con el otro. Nunca se sabe qué te puede dar el otro y quizás realmente pueda aportarte muchas cosas, al menos en el momento presente. No podemos plantearnos todo en términos de futuro. El futuro es una mentira metafísica a la que adherimos para no volvernos locos. A riesgo de hacer una reflexión extremadamente jipi, creo que las cosas se van dando. Es extraño, pero si uno deja que la vida haga, la vida hace. Y te lleva. Por eso también me estoy desenojando con el curso de estos últimos tiempos que estuvieron plagados de dolor, pero ocasionalmente, de mucho aprendizaje y de una profunda transformación.
Todo esto es lo que hoy me compone. Lo digo así, sin una gran calidad literaria porque es lo que me sale a esta hora, en medio de una semana trágica en la que voy a tener que ponerme a estudiar mucho para la facu y no tengo ni un poco de tiempo para ponerme a escribir en un tono de mejor calidad. Pero esto es lo que me pasa ahora y tenía ganas de compartirlo esperando que en algún par de ojos haya un eco y algunas cosas puedan empezar a cambiar en forma colectiva. A ver si al menos nos empezamos a plantear una existencia un poco mejor.

lunes, 11 de junio de 2012

En el aire

Pero esa mujer era mía.
Y no era mía como un tomate.
Era mía como las venas
y aun a ambas les aguarda 

la misma putrefacción.

Somos mortales.
Quiero decir: Nos morimos.
Esa mujer era mía y estaba viva.
Era mía como un resfrío.

Nos estamos oxidando, querida.
¿Entendés lo que significa?
Somos un tornillo.
Somos menos que un tornillo.
Nos desgranamos.
Vamos dejando caer nuestra arena
en el aire.
 
Ella era mía y estaba viva.
Nos íbamos pudriendo juntas,
muriendo juntas.
Y era la más tibia de las muertes.

¿Qué moribunda mujer te reclama ahora?
Dice "Es mía como esta mesa".
Y te vas con ella,
de bocanada en bocanada
perdiendo pelos, piel, uñas,
dejando la vida una en la otra,
una de mano a la otra.
Desgranándote,
yéndote del mundo
sin mí.

¿Qué podrida mujer te ampara
en esta noche pulmonar,
bronquiolítica,
mucosa?
Te pudrirás con otra.
Serás trizas de otra.
Ya no me atravesarás como mis venas.
No eras mía como un resfrío.
Eras mi resfrío.

Ya nunca diré "Esa mujer era mía".
Nos estamos muriendo, querida.
Vos con ella.
Yo en este resfrío
o en el próximo.