domingo, 11 de noviembre de 2018

Yuta y media


Soledad me llamó y me dijo que finalmente supo porqué su amiga Lucía se había enojado con ella y le dejó de hablar. Al parecer Sole logró que le publicaran una nota en un diario a través de un amigo de Lucía. Lucía se enojó con Soledad y con su amigo y los bloqueó de sus redes sociales, que es el equivalente actual a romper rotundamente los vínculos. El tema es que Lucía nunca le había dicho a su amigo que hubiera querido ser ella la que fuera publicada en el diario. Ella es periodista, sí. Pero nunca expresó su deseo de conseguir una nota en el diario. La que lo expresó y lo consiguió fue Sole. Y eso fue el fin de la amistad.
Lo que entiendo de esto es que Lucía sintió envidia o algo así... no sé bien cuál sería el sentimiento pero creo que es algo parecido a la envidia... ¿Traición? Pero yo detecto algo más. Que Lucía no expresó su deseo, quizás porque en realidad no lo deseaba realmente pero no pudo hacerse cargo de su falta de deseo. Ella hubiera querido desear eso. Hubiera querido pedir ese lugar. Pero no lo hizo. Entonces en vez de cuestionar por qué no desea lo que cree que desea, o por qué no busca ocupar ese lugar (si es que en realidad lo quiere), tira la pelota para afuera. Porque siempre es mucho más fácil enojarse con todo el mundo que mirarse para adentro.
En ese sentido pienso algo más: que Lucía pensó que había un solo lugar, para una sola mujer escribiendo esa columna en el diario. No pensó que podía construir una unidad con Sole y escribir algo juntas o generar otra cosa, un fanzine, una producción de ambas o entender que hoy le tocó a Sole y mañana será ella. Venimos pensándonos así hace décadas. Pisoteando a la que tenemos al lado para llegar a lugares que creemos que son muy reducidos para nosotras. En vez de generar las condiciones para que esos espacios se multipliquen y nos reconozcan a todas. Que nuestra amiga, compañera o pareja sea parte de un acuerdo de generosidad, para trepar entre varias, para hacernos "piecito" y llegar juntas porque siempre es más fácil juntas y somos más fuertes y es mucho más divertido.
El tema es que no creemos en esa generosidad. Estamos preparadas para la traición porque crecimos en un sistema que nos enseñó la "sana competencia". Esto no es real. Hay ejemplos de sobra que muestran que las grupalidades son inmensamente más resistentes que la lucha individual. 
Además esta es una línea que nos vienen bajando hace muchos años: las mujeres en grupo se pelean entre todas, son histéricas, son jodidas, se clavan puñales, se traicionan, mirá las vedettes, mirá las actrices, mirá los laburos, las oficinas, todas vívoras esperando a escalar solas, son capaces de todo, etcétera. Pero lo que viene pasando, en los subterfugios en los que la hegemonía no mira es que estamos aprendiendo a construir solidariamente. Nos ponemos contentas por el éxito de una compañera, pedimos ayuda y ayudamos, si alguna tiene una necesidad se arma cualquier movida para darle una mano, se trazan redes, se forman grupos de autoconciencia, se charlan las cosas que nos duelen.
Y se me ocurre pensar en los vínculos que supe formar hasta ahora. En general tuvieron mucho que ver con la rivalidad. No puedo decir que haya sido culpa de mis ex y realmente no importa. Yo también elegí, yo también participé. Pero quedé atrapada en relaciones en las que de alguna manera se generaron distintos tipos de competencia afectiva, en las que ganaba quien más podía prescindir del vínculo. Una teoría del Amo y el esclavo muy básica: ante una pelea, o meramente como forma de coexistir, quien tenía más miedo a perder la pareja quedaba sometida al poder de quien no sentía un miedo así y podía entonces moverse con mayor libertad de acción. Esto quiere decir que siempre formé vínculos de poder. Y hasta ahí toda la teoría del siglo XIX y XX me avalaba. Hegel, Marx, Foucault.  El mundo pensado a partir de la teoría de los varones. Alguien siempre iba a pelear por tirar agua para su molino. El hombre lobo del hombre, decía Hobbes. No te podías ni dormir porque en cualquier momento alguien se apiolaba y Zas!... te afanaba hasta la almohada. No había manera de pensar un vínculo si no era como una relación de poder. Peor aún: un poder que difícilmente transitaba, sino que era ejercido por una de las dos, generalmente yo no porque siempre supe que iba a perder en todas esas batallas. 
Me relacioné con gente que mayormente se movía a partir de la idea de "A yuta, yuta y media". No se iban a echar atrás. Era más importante no perder su identidad. Valoro que hayan tenido una fortaleza tan grande para defender lo propio. Lo que no valoro es habernos pensado así. Porque esto era funcional para la mierda de las dos. Para la que ganaba y para la que perdía. Para seguir ocupando esos lugares y no pensar nunca lo propio. Por qué el miedo, la competencia, los celos, la necesidad de poseer y de causar dolor. Por qué, por qué el miedo. Y lo reprodujimos innumerable cantidad de veces. No quiero hablar de ellas porque no tiene sentido. Lo que importa ahora es qué pasó conmigo, qué pasa con las que nos ponemos siempre en ese lugar, en el lugar de perder, en el lugar de pensar que esto nos pasa por amar demasiado. No tiene que ver con eso. No hay unidad de medida del amor. Se ama diferente. Es probable que una de las dos suela estar más disponible ante las necesidades de la otra. Pero ¿por qué hay que vivir eso como una pérdida? Esa puede ser, justamente, la identidad que defendemos. Porque no está mal no sostener la idea de ser Yuta y media. Las relaciones no pueden ser campos de batalla. El esfuerzo entonces es pensar nuevas formas de construir. Hacernos "piecito", ser solidarias. Siempre lo pensé pero nunca lo supe llevar a cabo. Me hago cargo de haber sentido celos y envidia de creer que mis ex parejas vivían la vida mejor que yo, que la pasaban mejor. Confieso no haberme sentido contenta ni tranquila cuando la pasaban bien con otra gente que no era yo. De haber querido ser amada más que a nadie. De haber querido ser el centro de atención y no soportar preguntarme qué carajo me pasaba que no podía ocuparme de mi propia vida, de resolver mis deseos, de manifestar mis necesidades y no tranzarlas. Puse la pelota afuera. No quise admitir que no sabía cómo armar otro tipo de pareja o que no sabía cuál era mi deseo, o cómo sentir amor por mí, el amor que les reclamé a ellas. Les eché la culpa de todo porque no sabía amar. Creía que amar era estar a disposición, entregarme, dar todo lo mío y desfigurarme. Porque pensaba que si estaba ahí iba a generar una necesidad que me garantizaría el amor de ellas. No fue así. Hay que resolverse. Pensarse. Desear y manifestarlo. No tranzar el deseo. Querer al cuerpo. Realmente no tratarnos tan mal. Generar vínculos amorosos con otra gente, no esperarlo todo de la pareja porque no puede con todo lo que le pedimos. Y nosotras no podemos tampoco darlo todo ahí. 
El verdadero desafío, un desafío que tenga que ver con un amor superador, requiere que pensemos cómo formar vínculos que destruyan las viejas teorías del poder. Que no tomen o quiten el poder, que no se manejen en esos términos. Que tengan que ver con el encuentro, con la alegría de compartirse y no tironearse, con dejar ser y potenciar, con dar algo bueno sin contar las moneditas del amor que estamos dando. Hay otras formas, hay otros mundos. El mundo del poder, el mundo de guerrearse por poder ya no debe ser más nuestro mundo. El poder es yuta. 

domingo, 4 de noviembre de 2018

Albertina y la pornografía



Me gustaría hacer un comentario sobre la nueva película de Albertina Carri, "Las hijas del fuego". 
En principio, fue un acierto ir a ver la película sin haber leído ninguna crítica previa y haber ido sola porque eso me ahorró tener que hacer comentarios a la salida del cine, cosa que me molesta en la mayoría de las películas pero especialmente en ésta. Porque "Las hijas del fuego" no se puede pensar en términos binarios del tipo me gustó/no me gustó o es buena/es mala. Es necesario entender algo más. 
Mi desacierto, más bien una cuestión de mala suerte, fue haber quedado sentada entre dos varones hetero cis, en cuyas erecciones traté de no pensar. Porque la película de Albertina no es un drama o una película erótica. Es una porno con todas las letras. En ese sentido, preserva la estructura del porno: historias diversas que no guardan un necesario respeto por una estructura dramática, fantasías de todo tipo, sexo explícito como concepto estético (en esto se diferencia de películas como La vida de Adele que queda atrapada en la seguridad de lo erótico y las cuerpas hegemónicas), dildos, sado, secreciones, tríos, orgías, etc. Y quiero remarcar esto porque estoy segura de que muchas personas que fueron a verla no tenían ni idea lo que iban a ver. Yo tampoco. Pero fue una hermosura ver cómo mucha gente se iba levantando de sus butacas y rajando hacia el cobijo de Av. de Mayo, las luces, la gente "normal" porque qué barbaridad todo. La película de Albertina incomoda. Ese es su gran mérito. Pero no incomoda porque haya tenido fundamentalmente esa intención. Imagino que su premisa fue la de hacer una película pornográfica de mujeres para mujeres. Y si bien las relaciones son lésbicas, me parece que es una película interesante para que la vean también mujeres heterosexuales. Porque logra lo que se propone. Es más, pienso que su premisa fue más grande que esa: hacer una película pornográfica de mujeres para mujeres, con cuerpas no hegemónicas, situaciones reales, fantasías de mujeres y principalmente que sea feminista. Algo de eso surge en una de las reflexiones en off que ayudan a conceptualizar. Cómo hacer una porno sin objetivar el cuerpo de la mujer. Y ahí, otra premisa conquistada. Albertina demuestra que se puede pornografiar, sexualizar y que las que intervienen en esa acción mantengan su estátus de sujetas. En ese sentido es una película profundamente feminista porque logra refutar ese viejo paradigma del porno hecho por varones, además de varias escenas reivindicatorias que ganaron los aplausos de la mayoría de las espectadoras feministas. Pero estoy segura que ellas también se incomodaron. Quiero retomar este punto al final porque me parece que es lo más importante de la película. 
Lo que me resta decir es que el hecho de que la película sea también una Road movie, metáfora del recorrido y la transformación, permite por un lado que emerjan historias y fantasías en diferentes escanarios, lo que ayuda a sostener la estructura propia de la pornografía, pero al mismo tiempo introduce otro concepto que es la idea de lo gregario. La película empieza con personajes sueltos -personajas sueltas- que se van uniendo, primero en pareja, después en trieja y luego van incorporando sujetas a lo largo del viaje. Esta idea también expone dos temáticas feministas muy ricas: 1) de qué manera relacionarnos sexoafectivamente sin que eso signifique angustias, dolor, necesidad de poseer. Esto lo resuelve con una propuesta muy interesante donde el amor en forma de afecto, no como amor romántico, transita, se da generosamente, se vive desde el deseo y sin restricciones, no como una falta sino como un caudal que vincula a las sujetas de una manera diversa y contenedora. Y 2) que la unión de las mujeres es transformadora, empoderadora -no en términos de quitarle poder a los varones, aunque un poco también- sino de un poder en sí y para sí que tiene su máxima expresión en el aquelarre del goce, libertario e inclusivo que pretende arrasar a un paradigma que nos está quedando chico. Y es por eso que es una película absolutamente incómoda. 
Estoy segura que casi la totalidad del cine se sintió fastidiada, avergonzada, molesta y hasta irritada. Yo misma me sentí así. Y ahí radica el éxito de la película que, como ya dije, sería un error pensarla en términos de me gusta/no me gusta. Hay que pensarla en términos de qué tanto nos incomodó y preguntarnos por qué. 
Creo que Albertina no quiso hacer esta película para les que se levantaron de la butaca a mitad de la historia. Ni si quiera para quienes hicieron bromas o salieron del cine y comentaron algo sobre cuestiones del quehacer cinematográfico. Mucho menos para quienes esperaban ver algo parecido a sus anteriores películas. Yo creo que hizo esta película para un puñado de gente. Las pocas que se fueron del cine haciéndose preguntas. De eso se trata el feminismo después de todo. Es habernos metido el dedo en el culo para que nos cuestionemos sobre la relación que tenemos con nuestras cuerpas y las cuerpas de las demás, a quiénes les es permitido el goce y de qué manera "toleramos" que se muestre ese goce, qué permiso nos damos para vivir el placer plenamente, cuánto (des)conocimiento tenemos de las posibilidades de nuestras experiencias sexuales. Me quedé preguntándome hasta dónde yo me limité, qué es lo que dejé de hacer por moralinas de cuarta, por vergüenza o por tener una pésima relación con mi cuerpo y no permitirme vivir una sexualidad plena, creativa, libre, que trascienda los parámetros de objetivación, dominación, culpa, humillación y puritanismo berreta. Me sentí directamente exhortada por la película. Asumo que algunas más lo habrán vivido así. Se habrán ido del cine sin hacer demasiados comentarios, habrán esperado a que les baje la info al cuerpo y habrán entendido. Probablemente una pequeña minoría. Para ellas es esta película que, aunque verla en cine implique tener que compartir esa experiencia con varones cis o con gente que huirá despavorida, es muy necesario verla en pantalla grande, bancarla ahí, mirar todo en ese tamaño y disfrutar que el mundo alrededor y adentro de una se caiga un poco a pedazos. 

jueves, 1 de noviembre de 2018

Tratado sobre brujería

Papá se sienta en una punta de la mesa porque cree que no lo queremos. Desde que se separó de mamá. No. Desde que se enfermó. No. Desde mucho antes. Desde siempre. Papá es un ser muy triste. Lo veo sentado en la punta de la mesa y me siento al lado suyo porque soy la hija buena. No. Porque soy como él. Yo también soy un ser muy triste. Me irrita su patetismo. Que haga gala de sentirse aislado. Que no haga algo por entender que forma parte de nosotros, que no lo aislamos, que es él quien amargamente dibuja su manera de habitar el mundo. Yo soy mi papá y eso me aterra. Mi papá es mi abuela, la abuela depresiva que se pasaba días enteros en la cama, aunque mi hermano y yo no le decíamos así porque éramos chicos y no sabíamos que eso era lo que era. Estábamos semanas sin ver a la abuela porque estaba en cama y mi papá se la pasaba preocupado y prometía que cuando la abuela no estuviera más, él iba a empezar a vivir de otra manera. Nunca pudo. La abuela se murió y él ya estaba enfermo. A veces pienso que fue ella la que lo enfermó. Y pienso que mi papá me va a enfermar a mí. 
En la punta de la mesa me siento a charlar con él. Quiero que perciba que hay un puente, que le abro el camino para que venga hacia nosotros. Pienso que si le curo tanto dolor y tanta culpa, voy a curarme a mí. Pero papá no puede verlo. Es grande y ya decidió cómo vivir. Se va temprano de las reuniones familiares porque con la enfermedad hay un momento que no le da el cuerpo. Pero es algo más. Yo también me voy temprano de las reuniones. Me aíslo. Porque solamente en mi remanso puedo respirar. 
No puedo trazar un puente para él porque depende de él. Y esa crueldad es infranqueable. Lo que sí puedo hacer, lo que está en mis manos, es armar puentes para mí. Y no puedo. Digo que es más fácil ser yo misma estando sola porque estar con otras personas es un desafío tan grande que me agota. Entonces me siento en la punta de la mesa o me voy temprano. A veces insisto, me pongo a prueba, me quedo un rato más. Pero es siempre desde ese lugar donde la vida es imposible de ser disfrutada.
El infierno es encantador. El infierno es mi cabeza. Tomo nota de cada cosa que hacen los demás y que me demuestra que, en efecto, no me quieren. Que soy inadecuada, que no soy suficiente, que no logré nada. Si alguien no me mira, si no me invitan a algo, si hace días que no consigo armar una salida con algún amigo: no me quieren. Qué piensan de mí. Por qué no me incluyen. Por qué, otra vez, este grupo no es para mí. Quizás sea yo la que no soy para nadie. Otra vez, mi papá y yo, en la punta de la mesa. Cuándo empezaré yo a vivir otra vida. La promesa de que esta vez será diferente. Que he aprendido algo de tal o cual dolor. Que ahora sí, que esta nueva etapa, que si me corto el pelo y si me cuido en las comidas. Que si no soy tan agresiva con mi manera de mirarme. Quizás ahora sí, no se irá la vida en pensar tanta porquería. Pero vuelvo a caer. No me termino de transformar. No me permito vivir. Digo que no sé cómo se hace, pero tampoco intento salir a la superficie. Digo que quiero ser yo misma, como si recitara un libro de autoayuda. Pero me enfrento a la gente y se desarman los panfletos. Eso. Me enfrento a la gente. No comparto. Estar con los demás es un campo de batalla. Porque apenas digan algo, cualquier cosa, lo más mínimo, va a confirmarme que no está bien lo que digo, lo que soy. Y eso va a matarme. Y aunque no me mata, aterra como si fuera una muerte. 
Quiero poder respirar en el mundo, afuera de este útero en el que me escondo para creer que vivo. No vivo. Le temo a todo. Le temo más que nada a no poder dejar atrás esta vieja vida. Pero en realidad le temo a poder dejar atrás esta vieja vida. Por eso me aferro. Porque vivir es un vértigo constante. Dar un salto hacia otra cosa. Emborracharse hasta vomitar, putear, aprender una cosa y sostenerla en el tiempo para aprenderla bien, tener sexo y disfrutarse, tomarse un avión y no caer en pánico, vestirse como una quiera, alejarse de mamá, hacerse amigos, mostrarse, hablar en voz alta, inventar, jugar, reírse, alejarse de mamá, disfrutar, gozar, ser, alejarse de mamá. Tan grandota y tan boluda. Alejarse de papá, pero más que nada, alejarse de mamá. Salir de los destinos. Una carta de Tarot que te dice que mires ahí, en los mandatos. Y quebrás en llantos. 
Ojalá usted me entendiera, lo difícil que es. O quizás me entiende pero se animó. Nació, salió del útero, se abrió paso en la vida, estudió una carrera, pagó sus impuestos, se abrió una cuenta bancaria, habló en voz alta, se vistió bien aunque su cuerpo, se quiso aunque tanta gente, se tomó un avión aunque los peligros. 
Y yo, cómodamente, en la punta de la mesa me acuerdo de las brujas. De las brujas de hoy. Esas mujeres que pegan el salto todos los días. Yo tengo alma de bruja y alambique de cobarde. 
Ojalá no me importara tanto. He pensado eso demasiadas veces. Qué pasa si permito que todo sea diferente. Y salto. Salgo de la punta de la mesa, me pongo en el medio, alguien me ama durante un tiempo y entonces puedo acogedoramente volver a ubicarme en la punta. Volver a temer. A pensar de mí que ese es mi lugar. Que finalmente era así la cosa. Que menos mal que alguien me ama porque sino. Me siento protegida por el amor de otra persona, ya no tengo que animarme. Encuentro un nuevo útero donde morir. Pero nada me contiene porque nadie es un útero, o sólo un útero. Porque nada va a protegerme y menos mal porque tengo alma de bruja. 
Ojalá me animara a vivir la vida que papá no pudo y que mamá no quiso. A conjurar tanto miedo. Ojalá un día haga carne del deseo que me prohibo. Que invoque al demonio y me inocule el goce. Que diga sí, que es para mí. Que no me importe tanto si piensan de mí, si callan, si dicen que no. Que haga puentes y los incendie. Que pague el buen costo de estar en el centro de la historia. Que sea yo y que sea bruja. 

martes, 30 de octubre de 2018

El Patriarca



Antes de ayer fui a ver a Silvio Rodríguez que tocó gratis en Avellaneda. Como toda la gente que hace años que no escucho, me había olvidado de la mayoría de sus letras, pero me pareció lindo pasar por allá un rato. Siempre me gusta andar entre la muchedumbre. Odio los empujones pero una vez que el movimiento de la gente se calma o me ubico en un lugar tranquilo, me gusta eso de miles de almas con energías amorosas.
El problema no fueron las energías. Fueron las letras: me había olvidado. Será que en la época que lo escuchaba bastante veía el mundo desde un lugar completamente distinto. Y ahora me encontré con un discurso bastante terrible con respecto al amor y sus maneras. Y eso puso en relieve lo que yo misma pensé toda la vida sobre el amor.

"Te amaré junto al viento
Te amaré como único ser
Te amaré hasta el fin de los tiempos
Te amaré y después te amaré".

Cosas supuestamente hermosas que dice Silvio sobre la entrega, sobre los parasiempres y sobre el compromiso. El problema es que hoy en día todo eso no ajusta a las nuevas formas que tenemos de mirar el amor, la pareja y dónde poner ciertos esfuerzos. Me pasó con Silvio, de empezar a ver cómo me educaron. Hija de padres compañeros de militancia troska en los 70s, Silvio y toda la trova era para ellos el espíritu de época a seguir. La pareja como trinchera contra un mundo sacudido por la guerra y las dictaduras. Compañeros fieles, comprometidos, altruistas, generosos. La pareja como heroína de la lucha contra la familia del pasado, rígida, obligatoria, aburrida. Una pareja heterosexual y monógama, pero con libertades políticas y con ciertos guiños de progresismo afectivo, pero no doméstico. Un amor para siempre o al menos hasta los 80/90s, cuando el divorcio empezó a convertirse en la salida a un cúmulo de idealizaciones rara vez posibles de sostener. 
Y sin embargo ese ideal de pareja no se cuestionó en el conjunto de la sociedad (quizás sí en una serie de estudios de teóricas feministas que ya empezaban a ver más que la punta del ovillo del rol de la mujer en la familia). No sólo no se cuestionó, sino que se transmitió a nosotres, les hijes de la generación de los 70s. El problema es que nos quedamos atrapadas en un tiroteo muy fuerte de varias cuestiones: la idealización de la pareja como compañeres, el intento de ciertas izquierdas de generar nuevas crianzas más afectuosas, el desdén por todo que nos trajo el neoliberalismo de los 90s, el divorcio, el desempleo, la crisis del sistema político, el lesbianismo closetero, el lesbianismo abriéndose paso hacia la visibilidad, el feminismo, el cuestionamiento del rol de la mujer en todos los ámbitos y en especial en el ámbito familiar/doméstico, otres sujetes políticos: la teoría queer, la bi y la pansexualidad, el no binarismo, las nuevas construcciones de pareja, el amor libre, el poliamor, la necesidad de no definirse de ninguna manera. Desde Silvio Rodríguez, pasando por todo esto, ¿dónde estamos ahora?
Yo creo que nuestra crianza nos enseñó a idealizar el amor de pareja como único bastión de seguridad. Por eso traigo la idea de la pareja como trinchera. Afuera, la guerra. Pero entonces ese tándem no se podía romper, porque ahí estaba toda la fuerza que nos mantenía pegadas a la tierra. Queremos vivir ese amor inmenso, esa entrega, esa intensidad, porque nos dijeron que eso era La Trascendencia. Pero en el cotidiano la pareja no es eso. Por un lado porque nunca fue sólo eso. Y por otro, porque nuestra historia no es la de nuestros padres y abuelos. Somos hijas del tiempo del desencanto, de la supervivencia personal, del miedo al otre. No podemos pretender tener un tipo de pareja como el que plantea Silvio y tampoco queremos. Bueno, quizás en algunas cabezas todavía sobrevuela esa idealización del amor romántico, el sentimiento de que todo se realiza ahí. A mí me está pasando de sentir que ya no es así. Que el amor puede existir en muchos ámbitos, un amor fuerte, quiero decir. Con amigues o con varias personas con quien compartas vínculos sexuales o sexoafectivos. Y no lo digo porque para mí sea fácil de implementar. Para todes es difícil. Por eso los talleres de Relaciones de Pareja y etc. en los encuentros de Mujeres, Lesbianas, Travestis y Trans, siempre están llenos. Queremos saber cómo hacer, pero recién estamos empezando. Lo que quiero decir es que es inmenso que estemos cuestionándolo. Que estemos diciendo: esto no funciona. Vamos a ver cómo hacerlo de otra manera. Porque la manera de Silvio Rodríguez ya la intentamos. Y en general, no nos hizo bien. Y nos terminó debilitando otras relaciones afectivas porque pensábamos que el amor era la pareja y todo lo demás era prescindible, intercambiable. No funciona ese amor a la Silvio porque es un amor basado en el sufrimiento de lo que no puede ser, de la persecusión de la mujer con sombrero, del dolor de los amores que mueren, de amar aunque te moleste mi amor. Todo eso habíamos aprendido. Y escucharlo en un escenario para mí fue como una terapia de regresión. Entré en un estado hipnótico y recordé cómo había sido mi trayecto por el aprendizaje de los vínculos. Todo muy Silvio, todo muy Holywood, todo muy papá y mamá. ¿Y ahora qué? No sé. No sabemos. Y las que yo creo que saben, muchas veces terminan confesando que tampoco saben. No sabemos qué hacer, pero tenemos una idea de lo que no queremos hacer más. Que ese amor que no nos permitía el goce, no va más. Y aunque volvamos a caer, sabemos que el norte es llegar a sentir de verdad que eso no va más. Y que el amor tiene muchas formas. Y que la pareja no podrá ser jamás el lugar donde pretendamos pisar firmemente, el lugar de lo seguro. La pareja es vincularse con otres, que equis día se pueden ir. No hay nada que hacer con eso. No hay manera de retener nada. Y retener es mil veces peor. Retener no es amor. Hay que detectar cuándo deja de ser amor y animarse a irnos, a darnos otra cosa. Podemos vivir situaciones placenteras. No es necesario quedarse en el dolor, amar para siempre, amar aunque no nos amen, buscar trascender ahí, que todo esté ahí, que la vida sea eso. Y ojo que no hablo de falta de compromiso. Hay que comprometernos y entregarnos. Hay que correr esos riesgos. Pero saber que incluso si hacemos eso, nadie nos asegura nada. Entonces: sepamos con qué y con quién comprometernos, no dejemos de entregarnos, pero no seamos mártires de la pareja porque este mundo anda necesitando heroínas de otro tipo. Heroínas de amores enormes que abarquen el amor a toda una grupalidad, a las causas nobles, a sostener y crear las ideologías y las prácticas de un mundo que contenga todos los mundos, a comprometerse a luchas por algo muy enorme que es una Revolución que no es la romantización de viejas revoluciones, sino nuestra revolución actual que es el feminismo. 
He escrito cientos de textos desconociendo al feminismo, ninguneando nuestros verdaderos problemas de género, atribuyéndole todo a las conductas personales de tal o cual. Pero todo esto nos ha sido enseñado. Nos enseñaron a amar mal, a relacionarnos desde el dolor y la culpa, a no querernos, a maltratar el cuerpo. Todo lo que dije hasta acá fue dicho con soberbia. No había aprendido todavía lo que tenía que aprender. Quiero volver a escribir pero quiero más que nada compartir mis experiencias en este camino que me abrió el alma y es el feminismo. Y aunque el blog sostenga el mismo nombre con el que empezó todo, ya no soy la misma. Creo que Ser Torta puede ser un gran desafío, pero también es una posición política muy potente de la que tengo que hacerme cargo. 
Las saludo y espero que este texto dé lugar a otros. Será cuestión de ir viendo cómo sale.

miércoles, 19 de marzo de 2014

Ese actuar sin raíz

¿Qué les pasa a las tortas con el estampado rayado? No importa eso. Hay cosas peores. Que una se siente en una clase de Arte y la gente debata la diferencia entre arte y artesanía citando algo así como una sapiencia de wikipedia o vaya uno a saber. El vox pópuli. Que evidentemente nunca les falló, porque si les hubiera fallado, ya se hubieran empezado a hacer las preguntas correctas. Qué es el arte, qué es mi vida, quién soy, qué es verdadero, qué significa todo. Preguntas correctas, señores. Que hay un 95% de gente que nunca se hizo ni se hará jamás. Eso es más importante que la manía de las tortas de llevar estampados rayados en sus musculosas o pullovers o pantalones (en los pantalones las rayas serían en forma vertical, por supuesto). Nada de esto importa. Soy capaz de perdonar esto, y lo hago, con tal de tener al lado una persona que se haga las preguntas correctas. Y que no se jacte de ser tolerante. La tolerancia ya pasó de moda. Y a quien no entienda porqué voy a explicárselo muy brevemente, porque si está cerca de entenderlo, mejor darle el empujón necesario. Sino, vendrán a decirme que la tolerancia es buena y qué sé yo y esa gente mejor que ni me lea. Porque no puedo explicarles nada. Ni tenemos nada en común. Suficiente será entonces poder dar el empujón necesario para ese pequeñísimo porcentaje que anda solo en el mundo sin entender porqué siempre se sintió tan para el carajo con el resto de la gente. Porque hemos tolerado demasiado. La falacia. La falta de compromiso. La LEVEDAD. Hay asuntos más importantes que estar definiendo si tal o cual profesor es malo. Aburre entrar a clase y escuchar este tipo de comentarios. No sólo aburre. Indigna ver que esta pueda ser la nueva generación de artistas. Gente que reproduce sin cansarse la fórmula del que piensa que ha ido más allá por leer a Galeano o irse a tomar un mate al parque y ponerse en patas. Gente que no se hará jamás las preguntas correctas. Porque es horrible. Lo que uno encuentra cuando pregunta bien, es casi imposible de tragar. Se te queda en la tráquea. ¿O se les hace tan simple llegar a mirar de frente ciertas verdades? que las conductas de mamá las tenemos incrustadas como mugre bajo las uñas. Y que papá no nos escuchó o nos abandonó o que tanta gente no nos quiso. No nos quiso. O que muchas veces en la vida nos sentimos horribles, inadaptados o inadaptadas (lo digo así no sea cosa que me vengan a correr con lo de la violencia de género porque no soy capaz de usar una X para generalizar las sexualidades y que todo sea más o menos lo mismo). Pero sí, inadaptadas, vamos a decir. Porque éramos bien tortitas casi desde nacimiento y vivimos no sé cuántos años tratando de hacer como que no, como que éramos parte de todo lo otro, tratando de entrar, aunque todos los demás fueran unos mediocres o al menos gente que tenía la suerte de que les saliera bastate bien la obsecuencia y calzaban justo con lo que la maestra esperaba de ellos o el jefe o la sociedad. Palabra que también ya me tiene bastante aburrida. Dudo de la humanidad como especie. Yo no quiero estar asociada a cierta gente. Ahí mi intolerancia. Porque con todo lo que duele y lo que cuesta ir hacia la verdad de uno y del mundo, y ojo porque en este trayecto más de uno casi pierde la cordura o la perdimos quizás, hay tantísimos que se dan el lujo de andarle de costado a todo. Y ni siquiera hablo de todos esos que no tuvieron posibilidades, porque el capital económico o el capital cultural o pepé burdié no les tocó la puerta para explicarles lo más mínimo de algunas cuestiones. Qué vamos a hacer con esos. Esos son los verdaderos intolerados. Y cuidado con quien diga que los entiende, porque nadie que haya tenido algún tipo de capital puede entender al que no tuvo nada o casi nada. No lo entiende. Cuanto mucho se solidariza (y hay que ver cuántos lo hacen desde la horizontalidad y cuántos desde la limosna). Hablo en realidad de los que sí pudieron ver la zarza. Se asomaron y vieron algo que se incendiaba y se volvieron a guardar para adentro. Convencidos de que el mundo se curaba simplemente con el veganismo o con el feminismo o con andar en bici o con ir a tomar mate al parque o con fumarse un porro y que esté todo bien porque la energía y la buena onda y a mí también me pasó todo eso. No se equivoquen. Yo también anduve por la bicisenda. Y la critiqué. Y también fui trotskista y vegetariana y me fumé miles de porros. Pero después la zarza seguía ardiendo y no me fumé ningún porro más. Y no hice rancho aparte para que a mí no me pegaran las malas vibras y todo sea luzluzluz y no me molesten en mi paz, ni le oculté la cara a todo lo terrible que hay en el mundo. No cerré los ojos cuando mis amigos me maltrataron a conciencia. Ni cuando veía la condescendencia de los boluditos clase media aspiracional con un pobre viejo que duerme en la calle o los nenes que no te piden comida, te piden plata y hay que echarlos de los restaurantes porque nos arruinan la cena. O peor, creer que ese nene se salva por hacerse el payaso con él durante 5 minutos. Creer que uno entiende algo de la vida porque por 5 minutos tuvo un acto que más que bondad tenía la miseria del que piensa que ese nene estaría mejor viviendo como nosotros. Y después ponerse a hablar del gobierno y de Sartre y enredarse en teorías y olvidarse por suerte ya del nene. Qué vergüenza todo. La falta de compromiso. Porque acá nadie puede hacer nada. O muy pocos pueden hacer algo y lo que se hace es muy pequeño. Pero si es pequeño, que sea verdadero. Esto es lo que importa. Algo que sea humano. Que nos cale los huesos. Hacerse las preguntas correctas. Quién soy yo. Qué es lo que verdaderamente quiero. No te olvides, esto puede llevarte hacia la locura. No te olvides, amor, que es mucho más fácil vivir lejos de lo verdadero, porque nos hicieron tanto daño. Y hay tan poca gente. Estamos casi solos. Todos los demás van a seguir asomándose tan sólo y corriendo después hacia el lado opuesto. Lo importante de esto es que nos hicimos las preguntas correctas. Y por eso yo estoy con vos y vos estás conmigo. Somos muy pocos. Y estamos desgarrados por la verdad. Pero con esto por ahora alcanza. El resto es simplemente hacer el camino cada uno solo, que ojalá nos lleve al arte y al amor, pero siempre a la verdad. Estamos hartos de la vida "Todo-bien". Por eso nos duele todo. Y por eso vos estás a veces en el abismo y otras veces yo. Ese actuar sin raíz. Eso es lo que nos agota. Ya lo dijiste vos, que lo dijo en realidad Alejandra.  No podemos tolerar más eso. Verdad hasta que se caiga toda la cáscara del mundo. O quizás porque no sabemos vivir de otra manera. Y por eso yo estoy con vos y vos estás conmigo.

lunes, 18 de marzo de 2013

De indias

Mar Caribe, novia, mate, cripy. Nos la damos de artesanas, pero hace rato que no vendemos. No sé cómo vamos a sobrevivir. A veces me asusto de más. Ella me reta. Me dice que soy una obsesiva porque en este lugar tan lindo no levanto la cabeza y acomodo las artesanías para prepararnos a salir a vender. Siempre tuve mambos con la guita. No me puedo desprender de esa preocupación. Pero de alguna manera estamos sobreviviendo. Y de alguna manera llegué a esta hermosa ciudad colonial. En este país la mayoría de la gente es generosa y alcóholica. No sé si una condición depende de la otra, tal vez sí. O tal vez sea la salsa o el calor o el mestizaje o ese ímpetu de vivir cada dia como si fuera el último. Y yo mepreocupo bastante. O me peleo con ella bastante. Bueno, no tanto, pero cuando pasa, duele. Y qué otra cosa puede pasar cuando una viaja con una novia durante casi 3 meses? Eso me digo y sé que no estamos mal. Es lo que pasa a veces cuando cargamos las mochilas y hace calor y hay que caminar mucho y nos hartamos y ella está en frente y me sale el monstruo y le ladro. Y a ella le sale algunas otras veces. Por suerte lo vamos superando. SOMOS UNA PAREJA. Waw. Somos una pareja. Una pareja que viaja, una pareja que hace planes, etc. Waw. Y meto la pata miles de veces porque soy egoísta... hija menor, claro, La Consentida.
Tres meses conmigo, viajando. Todos los días de tres meses viéndome la cara y me sigue soportando.
Waw.

viernes, 2 de noviembre de 2012

La Boluda

Me llaman La Boluda. No me lo dicen de frente pero lo deben comentar a mis espaldas. Me he convertido en la perfecta Boluda. Sí. Estoy boludizada. Y no me lo dicen sólo a mí. Deben decirlo también de la persona que me hace Boluda. Somos Las Boludas. Nos miramos y somos Boludas. Nos besamos y más Boludas. Hablo de ella y: Boluda. La amo. Hasta ese fondo he caído. Y mírenme: escribo públicamente que la amo. No se llega a mayor boludez. Pero he sido la Cornuda, la Abandonada, la Sumisa, la Desamorada, la Cínica, la Solitaria. Después de todo, ser Boluda no es tan malo.
Se llega a ser Boluda naturalmente, pero no tanto. Fue natural porque todo me llevó a ella. Todo. Hasta lo más terrible y oscuro del pasado de las dos. Y después, la necesidad de salvarnos de todo ese pasado.
A dos semanas de conocerla ya sabía que me había enamorado. Eso sí que es ser Boluda. Y fue casi sin darme cuenta. Todo fue parte de un mismo movimiento: empezar a hablar, conocernos, garches múltiples, conocer las cosas de la otra, los lugares, la gente. Y de pronto nos amábamos. Nombres: Silvina y M. Apellido: Boludas.
Pero tampoco fue una cosa tan natural, porque primero hubo que hacer muchas cosas con el alma para llevarla hacia el camino de la boludez del amor. Hubo que limpiar el alma y que dejar de tener miedo (aunque el miedo vuelve siempre). Pero sobre todo, era necesario ser generosa. No hay boludez posible si no es compartida. Somos Boludas porque nos amamos asquerosamente. Ella a mí y yo a ella. No tenemos ninguna verguenza. No escatimamos amor, aunque a veces nos tienta salvarnos el propio pellejo. Si yo siento que me expongo demasiado o lo siente ella, nos arrugamos para adentro porque es la mezquindad la que nos pisa los talones. Y así dejamos de ser Boludas para convertirnos en Incapaces. La incapacidad es creer que la piolada es salvarse una misma, no mostrar demasiado, dejar que ella se humille o tenga celos o cualquier cosa que no me ponga en riesgo. Esa, aparentemente es la avivada de los enfermos de alma. Yo prefiero ser Boluda. Y si duele, dolerá. A ella también puede dolerle. Es el riesgo que se corre cuando te ponés así de boluda. Por eso está bueno afinar previamente la elección y no caer en manos de alguna hija de puta, de esas que cuando estás bien Boluda, te gambetean el corazón y te dejan hundida en el Riachuelo. Ella no es nada hija de puta. Es generosa, es divertida y es una garchadora compulsiva. Adoro cada cosa que la compone. Toda ella va conmigo y toda yo voy con ella. Es mi boluda, tan boludamente enamorada como yo. Así estamos. La boludez de mirarnos y saber que en ese hermoso ser que tenemos en frente hay una compañera de vida.
Seguramente estarán diciendo: qué Boludas! Y sí. Somos las más boludas. Pero somos lindas. No puedo dejar de pensar que somos las novias más lindas del mundo. Y eso probablemente me haga más boluda. No me culpen. Soy Boluda. Soy la reina de las boludas. Yo no era así. Todo esto es culpa de ella.

miércoles, 5 de septiembre de 2012

El poder en una mano

Lo cierto es que nos lastimamos. Ese es el poder que tenemos. Yo te lastimo y vos me lastimás. Tenemos en las manos el corazón de la otra y podemos usarlo mal. Este fue el trato desde un principio. No firmamos papeles, pero amarnos fue esa entrega. Que vos tuvieras mi corazón y yo el tuyo. No es así, pero más o menos.
Podemos lastimarnos. Y lo hacemos. Me pregunto si siempre que nos lastimamos lo hacemos sin conciencia. Yo sé que tuve conciencia alguna vez. Estaba viéndolo todo. Mi posibilidad de romperte, pero más que nada mi posibilidad de romperme.
No puedo sostener esto que tenemos. Esa es mi gran falla. Vos decís que no soporto que me traten bien. Es exactamente eso. Pero en realidad es que no sé moverme en estas arenas. Entonces voy y lo rompo. Yo te dije que me imaginaba a mí misma caminando con una pila de platos y vasos y con una sensación de que voy a estornudar en cualquier momento. Eso es lo que pasó. Estornudé. Dos o tres veces, estornudé. Estaba tirándolo todo, pero no me dejaste. Estabas vos del otro lado. Esto es lo que no entiendo. No me dejás romperlo. Hay algo como una mano tuya o un beso, no sé bien, que no me permite rompernos. Pero vos también tenés en la nariz una aguda manera de tirarnos por la borda. Y hay algo como un abrazo mío o qué sé yo -porque nunca sé lo que tengo que te hace bien, quizás alguna de mis supuestas formas de locura-, que tampoco te deja rompernos.
Podemos lastimarnos. Lo cierto es que lo hicimos. Hay una hora en la semana en que parece que vamos a hacernos pedazos. Yo nunca supe otra cosa que esa. Que alguien tenga mi corazón en una mano y lo aplaste. Eso es lo que conozco. Y a veces te grito: ¡Destripame! ¡Esto es lo que yo sé! No hay forma de que entienda quién soy si no estoy rota.

Pero basta. No me rompas. No seas otra vez toda mi vida. Que haya algo como una mano o un beso. Que estés vos del otro lado. Y yo, por una vez, intentaré ser otra.

miércoles, 29 de agosto de 2012

Lo que hay que devolver

Lo que vos pedís, no se puede devolver.
Lamentablemente no está en mí estar explicándole esto a la ex de mi actual. Y menos cuando se está poniendo tan hinchapelotas. Ya es la tercera o cuarta vez que se tienen que encontrar para que le devuelva esto y aquello. Cosas. Cosas que mi actual tiene y que no quiere. Cosas que su ex no quiere pero las pide igual, porque puede y porque mi actual se ve que le hizo tan mal que ella algo le tiene que pedir. Yo entiendo. Y no me pone mal que se vean para este tipo de trámites de divorcio. Hay pocas cosas que hoy me pueden generar inseguridad y todas están adentro mío. El tema es este hastío por el que las veo pasar a las dos. Mi actual, dice, está cansada. Quiere terminar con todo ya, de una buena vez, que no le pida más nada. Su ex la quiere terminar a ella, la quiere masacrar, sacarle algo, pedirle cosas, pero no esas cosas. Eso que ella quiere no se puede devolver. Me lo han enseñado todas mis rotas, mis sádicas. Y bien a la bofetada lo he aprendido. Cuando se termina, se termina. Y no hay nada que reclamar. A llorarle a los amigos. Porque es injusto, sí. Pero desde el hecho de que uno sea mortal para abajo, todo es bastante injusto. Y no sé a quién tiene que ir uno a reclamarle una enfermedad, un esguince o un paro de transportes. A ver si no es bien injusto tener que trabajar para vivir.
¿Devolver qué? ¿El tiempo, la confianza, la fantasía, el amor? Eso no viene en cajas. No hay manera de empaquetarlo y mucho menos de asegurarlo a priori. Nadie está seguro. Este es el juego de la vida. Se pierde. Y te quedás desnuda. Y eso que ella te dijo que te iba a acompañar siempre y que te desnudes nomás que ella iba a estar ahí desnuda sosteniéndote y de pronto ella no está, no está tu ropa, no está tu adolescencia, no está tu mamá, no hay nada. Todo se va. Se va el amor. A veces me preguntaba eso de cómo se va el amor. Cuando la gente dice: nos separamos porque se fue el amor. ¿Adónde se va el amor? ¿Y cómo se va? ¿Hace "puf" un día y chau? Es como esa película que ella dice que siempre le sorprendió cómo una persona podía pasar de amar locamente a nada en absoluto. Y yo me preguntaba muy seguido cómo era que el amor se podía ir así. Pero puede. Lo vi. No sé si es algo tan rápido, pero parece rápido porque cuando se está yendo no lo querés  ver. Hacés una fiesta, ponés globos, planeás un viaje, te sacás fotos, te agarra una depresión que sólo ella puede curar y encontrás cada vez más chicanas para retenerla. Y cuando ella igual se va, vos decís que es una hija de puta después de todo lo que hiciste por ella. Te olvidás, por supuesto, que al menos las últimas cosas eran puras chicanas.
De pronto ella no te ama más. ¿Y qué hay que hacer? ¿Llorar, escribir, putear? O seguir pidiéndole cosas. Pedirle que te ame de nuevo. Porque hay que bancarse saber que estás pidiendo eso. Y también hay que bancarse ver que eso no va a pasar. Llorá, escribí y puteá. Todos lo hicimos.

Odio el verbo. Devolver. Es volver. No. Es peor. Es vomitar. Volver me hace vomitar. Verme reclamar me hace vomitar. ¿Por qué alguien querría una devolución?
No sé qué es lo que hay para devolver. La última ruptura me costó una o dos Mafaldas. Eran mis Mafaldas de toda la vida. Sé que se llevó la número 7, cuando Mafalda conoce a Libertad. Esto no es joda. Adoraba esas Mafaldas. Y sin embargo esa ruptura me costó algo mucho más terrible. No quiero recuperar esas Mafaldas. Quiero recuperar otras cosas que ya no tienen retorno. Y también, menos mal por esas pérdidas y por dejar ir. Porque sino yo no estaría acá, mirando a mi actual con su ex viviendo esta experiencia horrible, que ahora sé que sólo puede servir para aprender que algunas cosas no se devuelven.

martes, 21 de agosto de 2012

Hacer un puente y transitarlo


Todo empieza mal. Nos conocemos cibernéticamente. Ella está de novia, yo estoy todavía terminando de cerrar una historia muy triste con otra mujer. Ella es de Santa Fe y yo de Buenos Aires. ¿Quién me manda a embarcarme en algo así? 
El problema es que es más linda de lo que puedo tolerar. Me hice una regla hace años: nunca engancharme con alguien que viva a más de 20 kilómetros de mi casa. Me resulta cada vez más imposible sostener esta regla con la santafecina. Hay algo de ella que me entusiasma. Una luz, una cosa hermosa, no sé cómo describírselo a la gente. No es nada más que sea linda, es otra cosa. Sé que tengo que conocerla, aunque sigo sin entender cómo puede funcionar la cosa desde la distancia y, claro, con el pequeño inconveniente de que tiene novia. Ella dice que en realidad está todo mal con su pareja. En un par de semanas de hablar conmigo, sin que yo realmente lo venga venir, toma la decisión de terminar la relación. Yo ya no estoy lloriqueando casi nada por la mujer que me rompió el corazón. Termino de cerrar todo, de tirar mails, de entrar en su facebook, de cortar con cualquier cosa que me una a ella. Ahora sí es momento de conocernos. 
Viajo a Santa Fe. No pienso nada. Evito decirme que esto es una locura. Pero sé que es una locura. Me niego a ponerme nerviosa porque ésta es la cita por la que más lejos he viajado. Ella dice que no está nerviosa. Estamos nerviosas. 
Llego. Me voy al hostel que reservé previamente. Me baño. Es julio y debería hacer frío. Pero no hace frío. Es una noche ideal para ir al río. Yo no tengo río. O sí, pero está sucio y hay edificios y casi nunca lo vemos. Le digo que nos encontremos en el río, o sea, en el parque que bordea al río. De alguna forma pienso que eso va a relajarme. Llego unos minutos antes que ella. Y sí, logro relajarme. Ya la vi en fotos y me pareció linda, pero las fotos engañan a veces. Quizás tenga una voz horrible, quizás haya miles de cosas que no me cierren, que me aburran. La magia es tan poco probable. Ahora sí me vuelvo a poner nerviosa. Pero me reto a mí misma y me digo que es mejor calmarme. He recorrido demasiado camino. Es hora de confiar en mí. Por algo llegué hasta acá. Estoy sentada en un banco del parque, mirando el río. Ya me cambié diez veces de posición, pensando cómo sería mejor que ella me encuentre. Elijo una posición. Me quedo así por varios minutos. Me pierdo mirando en río. Estoy casi en el río. Y de pronto, su voz. Me doy vuelta. Es linda. No. Es hermosa. Quiero besar a esta mujer. Estos son los primeros pensamientos que tengo. Sentir algo así de buenas a primeras es muy raro en mí. Ese impacto. Esa certeza. Nos saludamos. Digo algo sobre su voz y mi voz, que menos mal que no tenemos voces horribles, eso digo. A pedido mío, ella trajo un vino. Caminamos por la costanera. La noche es tan hollywoodense que empalaga. Caminamos. Como siempre que me pongo nerviosa, se disocia mi mente de mi boca y lo que digo no tiene nada que ver con lo que pienso. No pienso casi nada. Pero algo hablamos. Ella no se da cuenta de mi disociación y por alguna razón no me siento tan nerviosa como otras veces. Algo de mí cambio, o creció. Algo de ella me hace sentir bien. Ella me lleva a un lugar bien alejado, al fondo de la costanera. Eso me da una buena pauta. Quizás ella también quiere besarme. Finalmente encontramos un buen lugar para sentarnos. Hablamos un rato. Me cuenta de su vida y de su familia. Yo digo el par de cosas interesantes que siempre digo para mandarme la parte. Pero lo digo honestamente. Y lo digo porque cada vez más estoy queriendo que me bese. Me pregunto cuánto tardará en besarme. Yo no puedo besarla. Atravesar la distancia de mi boca a su boca es para mí el corredor de la muerte. Se me juega la vida en esa distancia. No me animo. Ojalá ella no se dé cuenta lo mucho que quiero bersarla. ¿Querrá besarme? Trato de no pensarlo tanto porque sé que se me nota. Y si se me nota, se me juega la vida. Si no me quiere... no sé. No quiero ni pensarlo. Y entonces no lo pienso. Silencio todo adentro mío. Me dedico a disfrutar lo que me está diciendo. A mirarla sonreír. No sé si quiere besarme, pero estoy segura de que al menos le caí bien. Me siento bien. Hago silencio y miro al río. Hay un olor fresco que no existe en Buenos Aires. Estoy verdaderamente contenta. Paso unos minutos totalmente convencida de que si esto es todo lo que va a pasar esta noche, igual estoy casi satisfecha. Pero de pronto la quietud se quieba. Ella me apuñala con la mirada. Me aterran esos ojos. Yo creo que sé lo que quiere, pero no sé lo que quiere. Es cuestión de un segundo. Hay que entrar en acción, pero yo qué sé. Se me juega la vida. Ojalá ella lo entendiera. Ojalá supiera de todos estos años, de los golpes, de lo que me cuesta llegar al otro. Hacer un puente y transitarlo. Es cuestión de un segundo que es también cuestión de toda la vida. Tengo encima sus ojos y sé que algo tengo que hacer. Entonces me acerco decidida, valiente, corajuda y, muy estúpidamente, le doy un beso en la frente. Menos mal que ella se ríe de mí. Y menos mal que un instante después me dice que eso no es un beso y me da un beso como tiene que ser: en la boca y con todas las ganas que nos veníamos aguantando las dos desde que empezamos a hablar. Siento litros de sangre empujando en cada vena. Sé que no voy a poder dejarla. Ya no. Estoy condenada. Por suerte, ella también. 
Podía haberme ido a dormir al hostel. Nunca dormí en el hostel. 
Todo termina bien.