lunes 20 de febrero de 2012
Polémica en el bar
Las razones por las que empiezo mi noche rodeada por un chileno, un uruguayo, un francés y un argentino, no tienen verdadera importancia. El hecho es que estamos sentados ahí, en un bar de poquería, los cinco representantes de la ONU nocturna. Es casi como el comienzo de un chiste: entran un uruguayo, un francés y una torta a un bar... etcétera.
Yo me siento entre el chileno y el francés. El francés me gusta, debo admitir. Estudiante de Ciencias Políticas. Abandonó. Ahora tiene una fiambrería. Mantiene un buen nivel del conversación y además... es francés. Nunca sé qué hacer cuando un tipo me gusta. Porque no sé qué significa eso. No haría nada con ese tipo, pero me gusta, me agrada, me cae bien. Ni bien pasa cualquier mina me olvido lo que me gustaba el francés, así que no debía ser tanto.
Los cinco en el bar. Somos la mesa internacional de "Polémica en el bar" (por suerte sin Sofovich). No podría decir que somos amigos. Nos llamaría más bien conocidos, o mejor aún: compañeros de noches. No sé si a todos les he dicho con anterioridad que me gustan las mujeres. Ellos, aprovechando que son mayoría, se dedican a mirar minas. Más de una vez me piden disculpas y yo no entiendo porqué. Les digo que yo no soy la representante de todo el género femenino. Y para amenizar (y porque estoy en la misma que ellos) me pongo a mirar tipas también. Por fin surge la oportunidad y confieso que me gustan las mujeres. Por suerte en 2012 eso no significa ni el más mínimo gesto de sorpresa por parte de ellos. Aunque en algún momento de la noche alguien siempre me diga "pero no parecés". Mi confesión significa que ellos pueden aflojar la panza y buitrear minas indiscriminadamente delante mío. Significa que yo puedo hacer lo mismo. Menos mal.
Como no hay mucha pesca nos ponemos a hablar. La conversación no se bifurca demasiado de lo que ya veníamos tanteando: mujeres. Ellos cuatro hablan de mujeres de todo el mundo. Dicen que las europeas son frías pero van más al grano. Hablan bien de las suecas. A mí nunca me han gustado las rubias, digo. Es mentira, pero siento que de alguna forma tengo que reivindicarnos a las morochas. ¿Y las argentinas?, pregunto. No les gustan. A ninguno. La opinión de los cuatro es que son todas histéricas. El uruguayo, bastante indignado, dice que no puede ser que una mujer se te pegue, te toquetee y después se vaya. El chileno dice que ni siquiera ha tenido la oportunidad de estar con una. El argentino dice que prefiere las europeas y se le adivina una sonrisa un poco perversa que prefiero no entender. El francés me mira como pidiéndome disculpas y me dice que, lamentablemente, él no puede tener una buena conversación con ninguna y que la mayoría le parecen un poco... (busca la palabra adecuada) un poco... y yo me adelanto y digo: BOLUDAS. Sí!, me dice. Se siente raro de confesármelo, siendo yo una mujer argentina también, pero para tranquilizarlo (y porque es verdad) le digo: a mí me pasa lo mismo. Los dos teorizamos algo sobre la función de la mujer en un país machista (yo le digo que hay peores) y agrego que el neoliberalismo no le ha hecho nada bien a las mujeres que creen que la felicidad está en comprarse blackberrys, vestirse bien y vivir la vida que tienen que vivir según las propagandas de toallitas femeninas. El francés dice que somos pura apariencia. Yo digo que al menos la apariencia es bastante buena.
El uruguayo dice algo así como que en la vida uno tiene que conocerse a uno mismo. Está hablando de otra cosa, pero yo aprovecho para mechar con lo que veníamos hablando. Le digo que eso es precisamente lo que uno hace con tanto esfuerzo, con tanta dedicación. ¡Y dolor!, agrega él. Claro, digo, y ¿para qué? Es un lugar absolutamente solitario. Uno hace un viaje de introspección, estudia una carrera, cuestiona todo hasta que se da cuenta que la realidad es un canelón de ricota y todo para que una mina te diga: ¿cómo un canelón? Y ahí le tenés que pegar tres tiros o darte cuenta que vas a estar muy solo. Pero no hay vuelta atrás, dice el chileno. Uno se conoce, cuestiona todo, y ya no hay vuelta atrás. Te quedás solo porque te ponés muy exigente, dice el argentino -profesor de Filosofía-, mientras le mira el culo a dos chicas que están paradas en la puerta del baño. El francés parece abatido. El uruguayo dice que de todas formas a él le gustaría estar con alguna argentina. Yo le digo que lamentablemente, la manera de estar con una argentina es ser indiferente. Al principio le das bola, después no. Y es una lástima, porque una mina que quiera estar con alguien que no le da pelota... bueno, muchachos: esa mina está loca. Entonces ¿qué relación podés tener con alguien así?
Hay mucha pena en la mesa, pero no hay un abatimiento tal que opaque el avistamiento de culos. Ellos pueden diferenciar una mina para coger, de una mina para tener una relación. Yo digo que yo casi no. Que me he puesto tan exigente que si la mina es una boluda, no me gusta ni para coger. El francés se ríe y me dice que es una pena que tres de las cinco mujeres interesantes que conoció en Argentina son lesbianas. Yo le pido que me las presente, claro. Y agrego que es muy raro que haya conocido tortas interesantes porque lo que yo encontré en mi gremio es más que nada un sector absolutamente golpeado por el menemato y el vacío espiritual/mental de los noventa. Igual yo amo a las argentinas, le confieso. Y en eso que digo hay una honesta esperanza.
El más esperanzado parece ser el argentino, que de pronto se levanta y se va a hablar con unas minas que están sentadas en otra mesa. El uruguayo dice que ya es hora de ponerse en acción y lo acompaña. El francés se va a buscar otro fernet y me trae uno a mí. El chileno me confiesa que cuando me conoció pensó que yo era una reventada.
Reímos y tomamos. No hay mucho más.
jueves 16 de febrero de 2012
Golpe de calor
La encontramos tirada en el piso del living de su departamento. Nos abrió la puerta Marcos con su copia de la llave.
Era la una de la tarde. Hacía varias horas que Valentina no atendía el teléfono de su casa ni el celular. Con Carla nos preocupamos tanto que lo llamamos a Marcos, que vive en el piso de abajo de lo de Valentina, y le pedimos que le tocara timbre. Marcos me llamó al rato y me dijo que en lo de Valentina no atendía nadie. Yo estaba ya a unas pocas cuadras de ahí así que le pedí que me espere para pensar lo que podíamos hacer. Me crucé con Carla en la puerta del edificio. Había tenido la misma idea que yo: juntarnos a pensar dónde podía estar Valentina. Hacía un mes nos veníamos turnando los tres para cuidarla.
Nos reunimos en lo de Marcos. El dijo que la noche anterior la había dejado durmiendo y parecía tranquila. Había estado llorando mucho unas horas antes y se negó a cenar, pero Marcos se le sentó al lado y logró que comiera unas galletitas con queso. Después se acostó al lado de ella y la abrazó hasta que se durmió. Desde la mañana no habíamos tenido, ninguno de los tres, noticias de ella. De pronto se me ocurrió que para averiguar dónde estaba era necesario entrar en su casa. Marcos tenía llave pero no le gustaba usarla, salvo en ocasiones especiales. Carla dijo que ésta era una de esas ocasiones: teníamos que encontrar algún dato de su paradero.
Lo que menos imaginamos fue encontrarla así. Pensamos que se habría ido a algún lado. Ya nos había pasado varias veces que, sin nuestra supervisión, Valentina se había ido a espiar a Mariela en sus quehaceres cotidianos. Desde que cortaron la relación, un mes atrás, Valentina cayó en un pozo depresivo terrible, acompañado por episodios de ansiedad y obsesiones varias. Tratábamos de mantenerla medianamente entretenida para evitar esos episodios pero no había caso, de alguna forma siempre se nos escapaba. Entonces al menos tratábamos de mantenerla vigilada.
Ni bien la vi desparramada en el piso del living, salí corriendo a abrazarla. Estaba pálida. La levanté y grité su nombre varias veces. No reaccionaba. Marcos dijo que llamáramos a un médico. Yo estaba perpleja, todavía sostentiendo en brazos a Valentina. Carla vino desde la cocina con un vaso de agua y antes de que pudiéramos reaccionar, se lo tiró en la cara. Apenas el agua tocó su rostro, Valentina abrió los ojos y nos miró sorprendida.
- ¿Qué hacen?- nos gritó.
- ¿Qué te pasó?- le pregunté.
- No sé, ustedes me están tirando agua. ¿Qué pasa?
- ¿No te acordás? Te desmayaste o algo así- dijo Carla.
- No me acuerdo.
- ¿Pero qué te pasó? ¿Te sentías mal?- le preguntó Marcos.
- Creo que sí. No me acuerdo bien. Tenía calor. Después no me acuerdo de nada.
- Pero esto fue a la mañana- dije.
- Sí. Apenas me levanté. ¿Qué hora es?
- La una y media- dijo Carla.
Valentina no entendía nada. La ayudamos a levantar y se sentó en el sillón. Había recuperado el color en los cachetes.
- ¿Estás bien?- le preguntó Marcos.
- Sí, sí. Ya estoy mejor.
Carla dijo que por las dudas se iba a comprar una Coca al mercadito de abajo.
- Qué susto, boluda. Debe haber sido un golpe de calor- dijo Marcos.
- ¿Y de ánimo cómo estás?- pregunté.
- Bien, bien. Fue un susto.
- ¿Pero con lo de Mariela?- dije.
- ¿Qué Mariela?- preguntó Valentina.
Marcos y yo nos miramos. Pensamos que nos estaba cargando o que se había vuelto loca.
- ¿Cómo qué Mariela?- dije -Mariela... tu ex- Y me acordé que a Valentina no le gustaba que le llamáramos "tu ex". Todavía no había terminado de aceptar lo de la separación.
- ¿Me están cargando?- dijo Valentina- ¿Qué Mariela? ¿Qué ex?
Carla volvió con la Coca. Nos miró la cara perpleja y nos preguntó qué nos pasaba.
- No se acuerda de Mariela- explicó Marcos.
Carla se sentó sobre la mesa ratona de frente a Valentina. La miró fijo.
- ¿En serio no sabés quién es Mariela?- le preguntó.
- Me suena. Pero no. Me están preocupando.
- Vos nos estás preocupando a nosotros- dije.
Carla dijo que no nos preocupáramos. Que podía ser un shock causado por el golpe contra el piso cuando se desmayó. Marcos dijo que él había visto cosas así en las telenovelas, pero nunca en la vida real. Yo estaba muda. Carla había hecho algunas materias de Medicina antes de pudrirse y pasarse a Gastronomía, así que se sentía calificada para establecer algún diagnóstico. Empezó a hacerle preguntas para ver en qué condiciones estaba la memoria de Valentina. Resultó que se acordaba de todo menos de Mariela. Hasta que, haciendo un gran esfuerzo, en un momento recordó:
- Ya sé qué Mariela. ¿No es la que conocí hace un tiempo? La que era amiga de Lucas, el ex de Marcos.
- Hace un tiempo fue hace dos años- dije yo muy preocupada.
- Sí, sí. Más o menos. Pero ¿qué? ¿Yo estuve con esa mina?
- ¡Estuviste dos años de novia, Valentina!- grité aterrorizada.
- Te juro que no me acuerdo de nada.
- Tratá de hacer memoria- dijo Marcos, también preocupado.
Entre los tres le contamos un poco de su historia. Cómo se habían conocido, cómo se habían puesto de novias y algunos pormenores que conocíamos a la perfección, como buenos amigos que éramos. Valentina dijo que de algunas cosas se acordaba, pero las sentía muy lejanas, como si hubieran sido parte de un sueño. De pronto giró la cabeza y me miró muy seria.
- ¿Vos cómo estás?- me preguntó.
- Bien. ¿Por qué?
- Por la pelea con Sofía.
- ¿Cómo te acordás de eso?- dije.
- ¿Y cómo no me voy a acordar?- respondió, casi ignorando que prácticamente se había olvidado por completo de la persona a quien amó con desesperación durante los últimos dos años.
- Estamos bien- respondí secamente. Con Sofía las cosas estaban bastante mal, a pesar de que hacía relativamente poco que nos habíamos puesto de novias. Ella se estaba empezando a poner muy rígida e irritable y a mí sólo me salía responder con sumisión. Me sentía humillada, pero tenía pánico de perderla. Era horrible sentirme así. No quise dar más detalles y argumenté que no era momento de hablar de eso, con esto de la conmoción y la pérdida de memoria.
Durante varios días nos turnamos para contarle a Valentina detalles sobre su relación y ver si recuperaba la memoria. Ella nos escuchaba atenta como si le estuviéramos contando una historia ajena. Empezamos contándole sobre las primeras épocas de su noviazgo. A estos recuerdos Valentina los tenía más presentes. De varias cosas sí acordaba y asentía. A veces aportaba algún dato más y ahí nos dábamos cuenta de que estábamos logrando avances. Lo más difícil fue contarle sobre la vez que Mariela la había engañado con una compañera de trabajo. Eso me tocó a mí.
- ¿Y yo qué hice?- me preguntó.
- Lloraste un montón.
- ¿Pero cuándo fue? No me acuerdo de nada.
- Hace unos seis meses- dije.
- ¿Y no la tiré por el balcón?- dijo bromeando.
- No. Estabas destruída.
- No me acuerdo.
- Pensamos que esa vez sí ibas a cortarle.
- ¿Cómo "esa vez"?
- Y sí, porque Mariela venía tratándote muy mal desde hacía bastante. Era rara. Mentía, o eso nos parecía a todos. De hecho, la mina se portó bien con vos solamente en los primeros meses. Después empezó a mostrar la hilacha.
- Y me cagó.
- Sí. Pero vos no le cortaste. No sé cómo hizo pero te convenció de que no la dejaras. Vos decías que la amabas y que no ibas a permitir que algo así las separe.
- Fui una tarada- dijo Valentina. Yo me sorprendí. Fue la primera vez que la oí hablar así de su relación con Mariela. En aquellos días no había forma de hacerla ver lo infeliz que era-. ¿Y después qué?- me preguntó.
- Siguieron juntas unos meses. Vos estabas pendiente de todo. Te empezaste a poner paranoica con cualquier llamada que recibía, los mensajes de texto, los lugares adonde iba. La seguías, le revisabas el celular, hasta trataste de meterte en su correo electrónico pero no pudiste.
- Estaba bastante loca, ¿no?
- Sí. Bastante- respondí. En ese momento me di cuenta que Valentina recuperaba algo, pero no era la memoria. Era más bien cierto espíritu: el que tenía antes de conocer a Mariela.
- Sabés que todo eso lo tengo en blanco. Te creo porque me lo contás vos, pero sino es como si no lo hubiera vivido. Lo único que me acuerdo de esa piba es de haber salido durante un tiempo. Me gustaba. Me hacía reír. Después no me acuerdo de nada más.
- No me extraña, creo.
- Por algo me habré olvidado.
Asentí. Por algo había borrado todo eso. ¿Quiénes éramos nosotros para hacerla volver a esos recuerdos horribles? Valentina estaba totalmente recuperada, fuerte, firme.
- Pero ¿sabés qué?- me dijo al final- Hubo un día, habrá sido a varios meses de noviazgo ya, que la sorprendí en una mentira. No era algo muy grande, era más bien una cosa muy tonta. A su hermano le había contado que el día anterior lo había pasado conmigo y sin embargo yo sabía que había estado en lo de su mejor amigo. Cuando le pregunté porqué le había mentido, ella me dijo que no sabía, que lo había hecho porque sí. Y se río, como si fuera lo mismo que inventar un cuento. Me pareció rarísimo. Me acuerdo que en ese momento pensé que yo tenía que cuidarme mucho de una persona que mentía porque sí.
- Tenías razón- dije.
- Es de esas cosas feas de la otra persona que una ve al principio y después te enganchás y ya no podés ver nada. Le dejás pasar todo. Engaños, maltratos.
- Es cierto- dije.
- Hay que tener cuidado, ¿no? Prestarse atención en esos primeros momentos, porque después estás frita. Estás nublada, como en un sueño.
- Es lo que te pasó a vos- dije.
- ¿Y a vos?- dijo ella. Sonreí apenas y no contesté. Era la clase de preguntas incisivas que hacía Valentina mucho tiempo atrás, antes de que su relación con Mariela lo nublara todo. No lo hacía para lastimar. Lo hacía porque siempre fue una persona muy perspicaz. Atenta a lo que le pasaba al otro y despierta para detectar las ofensas, los engaños, los actos de mala fe. No cualquiera hubiera podido lastimarla, porque así de atenta estaba también en sus propias relaciones. ¿Qué pasó con Mariela? ¿Cuándo fue que empezó a dejarle pasar las mentiras, los maltratos? Quizás justo en ese punto en el que ya no se acordaba.
Sentí que era hora de dejar a Valentina en paz. Les mandé mensajes a Carla y a Marcos diciéndoles que nuestras sesiones de remembranza con Valentina habían terminado.
Me fui pensando en mi pelea con Sofía. Había cosas de ella que me dolían mucho, pero estaba dejándolas pasar. A ninguna otra persona se las hubiera permitido. En ese momento supe que estaba irremediablemente sumergida en el sueño del amor, esa niebla calurosa y desesperada que hace que le permitamos al otro cualquier tipo de golpe y nos olvidemos lentamente de todo lo demás.
Era la una de la tarde. Hacía varias horas que Valentina no atendía el teléfono de su casa ni el celular. Con Carla nos preocupamos tanto que lo llamamos a Marcos, que vive en el piso de abajo de lo de Valentina, y le pedimos que le tocara timbre. Marcos me llamó al rato y me dijo que en lo de Valentina no atendía nadie. Yo estaba ya a unas pocas cuadras de ahí así que le pedí que me espere para pensar lo que podíamos hacer. Me crucé con Carla en la puerta del edificio. Había tenido la misma idea que yo: juntarnos a pensar dónde podía estar Valentina. Hacía un mes nos veníamos turnando los tres para cuidarla.
Nos reunimos en lo de Marcos. El dijo que la noche anterior la había dejado durmiendo y parecía tranquila. Había estado llorando mucho unas horas antes y se negó a cenar, pero Marcos se le sentó al lado y logró que comiera unas galletitas con queso. Después se acostó al lado de ella y la abrazó hasta que se durmió. Desde la mañana no habíamos tenido, ninguno de los tres, noticias de ella. De pronto se me ocurrió que para averiguar dónde estaba era necesario entrar en su casa. Marcos tenía llave pero no le gustaba usarla, salvo en ocasiones especiales. Carla dijo que ésta era una de esas ocasiones: teníamos que encontrar algún dato de su paradero.
Lo que menos imaginamos fue encontrarla así. Pensamos que se habría ido a algún lado. Ya nos había pasado varias veces que, sin nuestra supervisión, Valentina se había ido a espiar a Mariela en sus quehaceres cotidianos. Desde que cortaron la relación, un mes atrás, Valentina cayó en un pozo depresivo terrible, acompañado por episodios de ansiedad y obsesiones varias. Tratábamos de mantenerla medianamente entretenida para evitar esos episodios pero no había caso, de alguna forma siempre se nos escapaba. Entonces al menos tratábamos de mantenerla vigilada.
Ni bien la vi desparramada en el piso del living, salí corriendo a abrazarla. Estaba pálida. La levanté y grité su nombre varias veces. No reaccionaba. Marcos dijo que llamáramos a un médico. Yo estaba perpleja, todavía sostentiendo en brazos a Valentina. Carla vino desde la cocina con un vaso de agua y antes de que pudiéramos reaccionar, se lo tiró en la cara. Apenas el agua tocó su rostro, Valentina abrió los ojos y nos miró sorprendida.
- ¿Qué hacen?- nos gritó.
- ¿Qué te pasó?- le pregunté.
- No sé, ustedes me están tirando agua. ¿Qué pasa?
- ¿No te acordás? Te desmayaste o algo así- dijo Carla.
- No me acuerdo.
- ¿Pero qué te pasó? ¿Te sentías mal?- le preguntó Marcos.
- Creo que sí. No me acuerdo bien. Tenía calor. Después no me acuerdo de nada.
- Pero esto fue a la mañana- dije.
- Sí. Apenas me levanté. ¿Qué hora es?
- La una y media- dijo Carla.
Valentina no entendía nada. La ayudamos a levantar y se sentó en el sillón. Había recuperado el color en los cachetes.
- ¿Estás bien?- le preguntó Marcos.
- Sí, sí. Ya estoy mejor.
Carla dijo que por las dudas se iba a comprar una Coca al mercadito de abajo.
- Qué susto, boluda. Debe haber sido un golpe de calor- dijo Marcos.
- ¿Y de ánimo cómo estás?- pregunté.
- Bien, bien. Fue un susto.
- ¿Pero con lo de Mariela?- dije.
- ¿Qué Mariela?- preguntó Valentina.
Marcos y yo nos miramos. Pensamos que nos estaba cargando o que se había vuelto loca.
- ¿Cómo qué Mariela?- dije -Mariela... tu ex- Y me acordé que a Valentina no le gustaba que le llamáramos "tu ex". Todavía no había terminado de aceptar lo de la separación.
- ¿Me están cargando?- dijo Valentina- ¿Qué Mariela? ¿Qué ex?
Carla volvió con la Coca. Nos miró la cara perpleja y nos preguntó qué nos pasaba.
- No se acuerda de Mariela- explicó Marcos.
Carla se sentó sobre la mesa ratona de frente a Valentina. La miró fijo.
- ¿En serio no sabés quién es Mariela?- le preguntó.
- Me suena. Pero no. Me están preocupando.
- Vos nos estás preocupando a nosotros- dije.
Carla dijo que no nos preocupáramos. Que podía ser un shock causado por el golpe contra el piso cuando se desmayó. Marcos dijo que él había visto cosas así en las telenovelas, pero nunca en la vida real. Yo estaba muda. Carla había hecho algunas materias de Medicina antes de pudrirse y pasarse a Gastronomía, así que se sentía calificada para establecer algún diagnóstico. Empezó a hacerle preguntas para ver en qué condiciones estaba la memoria de Valentina. Resultó que se acordaba de todo menos de Mariela. Hasta que, haciendo un gran esfuerzo, en un momento recordó:
- Ya sé qué Mariela. ¿No es la que conocí hace un tiempo? La que era amiga de Lucas, el ex de Marcos.
- Hace un tiempo fue hace dos años- dije yo muy preocupada.
- Sí, sí. Más o menos. Pero ¿qué? ¿Yo estuve con esa mina?
- ¡Estuviste dos años de novia, Valentina!- grité aterrorizada.
- Te juro que no me acuerdo de nada.
- Tratá de hacer memoria- dijo Marcos, también preocupado.
Entre los tres le contamos un poco de su historia. Cómo se habían conocido, cómo se habían puesto de novias y algunos pormenores que conocíamos a la perfección, como buenos amigos que éramos. Valentina dijo que de algunas cosas se acordaba, pero las sentía muy lejanas, como si hubieran sido parte de un sueño. De pronto giró la cabeza y me miró muy seria.
- ¿Vos cómo estás?- me preguntó.
- Bien. ¿Por qué?
- Por la pelea con Sofía.
- ¿Cómo te acordás de eso?- dije.
- ¿Y cómo no me voy a acordar?- respondió, casi ignorando que prácticamente se había olvidado por completo de la persona a quien amó con desesperación durante los últimos dos años.
- Estamos bien- respondí secamente. Con Sofía las cosas estaban bastante mal, a pesar de que hacía relativamente poco que nos habíamos puesto de novias. Ella se estaba empezando a poner muy rígida e irritable y a mí sólo me salía responder con sumisión. Me sentía humillada, pero tenía pánico de perderla. Era horrible sentirme así. No quise dar más detalles y argumenté que no era momento de hablar de eso, con esto de la conmoción y la pérdida de memoria.
Durante varios días nos turnamos para contarle a Valentina detalles sobre su relación y ver si recuperaba la memoria. Ella nos escuchaba atenta como si le estuviéramos contando una historia ajena. Empezamos contándole sobre las primeras épocas de su noviazgo. A estos recuerdos Valentina los tenía más presentes. De varias cosas sí acordaba y asentía. A veces aportaba algún dato más y ahí nos dábamos cuenta de que estábamos logrando avances. Lo más difícil fue contarle sobre la vez que Mariela la había engañado con una compañera de trabajo. Eso me tocó a mí.
- ¿Y yo qué hice?- me preguntó.
- Lloraste un montón.
- ¿Pero cuándo fue? No me acuerdo de nada.
- Hace unos seis meses- dije.
- ¿Y no la tiré por el balcón?- dijo bromeando.
- No. Estabas destruída.
- No me acuerdo.
- Pensamos que esa vez sí ibas a cortarle.
- ¿Cómo "esa vez"?
- Y sí, porque Mariela venía tratándote muy mal desde hacía bastante. Era rara. Mentía, o eso nos parecía a todos. De hecho, la mina se portó bien con vos solamente en los primeros meses. Después empezó a mostrar la hilacha.
- Y me cagó.
- Sí. Pero vos no le cortaste. No sé cómo hizo pero te convenció de que no la dejaras. Vos decías que la amabas y que no ibas a permitir que algo así las separe.
- Fui una tarada- dijo Valentina. Yo me sorprendí. Fue la primera vez que la oí hablar así de su relación con Mariela. En aquellos días no había forma de hacerla ver lo infeliz que era-. ¿Y después qué?- me preguntó.
- Siguieron juntas unos meses. Vos estabas pendiente de todo. Te empezaste a poner paranoica con cualquier llamada que recibía, los mensajes de texto, los lugares adonde iba. La seguías, le revisabas el celular, hasta trataste de meterte en su correo electrónico pero no pudiste.
- Estaba bastante loca, ¿no?
- Sí. Bastante- respondí. En ese momento me di cuenta que Valentina recuperaba algo, pero no era la memoria. Era más bien cierto espíritu: el que tenía antes de conocer a Mariela.
- Sabés que todo eso lo tengo en blanco. Te creo porque me lo contás vos, pero sino es como si no lo hubiera vivido. Lo único que me acuerdo de esa piba es de haber salido durante un tiempo. Me gustaba. Me hacía reír. Después no me acuerdo de nada más.
- No me extraña, creo.
- Por algo me habré olvidado.
Asentí. Por algo había borrado todo eso. ¿Quiénes éramos nosotros para hacerla volver a esos recuerdos horribles? Valentina estaba totalmente recuperada, fuerte, firme.
- Pero ¿sabés qué?- me dijo al final- Hubo un día, habrá sido a varios meses de noviazgo ya, que la sorprendí en una mentira. No era algo muy grande, era más bien una cosa muy tonta. A su hermano le había contado que el día anterior lo había pasado conmigo y sin embargo yo sabía que había estado en lo de su mejor amigo. Cuando le pregunté porqué le había mentido, ella me dijo que no sabía, que lo había hecho porque sí. Y se río, como si fuera lo mismo que inventar un cuento. Me pareció rarísimo. Me acuerdo que en ese momento pensé que yo tenía que cuidarme mucho de una persona que mentía porque sí.
- Tenías razón- dije.
- Es de esas cosas feas de la otra persona que una ve al principio y después te enganchás y ya no podés ver nada. Le dejás pasar todo. Engaños, maltratos.
- Es cierto- dije.
- Hay que tener cuidado, ¿no? Prestarse atención en esos primeros momentos, porque después estás frita. Estás nublada, como en un sueño.
- Es lo que te pasó a vos- dije.
- ¿Y a vos?- dijo ella. Sonreí apenas y no contesté. Era la clase de preguntas incisivas que hacía Valentina mucho tiempo atrás, antes de que su relación con Mariela lo nublara todo. No lo hacía para lastimar. Lo hacía porque siempre fue una persona muy perspicaz. Atenta a lo que le pasaba al otro y despierta para detectar las ofensas, los engaños, los actos de mala fe. No cualquiera hubiera podido lastimarla, porque así de atenta estaba también en sus propias relaciones. ¿Qué pasó con Mariela? ¿Cuándo fue que empezó a dejarle pasar las mentiras, los maltratos? Quizás justo en ese punto en el que ya no se acordaba.
Sentí que era hora de dejar a Valentina en paz. Les mandé mensajes a Carla y a Marcos diciéndoles que nuestras sesiones de remembranza con Valentina habían terminado.
Me fui pensando en mi pelea con Sofía. Había cosas de ella que me dolían mucho, pero estaba dejándolas pasar. A ninguna otra persona se las hubiera permitido. En ese momento supe que estaba irremediablemente sumergida en el sueño del amor, esa niebla calurosa y desesperada que hace que le permitamos al otro cualquier tipo de golpe y nos olvidemos lentamente de todo lo demás.
miércoles 8 de febrero de 2012
Crisis de identidad
Ahora sí que estoy cocinada.
1) Hasta las 3 de la mañana mirando videos en youtube. Todos los días diciendo que me tengo que levantar temprano, cambiar de vida, ponerme las pilas con el laburo, etc. ¿Y todo para qué?! Para colgarme horas mirando videos de gente graciosa que no hacen más que poner en evidencia que he perdido el humor. Creo que puede tener que ver con mi reciente vegetarianismo. Siento que la falta de ingesta de carne -y por ende la armonía con la naturaleza- puede haber afectado mi escepticismo y especialmente mi sarcasmo, fuente de todo humor que se precie. Soy una torta vieja y amargada. Lo próximo será la incapacidad de diferenciar los comentarios serios de las ironías, o cortarle el mambo a la gente diciendo cosas como "eso no me parece gracioso".
2) Me robaron la bici. ¿Pero cómo? Y cómo va a ser!!!! Me la robaron. Estaba y después no estuvo más.
3) Encima de todo, ahora parece que soy de libra. 31 años siendo de virgo y me vengo a enterar que por el año en que nací el sol estaba en libra y qué sé yo qué cuestiones más. Esta es la crueldad de la vida. No sé ser de libra. He padecido 31 años de mierda virginiana. 31 años de hipersensibilidad, culpa, timidez. Pero aprendí a hacer mi paz con virgo. Y ni bien lo tengo todo más o menos elaborado: pum! Soy de libra.
Hola 2012. Recién arranca el año y ya tengo que aprender a vivir sin humor, sin bici y con una seria crisis de identidad astrológica.
Quiero pegarles un tiro a todos los imbéciles que hablan de la esencia del ser. No tengo humor, bici, signo. No tengo nada que sea mío. Ni perro que me ladre. ¿De qué esencia me están hablando? Esencia de vainilla. Ahora me dicen que mi signo es de aire. DE AIRE. A mí el aire me la soba. ¿Qué es el aire? No vivo en una nube. No soy un osito cariñoso. ¿Qué soy, un pedo acaso?
A veces me pregunto: ¿cómo es la Torto Y2K(12)?
No es. No sabe cómo ser.
Por ejemplo:
Libra: De libra es mi cuñada que es una pelotuda. No puedo ser de libra.
Bici: No entiendo cómo hace la gente para llegar a los lugares sin bici. No puedo no tener bici. Y quiero MI bici. No otra. Y no es un capricho. ¡No, no y no!
Humor: Es absolutamente incómodo estar en una conversación de tortas, que salte la chistosa del grupo a decir un par de cosas graciosas y no encontrar en mi cerebro ni el mínimo rastro de humor para retrucarle y quedar divina. No sé vivir sin humor.
Lo que puedo hacer es bajar la persiana. Chau, tortas. No soy. Este año no atiendo. Me hago hetero, me compro un auto y me pongo a leer a Heidegger. Listo. Acá sí que no se coge.
Y después no me anden reclamando nada. Ni amor, ni textos. ¿No ven mi tragedia? Quiero mandar todo al carajo. No me importa nada. No quiero amores ni amantes. Quiero mi humor, mi bici y mi virgo. Quiero volver al pasado y ser un frijol en el útero de mi madre. Quiero ser esa flatulencia que las Ludovicas del mundo quieren que sea y elevarme hacia el nirvana o hacia Florianópolis. La puta que los parió a los mayas y al 2012. Ojalá que nos caiga a todos un meteorito de soretes.
Las dejo con algunas preguntas para reflexionar:
¿Por qué siempre nos damos cuenta lo que tenemos cuando lo perdemos? ¿Y por qué la gente hace ese tipo de preguntas pelotudas?
*En memoria de mi bici, mi humor y mi signo.
martes 7 de febrero de 2012
Algo que sea real
Hace tiempo me han dejado de gustar las mujeres. No por eso me creo heterosexual: hace mucho más tiempo me han dejado de gustar los hombres. El hígado me está fallando. No puedo emborracharme sin asquearme antes de quedar medianamente entonada. Las pocas veces que me entono, siento que podría besar a cualquier hombre, pero creo que sólo lo haría porque están ahí, porque me buscan. Antes me hubiera atraído cualquier mujer que no me prestara atención. Ahora me alcanzaría con que alguien me quiera.
Estoy esperando una lluvia que no llega. Del otro lado del teléfono una amiga me dice que toda mi vida me he obsesionado con la gente que me gustaba. No sé qué decirle. Creo que tiene razón, pero también pienso que el amor es mucho más que su reducción psicológica.
En vano he tratado de enamorar a las mujeres de quienes me he enamorado. En vano, porque ni bien me enamoro sé que estoy perdida. Ni siquiera hace falta que me enamore. Basta con que me guste un poco para que me quede muda.
La lluvia sigue sin mostrar rastro. Amenaza pero no se presenta. Siento que de alguna manera la lluvia va a calmarme. Me siento a escribir pero no sé qué decir. Hace tanto tiempo que no me relaciono con una mujer que ya no me quedan historias para contar. ¿Y si de verdad todas mis relaciones no han sido más que un puñado de obsesiones mías o de ellas? ¿Y si realmente todo puede explicarse en un mapa de neurosis y tironeos, de me quiere y no la quiero o la quiero y no me quiere?
Busco un viejo diario íntimo para tratar de entender o, al menos, de recordar cómo era yo hace unos años. Me encuentro con que era lo mismo. Las mujeres me han llegado en pares: la inalcanzable y la que me busca. Amo a la inalcanzable y la pierdo o es que nunca fue mía. Opto por la accesible pero la odio por haberla aceptado. Mi premio consuelo no se puede pegar a mí de ninguna forma. Trato de encontrar puntos de encuentro forzados. Me someto a una relación que no es. Me pierdo.
Si al menos cayera una gota, todo sería real. Esta pena, esta soledad, tendría su entorno húmedo y frondoso. Pero esta pena seca que no llega a manifestarse es la palabra en la punta de la lengua. No le digo a nadie que estoy triste. No estoy triste. Estoy seca. No hay nada que me falte porque no hay nada que se manifieste. Nada es real, ni la lluvia.
Cierro el viejo diario y me pregunto qué tanto de mí ha cambiado en estos años. La mujer equivocada es siempre la misma mujer. Va saltando de conciencia en conciencia, pero es la misma. No importa cómo se llame. Y la mujer que no me gusta son todas las demás mujeres. Ahora no quiero amar a la mujer equivocada y creo que lo he logrado. Entonces no me gusta nadie. Lo mismo da que sea un hombre o una mujer. Lo mismo da que caiga una tormenta o una garúa. Pero que algo empiece, que algo cambie.
Apenas conozco a alguien que me despierta el mínimo interés siento que es ella, que es quien va a salvarme de todo esto que no es. Hago planes. Tenemos noches interminables, rescatamos un gato de una plaza y nos quedamos con él. Paso por alto los primeros tiempos en los que tenemos que adaptarnos una a la otra y caigo en unos meses más adelante, cuando ya nos hemos puesto cómodas y nos reímos de las mismas cosas. Hago más planes: un viaje, una convivencia. La imagino de vieja, conmigo. Me pregunto si la amaré más, si nos seremos infieles.
Un viento fresco trae rumores del sur. Se desordenan las hojas amarillas que dormían en la aridez de la calle. De pronto, comienza a caer inquieta la lluvia, arremolinada. Se hace espejo el asfalto y los caminantes apuran el paso. En el foco anaranjado de afuera veo las gotas despeinadas y gordas. Ahora todo respira. Nace. Todo parece volver a ser real. La pena, el vacío, el viejo diario íntimo. Y yo me he quedado seca. Sin historias para contar. Con la promesa de una historia que será como cualquier otra. Una mujer más a quien no amaré.
Me he ganado a mí en estos años. Eso me digo. Conocí a la mujer que amo en mí. Pero ahora nadie me ama y yo no amo a nadie. Me he ganado a mí misma, aunque si tuviera que sentarme frente a una mujer a contarle sobre mí, no podría decirle nada. Me siento seca para afuera. Sólo encuentro humedad adentro. La lluvia que cae en mí y que sólo yo entiendo.
Por eso me han dejado de gustar las mujeres. No hay lluvia que me calme. No hay realidad posible, ni en la pena. Todo es ahora un yo transitando las calles, esperando a estar mojada, a que llegue el amor como la lluvia y todo caiga y nazca. O por lo menos, que algo sea real.
Estoy esperando una lluvia que no llega. Del otro lado del teléfono una amiga me dice que toda mi vida me he obsesionado con la gente que me gustaba. No sé qué decirle. Creo que tiene razón, pero también pienso que el amor es mucho más que su reducción psicológica.
En vano he tratado de enamorar a las mujeres de quienes me he enamorado. En vano, porque ni bien me enamoro sé que estoy perdida. Ni siquiera hace falta que me enamore. Basta con que me guste un poco para que me quede muda.
La lluvia sigue sin mostrar rastro. Amenaza pero no se presenta. Siento que de alguna manera la lluvia va a calmarme. Me siento a escribir pero no sé qué decir. Hace tanto tiempo que no me relaciono con una mujer que ya no me quedan historias para contar. ¿Y si de verdad todas mis relaciones no han sido más que un puñado de obsesiones mías o de ellas? ¿Y si realmente todo puede explicarse en un mapa de neurosis y tironeos, de me quiere y no la quiero o la quiero y no me quiere?
Busco un viejo diario íntimo para tratar de entender o, al menos, de recordar cómo era yo hace unos años. Me encuentro con que era lo mismo. Las mujeres me han llegado en pares: la inalcanzable y la que me busca. Amo a la inalcanzable y la pierdo o es que nunca fue mía. Opto por la accesible pero la odio por haberla aceptado. Mi premio consuelo no se puede pegar a mí de ninguna forma. Trato de encontrar puntos de encuentro forzados. Me someto a una relación que no es. Me pierdo.
Si al menos cayera una gota, todo sería real. Esta pena, esta soledad, tendría su entorno húmedo y frondoso. Pero esta pena seca que no llega a manifestarse es la palabra en la punta de la lengua. No le digo a nadie que estoy triste. No estoy triste. Estoy seca. No hay nada que me falte porque no hay nada que se manifieste. Nada es real, ni la lluvia.
Cierro el viejo diario y me pregunto qué tanto de mí ha cambiado en estos años. La mujer equivocada es siempre la misma mujer. Va saltando de conciencia en conciencia, pero es la misma. No importa cómo se llame. Y la mujer que no me gusta son todas las demás mujeres. Ahora no quiero amar a la mujer equivocada y creo que lo he logrado. Entonces no me gusta nadie. Lo mismo da que sea un hombre o una mujer. Lo mismo da que caiga una tormenta o una garúa. Pero que algo empiece, que algo cambie.
Apenas conozco a alguien que me despierta el mínimo interés siento que es ella, que es quien va a salvarme de todo esto que no es. Hago planes. Tenemos noches interminables, rescatamos un gato de una plaza y nos quedamos con él. Paso por alto los primeros tiempos en los que tenemos que adaptarnos una a la otra y caigo en unos meses más adelante, cuando ya nos hemos puesto cómodas y nos reímos de las mismas cosas. Hago más planes: un viaje, una convivencia. La imagino de vieja, conmigo. Me pregunto si la amaré más, si nos seremos infieles.
Un viento fresco trae rumores del sur. Se desordenan las hojas amarillas que dormían en la aridez de la calle. De pronto, comienza a caer inquieta la lluvia, arremolinada. Se hace espejo el asfalto y los caminantes apuran el paso. En el foco anaranjado de afuera veo las gotas despeinadas y gordas. Ahora todo respira. Nace. Todo parece volver a ser real. La pena, el vacío, el viejo diario íntimo. Y yo me he quedado seca. Sin historias para contar. Con la promesa de una historia que será como cualquier otra. Una mujer más a quien no amaré.
Me he ganado a mí en estos años. Eso me digo. Conocí a la mujer que amo en mí. Pero ahora nadie me ama y yo no amo a nadie. Me he ganado a mí misma, aunque si tuviera que sentarme frente a una mujer a contarle sobre mí, no podría decirle nada. Me siento seca para afuera. Sólo encuentro humedad adentro. La lluvia que cae en mí y que sólo yo entiendo.
Por eso me han dejado de gustar las mujeres. No hay lluvia que me calme. No hay realidad posible, ni en la pena. Todo es ahora un yo transitando las calles, esperando a estar mojada, a que llegue el amor como la lluvia y todo caiga y nazca. O por lo menos, que algo sea real.
viernes 23 de diciembre de 2011
Elena libre
Elena tenía la manía de sacarse la remera en público cada vez que estaba contenta. Esto lo hacía, según me contó, desde muy chica hasta más o menos los diez años. Me dijo que no lo hacía siempre, nada más cuando estaba muy contenta. Nadie sabía explicarlo muy bien, ni siquiera ella misma. Lo único que atinó a decirme fue que cada vez que se sentía realmente feliz, eso venía acompañado del impulso, o más bien la necesidad, de sacarse la remera.
- Debía sentirme tan contenta y tan libre que la única forma de expresarlo era sacándome la remera- confesó la primera vez que me narró esos episodios. Se moría de vergüenza, porque la que primero me lo contó, en realidad, fue su abuela Tina. Entonces Elena debió sentir la necesidad de explicarse. Aunque para mí, como para Tina, era una historia sumamente encantadora.
Según Tina, Elena había tirado remeras por los aires, las había usado como poncho andino a puro revoleo, las llevó como banderas y hasta las había arrojado al mar durante sus primeras dos o tres vacaciones (tal era su euforia por el mar).
Elena ya no tenía exabruptos de esa naturaleza. De hecho, desde que la conocí me pareció una persona más bien conservadora, cautelosa. Yo tuve que incitarla a la bebida y las drogas menores porque para mí necesitaba soltarse, dejarse llevar. Elena era una persona maravillosa y yo la amaba con locura. Lo que yo quería más que nada era que fuera un poco más abierta sexualmente. Teníamos buen sexo, pero siempre pensé que podríamos ir mucho más allá. Me sentía inhibida de decir groserías (que tanto necesitaba expresar) o de instaurar prácticas un poco más arriesgadas. Me imaginaba muchas veces que la llamaba "Putita" y el sólo hecho de pensarlo me calentaba terriblemente. Pero yo sabía que a Elena no podía llamarla así. Seguramente me hubiera hecho un escándalo por eso de la prostitución y la figura de la mujer y no sé qué más. Yo no quería que ella ejerciera la prostitución, nada más quería tener un poco de sexo sucio, berreta, libertino. Con Elena eso no se podía. Nos limitábamos a las prácticas típicas. Nos iba bastante bien, pero para mí faltaba ese condimento perverso que hace que una relación sea verdaderamente íntima y verdaderamente buena.
El día que Tina me contó lo de las remeras, mi primer impulso fue reírme. Inés, la madre de Elena, estaba limpiando la casa así que iba y venía refunfuñando por lo que Tina me contaba. A Inés esa historia no le parecía nada graciosa. Elena, que estaba cebando los mates, amenazó varias veces a su abuela con confiscarle algunos si seguía metiéndose en detalles que ella consideraba escabrosos. Yo seguí indagando y así me enteré de unos quince o veinte episodios de despojo de remeras. Elena repetía que la cosa no era tan así como la contaba su abuela, que estaba inventando cosas, que no habrán sido más de tres o cuatro veces. Yo tampoco confiaba mucho en la lucidez de Tina. La historia me parecía graciosa, pero no se asimilaba en absoluto a la Elena que yo conocía.
El cuento de las remeras me parecía tan interesante que yo necesitaba expulsarlo por algún lado, entonces le hacía bromas todo el tiempo. Me producía curiosidad, calentura, amor, calentura. Esa Elena se me hacía mucho más atractiva que la que yo conocía, a quien ciertamente no podría jamás llamarla Putita. Sin embargo, a una Elena que hiciera actos de lanzamiento de remeras, yo podría decirle tantas cosas. Putita sería lo mínimo. Y de ahí a cualquier práctica estábamos a un solo paso. Yo soñaba con cadenas y esposas. Imaginaba a Elena enfundada en cuero, con una fusta. Nos pensaba tirándonos de los pelos, arrojándonos contra las paredes de mi habitación o teniendo sexo en los lugares más recónditos. ¿Cuál era el límite? Se trataba de una persona que desde su más tierna infancia simplemente se quedaba en tetas ante cualquier atisbo de alegría. Yo sabía que conmigo Elena era feliz. ¿Por qué, entonces, no se quedaba en tetas? Quiero decir, en situaciones de sexo se quedaba en tetas, pero hablo de otro tipo de tetas. Tetas felices que le cantaran al viento. Tetas libres. Una Elena así era para mí la mejor de las Elenas posibles.
Así que le insistí sobre la historia durante varios días. Le hacía chistes, le pedía que me contara lo que se acordaba, me hacía la incrédula para generarle la necesidad de demostrarme que todo eso de las remeras era cierto. Y funcionó. Logré que me mostrara una foto que tenía guardada en la casa de la madre. Era una foto del Carnaval. Ella tendría unos diez años (explicó que esa debía ser una de las últimas veces que se sacó la remera). Las tetitas incipientes de Elena hacían su aparición entre las espumas de los niños que la miraban asombrados y una tía disfrazada de mulata que se mataba de la risa. Me dijo que esa noche había sido de las más felices y divertidas de las que tuviera memoria. Hasta que, por supuesto, su madre corrió a taparla a grito pelado. La foto la había sacado su abuela. Fue una de las imágenes más hermosas que vi jamás.
Esa noche inicié un franeleo un poco más fuerte que otras veces. Ella tenía una colita de pelo y le tiré con fuerza para atrás para arquearle la espalda. A Elena pareció gustarle. Después la empujé contra una pared y le mordí el cuello. No podía olvidarme de esa foto. Las tetitas de Elena. Elena libre. Elena hecha un fuego. Todo lo que podría haber sido si la mano dura de las buenas costumbres y de su madre que corría a taparla, no le hubieran cosido la remera al cuerpo.
- Putita- le susurré al oído cuando sentí que ella estaba por acabar. Elena se detuvo.
- ¿Qué?- me dijo. Yo también me detuve.
- Nada.
- No... ¿Qué? ¿Cómo me llamaste?
- Putita- respondí con timidez. Imaginé que se me venía encima toda la sarta de pacaterías disfrazadas de derechos femeninos. Pero eso no pasó. Elena me preguntó si me gustaba llamarla así. Le dije que sí.
- Entonces soy tu putita- respondió. Y yo me enardecí tanto que tuvimos una de las mejores cogidas de la historia.
Nuestras prácticas sexuales fueron adquiriendo cada vez más colorido. Elena, que no era ninguna tonta, se dio cuenta de que todo había empezado con el asunto de la remera. Tal es así que un día me confesó que ella hubiera querido tener otra relación con su cuerpo, un poco más suelta, más libre, pero que su madre la había educado así y que después de la pubertad tuvo que entender que eso de quitarse la remera en público no era lo más adecuado. Yo le expliqué que eso de la remera tenía un valor simbólico y no sé qué cosas más le dije en tono intelectual y psicoanalítico que es el que me sale cuando lo que realmente quiero decir es "Ponete en bolas". Le dije que ya era grande como para tomar sus propias decisiones con respecto a su cuerpo y que lo importante era que uno siempre puede cambiar. Le dije además que lo que quería era que ella fuera libre, que se sintiera bien, que fuera feliz. Lo que yo verdaderamente quería era ampliar cada vez más nuestros hábitos sexuales.
Esas vacaciones fuimos a la costa. Hacía varios años que ninguna de las dos iba al mar. Como llegamos temprano, dejamos los bolsos en el hotel y nos fuimos a la playa. Elena estaba tan contenta de ir al mar que durante las cuadras que nos llevaban a la playa no paró de apurarme. Ni bien vio el mar salió corriendo. Fue hermoso verla así de feliz. Estaba tan contenta que en un acto de homenaje a su descocado pasado se sacó la remera y la tiró lejos. Me sentí satisfecha de haberla incitado a liberarse. Pero Elena estaba tan contenta, que se sacó también la bikini y quedó completamente desnuda. Yo no lo podía creer. Chapoteaba irreverente entre las olas, ante la mirada de los demás bañistas. El público comenzó a amontonarse. Las señoras comentaban furiosas. Los hombres miraban perplejos, excitados. Los nenes reían, los adolescentes hacían chistes. Toda la playa se había juntado en la orilla para mirar a Elena. Yo estaba atónita, petrificada. No sabía qué hacer. El tumulto alternaba de gritos a carcajadas. Algunos bebés lloraron y alguien exigió que se llamara a la policía. Los comentarios de la gente no cesaban. Decían que estaba loca, que había que internarla. El guardavidas vino corriendo y le tocó varias veces el silbato. Me preguntó si la conocía y me morí de vergüenza cuando tuve que admitir que sí.
Elena salió del agua. Yo la esperaba con la toalla y un bochorno infernal.
- Tapate, ¿querés?- le grité totalmente encolerizada.
En ese momento supe que nunca más iba a poder llamarla Putita.
sábado 17 de diciembre de 2011
Nuestra verdad posible
¿Cuánto tiempo duran las verdades?
Si yo pudiera serme infiel, ahora mismo me prendería un cigarrillo. Aunque hace años que no fumo, lo encendería sin dudar. Lo fumaría mientras escribo, porque escribiendo tengo derecho a cualquier cosa, hasta a decirme mentiras. Puedo inventar realidades, porque al fin y al cabo ¿qué es real? Tanto tiempo creyendo en la física y nada de tiempo en la patafísica.
Entonces imaginemos:
Un día dicen que nací. Un día perdí un diente de leche, dos, tres. El Ratón Pérez, los Reyes Magos. La escuela, la luna, el amor. Dicen que algo de todo eso es real. Lo que toco es real. La luna no la toco, entonces ¿no es real?
El amor no lo toco.
Me tomo un avión y creo, imagino, que me caigo para abajo o me caigo para arriba. Al espacio. ¿Por qué no? Y dicen que dicen que eso es vértigo, pánico, ¡fóbica! Digo que un día me pasó todo eso y casi...
Pero puedo decirme mentiras. Puedo inventar que creo en esto que toco: una silla, mi pelo, el mapa de un país. El amor no lo toco.
El mapa de un país, entonces, es real. El país es real porque lo toco. La gente de ese país es real. Toco a la gente. No a toda. Dicen que en ese país la gente tiene ideas. Las ideas no las toco. ¿Serán reales? ¿Serán verdades?
Veo, escucho. Me lleno la panza de maíz y soles y música y mar. Todo eso debe ser real. Lo que no toco, también ha de ser real. Porque dicen que la luna es real aunque no la toco. Y dicen que el amor es real.
Ahora creo que al fin he llegado a una verdad: No importa qué sea real. Todo es un ladrillo sobre un ladrillo, sobre una ventana, sobre una escalera, sobre un ladrillo, sobre un sueño y así...
Lo hago todo a mi forma, porque lo que toco no es real y lo que no toco es real y hay tanto más allá de tocar.
El amor no lo toco, pero juego a que a veces huele a real.
Como siempre, abro una puerta y ahí está: La Verdad.
Y después todo se cae, porque es un ladrillo, sobre un ladrillo, sobre una ventana y así...
Hasta que abro otra puerta y ahí está, una vez más: La Verdad. Pero es otra.
Menos mal. No duran nada las verdades.
Si yo pudiera serme infiel, ahora mismo me prendería un cigarrillo. Aunque hace años que no fumo, lo encendería sin dudar. Lo fumaría mientras escribo, porque escribiendo tengo derecho a cualquier cosa, hasta a decirme mentiras. Puedo inventar realidades, porque al fin y al cabo ¿qué es real? Tanto tiempo creyendo en la física y nada de tiempo en la patafísica.
Entonces imaginemos:
Un día dicen que nací. Un día perdí un diente de leche, dos, tres. El Ratón Pérez, los Reyes Magos. La escuela, la luna, el amor. Dicen que algo de todo eso es real. Lo que toco es real. La luna no la toco, entonces ¿no es real?
El amor no lo toco.
Me tomo un avión y creo, imagino, que me caigo para abajo o me caigo para arriba. Al espacio. ¿Por qué no? Y dicen que dicen que eso es vértigo, pánico, ¡fóbica! Digo que un día me pasó todo eso y casi...
Pero puedo decirme mentiras. Puedo inventar que creo en esto que toco: una silla, mi pelo, el mapa de un país. El amor no lo toco.
El mapa de un país, entonces, es real. El país es real porque lo toco. La gente de ese país es real. Toco a la gente. No a toda. Dicen que en ese país la gente tiene ideas. Las ideas no las toco. ¿Serán reales? ¿Serán verdades?
Veo, escucho. Me lleno la panza de maíz y soles y música y mar. Todo eso debe ser real. Lo que no toco, también ha de ser real. Porque dicen que la luna es real aunque no la toco. Y dicen que el amor es real.
Ahora creo que al fin he llegado a una verdad: No importa qué sea real. Todo es un ladrillo sobre un ladrillo, sobre una ventana, sobre una escalera, sobre un ladrillo, sobre un sueño y así...
Lo hago todo a mi forma, porque lo que toco no es real y lo que no toco es real y hay tanto más allá de tocar.
El amor no lo toco, pero juego a que a veces huele a real.
Como siempre, abro una puerta y ahí está: La Verdad.
Y después todo se cae, porque es un ladrillo, sobre un ladrillo, sobre una ventana y así...
Hasta que abro otra puerta y ahí está, una vez más: La Verdad. Pero es otra.
Menos mal. No duran nada las verdades.
sábado 5 de noviembre de 2011
Argentina, diez años atrás
A las tortas no se les había ocurrido mejor idea que ponerse a coger en la laguna que se formaba a unos metros del mar. Estaban detrás de un par de lanchas, pero no muy bien escondidas. Las vi por el tumulto de gente que se había amontonado. Al principio, por los gestos de asombro de los que se habían pueso a ver, creí que se trataba de algún tipo de animal extraño. Los que estaban mirando eran del grupo de gente que fue a la playa en lancha conmigo y con quienes también debía volver al pueblo. Estábamos a punto de volver cuando los sorprendió el espectáculo. Yo llegaba un poco tarde así que tuve que preguntar qué era lo que estaban pispeando.
- Dos... mujeres...- dijo a duras penas en rarísimo español la señora italiana que había venido con su marido, también italiano.
- Sex- agregó el marido.
Los dos estaban muy conmocionados y se veían curiosos, como si esa fuera una especie de mamífero que no hubieran presenciado jamás. Algunos reían, especialmente el gordito boludón que había venido con su novia que no parecía tan boludona como él, pero por estar con semejante boludón se podía suponer que ella también debía serlo. La gente se asomaba apenas, pero yo quería ver y no lograba detectar dónde estaban.
Un venezolano de unos treinta años que estaba vestido de blanco, al igual que su mujer -una venezolana teñida de rubio y de cejas pintadas- me señaló dónde estaban exactamente las Dos-mujeres-sex. Yo no podía imaginar qué podía ser más atroz que combinar ropa con el concubino, pero ni bien me asomé por donde dijo el venezolano, las vi. Claro, eran dos tortas cogiendo. Yo me sentí instantáneamente reconfortada, como si un pedacito de la identidad me hubiera sido devuelta. Por fin tortas. En este país donde los hombres parece que te van a saltar encima en cualquier oportunidad, estaban ellas haciendo su chanchada al mejor estilo lobo marino, refregándose a chapoteo limpio, tiradas a la orilla de la laguna. Tengo que admitir que el espectáculo no me pareció en absoluto cuidado. Era más bien pornográfico y decadente. Por eso, y porque yo tenía que cuidar mis modales ante el grupo, me di vuelta inmediátamente al grito de "Oh!". La venezolana carcajeó tímidamente y le dijo al venezolano: -Bueno, este es un país libre.
Los demás seguían sonriendo pícaramente. Cuando llegó el lanchero que debía regresarnos al pueblo, inmediatamente fue informado de todo. Subimos a la lancha y el boludón confirmó que esas dos eran las que habían viajado antes con nosotros, a la ida. Yo las recordaba, una era gordita y caminaba como si tuviera pelotas; la otra era una mulata con rulos motudos. A la ida, cuando subieron, la gordita empuñaba una botella de licor en la mano. El lanchero le pidió que la dejara en el piso, no fuera cosa que alguna ola no sé qué y se le rompiera y se cortara la mano. La gordita no quiso saber nada y yo, que estaba cerca, por las dudas me senté en otro lado. No supe cómo se resolvió el tema, pero por las caras de la gordita y la mulata era claro que esa botella, a la que le faltaba buena parte de bebida, había sido ingerida con vehemancia un rato antes.
- A mí me da pena- dijo el lanchero -dos chicas así, un besito puede ser, pero más que eso- e hizo ademanes muy poco agradables con su lengua.
En casos así, por puro deleite, me gusta presenciar el holgado fascismo de cada quien, así que agité un poco las aguas que ya venían bastante movidas.
- Al menos hubieran elegido un lugar mejor- dije, a la espera de respuestas.
- A mí me parece una falta de respeto- dijo la venezolana que tiempo atrás había dicho que este era un país libre.
- Estar haciendo eso así, en cualquier lugar- dijo el venezolano.
- Sí, no está bueno tampoco si fueran un hombre y una mujer- respondí.
- No, pero dos mujeres es peor- dijo él.
- Y bueno, pero para lo que venían tomando, no creo que se hayan dado cuenta de nada- respondí. Quise agregar que seguramente la estaban pasando mejor que nosotros, pero el lanchero (al que ya no podía escuchar bien por el ruido del motor de la lancha) seguía haciendo gestos y diciendo palabras que apenas podía oír, pero sonaban como "no me parece bien" y la gente parecía mucho más interesada en sus opiniones caricaturescas.
El boludón parecía muy alborotado por el avistamento de las tortas marinas. La boludona no decía nada además de que le daba miedo estar sentada en la punta de la lancha. Durante el viaje de regreso al pueblo el boludón no paró de reírse. Se lo notaba agitado y contento. A mitad de viaje nos cruzamos con otra lancha y el boludón les gritó que fueran a mirar detrás de las lanchas, en la laguna, a las dos chicas que estaban teniendo sexo. El venezolano quiso agregar algo, pero la venezolana lo codeó para callarlo. La venezolana se había dado cuenta al igual que yo, que dos de las pasajeras de esa otra lancha eran evidentemente pareja. Yo ya las había visto en el pueblo y le había echado miradas indecentes a la más alta, que tenía un piercing en la ceja por si no quedaba claro que era torta. El boludón igual siguió a los gritos y el lanchero, entre carcajadas, agregó algún comentario más que seguí sin poder escuchar. Los italianos mantenían aún el gesto de estupefacción y reían de a ratos.
La lancha continuó su viaje por aguas cada vez más revueltas. De pronto recordé que hoy, mientras las tortitas cogían, en Argentina se estaba llevando a cabo la Marcha del Orgullo. Y me acordé cómo, nueve o diez años atrás, cuando yo comenzaba mis aventuras lésbicas, la gente veía tortas en la calle y las señalaba como si fueran una atracción zoológica. Tengo que admitir que la mayoría de los cambios sociales se dieron en Buenos Aires y en las grandes metrópolis y que, si uno va a un pueblo, la homosexualidad sigue siendo un fenómeno repudiado. No puedo decir que toda Venezuela sea así. A decir verdad, este episodio transcurrió en un pueblo costero que poco tenía que ver con las grandes ciudades bolivarianas. Pero haber vivido una situación así, escuchando comentarios tan sectáreos, con una actitud de extrañeza y rechazo que rozaban con lo repugnante, me sentí en la Argentina de diez años atrás.
- ¿En Argentina ya aprobaron el casamiento gay, verdad?- me preguntó la venezolana.
- Sí- dije yo con orgullo. Y me acordé otra vez de la Marcha y del orgullo y de todas las veces que nos olvidamos que hace diez años mucha gente en Argentina era como los que viajaban conmigo en esa lancha.
A medida que la lancha se adentró en el mar, las olas se hiceron cada vez más grandes y los pasajeros nos asustamos mucho. La boludona tenía cara de que iba a vomitar. Los italianos ya no se reían. Yo también tenía miedo pero pensé que si pasara lo peor y naufragáramos ya sabía muy bien a qué hijos de puta me iba a comer primero.
- Dos... mujeres...- dijo a duras penas en rarísimo español la señora italiana que había venido con su marido, también italiano.
- Sex- agregó el marido.
Los dos estaban muy conmocionados y se veían curiosos, como si esa fuera una especie de mamífero que no hubieran presenciado jamás. Algunos reían, especialmente el gordito boludón que había venido con su novia que no parecía tan boludona como él, pero por estar con semejante boludón se podía suponer que ella también debía serlo. La gente se asomaba apenas, pero yo quería ver y no lograba detectar dónde estaban.
Un venezolano de unos treinta años que estaba vestido de blanco, al igual que su mujer -una venezolana teñida de rubio y de cejas pintadas- me señaló dónde estaban exactamente las Dos-mujeres-sex. Yo no podía imaginar qué podía ser más atroz que combinar ropa con el concubino, pero ni bien me asomé por donde dijo el venezolano, las vi. Claro, eran dos tortas cogiendo. Yo me sentí instantáneamente reconfortada, como si un pedacito de la identidad me hubiera sido devuelta. Por fin tortas. En este país donde los hombres parece que te van a saltar encima en cualquier oportunidad, estaban ellas haciendo su chanchada al mejor estilo lobo marino, refregándose a chapoteo limpio, tiradas a la orilla de la laguna. Tengo que admitir que el espectáculo no me pareció en absoluto cuidado. Era más bien pornográfico y decadente. Por eso, y porque yo tenía que cuidar mis modales ante el grupo, me di vuelta inmediátamente al grito de "Oh!". La venezolana carcajeó tímidamente y le dijo al venezolano: -Bueno, este es un país libre.
Los demás seguían sonriendo pícaramente. Cuando llegó el lanchero que debía regresarnos al pueblo, inmediatamente fue informado de todo. Subimos a la lancha y el boludón confirmó que esas dos eran las que habían viajado antes con nosotros, a la ida. Yo las recordaba, una era gordita y caminaba como si tuviera pelotas; la otra era una mulata con rulos motudos. A la ida, cuando subieron, la gordita empuñaba una botella de licor en la mano. El lanchero le pidió que la dejara en el piso, no fuera cosa que alguna ola no sé qué y se le rompiera y se cortara la mano. La gordita no quiso saber nada y yo, que estaba cerca, por las dudas me senté en otro lado. No supe cómo se resolvió el tema, pero por las caras de la gordita y la mulata era claro que esa botella, a la que le faltaba buena parte de bebida, había sido ingerida con vehemancia un rato antes.
- A mí me da pena- dijo el lanchero -dos chicas así, un besito puede ser, pero más que eso- e hizo ademanes muy poco agradables con su lengua.
En casos así, por puro deleite, me gusta presenciar el holgado fascismo de cada quien, así que agité un poco las aguas que ya venían bastante movidas.
- Al menos hubieran elegido un lugar mejor- dije, a la espera de respuestas.
- A mí me parece una falta de respeto- dijo la venezolana que tiempo atrás había dicho que este era un país libre.
- Estar haciendo eso así, en cualquier lugar- dijo el venezolano.
- Sí, no está bueno tampoco si fueran un hombre y una mujer- respondí.
- No, pero dos mujeres es peor- dijo él.
- Y bueno, pero para lo que venían tomando, no creo que se hayan dado cuenta de nada- respondí. Quise agregar que seguramente la estaban pasando mejor que nosotros, pero el lanchero (al que ya no podía escuchar bien por el ruido del motor de la lancha) seguía haciendo gestos y diciendo palabras que apenas podía oír, pero sonaban como "no me parece bien" y la gente parecía mucho más interesada en sus opiniones caricaturescas.
El boludón parecía muy alborotado por el avistamento de las tortas marinas. La boludona no decía nada además de que le daba miedo estar sentada en la punta de la lancha. Durante el viaje de regreso al pueblo el boludón no paró de reírse. Se lo notaba agitado y contento. A mitad de viaje nos cruzamos con otra lancha y el boludón les gritó que fueran a mirar detrás de las lanchas, en la laguna, a las dos chicas que estaban teniendo sexo. El venezolano quiso agregar algo, pero la venezolana lo codeó para callarlo. La venezolana se había dado cuenta al igual que yo, que dos de las pasajeras de esa otra lancha eran evidentemente pareja. Yo ya las había visto en el pueblo y le había echado miradas indecentes a la más alta, que tenía un piercing en la ceja por si no quedaba claro que era torta. El boludón igual siguió a los gritos y el lanchero, entre carcajadas, agregó algún comentario más que seguí sin poder escuchar. Los italianos mantenían aún el gesto de estupefacción y reían de a ratos.
La lancha continuó su viaje por aguas cada vez más revueltas. De pronto recordé que hoy, mientras las tortitas cogían, en Argentina se estaba llevando a cabo la Marcha del Orgullo. Y me acordé cómo, nueve o diez años atrás, cuando yo comenzaba mis aventuras lésbicas, la gente veía tortas en la calle y las señalaba como si fueran una atracción zoológica. Tengo que admitir que la mayoría de los cambios sociales se dieron en Buenos Aires y en las grandes metrópolis y que, si uno va a un pueblo, la homosexualidad sigue siendo un fenómeno repudiado. No puedo decir que toda Venezuela sea así. A decir verdad, este episodio transcurrió en un pueblo costero que poco tenía que ver con las grandes ciudades bolivarianas. Pero haber vivido una situación así, escuchando comentarios tan sectáreos, con una actitud de extrañeza y rechazo que rozaban con lo repugnante, me sentí en la Argentina de diez años atrás.
- ¿En Argentina ya aprobaron el casamiento gay, verdad?- me preguntó la venezolana.
- Sí- dije yo con orgullo. Y me acordé otra vez de la Marcha y del orgullo y de todas las veces que nos olvidamos que hace diez años mucha gente en Argentina era como los que viajaban conmigo en esa lancha.
A medida que la lancha se adentró en el mar, las olas se hiceron cada vez más grandes y los pasajeros nos asustamos mucho. La boludona tenía cara de que iba a vomitar. Los italianos ya no se reían. Yo también tenía miedo pero pensé que si pasara lo peor y naufragáramos ya sabía muy bien a qué hijos de puta me iba a comer primero.
viernes 14 de octubre de 2011
En el camino
Por motivos de viaje, este blog permanecerá cerrado hasta nuevo aviso. Bueno, cerrado no, pero no creo que publique nada. Ustedes se pueden charlar o hacer lo que quieran. Les dejo abierto el espacio. O pueden mandarme un saludo a mi almita viajera.
Les dejo un abrazo muy grande, desde un lugar muy lindo, desde un país en contrucción socialista, como el pueblo y el Comandante así lo quieren.
T.
Les dejo un abrazo muy grande, desde un lugar muy lindo, desde un país en contrucción socialista, como el pueblo y el Comandante así lo quieren.
T.
martes 13 de septiembre de 2011
Cartas de una mujer abandonada
Día 31
Querida:
Me alegro de afirmar que sin vos no sólo podré alcanzar el bienestar espiritual, sino también la bonanza económica, que no es poca cosa.
Haciendo un cálculo exhaustivo de mis gastos en materia de nuestra pareja, he concluido que: si sumáramos los regalos de aniversario y cumpleaños, las invitaciones al teatro, cine, recitales, cenas, hoteles alojamiento (que se te antojaban de tanto en tanto), las vacaciones (en las que, según decías, no debíamos escatimar en gastos) y las eventuales atenciones (libros, cds y otros obsequios), el monto alcanzado superaría ampliamente lo que a cualquiera le hace arquear las cejas y exclamar: ¿¡Tanto!?
Ahora que hemos terminado nuestro noviazgo he logrado ahorrar una buena cantidad de dinero que destinaré a fines absolutamente egoístas.
Definitivamente, la soltería es un estado civil mucho más redituable.
Querida:
Me alegro de afirmar que sin vos no sólo podré alcanzar el bienestar espiritual, sino también la bonanza económica, que no es poca cosa.
Haciendo un cálculo exhaustivo de mis gastos en materia de nuestra pareja, he concluido que: si sumáramos los regalos de aniversario y cumpleaños, las invitaciones al teatro, cine, recitales, cenas, hoteles alojamiento (que se te antojaban de tanto en tanto), las vacaciones (en las que, según decías, no debíamos escatimar en gastos) y las eventuales atenciones (libros, cds y otros obsequios), el monto alcanzado superaría ampliamente lo que a cualquiera le hace arquear las cejas y exclamar: ¿¡Tanto!?
Ahora que hemos terminado nuestro noviazgo he logrado ahorrar una buena cantidad de dinero que destinaré a fines absolutamente egoístas.
Definitivamente, la soltería es un estado civil mucho más redituable.
viernes 9 de septiembre de 2011
Cartas de una mujer abandonada
Día 27
Querida:
Después de mucho titubeo, finalmente me deshice de todas tus fotos. Eliminé las que tenía en el corcho de mi pieza y las que guardaba en los cajones y álbumes. En una investigación posterior, llevada a cabo por una amiga con la que me jacté de haber eliminado tus fotos, fui obligada además a arrojar a la papelera las fotos que tenía en mi computadora. Ya ves, no hay vuelta atrás. Como un relato bíblico, eliminé por completo las imágenes de mi diosa pagana. Ahora tengo tiempo de concentrarme en mi ateísmo.
Gracias a Dios.
Querida:
Después de mucho titubeo, finalmente me deshice de todas tus fotos. Eliminé las que tenía en el corcho de mi pieza y las que guardaba en los cajones y álbumes. En una investigación posterior, llevada a cabo por una amiga con la que me jacté de haber eliminado tus fotos, fui obligada además a arrojar a la papelera las fotos que tenía en mi computadora. Ya ves, no hay vuelta atrás. Como un relato bíblico, eliminé por completo las imágenes de mi diosa pagana. Ahora tengo tiempo de concentrarme en mi ateísmo.
Gracias a Dios.
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